21 febrero 2026

Aprender el oficio del náufrago



¿En qué momento empieza uno a aprender el oficio del náufrago? 

No cuando la madera cruje ni cuando el horizonte se oscurece. Empieza antes, casi siempre en silencio, cuando todavía creemos que el rumbo es firme y que el mundo -ese acuerdo tácito entre lo que esperamos y lo que ocurre- seguirá respetando nuestras pequeñas seguridades. 

He pensado muchas veces que todos llevamos dentro una costa que no aparece en los mapas. Un lugar donde alguna vez encallamos sin hacer ruido. Allí quedan restos dispersos: palabras que no dijimos, decisiones aplazadas, despedidas que nunca terminamos de comprender. Uno pasa por la vida como si navegara en aguas conocidas, pero basta un giro imperceptible para descubrir que la brújula ya no responde. 

Los antiguos lo sabían. Por eso llenaron sus relatos de tormentas, islas remotas y regresos inciertos. No hablaban solo del mar. Hablaban de esa experiencia íntima en la que todo lo familiar se vuelve extraño y uno debe aprender a habitar la intemperie sin perder el nombre. 

He visto náufragos en lugares donde no había agua. En estaciones de tren, en pasillos de hospitales, en conversaciones que se interrumpen antes de tiempo. Personas que caminaban con aparente normalidad mientras, por dentro, intentaban reunir los fragmentos de algo que ya no era lo que había sido. El naufragio no siempre hace ruido. A veces ocurre como cae la tarde: lentamente, sin pedir permiso. 

Quizá por eso me interesan estas historias. Porque en cada naufragio -real o invisible- aparece una pregunta antigua: ¿qué queda de nosotros cuando desaparecen las referencias? 

Este libro nace de esa curiosidad. No pretende dar respuestas definitivas, sino acompañar algunas derivas. Recorrer relatos de marineros, exploradores, supervivientes y personajes imaginados que, en distintos momentos de la historia, se encontraron frente a la misma frontera: la de seguir adelante cuando ya no hay garantías. 

Tal vez leer sobre ellos sea una forma de reconocernos. 

Porque, si uno mira con suficiente atención, descubre que la vida no se parece tanto a un puerto como a una travesía. 

Y en toda travesía llega -antes o después- el momento de aprender, aunque no lo hayamos elegido, el oficio del náufrago. 





Náufragos ilustres

¿Quién no ha sido náufrago alguna vez, aunque solo sea en el mar pequeño de un día torcido? Pero hubo náufragos de carne y sal que llevaron esa palabra al extremo, y sus andanzas quedaron grabadas en la historia como una muesca precisa en la madera.

Ahí está Odiseo, el náufrago por excelencia: no se hunde una sola vez, se hunde en mil desvíos, y aun así vuelve -tarde, astuto, lleno de cicatrices- como quien regresa de haber sido otro.

Cerca de él navega Robinson Crusoe, náufrago de manual y de comercio, que convierte la soledad en fábrica: inventa un mundo para no desaparecer. Y, en la isla del mito, Viernes es la prueba de que incluso el aislamiento acaba pidiendo conversación.

Más real y más feroz fue el caso de Alexander Selkirk, el hombre que inspiró a Defoe: años de isla áspera, animales, fuego y una paciencia que aprende a respirar sin testigos.

Y en el mapa de la ciencia aparece Charles Darwin, que no naufragó en el sentido literal, pero sí se expuso a mares y fiebres: su travesía fue un naufragio lento de certezas, hasta ver que la naturaleza no firma pactos con nadie.

En el océano sin metáforas, pocos episodios impresionan tanto como el del ballenero Essex: barcos hechos astillas, hombres a la deriva, la moral como último tablón, y un relato que acabaría alimentando a Moby-Dick.

Y si hablamos de supervivencia con nombre propio, Ernest Shackleton y la tripulación del Endurance merecen el título de egregios: hielo que cruje como un destino, meses de blanco absoluto, y una obstinación humana que se niega a morir.

