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26 abril 2009

Aitana V



Reza un dicho indio: si quieres ver la montaña baja al valle; si quieres ver el valle sube a la montaña.

Eso hicimos durante largo tiempo mi amigo Pepe y yo, subir a la montaña para aprender a conducirnos por el valle; alejarnos del tráfago para poner en su sitio la ciudad, la vida toda. Y nos fue bien. Pero entonces nos acercábamos hasta la sierra de Aitana, por ejemplo, con vehículos inadecuados. Fue disponer de un todoterreno y ya no volvimos a subir nunca más. Moraleja: no esperes a tener un medio idóneo para subir a la montaña. Vita brevis.

Con estos recuerdos continué por otras vías el sueño que entretejí, de madrugada, entre las sábanas. Amodorrado sobre la cabecera hilvanaba la visión que había tenido un rato antes.

Años atrás, durante un tiempo prolongado, había hecho seguimiento sistemático de mis sueños y a veces me despertaba sorprendido por algún hallazgo fecundo; en otras ocasiones el batiburrillo de sucesos en apariencia inconexos y aun descabellados hacía imposible desentrañar un mensaje coherente, si es que lo tenía. Al igual que los libros remiten a otros libros mis sueños me llevaban a otros sueños; como las ranas que, también según los indios, atraen las lluvias; como la lluvia embelesa a la fortuna... La vida es un laberinto.

Y así recordé también el episodio en el que mi amigo Pepe y yo confundimos en una fuente una bolsa de plástico con un ave de frondosas alas en una de nuestras primeras incursiones a la sierra de Aitana. Y también evoqué el instante en el que estuvimos a punto de caer por una de sus numerosas simas.

En el sueño observé que el vacío infinito que separaba las dos cumbres de una montaña se hallaba cubierto de una espesa nube, blanco grisácea. Yo estaba en una de las cimas y veía la nube evolucionar muy despacio por entre ambas hasta unirlas con su manto entretejido con extraordinaria tupidez. En un instante me sentí impelido a poner los pies sobre ese espeso valle lechoso. Tenía la convicción de que podría caminar con paso suave sobre la franja de algodón. Estaba solo y a lo lejos divisé a unos senderistas que subían movidos pesadamente por sus bastones. Tardarían en llegar más de una hora. Miré hacia abajo, alcé un pie y después dejé caer todo mi cuerpo que se precipitaría sobre aquella vaporosa solidez.

Me rescató en el último segundo el brazo de mi amigo Pepe.

-Espera, es hora de comer, le oí decir mientras un pitido sordo taponaba mis oídos.

11 septiembre 2008

Aitana IV



El primer pensamiento que sobrevuela mi cabeza es: ¿qué hago aquí? Abro bien mis oídos: sólo rumor de grillos. No me atrevo ni a moverme pues apenas mis pies se movilizan en alguna dirección, la noche se puebla de ruidos que delatan mi presencia y mi posición. Mejor me estoy quieto.

Sobre un fondo de tranquilidad o de paz estoy nervioso. O tal vez sea más acertado decir: Eme siento tranquilo pero en alguna parte de mí se cuela cierta inquietud. O también: pienso que debería de estar muy nervioso y sin embargo aún no he salido corriendo. Realmente me siento acorralado…

Los minutos transcurren con una lentitud de vértigo ante la inminencia de que algo va a ocurrir, algo se va a mover, un ruido va a llamar mi atención a derecha o a izquierda o algo enigmático emergerá del manto de nubes que me invita a correr sobre su superficie. Doy vueltas buscando o defendiendo un territorio. ¿Qué hago aquí?

Creo oír un ruido a mi derecha al fondo de la montaña. Allí dirijo mi atención pero no hay continuidad. Ni siquiera es el ruido de un animal. Luego, se repite a mi izquierda, y lo mismo. Frente a mí, en el montículo pequeño creo percibir dos luces, una arriba, a la derecha y otra a la izquierda, como a unos diez metros de donde estoy. Posteriormente compruebo que lo que creía ser algo así como una luz fluorescente no es más que una pintada o señal de las que dejan los montañeros para jalonar de balizas los caminos. Por la noche las cosas no son como aparentan ser… ¿Hay un mundo de día diferente al mundo que se percibe por la noche? ¿Hay mundos ensamblados en mundos a la manera de las muñecas rusas?

Me muevo hacia la izquierda. Al fondo, entre montañas y a lo lejos observo un par de luces vacilantes: estas son de aquí, me oigo decir. Todo es extraordinariamente normal. De pronto un erizamiento inmotivado que se inicia por las manos y recorre mi cuerpo. Al poco, otro. Espero. No advierto ningún cambio en el entorno; ni ruidos, ni nada y eso aumenta mi preocupación. ¿Qué cosa extraña está ocurriendo que yo no soy capaz de ver?

¡Miguel! ¡Miguel! Alguien grita rompiendo el negro lienzo de la noche. ¿Sueño? ¿Una broma de Pepe? Un dolor agudo se va instalando en mi estómago a la par que una presión comprime mi ombligo. Poco a poco se impone el ruido monótono del todoterreno de Pepe que se acerca...

Epílogo. Esa noche no fui consciente y tampoco le comenté a Pepe nada al respecto. Pero unos días después recordé haber leído en ciertos libros enigmáticos donde se habla de que en determinadas circunstancias se produce una fuerte presión en el estómago, a la altura del ombligo. Cuando me recogió Pepe de Aitana empecé a sentir un dolor intenso y una notable presión en el ombligo que me llevó a pensar si no tendría problemas con mi hernia. ¿Qué era aquella presión? Ahora, días después mientras intento poner por escrito lo vivido vuelvo a revivir esa presión y el dolor a la altura del ombligo. Parece ser que por esa “puerta” entra la muerte en el cuerpo; la muerte pugna y pugna hasta conseguir abrir una brecha y se apodera de uno. No le di más importancia al asunto, si bien me rondaba la pregunta, ¿estuve a punto de morir?

P.D. Un par de meses después de aquel suceso tuve que acudir a un hospital para que me intervinieran quirúrgicamente la hernia umbilical que padecía desde niño.

10 septiembre 2008

Aitana III


Aún hoy, después de tanto tiempo, mi amigo Pepe y yo recordamos con satisfacción el encuentro que mantuvimos con el émulo de Alonso Quijano el de la triste figura. Fue un día de finales del milenio camino de la sierra de Aitana. Como El Campello era el punto de reunión para salir de correrías por los alrededores del Puig y Aitana, siempre que nos juntábamos para aprender de la montaña traíamos a la memoria las aventuras y desventuras de aquel soñador que había fundado una república en apenas 300 metros de una playa cercana, convencido de que si él se lo proponía, los alemanes lo iban a reconocer como república independiente.

Sin embargo hoy mi amigo Pepe me había emplazado al crepúsculo, de manera inusual… Llegamos por enésima vez una tibia tarde de primavera a los aledaños de la sierra de Aitana, paraje mágico que tantas veces nos había hecho pasar momentos memorables. Habíamos convenido en dedicarnos a explorar por las cuevas, hondonadas, gargantas y demás encrucijadas de senderos hollados por los mil pies de los buscadores del origen. Éramos conscientes de los peligros que nos acechaban porque en cualquier momento el suelo podía ceder a nuestro peso y quedaríamos atrapados en una sima de la cual sería imposible escapar sin ayuda exterior.

Me extrañó, como digo, la convocatoria; el caso es que mi amigo Pepe tenía preparadas dos sorpresas; una: por la noche dormiríamos en una casa que había en Sella a la falda de un monte cercano. La casa estaba ubicada en un lugar privilegiado, guarecida entre dos altos peñascos y rodeada de plantas aromáticas. Frente a la casa y de una pequeña roca emergía un manantial de aguas transparentes, heladas y dulces. El propietario de la hacienda que era amigo de Pepe, había hecho un mínimo trazado de obra que se encargada de dirigir cansinamente el agua desde la cueva hacia una pequeña balsa para el riego de la finca, así como para el uso cotidiano y el baño de los visitantes. Pues bien, en ese escenario incomparable no faltaba de nada: una buena chimenea para el invierno y una biblioteca cuajada de libros interesantes ubicada en la buhardilla completaban el cuadro ya de por sí paradisíaco.

