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21 marzo 2009

La serpiente entre las flores IV


Después de cruzar por angostos pasadizos y sortear cortados y desniveles di con una estancia que amplificaba los ecos y parecía salida de un cuento por el halo de misterio que confería a la gruta. En el centro de la cueva vi lo que parecía un altar sobre el cual caía oblicuo un haz de luz procedente del techo. Sobre el ara los caballeros templarios practicaban sus ritos iniciáticos en los cuales los adeptos juraban con devoción sus votos. Me encontraba en el Omphalos, uno de los centros energéticos del mundo que describiera el historiador Pausanias. Sobre el altar se enroscaba, sigilosa, una serpiente.

De pronto creí adivinar una sombra junto al altar. Era el caballero templario a quien seguí por la gruta. Me miró sonriente, espada al cinto, semblante sereno, gesto solemne. Me hizo señas para que me acercara y así lo hice. En la mano derecha portaba un pergamino. Lo enrolló y sin mediar palabra lo depositó en mi mano. Deshice el rollo y empecé a leerlo: “acordaos, que jamás se ha oído decir que ninguno de cuantos han acudido a vuestra protección, implorado vuestra asistencia y reclamado vuestro socorro, haya sido abandonado de vos…”. Se trataba de una antigua y poderosa oración. Escudriñé los ojos serenos del monje soldado. Mi nombre es Bernardo, pronunció. Sentí un escalofrío. Luego alzó el hierro hasta la altura de mi pecho y noté la presión del acero entre dos costillas. Unas gotas de sangre, pétalos de fuego, brotaron ardientes. Aguanté el galope del corazón y contuve el aliento.

Prometeo será tu nombre desde hoy, dijo. Sonreí estupefacto. Y prosiguió.

Tú buscas la seda de los pétalos pero debes de estar preparado porque también encontrarás una serpiente entre las flores. Así ha sido y así será. Este mundo sólo puede ser transitado de parte a parte si vives como guerrero con miel en los labios. Hoy como ayer el pánico ante los rayos y truenos de la vida inmoviliza a los caminantes sin norte, a los hombres y mujeres que peregrinan los senderos secos y polvorientos de esta tierra con la aridez plantada en el corazón. Hombres y dioses, el cielo y el suelo en alianza eterna. No habrá paz fuera mientras la discordia repique en los corazones como tambores de guerra. Tendrás que ser un virtuoso con la flauta para disipar las tormentas y detener el rayo. La cruz de las ocho beatitudes será tu guía para no sucumbir ante las celadas que asaltarán tu camino a cada paso. Aunque te cueste creerlo la serpiente encierra dentro de sí algunas lecciones que debes aprender. Su presencia te enerva porque no has aprendido a extraerle su veneno.

Necesitaba un respiro ante tanta emoción contenida. Oteé el recinto y cuando volví a posar los ojos sobre el altar ya no había nadie.

Abandoné la estancia con paso acelerado. Las paredes se angostaban cada vez más. Decenas de estalactitas descendían armónicas ante mi y perfilaban sombras fantasmales en el atanor de la luminaria y la penumbra. Al fondo se escuchaba el eco del filtrado de las aguas y del torpe chocar de murciélagos contra el techo. A lo lejos vislumbro un rayo de luz que se abre paso con dificultad y cae oblicuo sobre el suelo. Se trata de una hendidura en la roca que va a dar al vacío del cañón. De no haber estado alerta me habría despeñado. El canto de las aves, el eco de voces lejanas y el espacio abierto se precipitan cálidos en la gruta y son metabolizados y convertidos en mágicos ecos, reminiscencias lejanas de otra época donde rezos templaban espadas.

Vuelvo sobre mis pasos: ni rastro de caballeros ni de adeptos abismados en rituales de iniciación. Las piedras impregnadas de siglos de historia exprimen los cánticos graves y las huellas de caminantes sin descanso y los entregan a los oídos atentos. Tropiezo con algo. Es una calavera. La acerco a una antorcha. Me mira desde sus cuencos vacíos; parece que se ríe. El ayer crepita sobre el hoy con su pátina de bruma.

