¿En qué momento deja uno de volar y empieza, sin darse cuenta, a caer?
No fue un golpe seco, ni un giro brusco del viento. Fue algo más sutil. Como si el aire, de pronto, hubiese perdido consistencia.
Como si aquello que antes sostenía, ahora simplemente acompañara… sin comprometerse.
El águila lo notó antes que nadie.
No en las alas, que seguían firmes, ni en la mirada, que continuaba afilada como siempre. Lo percibió en el silencio.
Ese silencio distinto, más hondo, que no anuncia peligro sino cambio.
Volaba, sí. Pero ya no avanzaba igual.
A veces, en pleno ascenso, tenía la sensación de que el cielo no era infinito, sino una memoria.
Un lugar al que regresaba más que conquistar. Y en ese regreso, algo se iba quedando atrás.
No era cansancio. Tampoco miedo.
Era conciencia.
Había aprendido cada corriente, cada pliegue invisible del aire, cada truco para sosteners cuando todo parecía ceder.
Pero ahora, en mitad de ese dominio, surgía una pregunta incómoda:
¿Y si no se trata de llegar más alto?
el águila planeó largo rato sin batir las alas. Dejándose llevar.
No por rendición, sino por una curiosidad nueva, casi infantil.
Como quien escucha por primera vez el sonido del viento sin querer dominarlo.
Y entonces lo comprendió.
No todo vuelo es conquista. Hay vuelos que son regreso. Otros, despedida. Y algunos, los más difíciles, son simplemente tránsito.
Aquella tarde no descendió. Tampoco subió.
Se quedó en ese punto exacto donde el aire no empuja ni retiene. Donde uno no sabe si sigue siendo quien era o empieza, sin ruido, a transformarse.
Quizá ahí, justo ahí, empieza el verdadero vuelo.
Reto del náufrago: La próxima vez que sientas que no avanzas, no te precipites a cambiar de rumbo. Quédate un instante más. Observa. Puede que no estés detenido… puede que estés entendiendo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario