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14 agosto 2026

PUIG CAMPANA VI: La montaña que no perdona


Dicen que hay montañas que se suben y otras que, en realidad, son ellas las que deciden si te dejan entrar. Durante mucho tiempo pensé que no era más que una forma de hablar, una exageración más de esas que se dicen para dar misterio a lo evidente, hasta que una mañana cualquiera, sin grandes expectativas y con la ligereza imprudente de quien cree que todo camino es, en el fondo, parecido al anterior, me encontré frente al Puig Campana y comprendí, sin necesidad de que nadie me lo explicara, que allí las reglas eran otras.

Desde abajo parece una montaña limpia, casi amable, con un perfil que invita a pensar en un ascenso ordenado, lógico, incluso previsible, pero basta empezar a caminar para que esa primera impresión se resquebraje poco a poco, como si la montaña fuera retirando capas de apariencia con una paciencia antigua, dejándote cada vez más expuesto, más consciente de que el sendero no está para ayudarte, sino para observarte, para medirte en algo que no tiene que ver ni con la resistencia ni con la técnica, sino con una especie de fondo que uno no sabe muy bien si posee hasta que lo necesita.

La piedra, que al principio parece firme, comienza a ceder en los momentos más inoportunos; el aire, que parecía ligero, se vuelve denso en los tramos en los que más falta te hace; y el silencio, lejos de ser descanso, adquiere una presencia casi física, como si acompañara cada paso con una pregunta que no termina de formularse del todo pero que, sin embargo, pesa.

Y entonces sigues avanzando, no tanto por decisión como por inercia, porque hay un punto en el que volver atrás ya no es una opción cómoda, no por la distancia recorrida, sino por la intuición-cada vez más clara- de que lo que estás atravesando no es solo un espacio, sino una experiencia que te está leyendo por dentro, despojándote de excusas, de distracciones, de todo aquello que, en otros lugares, sirve para disimular.

En ese momento, casi sin querer, aparece el recuerdo de la historia, esa que habla de una herida en la cima, de un gesto imposible que arrancó un pedazo de montaña para detener algo tan inevitable como la muerte, y uno sonríe al pensar en la desmesura del relato, en su carácter legendario, hasta que, finalmente, alcanza la cumbre y se encuentra con esa hendidura que no encaja del todo en lo natural, que no se deja explicar solo con palabras técnicas, y que más bien parece la marca de algo que, de algún modo, ocurrió de verdad, aunque ya nadie pueda decir cómo.

Allí arriba no hay épica, ni esa sensación tan buscada de haber conquistado algo; hay, más bien, una especie de pausa obligada, una necesidad de sentarse que no responde al cansancio sino a otra cosa, a una mezcla de respeto y desconcierto, como si el lugar exigiera un cierto recogimiento, una manera distinta de estar, de mirar, incluso de pensar.

El mar se intuye a lo lejos, pero no actúa como horizonte, sino como recordatorio, como si todo lo que ves formara parte de un mismo tejido que no alcanzas a comprender del todo, y es en ese instante, sin épica, sin revelaciones grandilocuentes, cuando aparece una certeza discreta pero firme: no has conquistado nada, no has dominado nada, no has demostrado nada.

Has estado ahí porque, de algún modo, la montaña te han permitido estar.

Y al iniciar el descenso, que siempre llega aunque uno no tenga prisa, se va asentando una idea que no se formula de golpe, sino que se va deslizando poco a poco, como todo lo importante: hay lugares que no se recorren, sino que se atraviesan, y cuando uno sale de ellos, incluso sin saber exactamente en qué ha cambiado, tiene la sensación inequívoca de no ser exactamente el mismo.

El Puig Campana no se sube en el sentido en que uno sube otras montañas; se habita durante unas horas, se sufre en algunos tramos, se escucha en los silencios y, sobre todo, se recuerda después, cuando ya no estás allí y, sin embargo, algo de él sigue contigo.

Quizá por eso, cuando alguien me pregunta cómo es, nunca sé responder del todo, porque cualquier explicación se queda corta, y porque, en el fondo, hay una verdad que no admite matices:

El Puig Campana no es una montaña que conquistas. Es una montaña que, si tienes suerte, te deja marchar.

14 junio 2026

El río que no sabía detenerse


“Si lees esto, es que aún estás a tiempo”. 

Juan Puebla seguía sin entender por qué aquella frase lo perseguía tanto. 