Pero eran dos las sorpresas, así que cuando Pepe terminó de explicarme lo que haríamos al caer de la tarde esperé que se despachara con la segunda de las noticias: el segundo plan consistía en quedarme un par de horas solo en la sierra de Aitana con un objetivo muy concreto. Él se alejaría de allí como a unos cinco kilómetros para no estorbar mi soledad tantas veces planificada y de tan fructíferos resultados.

Sonreímos. Nos gustaba perpetrar este tipo de sorpresas y las gastábamos alternativamente. Las ocurrencias tenían por objeto romper la rutina y “parar el mundo”, juego de palabras con el que nos referíamos a esa especial forma de suspender la rumia habitual del proceder ordinario y enfrentarnos a realidades que de tan habituales se convertían en invisibles. O al revés, que de tan invisibles pasaban inadvertidas para nosotros…

Todavía pintaba una sonrisa cuando oí alejarse el todoterreno. Y quedé solo. El último runruneo del coche dejó paso a un silencio denso apenas roto por un lejano canto de grillos. Al fondo la silueta algo fantasmal de un montículo; a la espalda otra montaña más alta; entre el uno y la otra una sima coronada por un manto de niebla que me invitaba, zalamera, a caminar sobre ella. Las nubes sólidas amenazan lluvia. Silencio y negrura por todas partes. No puede ser que sienta miedo…

Continuará…

03 junio 2008

Aitana II

Playa de El Campello (Alicante)


Amanece y lo estoy mirando. Es uno de los puntos en el espacio donde confluyen todos los puntos.

A la izquierda, una valla metálica protege las ruinas de las maniobras distraídas de los visitantes, turistas de paso que vienen a dejar su dinero, su malhumor y su rutina.

Al frente, el agua se agita, parece que se balancea juguetona, naufraga en ella misma, se esponja, después estalla e inunda por arriba y por abajo los agujeros que el tiempo ha excavado en la roca; se derrama, lame los pliegues de la arena, se retira, emite un sonido como de piedrecitas al rozarse, y se disuelve en burbujas.

Y en medio él. Lo veo desde arriba, donde está el cuartel de la guardia civil, revolverse, preparar algo con esmero, marcar su territorio con precisión; en el centro tiene amontonados unos troncos de los que emerge un fuego matinal.

Lo observo con atención. Sus manos hacen coro al movimiento de la boca siguiendo un rápido compás. Va de aquí para allá como una peonza. Se calienta; prepara unas cuerdas; mira a los curiosos y habla con ellos. Ha creado una república; la llama la república de Algasia (por las algas). Me he constituido en república independiente; estoy en mi derecho, explica a unos curiosos.

¿Qué comerá? No es problema: por todas partes hay raíces y, además, tengo plantadas hortalizas in vitro. Compruebo que hay algo enterrado en unos recipientes de cristal. Es manchego, para más señas.

La república de Algasia tiene una frontera abierta, cualquiera puede cruzar su territorio (apenas 300 metros cuadrados); sólo pido respeto. No tengo trabajo, mi país no me ayuda. Conozco el derecho. Los alemanes, si yo quiero, me van a dar reconocimiento internacional. Ha estado aquí un concejal con dos guardias y les he dicho: mucho ojo con lo que hacéis; y no se han atrevido a tocar ni una piedra. Eso si, no utilizaré la violencia; he estudiado a fondo las grandes revoluciones y he llegado a la conclusión de que la violencia no produce nada bueno.

Me vuelvo a mirarlo una vez más. Ahí está: el pálpito de la vida y su locura, el visitante cuerdo y su sonrisa, el murmullo del agua contra la piedra, las ruinas del pasado y el presente, la frontera entre lo ordinario y lo insólito, el de la triste figura y todos nosotros, la búsqueda de un espacio no profanado, el equilibrio del mundo en su vaivén.