Quiero abandonar la cueva pero me extravío varias veces en sus múltiples sendas, encrucijadas crepusculares y vericuetos.

Al fin salgo a la luz. Un sol espléndido rocía mi cuerpo y anega mis ojos. El monumento templario me mira silencioso y cómplice, espejo aireado de la gruta que oculta los verdaderos tesoros. Una sombra fugaz se baña en el arroyo y luego sobrevuela la ermita cuajada de misterio. El ulular del viento se funde con el discurrir del águila y el viejo cañón del Río Lobos exuda poco a poco su leyenda.

Emprendo el camino de regreso. Escucho una voz a mi espalda, desde la cueva: ¡marchad, Dios os protegerá!



Fin

16 marzo 2009

La serpiente entre las flores III


¿Estaba en el vórtice de un espejismo o aquello era un vislumbre del pasado? Lo cierto es que escuché a lo lejos ¡salud! y me adentré en la gruta sin demora. El enigmático caballero avanzaba por delante de mi con paso presto y apenas si me daba tiempo a seguir sus huellas. Lo cierto es que en mi cabeza daba vueltas un grabado que vi nada más entrar en la gruta: una serpiente que se mordía la cola, con esta inscripción debajo: “luego que lo viste le obedeciste”. B.C.


Si estaba en lo cierto la frase era del mismísimo Bernardo de Claraval en el estrambote del artículo XXXIII de la Regla que dictara para la Orden del Temple, como su organizador que fue, allá por el año de 1128. El fin de los Caballeros de Cristo era defender a los peregrinos de Tierra Santa y combatir el Islam. ¿Qué significado encerraba aquella serpiente que se muerde la cola? ¿Me encontraría ante la puerta de acceso al infinito? Lo cierto es que seguí la sombra por entre las oquedades y envuelto en el rumor de gotas de agua que resbalaban por la rugosa superficie de la roca.

Poco a poco y según íbamos entrando en la oquedad, lo que en principio fue un eco lejano de voces que cantaban como una letanía se hizo cada vez más audible. De entre las grietas de la cueva que otrora sirviera de refugio y retiro, llegaban reflejos de luces. Allí también se oficiaban los ritos iniciáticos practicados sobre el nuevo guerrero, paso previo a la revelación de los secretos de la orden.

De pronto interrumpí mi marcha porque llegó a mis oídos la primera estrofa del “magnifecetur fortitudo domine”. Trastabillé al tropezar con un saliente de roca y en seguida pude escuchar más claro el canto que empieza: “dixit que Dominus vivo ego et implevitur gloria Domini universa terra”. A estas alturas ya no sentía extrañeza por lo extemporáneo de estos sucesos. Tuve la brumosa sensación de estar en medio de un sueño.

El monje guerrero se detuvo. Acercó el dedo índice a los labios para que guardara silencio y continuó en dirección hacia donde emergían las envolventes voces que por segundos ganaban en claridad y fuerza. Habíamos avanzado como unos cien metros en el interior de la Cueva Grande y la oscuridad era cada vez más espesa, apenas desbaratada por grandes candelabros situados cada cierta distancia.

En un recodo me encontré con un trébol pintado en el techo. La trinidad, las tres virtudes teologales, pensé. De pronto caí en la cuenta de que tal vez la gruta contenía la réplica de los símbolos que había visto en los canecillos de la ermita. ¿No sería la ermita la antecámara de la Cueva Grande? Pareciera que los verdaderos ritos de los caballeros de Cristo se realizaran en la gruta. Los adeptos se introducían en las entrañas de la madre tierra para volver a nacer a una nueva vida. Seguí unos metros más adelante y di con un nuevo dibujo; esta vez se trataba de una figura geométrica en forma de rombo. Hombres y dioses; cielos y tierra. El cuatro, la lenguaje simbólico de los números. Un poco más allá pasé de largo por donde había pintada una estrella de cinco puntas para escapar al influjo de la magia negra y tuve la convicción de estar en el buen camino al encontrarme con la estrella de David.

