29 diciembre 2008

De profundis



Cuando era un chiquillo me contagiaron el virus de los ideales renacentistas y de la ilustración a través de las studia humanitatis.  Llegué a ser así pretendiente ingenuo de todos los saberes y amante oficioso de los innúmeros vericuetos recorridos por los humanos desde todos los puntos del vasto territorio de las ideas. Y eso, tarde o temprano tiene que doler. No me arrepiento, sino al contrario, estoy profundamente agradecido.

Uno procura no facilitar muchas pistas sobre sus andanzas por esos mundos de Dios  porque tras cada esquina acecha una caterva de contables que tiene como encargo redactar inscripciones expeditivas y ponerlas sobre la cruz (lignum crucis) de cada mortal. Ya saben, todos esos que han descubierto en el análisis del discurso una cuña, un pretexto y una herramienta que les es muy útil para descalificar a los que no piensan según lo que se ha dado en llamar lo políticamente correcto.

La infancia y la infamia. De todo ese mundo de la infancia, adolescencia y primera juventud proviene mi gusto por la antigüedad clásica, mi afán por las letras y mi curiosidad por el conocimiento en general;  y de los copistas de la infamia, mi descreimiento en los frutos de la inteligencia cuando está atacada de sectarismo, de mera simpatía generacional o anegada por el oropel de la moda.

Dos mundos siempre presentes que es preciso ponderar para tomar impulso,  en estos momentos en que  marcamos un hito en el año que nos dice adiós, una muesca más (en realidad menos) en los pliegues de nuestra vida que avanza; recordar el sedimento del pasado que se fue y del que somos deudores y descreer de los que hoy han hecho subir varios puntos los niveles de desprecio por las humanidades y de ataque abierto, incurriendo en flagrante delito porque ellos son los  responsables de custodiar los saberes.

“Cuando el mundo exterior asquea, hace languidecer, corrompe, embrutece, las personas honestas y delicadas están obligadas a buscar en alguna parte de sí mismas un lugar más limpio para vivir”, decía Flaubert en una carta dirigida a su musa Louise Colet.

Ese lugar está abastecido por las humanidades, hoy llamadas ciencias humanas:  literatura, historia, filosofía, antropología, el arte y demás recolección de la historia de la cultura y de los valores humanos y espirituales  en general.


“Las perlas forman el collar pero el hilo es el que hace el collar”
. Otra vez Gustave Flaubert. 




8 comentarios:

Gonzalo (ἑταῖρος τε καὶ πολίτης) dijo...

Ahí Vossía me ha tocado y llevo un par de días pensando qué responderle. Le recomiendo leer "Perché leggere i classici" de Italo Calvino. Lo leí hace un par de semanas. Lo leí anoche de nuevo y me parece que sea su última definición buenísima porque a mí me trae a la memoria Il nome della rosa y los monasterios, a quienes debemos TODO aunque lo olvidemos.
http://www.classicitaliani.it/novecent/calvino_01_classici.htm

È classico ciò che persiste come rumore di fondo
anche là dove l'attualità più incompatibile fa da padrona.

Es clásico lo que persiste como ruido de fondo también allí donde la actualidad más incompatible hace de señora.

Un abrazo,
Gonzalo

P.S.: En mi perfil, he abierto otro blog griego-latín. Feliz año nuevo.

Prometeo dijo...

Feliz año, Gonzalo. Lleno de felicidad y de éxitos.

Un abrazo

Olga dijo...

Y que feo sería el mundo sin estos lugares que empiezan siendo refugio para luego convertirse en ARTE.
Muy feliz año, Prometeo!

Marcela dijo...

Me gusta refugiarme en libros. Es un lindo refugio. Me gusta refugiarme en la historia.
Que tengas un muy buen año.
Besos.

Prometeo dijo...

Que tengas un muy Feliz año, Olga.

Prometeo dijo...

Feliz año, Marcela.

azpeitia dijo...

Bello recorrido por el amor a las humanidades, al saber plural, lleno de contenidos, que acan conformando nuestra persona con millones de facetas que brillan como un diamante tallado, muy hermoso...un abrazo de azpeitia

Prometeo dijo...

Muchs gracias azpeitia. Me alegra verle.