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25 marzo 2026

PUIG CAMPANA V

No dijo nada al llegar. Nunca lo hacía. Se limitó a dejar la mochila en el suelo, apoyarse ligeramente sobre las rodillas y buscar el horizonte con la mirada, como si necesitara comprobar que todo seguía en su sitio, que la montaña no había cambiado en su ausencia, que él mismo seguía siendo capaz de reconocerse allí arriba después de tanto tiempo. 

Dieciocho años no son una pausa. Son otra vida. 

El viento le recibió como siempre, con la sobriedad de quien no necesita anunciarse, y durante unos segundos permaneció quieto, dejándose atravesar por ese aire que no había envejecido, como si en aquel gesto se resolviera algo que había quedado pendiente mucho antes de que la rodilla, el tiempo o las circunstancias dijeran basta. 

No había prisa. Nunca la hubo. 

Se sentó sobre una roca plana que conocía bien o que creyó reconocer, porque la memoria, con los años, no conserva los lugares tal como fueron, sino tal como uno necesita recordarlos, y desde allí dejó caer la vista hacia el valle, hacia esa línea en la que la ciudad había crecido sin pedir permiso, ocupando un espacio que antes parecía más lejano, más ajeno, más silencioso. 

Pensó entonces en todo lo que había ocurrido fuera de la montaña, en los años en los que no había subido y, sin embargo, había seguido estando allí de alguna manera difícil de explicar, como si el Puig Campana hubiera quedado fijado en algún lugar interno que no dependía del cuerpo ni de las circunstancias. 

Había dejado de subir, pero no había dejado de estar. 

Se incorporó despacio. La rodilla respondió, no como antes, pero sí lo suficiente. Y entendió que no había venido a comprobar si era el mismo, sino a aceptar que no lo era. 

Quedaba aún el tramo final hasta la cumbre, ese último esfuerzo que nunca es igual porque ya no se trata solo de alcanzar un punto, sino de asumir lo que uno encuentra al llegar. 

Cuando alcanzó la cima, no buscó la muesca. Sabía que estaba allí, como siempre, recordándole que incluso las montañas tienen su herida, su límite, su historia. 

Se acercó lo justo. Ni un paso más. 

Miró alrededor sin apropiarse del lugar, sin necesidad de demostrar nada, y fue entonces cuando comprendió con una claridad que no había tenido antes que no había regresado para conquistar la montaña, ni siquiera para repetir una experiencia pasada. 

Había regresado para cerrar algo. 

Para comprobar que, a pesar de todo, aquel lugar seguía siendo reconocible, y que él, aunque distinto, aún podía habitarlo sin traicionarlo. 

No hubo emoción desbordada. No era ese tipo de momento. 

Fue más bien una calma extraña, serena, casi definitiva. 

Recogió la mochila con un gesto lento, consciente, y emprendió el descenso por la pedrera, dejando que las piedras rodaran bajo sus pies con ese sonido seco que tantas veces había escuchado, y que ahora le pareció distinto, como si también el ruido hubiera cambiado con los años. 

No miró atrás. 

No hacía falta. 

La montaña no se había ido en esos dieciocho años. 

Y él, en el fondo, tampoco.

29 septiembre 2008

Puig Campana IV



Una operación de menisco le mantuvo alejado de la montaña por dos meses. Del asfalto le llegaban efluvios de espliego y de romero, y los escarceos producidos por las caprichosas lluvias de septiembre se le aparecían como rumor de manantiales.

No poder ir a la montaña pero vivir en la montaña: ese era su sino desde hacía ya mucho tiempo. De manera que aprendió a estar en ella sin haber subido y hasta el cansancio físico aparecía en el momento justo. Cogió sus utensilios, aparcó el coche como tantas veces había hecho cerca de la fuente conocida por lo lugareños como la Font del Molí y emprendió el ascenso. ¿Por dónde subiría? Por la derecha, sin duda, por la ruta más difícil aunque la más interesante, la de la torrentera también llamada de la pedrera.

Recordó la primera vez que subió con una mochila que pesaba casi 20 kilos; creyó que no lo conseguiría. Pero aprendió la lección y desde entonces se equipó con lo imprescindible. Tras una hora de primeros contactos con el entorno enfiló la pedrera. Aquel silencio siempre le pareció imposible a tan pocos metros de la bulliciosa ciudad de Benidorm. Decidió posponer la avenida de piedras para la bajada y subió por el pequeño sendero que había a su derecha.

Al poco rato se reencontró con ellos. Primero apareció “el guardián”, así lo había bautizado, una mole de roca caliza a mitad de camino entre el inicio de la pedrera y la primera cima; luego, cuatro o cinco pinos solitarios que emergían de la misma roca, y por último un rebaño de cabras que tenían por costumbre acercarse a los senderistas para lamerles el sudor.