Deambulaba por Alfonso X mientras los comercios empezaban a apagar escaparates y las terrazas se vaciaban despacio, con ese cansancio opaco de los camareros al final de la tarde, cuando ya no escuchan las conversaciones y solo recogen vasos. Murcia entraba poco a poco en la hora azul. No había silencio todavía, pero el ruido empezaba a alejarse. 

Caminaba ligero. Sin prisa. Sin destino. 

Las tres semanas transcurridas desde la carta habían dejado una huella rara en él. No exactamente esperanza. Tampoco tristeza. Algo más incómodo. Como si alguien hubiese abierto una ventana en una habitación que llevaba demasiados años cerrada. 

De Clara no tenía noticia. Ni una dirección. Ni una llamada. A veces pensaba en buscarla y otras veces le bastaba con imaginar que seguía viva en alguna ciudad donde todavía hubiese ropa tendida en los balcones y vecinos que se saludaban por el nombre. 

Al llegar al Jardín de Floridablanca se sentó en un banco que conservaba el calor del sol. Cerca de la fuente, un niño intentaba empujar un barco de papel con una rama. El barco giraba una y otra vez dentro del mismo remolino pequeño. 

Juan observó la escena. Después sonrió para sí. 

La vida también hacía eso de vez en cuando. Uno cree avanzar y solo está aprendiendo a dar vueltas.

Un anciano pasó delante de él con una chaqueta demasiado gruesa para junio. Caminaba despacio, aunque no parecía débil. Antes de perderse entre los árboles levantó la cabeza hacia las ramas blancas de azahar, como quien mira algo que lleva esperando mucho tiempo. 

Ese gesto le hizo daño a Juan. Un daño leve. Pero limpio. 

Porque comprendió, de golpe, que hay personas que envejecen mucho antes de hacerse viejas. Les ocurre el día que dejan de mirar hacia arriba. 

La noche terminaba de entrar en la ciudad. Algunas ventanas empezaban a encenderse y el aire traía el olor del azahar desde los jardines cercanos. Siempre duraba poco. Tal vez por eso resultaba imposible olvidarlo. 

Juan apoyó los brazos sobre las rodillas y permaneció allí, quieto, viendo pasar gente sin fijarse apenas en nadie. 

Había esperado media vida algo extraordinario, cuando casi todo lo importante había llegado siempre disfrazado de cosas pequeñas: una voz conocida al otro lado del teléfono, una taza todavía caliente, una calle vacía al anochecer, una carta doblada dentro de un bolsillo.

El niño se acercó entonces con el barco empapado entre las manos. 

—¿Usted sabe por qué no conseguía salir? 

 Juan miró hacia la fuente. El agua seguía girando despacio. 

—Porque creía que aquello era el río —respondió. 

El muchacho se quedó pensando unos segundos. Luego encogió los hombros, echó a correr hacia su madre y desapareció entre la gente. 

Juan lo siguió con la mirada. Después respiró hondo. 

Y, por primera vez en muchos años, tuvo la sensación de que todavía quedaba tiempo.

17 mayo 2026

La hora azul del azahar



La primera bocanada de azahar le llegó en la esquina de la calle Trapería, justo cuando el semáforo cambió a verde y un muchacho con auriculares cruzó delante de él sin mirar. El hombre se detuvo. No por el muchacho. Por el olor. Cerró los ojos apenas un instante, como quien escucha una voz que creyó perdida, y después siguió andando con las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta gris. La tarde caía despacio sobre Murcia. Los cristales de los balcones retenían los últimos arreboles y el cielo, entre azul y ceniza, parecía una sábana sacudida por manos invisibles.

Llevaba todo el día fuera de casa. No había ocurrido nada especial. Una reunión en una gestoría de la Gran Vía, un café tibio junto al Romea, dos llamadas que no esperaba y una frase pronunciada por un desconocido en la cola de una farmacia:

—Tenemos menos tiempo del que creemos.

Nada más.

Y, sin embargo, aquella frase caminaba con él desde hacía horas como un perro flaco.

Pasó junto a la Catedral. Las campanas respiraron sobre la plaza. Había turistas hablando por teléfono, camareros recogiendo mesas, una niña empeñada en perseguir palomas que alzaban el vuelo en el último instante. El hombre observó la escena con una fatiga extraña. No tristeza. Tampoco nostalgia. Era otra cosa. La sensación de haber llegado tarde a su propia vida.