También fueron náufragos -de guerra y horizonte cerrado- los del Bounty, arrojados a una épica de motín, disciplina y islas que prometían libertad a cambio de incertidumbre.

Y en tiempos más cercanos, los que quedaron a la deriva en balsas anónimas nos recuerdan lo esencial: el mar no necesita villanos para ser terrible, le basta su propia indiferencia.

La historia, si la escuchas bien, no está llena de héroes invencibles, sino de náufragos que aprendieron a negociar con el miedo: los que hicieron del hambre un método, del silencio un idioma, y de cada amanecer una decisión.

Porque quizá la gran andanza del náufrago no es caminar una isla: es sostenerse por dentro cuando todo alrededor se ha hundido.

19 febrero 2026

El náufrago y el tiempo


¿Y si el tiempo, para un náufrago, no fuera una línea… sino la forma exacta que tiene el mar de pronunciar tu nombre? 

Filosóficamente, el náufrago no mide el tiempo en calendarios, sino en resistencias. El tiempo es lo que tarda en llegar una idea que te salva, una renuncia que te aligera, una verdad que por fin no discutes. Para quien flota entre islas -entre lo que fue y lo que aún no sabe ser-, el tiempo no “pasa”: decide. Decide qué se hunde y qué queda. Y lo más duro no es la rapidez; es la selección. El tiempo se vuelve un filtro implacable: te quita lo accesorio para dejarte frente a lo esencial, desnudo de excusas. Así, cada cumpleaños no es una vela: es una pregunta. "¿Qué parte de mí sigue viva de verdad?" 

Poéticamente, el náufrago aprende que el tiempo no es enemigo, sino oleaje. Un día te empuja a la orilla con un recuerdo intacto; al siguiente te arrastra mar adentro con un miedo antiguo. El tiempo trae y se lleva, pero nunca se va de vacío: siempre deja algo adherido a la piel. Sal en los labios. Arena en los bolsillos. Un nombre que vuelve como gaviota. Y entre mareas, el náufrago descubre una ciencia secreta: esperar sin pudrirse por dentro. Hacer del instante un refugio, no una cárcel. 

Tal vez todos seamos náufragos, sí: navegantes sin mapa, supervivientes de lo que no salió como soñábamos. Y entonces el tiempo cobra otro sentido: no es la edad, es la brújula. No es “cuánto queda”, sino “qué dirección”. Porque vivir -en esta isla móvil que llamamos mundo- consiste en esto: aprender a convertir cada minuto en una tabla firme, cada pérdida en una estrella, cada año cumplido en una forma más lúcida de decir: sigo aquí. Y mientras haya escritura, habrá señales. Mientras haya señales, habrá esperanza. 

14 febrero 2026

¿Y si Dios fuera el fondo que no se hunde?




Anoche, mientras todo permanecía en silencio, me sentí como un náufrago en tierra firme. 

No llevaba sal en la ropa, pero sí esa humedad secreta que dejan los pensamientos. 

Miré mis manos: siguen aquí. Miré el mundo: también. Y algo dentro de mí preguntó, ¿por qué? 

Todo lo que toco podría no estar. Podría no existir, incluso yo. La taza en la mesa, la luz en la cocina, mi nombre dicho en voz baja. Podría faltar la calle, podría faltar el aire, podría faltar hasta yo. Y, sin embargo, cada mañana el día insiste. Como una lámpara que se enciende a oscuras, sin mano visible.

Hay quien lo llama azar. Hay quien lo llama costumbre. Yo lo miro y pienso en una cuerda que sostiene un barco a oscuras. Puedes seguir el cabo, nudo a nudo, y siempre te quedará la misma pregunta: ¿A dónde está amarrado? 

No sé describir a Dios con precisión de diccionario. No me sale. Me sale más bien como un rumor de puerto, como un olor a pan cuando aún es de noche. Me sale como una certeza suave: no estoy colgado del vacío. 

