07 febrero 2010

Viaje de ida



La cena se presentaba muy concurrida. Poco a poco empezaron a llegar desde los más apartados lugares, familiares y amigos que ocuparon con sus coloridos atuendos cada ángulo del salón.

Con el primer vino y a un gesto del anfitrión, la sala quedó en silencio: ¡Amigos!, dijo animado, voy a emprender un viaje importante; de vez en cuando conviene ausentarse para conocer mundo. Os he convocado a esta cena para despedirme de vosotros. Ignoro cuándo volveré. Deseo que seáis muy felices y espero que nos veamos pronto. Cuando concluyó su alocución una mueca de zozobra nimbó su rostro.

Sonrisas de circunstancias, amagos de breves inclinaciones de cabeza, gritos de asombro. En algunos rostros se adivinaba cierta preocupación. En los corros se sucedían los cuchicheos; los chascarrillos saltaban de mesa en mesa; cada comensal aventuraba una solución para aquel enigma.

Al poco tiempo llegó el segundo brindis al que siguieron varios más: ¡Amigos, brindemos por el futuro! Las copas se alzaron sobre las cabezas como movidas por un resorte y al chocar unas contra otras semejaban un galope desbocado de caballos. Los desconcertados comensales se miraban con la esperanza de encontrar una explicación en los rostros vecinos.

De pronto, el péndulo del gran reloj del salón hizo sonar las campanas como un veredicto. El anfitrión abandonó la copa sobre la mesa y sin mediar palabra avanzó resuelto hacia la puerta principal acompañado en todo momento por las miradas de la concurrencia y un breve murmullo que murió en un silencio sordo.

El jardín se fue llenando de luz como si alguien hubiera encendido antorchas en cada esquina. Y conforme la luz se hacía más presente se escuchó un silbido como el de un motor en el cielo de donde se descolgó un extraño aparato luminiscente. El anfitrión se introdujo raudo por la escotilla abierta y el artilugio desapareció engullido por la noche rumbo a algún planeta ignoto y lejano.


01 febrero 2010

Viento del sur, viento del este


Se trata de una experiencia. Leni y Prometeo decidieron escribir sobre un mismo motivo unos cuantos versos. Al final los versos se enredaron de la siguiente manera.


"Hay amaneceres nombrados por el viento...Firmados por su susurro.
Esa batida de aspas en los molinos canta tímpanos de gala,
aúlla en la piel y reseca los labios,
baila en la falda y dibuja con las alas lirios en el firmamento.

Bronca su voz, narra cuentos a las velas
y atemoriza a los marineros con espectros de tormenta.
Levanta el vuelo del cometa entre las manos,
rota los cuerpos y traslada nubes en sus brazos.

Los sueños de la oruga
los ventea la mariposa con sus alas,
céfiro de breve eternidad,
hacia un mañana de luz.

Eólo es galerna que arrulla,
huracán reptiloide que nos transforma en reyes,
un tornado cuya boca se abre a la tierra.
Somos su trino en la caracola, aleteo de libélula que enciende la noche,
remolino de hojas en la acera del olvido, anticiclón del recuerdo en el trópico.
Existe un gallo de hierro forjado en cada uno de nuestros tejados
que da la bienvenida al sol de cada día.
¿Donde nos llevará el viento cuando la calma
amortaje el vendaval que nos habita?

¿Donde se lleva ahora la marejada de los ojos?


El sol con su juego de espejos
remueve las corrientes de norte a sur,
al igual que mi pecho bombea la sangre
desde mi corazón a tu corazón.

Catábasis y anábasis, rueda de las estaciones,
nube de estrellas, música de las esferas,
néctar de la felicidad, rumor de los mares.

Es el viento que trae, abraza, empuja, da la vida.
Como nube que la ventisca increpa,
para evacuar el agua que carga en su vientre;
así mis recuerdos vuelan junto a tus ojos
para desecar todas sus lágrimas."

Leni El peso de la Brisa

Prometeo

21 enero 2010

Alma

Isla itinerante donde perderse. Propuesta de la amiga Leni


El futuro humea en la fragua de Vulcano,

¿Despreciaremos del pasado, lo mejor?