Pensó en ello mientras avanzaba hacia Santo Domingo. Había cumplido cincuenta y siete años dos semanas atrás y nadie diría que era infeliz. Trabajo estable, un piso pequeño pero luminoso, un hijo que llamaba de vez en cuando desde Valencia, algunas fotografías felices alineadas sobre un aparador. La vida correcta. Ordenada. Pulcra. Como una camisa recién planchada que nunca termina de pertenecer al cuerpo.

El olor a azahar regresó al doblar una esquina. Más intenso ahora. Más limpio.

Le sorprendió descubrir un naranjo escondido tras una verja antigua. Las flores temblaban bajo la penumbra como pequeñas lámparas encendidas. Se acercó despacio. Durante unos segundos permaneció quieto, respirando. Y entonces ocurrió algo mínimo. Una grieta. Un desajuste.

Recordó.

No un gran acontecimiento. No una tragedia. Recordó una tarde cualquiera de hacía treinta años. Él bajando de una motocicleta junto al río. Una muchacha de vestido azul riéndose mientras apartaba el pelo de la cara. El mismo olor. Exactamente el mismo. Y una pregunta que nunca llegó a responder.

— ¿Y si un día nos perdemos?

La memoria apareció con tal nitidez que tuvo que apoyar una mano en la verja. Sintió el hierro frío bajo los dedos. El ruido lejano de un autobús. El roce de su propia respiración. Todo seguía ahí. La ciudad. El río. Los árboles. Incluso el azahar. Lo único ausente era aquel hombre que había sido.

Continuó caminando.

Ahora había prisa en sus pasos.

Atravesó calles que conocía de memoria y que, de pronto, parecían nuevas. Las fachadas ganaban profundidad bajo la luz oblicua de la tarde. Una anciana sacudía un mantel desde un balcón. Un camarero silbaba mientras apilaba sillas. Desde una ventana abierta llegaba el rumor de una radio antigua. La vida entera parecía compuesta de pequeñas cosas a punto de desaparecer.

Y él lo entendió demasiado tarde.

O eso creyó.

Al llegar al puente viejo se detuvo. El Segura avanzaba abajo con esa calma de animal cansado que conoce todos los caminos. Apoyó los brazos en la barandilla y miró el agua oscurecida. Durante años había pensado que aún quedaba tiempo para todo: llamar, volver, empezar, pedir perdón, besar otra vez. Después llegan los días idénticos. El trabajo. Las facturas. El cansancio. Y una tarde descubres que la vida no se ha roto de golpe; se ha ido gastando igual que una piedra bajo el agua.

Sintió deseos de llorar.

Pero no lloró.

Un grupo de muchachos pasó corriendo detrás de él. Reían. Uno tropezó. Otro levantó el brazo señalando el cielo incendiado sobre la ciudad. El hombre sonrió sin darse cuenta. Apenas una inclinación leve de los labios. Después metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó un sobre amarillento.

Lo llevaba allí desde hacía más de veinte años.

Nunca se atrevió a abrirlo.

Observó la letra inclinada sobre el papel. Clara. Solo eso. Clara.

La muchacha del vestido azul. 

La mujer a la que dejó marchar una mañana absurda creyendo que siempre habría otra ocasión. 

El olor a azahar volvió entonces, arrastrado por el aire del río, y el hombre comprendió algo feroz y sencillo: no temía descubrir lo que decía aquella carta. Temía descubrir que ya no importaba.

Rompió el sobre con cuidado.

Dentro encontró una única hoja doblada en tres partes.

Y una línea escrita con tinta azul: 

"Si lees esto, es que aún estás a tiempo".

18 abril 2026

El vuelo del Águila VI

¿En qué momento deja uno de volar y empieza, sin darse cuenta, a caer?

No fue un golpe seco, ni un giro brusco del viento. Fue algo más sutil. Como si el aire, de pronto, hubiese perdido consistencia.

Como si aquello que antes sostenía, ahora simplemente acompañara… sin comprometerse.

El águila lo notó antes que nadie.

No en las alas, que seguían firmes, ni en la mirada, que continuaba afilada como siempre. Lo percibió en el silencio.

Ese silencio distinto, más hondo, que no anuncia peligro sino cambio.

Volaba, sí. Pero ya no avanzaba igual.

A veces, en pleno ascenso, tenía la sensación de que el cielo no era infinito, sino una memoria.

Un lugar al que regresaba más que conquistar. Y en ese regreso, algo se iba quedando atrás.

No era cansancio. Tampoco miedo.