Que la realidad no pende de la nada como un abrigo en el aire. 

Que hay un fondo -un fondo limpio- que no se rompe cuando todo se agita. 

Esto no viene para convencer a nadie. Lo digo para no perderme. Para recordar que, incluso cuando el miedo hace su teatro, hay un suelo que no participa en la función. Un suelo que sostiene, sin aplausos. 

Y cuando lo siento así, la vida se vuelve más digna. Más responsable. Más agradecida.

Como si cada gesto tuviera peso verdadero. 

Como si amar fuera también una forma de tocar ese fondo. 

Reto de náufrago: hoy, en el primer momento en que notes que te hundes por dentro, detente diez segundos. Respira. Y repite en silencio, despacio: "No estoy colgado del azar". 

Después haz un gesto pequeño y real -una llamada, una disculpa, una ayuda- como si fuera verdad. 

“Un guerrero no cree, un guerrero tiene que creer”. Carlos Castaneda

01 febrero 2026

Consejo de náufragos ilustres


 ¿Y si esta noche recibieras visita de personajes que no existen para decirte lo único que te niegas a oír?

Me pasó en la cocina, que es el océano más subestimado de la casa.

El reloj marcaba una hora indecente y yo abría la nevera como quien busca una señal.

Entonces llamaron. No a la puerta: a mi orgullo.

Entró un hombre empapado, con sal en las pestañas. "Odiseo".

Se sentó y dijo: "No estás perdido. Estás entretenido. Y eso es peor".

Después apareció un caballero flaco con lanza y mirada de incendio: "Don Quijote".

Señaló el microondas como si fuera un dragón y soltó: "Tu miedo va disfrazado de sensatez".

Quise discutir. La sensatez es una religión agresiva.

Pero entró un muchacho con ojos de lunes: "Gregorio Samsa".

"Te estás convirtiendo en costumbre", dijo. "Y no fue una elección".

Desde el fregadero salió una niña con las manos limpias de lógica: "Alicia".

Sonrió: "Si sigues creciendo hacia dentro, te quedarás sin puerta".

El último llegó sin pasos, elegante y excesivo: "Dorian Gray".

Se miró en el cristal del horno y murmuró: "Envejece en secreto la parte de ti que aplaza".

Yo ya no sabía si reír o sentarme. Me senté.

Odiseo marcó la mesa con un dedo: "Di qué estás evitando".

Don Quijote pidió precisión: "Nombra el gigante. Deja de llamarlo "asunto"".

Gregorio fue quirúrgico: "Una acción pequeña hoy. Una".

Alicia inclinó la cabeza: "Entra por la puerta más ridícula. Suele ser la verdadera".

Dorian cerró el círculo: "Si esperas a sentirte listo, ya llegaste tarde".

Se fueron como vinieron: sin aplauso, sin moraleja.

Me dejaron la cocina igual y el pecho distinto.

Reto del náufrago:


Escribe ahora mismo un mensaje que empiece por "Te debo" o por "Me equivoqué".

No lo adornes. No lo justifiques. No lo alargues.

Envíalo.

Y si te tiembla el dedo, no es miedo: es la vida pidiendo turno.

09 enero 2026

Café en el atardecer dorado

 


¿Y si el nombre verdadero no fuera un sustantivo, sino una forma de volver? 

Esa noche, después de Confiterías Maite, caminé sin prisa -como si la ciudad, por una vez, no quisiera cobrarme peaje por recordar-. Llevaba en el bolsillo la cáscara de naranja que Irene me había dejado en la mano, doblada como un papelito de esos que uno guarda sin saber por qué. El río estaba cerca. Siempre lo está, aunque Murcia se empeñe en disimularlo con rotondas, semáforos y un exceso de gente con prisa. 