Siglos y siglos confluyen en el hoy

como el agua andariega vuelve al mar

o como los afluentes revierten en el río

la exudación del humus vagabundo.


Para poder ver el bosque todo entero

desbrozaré el árbol del tiempo presente.

La historia no es nada si miras un año cualquiera;

una hoja errática, un huracán en el vacío;

si no sabes de dónde vienes,

si el hoy no contiene el ayer.


Acendrar el alma es cosa de toda una vida;

requiere del vuelo mudo, inaccesible e inmortal

del cóndor en trayecto eterno,

lejos de cuervos y urracas.

Vuelo veloz, liviano el equipaje

para que ánima cante su trino ardoroso.


¿Nacerán mariposas de las flores?

12 enero 2010

Puebla Marina, al fondo




A veces una historia lleva otra debajo del brazo. Ocurrió semanas atrás mientras esbozaba un pequeño relato sobre Puebla Marina. Cuando escribo me dejo llevar por una especie de intuición o pálpito que me obliga a ubicar el escenario donde se desarrolla la acción de mis historias en algún enclave remoto. Inmediatamente busco información en páginas de Internet y en otros medios escritos; también rastreo fotos de toda el área donde se va a desarrollar la peripecia de mi cuento. Al final, y de una manera que siempre me ha sorprendido, se produce un acople perfecto entre las imágenes, las notas y los pormenores de la historia.

Hace unos días, tras esbozar varios capítulos de mi cuento, sentí un impulso incontenible de dirigirme al lugar adonde había situado mi aldea. El paraje se encontraba muy lejos y me costó dos días llegar a él, incluso pertrechado con la mayor de las diligencias que pude. Durante el trayecto, que recorrí primero en avión y luego en tren, continué con la escritura de mi historia y avancé un par de capítulos. Al llegar a las estribaciones de la Sierra Madre Occidental recibí un fuerte impacto al contemplar lo que reconocí como mi Puebla Marina. No era la primera vez. Meses atrás dí con ella en las costas de Alicante y aún una tercera, la encontré en una zona del interior cerca de las angosturas de varios desfiladeros interminables que confluían en mi aldea.

Había recorrido miles de kilómetros y por fin tenía delante el escenario perfecto de mis aventuras; al frente esplendía la avenida principal y sus callejas tantas veces transitadas y siempre alegres por el rumor jacarandoso de los niños. Un poco más allá serpenteaba el riachuelo donde en su ribera los sauces hablan por sus ramas; y en el centro mismo la coqueta plaza ribeteada de árboles en cuyas copas, bandadas de pájaros cantan la sinfonía del atardecer y bajo su amparo los tibios rayos del sol se precipitan oblicuos sobre los curtidos rostros de los lugareños de Puebla Marina, gente entrañable y acogedora.

Pero una tarde me di cuenta de una circunstancia decisiva. Me encontraba inmerso en la recreación de la aldea de mis sueños cuando observé cómo sentía Puebla Marina con la misma nostalgia que cuando estaba lejos. Y a la vez, Puebla Marina la había visto en varias ubicaciones separadas unas de otras. En el lugar habitual donde vivía, acunado por la nostalgia, incluso podía contemplar de una forma más verídica todo el entorno de Puebla Marina; podía escuchar con nitidez el rumoroso y alegre bullir de los manantiales y los arreboles de la tarde me dejaban un poso de nostalgia no superado por el que sentía al deambular por las callejas de mi aldea. El fenómeno de la ubicuidad lo achaqué a un exceso de estímulos o a una sobreexcitación por el contacto con la realidad. Al fin me convencí de que Puebla Marina era el reflejo exterior de un pueblo mítico que estaba esculpido a golpe de sístole y diástole en la profundidad de mi ser.

¿Sería esa la clave? Puebla Marina era reflejo de mi misma entraña: obligado a deambular por la rueda de la historia como el tiempo viaja en corceles de nubes; sin posibilidad alguna de empezar de nuevo y con la máquina de la nostalgia siempre a punto para conjurar tristezas y añoranzas que luego la noche me devolverá en sueños. Puebla Marina está allí donde yo voy.