A estas alturas sabía que el sendero a seguir estaba custodiado por los números mágicos. De pronto reparé que estaba solo en el corazón de la gruta pues el majestuoso caballero había desaparecido como tragado por la tierra. Se había hecho el silencio y no me había percato del momento exacto en que esto ocurrió. Y en esas estaba cuando en otro recodo di a parar con la cruz de las ocho beatitudes similar a la que está en el interior de la ermita, verdadera hoja de ruta del caballero templario que debe observar: el contento espiritual, vivir sin malicia, llorar los pecados, humillarse al ser ultrajado, amar la justicia, ser misericordioso, ser sincero y limpio de corazón y sufrir con paciencia las persecuciones. De pronto me alarmó el sonido sordo que produjo el golpe de una espada contra la roca.


Continúa y termina en IV

14 marzo 2009

La serpiente entre las flores II


El cañón del Rio Lobos es un paraje singular que percute sobre las fibras sensibles de todo visitante atento. Abarqué con mi vista el entorno y respiré más tranquilo. El rincón en el que me encontraba configura un paraje idílico donde una ermita, a través del crisol de unos mensajes ocultos escritos aquí y allá, es cercada por un riachuelo de aguas prístinas en un abrazo eterno. A pesar de que me encontraba solo y del ruido que escuché a mi espalda, no sentía el más mínimo temor; tal vez fuera debido a la serenidad que exudaban las piedras o a la energía y la calma que emerge fúlgida del lugar; o quizá debido a los rayos que un sol generoso rociaba por sobre las rocas. Lo cierto es que me entretuve en la contemplación de los motivos ornamentales que cubrían de misterio la ermita por dentro y por fuera.

Pasé instantes inolvidables contemplando los canecillos son sus gárgolas preñadas de simbología esotérica, los delicados capiteles en columnas y pilastras, el impresionante y enigmático mandala en forma de corazón, símbolo de la chispa divina sembrada en el hombre. Me dejé seducir por el impresionante vitral construido con sonidos, silencios, reflejos, oquedades, luces y sombras, como un mosaico multicolor y me sumergí en la tarea de escudriñar el significado de tantos mensajes depositados en aquél recóndito lugar, encrucijada de caminos, por los caballeros del temple.

De pronto algo llamó mi atención. En una doble hilera de canecillos descubrí al dios griego pan tocando la flauta. Nada de particular, pero por alguna extraña razón su vista fue el detonante que me llevó por el laberinto cifrado que luego me haría probar tan vívidas experiencias en el interior de la Cueva Grande. El tiempo se comprimió hasta un instante eterno cuando contemplé la hilera de símbolos numéricos trabados formando un mensaje intemporal que afina el alma y la transmuta en el más virtuoso de los instrumentos sonoros.

No pasaba nada en el exterior pero por dentro fluía sin cesar la música de las esferas, la armonía perfecta, la esencia de la realidad camuflada en los números. Mientras mi espíritu se embebía de esta rumia, creí ver una sombra que cruzara la hendidura de acceso a la Cueva Grande y allí me dirigí salvando el puente que servía de pasadizo a la gruta. Del interior de la misma emergía un canto lejano de voces bien conjuntadas que parecían salidas de un viaje en el tiempo. En la penumbra, un caballero alto bien formado, espada al cinto, yelmo en la cabeza y cruz en el pecho, me hizo señas para que lo siguiera. Parecía el mismísimo Bernardo de Claraval redivivo. Contuve el aliento y, aunque me flaqueaban las piernas, eché a andar.









08 marzo 2009

La serpiente entre las flores I



Siempre me había cautivado ese temor simbólico del príncipe idiota de Dostoievski de encontrar una serpiente entre las flores. De manera que cuando tras algunos titubeos accedí a relatar mis experiencias en la incursión que hice años atrás por tierras de Soria, cañón del Rio Lobos arriba hasta la ermita templaria de San Bartolomé o san Bartolo como la conocen los lugareños, iba imbuido de esa dulce zozobra que deja como sedimento toda aventura de final incierto.

Un grupo de adolescentes urgían con la boca abierta la narración de los sucesos acaecidos en tan mágico lugar y no tuve más remedio que recuperar de mi memoria el inventario de hechos y sensaciones vividos aquellos días.