En la baranda del Puente Viejo volví a mirar mi cara en la lámina oscura. Me dio risa -una risa torpe, sin público- pensar que uno puede cruzar medio mundo, o medio desierto interior, para terminar aquí: frente a un agua que no responde, esperando que una palabra te cambie el pulso. “Papá”. La dijo Irene con una calma que me desarmó. No como quien lanza una piedra, sino como quien deja una llave sobre la mesa para que la encuentres al volver. 

“Papá” no era un título, me dije. O sí. Pero no de esos que se imprimen en tarjetas. Era otra cosa: una forma de quedarte. De no huir hacia adelante, como tantas veces. De no hacer de la distancia un oficio. Y, sin embargo, me resistía. Porque las palabras importantes suelen traer consigo un equipaje antiguo: mi padre en el rellano, la sopa, la cera, el ascensor quejándose, la caja de lata con mi nombre quemado, la semilla enterrada sin solemnidad. 

Dormí poco. Soñé con naranjos plantados en pasillos. Con puertas que se abrían a patios que ya no existían. Soñé que alguien -yo mismo, quizá- me llamaba desde una escalera y, en lugar de subir, yo bajaba como si bajara por dentro de mí. 

A la mañana siguiente volví al edificio. No por nostalgia, me prometí. Por comprobar. Como si el corazón fuera un mecanismo y bastara con revisar un tornillo. 

Amparo estaba barriendo el rellano con esa dignidad de quien barre más cosas que polvo. 
-¿Ya has vuelto otra vez, náufrago? -dijo, sin levantar del todo la mirada. 
-Parece que sí. -
Cuando uno planta algo, vuelve. Aunque diga que no. 

Bajé al patio. El círculo sin embaldosar seguía allí, humilde, obstinado, como un pequeño error voluntario en medio de tanta perfección de azulejo. Me arrodillé y removí la tierra con la yema de los dedos. No vi nada, claro. Ningún milagro. Ningún brote heroico asomando para tranquilizarme. Y aun así, juraría que la tierra estaba distinta: más suelta, más viva, como si ya supiera el secreto antes que yo.

Subí con las manos manchadas y una sensación rara: no era tristeza, tampoco alegría. Era… responsabilidad. Esa palabra que pesa como una fruta madura.

En la puerta me esperaba Irene. 

No sé de dónde salió. Tal vez llevaba un rato allí y yo, concentrado en la tierra, no la oí. Vestía un abrigo claro -de esos que no se explican en Murcia si no es por principios- y traía un bolso pequeño. Me miró las manos. 

-Has ido al patio. 

-He ido a comprobar que no me lo inventé. 

-Igual lo importante no es si brota. Igual lo importante es que tú vuelves a bajar al patio. 

Caminamos juntos. No hacia el centro. Al contrario: hacia calles menos vistosas, donde la ciudad parece hablar en voz baja. En la Avenida de la Constitución el ruido era el de siempre, pero hoy yo lo notaba menos. O quizá era yo el que hacía menos ruido por dentro. 

-¿Por qué tú? -pregunté al fin-. ¿Por qué tu nombre estaba en la nota? 

Irene respiró hondo, como si eligiera una frase entre muchas.

-Mi madre conoció a tu padre. No fue una historia de novela. Fue… una de esas historias que la gente guarda en una caja para que no le estalle en la cara. Cuando mi madre murió, vaciamos el trastero. Encontré la caja. La dejé ahí meses. Hasta que un día leí el papel. Y entendí que era un encargo. No para mí. Para ti. 

-¿Y el “papá”? 

 Irene se detuvo. Me sostuvo la mirada con una firmeza sin teatro. 

-Eso no lo escribió él. Eso lo digo yo.

Me quedé quieto. Noté cómo el cuerpo se me hacía pequeño, como cuando era niño y escuchaba desde el pasillo conversaciones de adultos que decidían cosas grandes. Sentí el impulso de reír, otra vez, para quitarle importancia. No me salió. 

-Pero yo no soy… 

-No lo eres de nadie -me cortó, sin crueldad-. Y por eso te lo dije. Porque hay palabras que te empujan a ocupar un sitio. Y tú llevas años sin ocupar ninguno, José. Llevas años viviendo como si estuvieras de paso. 

