
La cena se presentaba muy concurrida. Poco a poco empezaron a llegar desde los más apartados lugares, familiares y amigos que ocuparon con sus coloridos atuendos cada ángulo del salón.
Con el primer vino y a un gesto del anfitrión, la sala quedó en silencio: ¡Amigos!, dijo animado, voy a emprender un viaje importante; de vez en cuando conviene ausentarse para conocer mundo. Os he convocado a esta cena para despedirme de vosotros. Ignoro cuándo volveré. Deseo que seáis muy felices y espero que nos veamos pronto. Cuando concluyó su alocución una mueca de zozobra nimbó su rostro.
Sonrisas de circunstancias, amagos de breves inclinaciones de cabeza, gritos de asombro. En algunos rostros se adivinaba cierta preocupación. En los corros se sucedían los cuchicheos; los chascarrillos saltaban de mesa en mesa; cada comensal aventuraba una solución para aquel enigma.
Al poco tiempo llegó el segundo brindis al que siguieron varios más: ¡Amigos, brindemos por el futuro! Las copas se alzaron sobre las cabezas como movidas por un resorte y al chocar unas contra otras semejaban un galope desbocado de caballos. Los desconcertados comensales se miraban con la esperanza de encontrar una explicación en los rostros vecinos.
De pronto, el péndulo del gran reloj del salón hizo sonar las campanas como un veredicto. El anfitrión abandonó la copa sobre la mesa y sin mediar palabra avanzó resuelto hacia la puerta principal acompañado en todo momento por las miradas de la concurrencia y un breve murmullo que murió en un silencio sordo.
El jardín se fue llenando de luz como si alguien hubiera encendido antorchas en cada esquina. Y conforme la luz se hacía más presente se escuchó un silbido como el de un motor en el cielo de donde se descolgó un extraño aparato luminiscente. El anfitrión se introdujo raudo por la escotilla abierta y el artilugio desapareció engullido por la noche rumbo a algún planeta ignoto y lejano.


