Era conciencia.

Había aprendido cada corriente, cada pliegue invisible del aire, cada truco para sostenerse cuando todo parecía ceder.

Pero ahora, en mitad de ese dominio, surgía una pregunta incómoda:

¿Y si no se trata de llegar más alto?

el águila planeó largo rato sin batir las alas. Dejándose llevar.

No por rendición, sino por una curiosidad nueva, casi infantil.

Como quien escucha por primera vez el sonido del viento sin querer dominarlo.

Y entonces lo comprendió.

No todo vuelo es conquista. Hay vuelos que son regreso. Otros, despedida. Y algunos, los más difíciles, son simplemente tránsito.

Aquella tarde no descendió. Tampoco subió.

Se quedó en ese punto exacto donde el aire no empuja ni retiene. Donde uno no sabe si sigue siendo quien era o empieza, sin ruido, a transformarse.

Quizá ahí, justo ahí, empieza el verdadero vuelo.

Reto del náufrago: La próxima vez que sientas que no avanzas, no te precipites a cambiar de rumbo. Quédate un instante más. Observa. Puede que no estés detenido… puede que estés entendiendo.

25 marzo 2026

PUIG CAMPANA V

No dijo nada al llegar. Nunca lo hacía. Se limitó a dejar la mochila en el suelo, apoyarse ligeramente sobre las rodillas y buscar el horizonte con la mirada, como si necesitara comprobar que todo seguía en su sitio, que la montaña no había cambiado en su ausencia, que él mismo seguía siendo capaz de reconocerse allí arriba después de tanto tiempo. 

Dieciocho años no son una pausa. Son otra vida. 

El viento le recibió como siempre, con la sobriedad de quien no necesita anunciarse, y durante unos segundos permaneció quieto, dejándose atravesar por ese aire que no había envejecido, como si en aquel gesto se resolviera algo que había quedado pendiente mucho antes de que la rodilla, el tiempo o las circunstancias dijeran basta. 

No había prisa. Nunca la hubo. 

Se sentó sobre una roca plana que conocía bien o que creyó reconocer, porque la memoria, con los años, no conserva los lugares tal como fueron, sino tal como uno necesita recordarlos, y desde allí dejó caer la vista hacia el valle, hacia esa línea en la que la ciudad había crecido sin pedir permiso, ocupando un espacio que antes parecía más lejano, más ajeno, más silencioso. 

Pensó entonces en todo lo que había ocurrido fuera de la montaña, en los años en los que no había subido y, sin embargo, había seguido estando allí de alguna manera difícil de explicar, como si el Puig Campana hubiera quedado fijado en algún lugar interno que no dependía del cuerpo ni de las circunstancias. 

Había dejado de subir, pero no había dejado de estar. 

Se incorporó despacio. La rodilla respondió, no como antes, pero sí lo suficiente. Y entendió que no había venido a comprobar si era el mismo, sino a aceptar que no lo era. 

Quedaba aún el tramo final hasta la cumbre, ese último esfuerzo que nunca es igual porque ya no se trata solo de alcanzar un punto, sino de asumir lo que uno encuentra al llegar. 

Cuando alcanzó la cima, no buscó la muesca. Sabía que estaba allí, como siempre, recordándole que incluso las montañas tienen su herida, su límite, su historia. 

Se acercó lo justo. Ni un paso más. 

Miró alrededor sin apropiarse del lugar, sin necesidad de demostrar nada, y fue entonces cuando comprendió con una claridad que no había tenido antes que no había regresado para conquistar la montaña, ni siquiera para repetir una experiencia pasada. 

Había regresado para cerrar algo. 

Para comprobar que, a pesar de todo, aquel lugar seguía siendo reconocible, y que él, aunque distinto, aún podía habitarlo sin traicionarlo. 

No hubo emoción desbordada. No era ese tipo de momento. 

Fue más bien una calma extraña, serena, casi definitiva. 

Recogió la mochila con un gesto lento, consciente, y emprendió el descenso por la pedrera, dejando que las piedras rodaran bajo sus pies con ese sonido seco que tantas veces había escuchado, y que ahora le pareció distinto, como si también el ruido hubiera cambiado con los años. 

No miró atrás. 

No hacía falta. 

La montaña no se había ido en esos dieciocho años. 

Y él, en el fondo, tampoco.

08 marzo 2026

Cartografía de una corriente invisible

 



Hay momentos en los que uno cree haber dejado algo definitivamente atrás. 