Me dolió, lo admito. Me dolió porque era verdad y porque la verdad, cuando llega bien dicha, no necesita levantar la voz. 

Seguimos andando. Pasamos por un kiosco. Por una panadería que olía a infancia aunque no sea la panadería de nadie. Por un portal donde un gato se estiraba al sol con la impunidad de quien no duda. 

-Irene -dije por fin-, ¿qué quieres de mí? 

Ella sonrió apenas. 

-Nada. Por primera vez en mi vida, no quiero nada de nadie. Solo… vengo a devolverte algo. Y a devolverme yo también. Porque ese “papá” no es para que me adoptes. Es para que te adoptes. 

Nos sentamos en una cafetería pequeña. De esas que tienen la barra gastada y el camarero que te llama “jefe” sin conocerte de nada. Irene sacó del bolso una libreta escolar, otra distinta. Tapas rojas. La dejó delante de mí como si dejara un animal dormido. 

-Esto estaba dentro de la caja. Debajo de todo. Yo no la había visto. 

Abrí la libreta. No era una carta larga. Mi padre nunca fue de grandes discursos. Había una sola frase, escrita con su letra inclinada, paciente: 

“Cuida del niño que fuiste. Si lo cuidas, ya eres padre.” 

La leí dos veces. Tres. Noté una vergüenza caliente en la garganta. No por la frase, sino por el tiempo perdido evitándola. Porque hay cosas que uno sabe desde siempre y se pasa media vida fingiendo que no. 

 Entonces pasó algo mínimo: Irene sacó una naranja, como la otra vez, y empezó a pelarla. El hilo de piel se desprendía con una precisión lenta. El olor subió y me golpeó donde duele y donde cura. 

 -No hace falta que digas nada -murmuró. 

Y yo, que siempre he tenido una frase a mano para no quedarme desnudo, me quedé callado. El silencio no fue incómodo. Fue, por un instante, casa. 

 Al salir, la tarde empezaba a ponerse seria otra vez. Ese azul que no es azul del todo, sino una decisión del cielo. Caminamos sin plan, hasta que nos despedimos en una esquina cualquiera. 

-¿Volverás? -pregunté. 

-Si tú vuelves, sí. 

 Me fui solo. Pero no era la misma soledad. Era una soledad con tarea. 

Al llegar al puente, me apoyé en la baranda. Miré el agua. Pensé en el niño que fui: el de la naranja en el bolsillo, el del patio, el que escribía “José M.” en una tablilla como quien deja constancia de existir. Y lo llamé.  No en voz alta. No todavía. Pero lo llamé. 

Y en ese gesto -tan pequeño, tan ridículo quizá- entendí lo que la tarde me estaba nombrando desde el principio: no un pasado, sino una obligación íntima de cuidado. 

Ahora te toca a ti. 

Dime: si tuvieras que adoptar hoy al niño que fuiste, ¿qué gesto mínimo harías -esta misma tarde- para que sepa que, por fin, has vuelto a por él?

Soneto de invierno

En cárcel de cristal tiembla la fuente, 
y el aire muerde, lobo sin reposo; 
pasa el silencio, pálido y hermoso, 
por la ciudad de escarcha y de poniente. 

La noche clava su cuchillo ardiente en el hogar, 
que alumbra temeroso; 
y el árbol, despojado y riguroso, 
reza con ramas al cielo ausente. 

La nieve -sudario de la llanura- borra los pasos, 
presta olvido al suelo, 
y el mundo queda en blanca penitencia. 

Mas bajo tanta fría arquitectura, 
late una brasa, humilde, en su desvelo: 
vive la vida a fuerza de paciencia.

Aprender el oficio del náufrago

¿En qué momento empieza uno a aprender el oficio del náufrago?  No cuando la madera cruje ni cuando el horizonte se oscurece. Empieza antes,...