La historia ocurrió así. Me levanté muy temprano y me puse en camino con las primeras luces. Recorrí los tres kilómetros que separan el puente sobre el río Lobo hasta la ermita templaria siempre por junto al curso del río, allí donde se deja ver. Caminaba entre pinos y sabinas, con la escolta desde las alturas del águila real, el buitre leonado y el halcón. Las ráfagas de viento contra los agujeros que el tiempo excavó en la roca semejaban gritos de cuchillos.

Tras veinte minutos de sendero, en un punto donde el río se revuelve en meandro, divisé a lo lejos la ermita construida por la orden del Temple ocho siglos atrás, apenas destacada por entre el amarillo del paisaje. El enclave sobrecogía e invitaba a viajar en el tiempo a una época oscura y a la vez tan llena de luz. Los caballeros templarios, mitad monjes, mitad guerreros se instalaron en estos parajes privilegiados no sólo atraídos por la belleza y la energía que rezumaba el enclave, sino, sin duda, con otras intenciones escondidas que hablan de la transformación interior y del renacer espiritual.

Y allí estaba yo un luminoso día de abril observando un enigmático rosetón y preparado para desentrañar los misterios de tan mágico lugar, mientras en los soportales de la ermita que actuaban como un gran órgano de piedra escuché la mejor música jamás interpretada antes.

De pronto un ruido sordo me invitó a girar la cabeza en dirección a la Cueva Grande que hay muy cerca de la ermita. Como era temprano y no encontré compañía alguna durante todo el trayecto me puse en alerta sobre el origen del ruido que llamó mi atención.

Continúa en II



29 septiembre 2008

Puig Campana IV



Una operación de menisco le mantuvo alejado de la montaña por dos meses. Del asfalto le llegaban efluvios de espliego y de romero, y los escarceos producidos por las caprichosas lluvias de septiembre se le aparecían como rumor de manantiales.

No poder ir a la montaña pero vivir en la montaña: ese era su sino desde hacía ya mucho tiempo. De manera que aprendió a estar en ella sin haber subido y hasta el cansancio físico aparecía en el momento justo. Cogió sus utensilios, aparcó el coche como tantas veces había hecho cerca de la fuente conocida por lo lugareños como la Font del Molí y emprendió el ascenso. ¿Por dónde subiría? Por la derecha, sin duda, por la ruta más difícil aunque la más interesante, la de la torrentera también llamada de la pedrera.

Recordó la primera vez que subió con una mochila que pesaba casi 20 kilos; creyó que no lo conseguiría. Pero aprendió la lección y desde entonces se equipó con lo imprescindible. Tras una hora de primeros contactos con el entorno enfiló la pedrera. Aquel silencio siempre le pareció imposible a tan pocos metros de la bulliciosa ciudad de Benidorm. Decidió posponer la avenida de piedras para la bajada y subió por el pequeño sendero que había a su derecha.

Al poco rato se reencontró con ellos. Primero apareció “el guardián”, así lo había bautizado, una mole de roca caliza a mitad de camino entre el inicio de la pedrera y la primera cima; luego, cuatro o cinco pinos solitarios que emergían de la misma roca, y por último un rebaño de cabras que tenían por costumbre acercarse a los senderistas para lamerles el sudor.

Por fin, a la hora convenida, le vi llegar. Demudado, sudoroso y agotado por el esfuerzo pero feliz por estar allí una vez más.


(Continuará)

18 junio 2008

Puig Campana III


Las calles aparecen deshabitadas al amanecer el segundo y último día de vida para la Tierra. Los datos contabilizados hasta la fecha revelan un millón de muertes producidas por el pánico en los países desarrollados. En los países pobres las estadísticas no han variado apreciablemente, la vida y la muerte allí siguen su ritmo habitual…

Aristóteles, Pitágoras, el ser y la nada, el superhombre y el sursuncorda.

Mis manos se mueven sudorosas mientras compruebo el infausto devenir de los acontecimientos.

Los científicos más reputados esgrimen hipótesis arriesgadas que según ellos evitarían el trágico desenlace. Los dirigentes de las iglesias reclaman para sí la exclusividad en la interpretación de lo que se avecina: final de los tiempos, extravío humano, cansancio de los dioses…

Mientras tanto la gran bola de fuego pende imperturbable sobre nuestras cabezas. Algunos hasta encuentran un motivo de consuelo: no hemos sido nosotros los artífices de la destrucción de la Tierra sino un elemento natural exterior.

La mayoría de los mortales ha perdido el interés que les impulsaba a actuar hasta el día de ayer y miran suplicantes hacia arriba. Muchos abandonan despavoridos el puesto de trabajo y huyen de sus lugares de residencia como lobos asustados. ¿Adónde irán?

La humanidad, temerosa, confusa y suplicante, eleva hacia el cielo su plegaria como un incienso que entorpece los sentidos: parecen caer en la cuenta del extravío del ser humano desde tanto tiempo atrás que hizo que en vez de dedicar sus esfuerzos a prevenir catástrofes entregara su vida a amontonar ruido y furor.

Contengo la respiración mientras el temido momento se precipita por el horizonte y el cielo se emborrona de un arco iris ensordecedor.

Y en el último instante, cuando todos presagian el gran final... el reloj de arena que rubrica el tiempo se detiene; la nave espacial Eros, cuando sólo faltan unos segundos para el fenomenal impacto, realiza una inesperada e insólita hazaña que se salta las leyes físicas y modifica in extremis su trayectoria para alejarse después con gravedad de la Tierra.

Siete trompetas tronaron en cada rincón de la Tierra y del Cielo y una voz potente y bronca retumba rota mientras anuncia el acontecimiento: la Tierra tendrá una segunda oportunidad; volveremos a empezar de nuevo.

Gráciles seres alados se mueven entre los rostros aturdidos de los confusos humanos que esperan ansiosos el gran final y en su lugar se encuentran con el anuncio pormenorizado de la buena nueva.

Y los seres venidos de lo alto relacionan uno tras otro todos los inventos humanos para luego hacerlos desaparecer de la faz de la tierra. Se desmaterializan y se esfuman en el acto, todos menos uno.

Un ser alado espléndido, de nombre Rafael, habla con gran majestuosidad como príncipe de luz:

El mundo viejo ha pasado ya y de él sólo quedará en la memoria de la gente, un vaporoso recuerdo como el que produce en los oídos nostálgicos el relato de una leyenda antigua. Y prosigue Rafael- Sólo un descubrimiento genuinamente humano es necesario para el viaje extravagante de la vida y sólo él formará parte de vuestra herencia y de vuestro equipaje: el fuego para el calor del hogar y el crepitar del fuego que trae recuerdos de la infancia de hombre, de sus sueños y de su origen. Todo lo demás sobra porque ya ocasionó una vez el extravío humano.

El sol espléndido esparce sus brasas por el valle. Tras el gran susto, el silencio y la calma reinan por doquier mientras redacto el último párrafo de mi escrito.

Yo, Michael, Arcángel y centinela de Dios, ¿quién como Dios? firmo y rubrico mi informe, dado en la Tierra en el año de la justicia de Dios.

Fin del último día de la Era Antigua

16 junio 2008

Puig Campana II



¡El paisaje es espléndido! Sendero abajo puedo ver a unos aventureros que recogen los bártulos que utilizaron para la escalada a la gran montaña. Mochilas, tiendas, machetes, linternas… El cielo esboza un estático torbellino de colores. La cima del Puig Campana se desvanece tocada por los últimos rayos del sol mientras abajo varios archipiélagos de luces tintinean como antorchas vacilantes.

Y, de pronto, estalla la bomba. La noticia saltó primero a la red y de ahí pasó a la televisión y a la radio... Un científico incontrolado, aprovechó el anonimato de Internet para dejarla caer con indisimulado afán. Se trata de la pesadilla de los últimos años: el asteroide Eros que vaga por el espacio en un diabólico viaje que acabará abruptamente al impactar contra la Tierra.


Se extendió como tsunami por todas las pantallas de ordenador y como plaga se prodigó en todos los boletines informativos de radio y televisión. Todos pronunciaban el mismo nombre: Eros.