Por fin, a la hora convenida, le vi llegar. Demudado, sudoroso y agotado por el esfuerzo pero feliz por estar allí una vez más.


(Continuará)

18 junio 2008

Puig Campana III


Las calles aparecen deshabitadas al amanecer el segundo y último día de vida para la Tierra. Los datos contabilizados hasta la fecha revelan un millón de muertes producidas por el pánico en los países desarrollados. En los países pobres las estadísticas no han variado apreciablemente, la vida y la muerte allí siguen su ritmo habitual…

Aristóteles, Pitágoras, el ser y la nada, el superhombre y el sursuncorda.

Mis manos se mueven sudorosas mientras compruebo el infausto devenir de los acontecimientos.

Los científicos más reputados esgrimen hipótesis arriesgadas que según ellos evitarían el trágico desenlace. Los dirigentes de las iglesias reclaman para sí la exclusividad en la interpretación de lo que se avecina: final de los tiempos, extravío humano, cansancio de los dioses…

Mientras tanto la gran bola de fuego pende imperturbable sobre nuestras cabezas. Algunos hasta encuentran un motivo de consuelo: no hemos sido nosotros los artífices de la destrucción de la Tierra sino un elemento natural exterior.

La mayoría de los mortales ha perdido el interés que les impulsaba a actuar hasta el día de ayer y miran suplicantes hacia arriba. Muchos abandonan despavoridos el puesto de trabajo y huyen de sus lugares de residencia como lobos asustados. ¿Adónde irán?

La humanidad, temerosa, confusa y suplicante, eleva hacia el cielo su plegaria como un incienso que entorpece los sentidos: parecen caer en la cuenta del extravío del ser humano desde tanto tiempo atrás que hizo que en vez de dedicar sus esfuerzos a prevenir catástrofes entregara su vida a amontonar ruido y furor.

Contengo la respiración mientras el temido momento se precipita por el horizonte y el cielo se emborrona de un arco iris ensordecedor.

Y en el último instante, cuando todos presagian el gran final... el reloj de arena que rubrica el tiempo se detiene; la nave espacial Eros, cuando sólo faltan unos segundos para el fenomenal impacto, realiza una inesperada e insólita hazaña que se salta las leyes físicas y modifica in extremis su trayectoria para alejarse después con gravedad de la Tierra.

Siete trompetas tronaron en cada rincón de la Tierra y del Cielo y una voz potente y bronca retumba rota mientras anuncia el acontecimiento: la Tierra tendrá una segunda oportunidad; volveremos a empezar de nuevo.

Gráciles seres alados se mueven entre los rostros aturdidos de los confusos humanos que esperan ansiosos el gran final y en su lugar se encuentran con el anuncio pormenorizado de la buena nueva.

Y los seres venidos de lo alto relacionan uno tras otro todos los inventos humanos para luego hacerlos desaparecer de la faz de la tierra. Se desmaterializan y se esfuman en el acto, todos menos uno.

Un ser alado espléndido, de nombre Rafael, habla con gran majestuosidad como príncipe de luz:

El mundo viejo ha pasado ya y de él sólo quedará en la memoria de la gente, un vaporoso recuerdo como el que produce en los oídos nostálgicos el relato de una leyenda antigua. Y prosigue Rafael- Sólo un descubrimiento genuinamente humano es necesario para el viaje extravagante de la vida y sólo él formará parte de vuestra herencia y de vuestro equipaje: el fuego para el calor del hogar y el crepitar del fuego que trae recuerdos de la infancia de hombre, de sus sueños y de su origen. Todo lo demás sobra porque ya ocasionó una vez el extravío humano.

El sol espléndido esparce sus brasas por el valle. Tras el gran susto, el silencio y la calma reinan por doquier mientras redacto el último párrafo de mi escrito.

Yo, Michael, Arcángel y centinela de Dios, ¿quién como Dios? firmo y rubrico mi informe, dado en la Tierra en el año de la justicia de Dios.

Fin del último día de la Era Antigua

16 junio 2008

Puig Campana II



¡El paisaje es espléndido! Sendero abajo puedo ver a unos aventureros que recogen los bártulos que utilizaron para la escalada a la gran montaña. Mochilas, tiendas, machetes, linternas… El cielo esboza un estático torbellino de colores. La cima del Puig Campana se desvanece tocada por los últimos rayos del sol mientras abajo varios archipiélagos de luces tintinean como antorchas vacilantes.

