La primera bocanada de azahar le llegó en la esquina de la calle Trapería, justo cuando el semáforo cambió a verde y un muchacho con auriculares cruzó delante de él sin mirar. El hombre se detuvo. No por el muchacho. Por el olor. Cerró los ojos apenas un instante, como quien escucha una voz que creyó perdida, y después siguió andando con las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta gris. La tarde caía despacio sobre Murcia. Los cristales de los balcones retenían los últimos arreboles y el cielo, entre azul y ceniza, parecía una sábana sacudida por manos invisibles.
Llevaba todo el día fuera de casa. No había ocurrido nada especial. Una reunión en una gestoría de la Gran Vía, un café tibio junto al Romea, dos llamadas que no esperaba y una frase pronunciada por un desconocido en la cola de una farmacia:
—Tenemos menos tiempo del que creemos.
Nada más.
Y, sin embargo, aquella frase caminaba con él desde hacía horas como un perro flaco.
Pasó junto a la Catedral. Las campanas respiraron sobre la plaza. Había turistas hablando por teléfono, camareros recogiendo mesas, una niña empeñada en perseguir palomas que alzaban el vuelo en el último instante. El hombre observó la escena con una fatiga extraña. No tristeza. Tampoco nostalgia. Era otra cosa. La sensación de haber llegado tarde a su propia vida.
Pensó en ello mientras avanzaba hacia Santo Domingo. Había cumplido cincuenta y siete años dos semanas atrás y nadie diría que era infeliz. Trabajo estable, un piso pequeño pero luminoso, un hijo que llamaba de vez en cuando desde Valencia, algunas fotografías felices alineadas sobre un aparador. La vida correcta. Ordenada. Pulcra. Como una camisa recién planchada que nunca termina de pertenecer al cuerpo.
El olor a azahar regresó al doblar una esquina. Más intenso ahora. Más limpio.
Le sorprendió descubrir un naranjo escondido tras una verja antigua. Las flores temblaban bajo la penumbra como pequeñas lámparas encendidas. Se acercó despacio. Durante unos segundos permaneció quieto, respirando. Y entonces ocurrió algo mínimo. Una grieta. Un desajuste.
Recordó.
No un gran acontecimiento. No una tragedia. Recordó una tarde cualquiera de hacía treinta años. Él bajando de una motocicleta junto al río. Una muchacha de vestido azul riéndose mientras apartaba el pelo de la cara. El mismo olor. Exactamente el mismo. Y una pregunta que nunca llegó a responder.
— ¿Y si un día nos perdemos?
La memoria apareció con tal nitidez que tuvo que apoyar una mano en la verja. Sintió el hierro frío bajo los dedos. El ruido lejano de un autobús. El roce de su propia respiración. Todo seguía ahí. La ciudad. El río. Los árboles. Incluso el azahar. Lo único ausente era aquel hombre que había sido.
Continuó caminando.
Ahora había prisa en sus pasos.
Atravesó calles que conocía de memoria y que, de pronto, parecían nuevas. Las fachadas ganaban profundidad bajo la luz oblicua de la tarde. Una anciana sacudía un mantel desde un balcón. Un camarero silbaba mientras apilaba sillas. Desde una ventana abierta llegaba el rumor de una radio antigua. La vida entera parecía compuesta de pequeñas cosas a punto de desaparecer.
Y él lo entendió demasiado tarde.
O eso creyó.
Al llegar al puente viejo se detuvo. El Segura avanzaba abajo con esa calma de animal cansado que conoce todos los caminos. Apoyó los brazos en la barandilla y miró el agua oscurecida. Durante años había pensado que aún quedaba tiempo para todo: llamar, volver, empezar, pedir perdón, besar otra vez. Después llegan los días idénticos. El trabajo. Las facturas. El cansancio. Y una tarde descubres que la vida no se ha roto de golpe; se ha ido gastando igual que una piedra bajo el agua.
Sintió deseos de llorar.
Pero no lloró.
Un grupo de muchachos pasó corriendo detrás de él. Reían. Uno tropezó. Otro levantó el brazo señalando el cielo incendiado sobre la ciudad. El hombre sonrió sin darse cuenta. Apenas una inclinación leve de los labios. Después metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó un sobre amarillento.
Lo llevaba allí desde hacía más de veinte años.
Nunca se atrevió a abrirlo.
Observó la letra inclinada sobre el papel. Clara. Solo eso. Clara.
La muchacha del vestido azul.
La mujer a la que dejó marchar una mañana absurda creyendo que siempre habría otra ocasión.
El olor a azahar volvió entonces, arrastrado por el aire del río, y el hombre comprendió algo feroz y sencillo: no temía descubrir lo que decía aquella carta. Temía descubrir que ya no importaba.
Rompió el sobre con cuidado.
Dentro encontró una única hoja doblada en tres partes.
Y una línea escrita con tinta azul:
"Si lees esto, es que aún estás a tiempo".