Las grandes potencias, una vez convencidas de que no podrían esconder el gran acontecimiento a la población unificaron sus criterios a través de videoconferencia y decidieron como primera providencia redactar un comunicado para tranquilizar a los ciudadanos porque ellos se sienten realmente asustados. Pero la gran noticia había calado ya hasta en el último rincón de la tierra y no había tranquilidad posible para los corazones angustiados.

En pocos días ningún habitante de la aldea global fue ajeno al acontecimiento: aquello, temido y pronosticado desde antiguo iba a ocurrir. La profecía largamente anunciada; el abracadabra o palabra mágica de todas las logias; el temor, primero y el pánico después, todo se desparramó por calles de pueblos y ciudades y por las encrucijadas de los caminos, reales o virtuales: en un par de días la tierra estallaría en pedazos y provocaría un desequilibrio sin precedentes en el sistema solar, de resultados imprevisibles para toda la galaxia. Pero esta vez la noticia provenía de los más reputados laboratorios científicos.

Tras el caos que sobrevino de inmediato le siguió una paralización de toda actividad en la tierra.

En todo el mundo miles de expertos de frentes sudorosas ponen a trabajar a todo correr máquinas potentísimas que efectúan complicados cálculos sobre órbitas, desplazamientos, probabilidades, márgenes de error. No había duda: al mediodía del viernes y de acuerdo a sesudos cálculos efectuados desde hacía una docena de años, el asteroide catalogado por los científicos con el nombre de Eros impactaría sin compasión contra la tierra con una potencia tal que los daños serían letales para la supervivencia del planeta que muy posiblemente se disolvería en millones de partículas vagando en todas direcciones... si Dios no lo remediaba.

Los estudios de televisión de medio mundo se pueblan de personajes variopintos que extraen de aquí y de allá las más variadas teorías y enarbolan hipótesis de trabajo, propuestas, amenazas, esperanzas. Todo se va a poner a prueba: la fe del carbonero, la evidencia científica, las teorías apocalípticas, el ateísmo de los descreídos; toda creencia mira de reojo al vecino. En unas pocas horas la humanidad saldrá de muchas dudas.

Mientras tanto, inexorable, Eros recorre los miles de kilómetros que le separan del gran encontronazo. ¡Cuantos años de disputas, de ambiciones, de egoísmos que se ha de tragar el fuego! ¿Será posible que ocurra lo que hasta hace unos días era considerado sólo como de ciencia-ficción?

Y así naufragó el día primero entre estertores llegados desde los últimos confines de la tierra camino a la desesperación.

Continuará.

17 abril 2008

Puig Campana I


Dejó que la hoguera se apagara por completo. Sorteó un montículo de piedras y encaró el norte con decisión. El viento acuchillaba su cara y hacía mas enhiesta su figura mientras, abajo, el mar jugueteaba con las primeras luces y perfilaba la Isla de Benidorm que no es sino la gran “muesca” que ha excavado la leyenda en la cima del Puig Campana.







Solo, amaneciendo en la montaña mágica.




Escuchó gritos a lo lejos y se alarmó. Al poco rato el silencio se adueñó del lugar, sólo se escuchaba de vez en cuando el choque del viento contra una rama...
















Se encaramó en la roca y creyó ver a unos montañeros que intentaban llegar a la cima desde su cara este. En un momento se perdieron tragados por el gigante...









Después siguió en ascenso desde la collada a la cima, hasta el punto geodésico que es otro enclave que también tiene su propia leyenda de ángeles y búsquedas.




Había subido por la pedrera...Benidorm y Finestrat lo vieron adentrarse por entre los pedregales y zambullirse en la niebla...





Al día siguiente pudo leer en la prensa la siguiente noticia:

Rescatan a tres montañeros que quedaron atrapados en el Puig Campana

PANORAMA-ACTUAL - 15/04/2006 12:13 h.

Efectivos del Consorcio Provincial de Bomberos de Alicante rescataron este sábado a tres montañeros ilesos que se quedaron atrapados en la montaña Puig Campana ubicada en la provincia de Alicante, según informaron fuentes de este Cuerpo.

A la hora más cruel

  Sandra, aunque el dolor cierre la puerta y extienda por tu casa su espesura, no alcanza a oscurecer la luz más pura que en tantos corazone...