Y, de pronto, estalla la bomba. La noticia saltó primero a la red y de ahí pasó a la televisión y a la radio... Un científico incontrolado, aprovechó el anonimato de Internet para dejarla caer con indisimulado afán. Se trata de la pesadilla de los últimos años: el asteroide Eros que vaga por el espacio en un diabólico viaje que acabará abruptamente al impactar contra la Tierra.


Se extendió como tsunami por todas las pantallas de ordenador y como plaga se prodigó en todos los boletines informativos de radio y televisión. Todos pronunciaban el mismo nombre: Eros.

Las grandes potencias, una vez convencidas de que no podrían esconder el gran acontecimiento a la población unificaron sus criterios a través de videoconferencia y decidieron como primera providencia redactar un comunicado para tranquilizar a los ciudadanos porque ellos se sienten realmente asustados. Pero la gran noticia había calado ya hasta en el último rincón de la tierra y no había tranquilidad posible para los corazones angustiados.

En pocos días ningún habitante de la aldea global fue ajeno al acontecimiento: aquello, temido y pronosticado desde antiguo iba a ocurrir. La profecía largamente anunciada; el abracadabra o palabra mágica de todas las logias; el temor, primero y el pánico después, todo se desparramó por calles de pueblos y ciudades y por las encrucijadas de los caminos, reales o virtuales: en un par de días la tierra estallaría en pedazos y provocaría un desequilibrio sin precedentes en el sistema solar, de resultados imprevisibles para toda la galaxia. Pero esta vez la noticia provenía de los más reputados laboratorios científicos.

Tras el caos que sobrevino de inmediato le siguió una paralización de toda actividad en la tierra.

En todo el mundo miles de expertos de frentes sudorosas ponen a trabajar a todo correr máquinas potentísimas que efectúan complicados cálculos sobre órbitas, desplazamientos, probabilidades, márgenes de error. No había duda: al mediodía del viernes y de acuerdo a sesudos cálculos efectuados desde hacía una docena de años, el asteroide catalogado por los científicos con el nombre de Eros impactaría sin compasión contra la tierra con una potencia tal que los daños serían letales para la supervivencia del planeta que muy posiblemente se disolvería en millones de partículas vagando en todas direcciones... si Dios no lo remediaba.

Los estudios de televisión de medio mundo se pueblan de personajes variopintos que extraen de aquí y de allá las más variadas teorías y enarbolan hipótesis de trabajo, propuestas, amenazas, esperanzas. Todo se va a poner a prueba: la fe del carbonero, la evidencia científica, las teorías apocalípticas, el ateísmo de los descreídos; toda creencia mira de reojo al vecino. En unas pocas horas la humanidad saldrá de muchas dudas.

Mientras tanto, inexorable, Eros recorre los miles de kilómetros que le separan del gran encontronazo. ¡Cuantos años de disputas, de ambiciones, de egoísmos que se ha de tragar el fuego! ¿Será posible que ocurra lo que hasta hace unos días era considerado sólo como de ciencia-ficción?

Y así naufragó el día primero entre estertores llegados desde los últimos confines de la tierra camino a la desesperación.

Continuará.

17 abril 2008

Puig Campana I


Dejó que la hoguera se apagara por completo. Sorteó un montículo de piedras y encaró el norte con decisión. El viento acuchillaba su cara y hacía mas enhiesta su figura mientras, abajo, el mar jugueteaba con las primeras luces y perfilaba la Isla de Benidorm que no es sino la gran “muesca” que ha excavado la leyenda en la cima del Puig Campana.







Solo, amaneciendo en la montaña mágica.




Escuchó gritos a lo lejos y se alarmó. Al poco rato el silencio se adueñó del lugar, sólo se escuchaba de vez en cuando el choque del viento contra una rama...
















Se encaramó en la roca y creyó ver a unos montañeros que intentaban llegar a la cima desde su cara este. En un momento se perdieron tragados por el gigante...









Después siguió en ascenso desde la collada a la cima, hasta el punto geodésico que es otro enclave que también tiene su propia leyenda de ángeles y búsquedas.




Había subido por la pedrera...Benidorm y Finestrat lo vieron adentrarse por entre los pedregales y zambullirse en la niebla...





Al día siguiente pudo leer en la prensa la siguiente noticia:

Rescatan a tres montañeros que quedaron atrapados en el Puig Campana

PANORAMA-ACTUAL - 15/04/2006 12:13 h.

Efectivos del Consorcio Provincial de Bomberos de Alicante rescataron este sábado a tres montañeros ilesos que se quedaron atrapados en la montaña Puig Campana ubicada en la provincia de Alicante, según informaron fuentes de este Cuerpo.

A la hora más cruel

  Sandra, aunque el dolor cierre la puerta y extienda por tu casa su espesura, no alcanza a oscurecer la luz más pura que en tantos corazone...