No hablo de grandes acontecimientos ni de episodios memorables. A veces se trata de algo mucho más pequeño: una calle, una conversación, una tarde cualquiera que quedó perdida en el tiempo. Cosas que uno da por cerradas, archivadas en ese lugar impreciso al que solemos llamar pasado. 

Y sin embargo, de vez en cuando, algo ocurre. Una imagen aparece sin aviso. Una palabra pronunciada por alguien cualquiera suena extrañamente familiar. Un olor en el aire abre una puerta que no recordábamos haber cerrado. 

Entonces el tiempo hace algo curioso. Se pliega. 

Remamos convencidos de que avanzamos hacia delante. Empujamos los remos contra el agua con la obstinación tranquila de quien cree que el futuro está siempre un poco más allá del horizonte. Desde la barca todo parece obedecer a esa lógica sencilla: remar, avanzar, dejar atrás. 

Pero el mar tiene una inteligencia antigua. 

Hay corrientes que no se ven. Corrientes pacientes que trabajan muy por debajo de la superficie y que, sin hacer ruido, van desplazando lentamente la embarcación. 

Uno tarda en darse cuenta. 

Al principio cree que es una ilusión del paisaje. Después piensa que tal vez se ha desviado apenas unos metros. Pero llega un momento en que levanta la vista y reconoce algo inquietante. 

La costa que aparece delante no es nueva. Son las mismas rocas. La misma franja de arena. El mismo lugar del que juraría haber partido hace mucho tiempo. 

Y entonces surge una sospecha silenciosa, casi incómoda. 

Tal vez el error no estaba en el rumbo. Tal vez estaba en el mapa. 

Porque hay travesías que no se miden por la distancia recorrida, sino por las corrientes que uno nunca supo que existían. 

Y quizá la vida se parezca más a eso de lo que estamos dispuestos a admitir. 

A una lenta cartografía de corrientes invisibles.

01 marzo 2026

Tres palabras

 


Aprendí tarde que “luego” es un lugar cómodo y peligroso.

Hoy me encontré un semáforo nuevo. No tenía rojo, ámbar y verde. Tenía tres palabras: "Ahora", "Luego", "Nunca". 

La gente cruzaba como siempre, con esa fe automática del peatón, y sin embargo todos miraban el cartel como quien mira un espejo. 

Un niño tiró de la manga a su padre y preguntó: "Papá, ¿qué color es luego?" El padre no supo qué contestar y fingió que le sonaba el móvil. 

Me quedé allí, quieto, observando el mecanismo. "Ahora" duraba poco, casi nada: un parpadeo educado. “Luego” era un océano: cuanto más lo mirabas, más lejos quedaba la otra orilla. 

Y "Nunca" solo aparecía cuando uno ya estaba en mitad del paso de cebra, como si el semáforo tuviera sentido del humor o mala leche. 

Entonces ocurrió lo extraño: el semáforo empezó a ajustar su luz a cada persona. 

A un hombre con prisa le ponía "Luego" aunque fuera "Ahora". 

A una mujer que caminaba despacio le regalaba "Ahora" más tiempo. 

A un chaval con auriculares le dejó "Nunca" fijo, y él ni se enteró: cruzó igual, blindado por su música.

Me di cuenta de que el semáforo no regulaba el tráfico. Regulaba excusas. Y cuanto más miraba, más entendía la trampa: la mayoría no esperaba para cruzar la calle. Esperaba para cruzar su propia vida.

Cuando por fin se encendió "Ahora" para mí, di un paso. Y oí detrás una voz, muy tranquila, como de funcionario del destino: "Disculpe, caballero. Su Ahora está caducado". 

Me giré y vi a un anciano con un talonario en la mano. Arrancó un papel y me lo dio: "Justificante de aplazamiento. Válido para un día que no existe". Miré el justificante. No había fecha. Solo una frase: "El tiempo no te empuja. Te acostumbra". 

Crucé igualmente. No pasó nada. 

Eso fue lo peor: que no pasara nada. Porque entonces entendí el mensaje, simple y feroz: no necesitamos un semáforo que nos detenga, sino uno que nos recuerde que, a fuerza de decir "luego", acabamos viviendo en "nunca" sin haberlo decidido.

PUIG CAMPANA VI: La montaña que no perdona

Dicen que hay montañas que se suben y otras que, en realidad, son ellas las que deciden si te dejan entrar. Durante mucho tiempo pensé que n...