Mientras nos alejamos de allí resuena en mi mente: cada piedra tiene un sonido distinto. Vuelvo de mi letargo al oír una voz que grita a lo lejos algo que no acierto a entender.

Continuará…

En una playa de El Campello (Alicante), rumbo a Aitana, enero de 199..

01 junio 2008

Aitana I


¿Por qué se ha extinguido la lámpara? La he cubierto con mi manto para que estuviera al abrigo del viento." R. Tagore

Estoy aquí, una vez más, en la sierra de Aitana, a 1558 metros de altitud sobre Benidorm, un 16 de febrero del año tal y contemplo las postreras nieves del invierno más lluvioso de los últimos años.

Aitana, pocas pisadas recientes; huellas antiguas perforando la nieve. Aquí y allá, placas de hielo; allá y aquí, el viento ululando a sus anchas.

La sierra de Aitana aparece hoy espléndida de verdor, pero cuando a ella le interesa se solapa entre nubes o se cubre de niebla baja por entero en su cima, para esconder quién sabe qué. Siempre que esto ocurre, mi amigo Pepe, compañero de aventuras que ahora se apresta a ponerse los guantes para zafarse del frío, mira para otro lado por mejor huir del canto de sirenas que la niebla interpreta para él.

Hoy nuestra intención es subir hasta la cima desde la pequeña explanada en la que ahora estamos, lugar más alto al que se puede acceder con coche, y girar él hacia la derecha y yo hacia la izquierda desde donde puedo ver el mar, dejando la base militar a nuestra espalda, no sin antes detenernos, brevemente,  en una estrecha pero alargada cueva antigua y erosionada, en la que siempre solemos entrar.

Cuando estamos preparados para la marcha, Pepe, con un leve gesto, llama mi atención. Me acerco despacio. Observa, sorprendido, un bulto inmóvil; el bulto aparece sobre el agua que emerge de una pequeña fuente y baja cantarina hasta un abrevadero cercano.

Durante un largo rato observamos en silencio. Es un pájaro, -dice Pepe-. Eso me parece a mi. Está allí quieto, con las alas al viento. Es muy grande y de pico largo. ¿Qué pájaro será? -pregunto-. Ni idea, oigo que responde.

Lo miramos durante unos cinco minutos, absortos en la duda que se disipa por momentos; asombrados ante su generoso plumaje, observando sus formas espléndidas, desconcertados ante lo insólito del hallazgo.

Desde donde estamos situados no podemos acercarnos al animal sino dando un rodeo. Es lo que ahora hace Pepe. Se acerca sigiloso e introduce su mano en el agua helada. Veo su cara de asombro al alzar el pájaro en el aire. ¡Es una bolsa de plástico!, -exclamó, chasqueado. Anda que como no estemos más listos, hoy va a ser un día memorable, le oí quejarse mientras me seguía en dirección a la cima.

Así es mi amigo Pepe: agudo, pragmático, amigo de meriendas campestres al abrigo del sol, hasta que coincidimos en estas montañas y a partir de ese día las salidas tienen otros objetivos ... Pero mejor será no adelantar acontecimientos.

Por aquí hay unas huellas profundas, -le indico a voces-. Vamos a seguirlas y así, pisada contra pisada, el camino será más fácil.

Mientras subimos despacio la ladera de la montaña, acompañados por el silencio contra el sonido breve de nuestros pasos y algún que otro graznar de ave, surge en mi mente como nube el recuerdo fugaz de la ciudad: el ajetreo, el trabajo diario en la ciudad y sus prisas, el cansancio y la rutina: los problemas nos acosan, parecen insolubles allá abajo, metidos como estamos en la burbuja cotidiana donde reina el agobio. Pero aquí arriba todo es sosiego.

El eco de un graznido potente rebotando aquí y allá hasta perderse valle abajo me devuelve a la nieve y al espacio abierto y no deja ni rastro de mis pensamientos. Hoy la montaña vocea recuerdos de otras épocas e incluso de otros mundos. Sí, hoy es un día de descanso, de parada, de olvidarnos por unas horas (o tal vez para siempre, ¿quién puede garantizar nada, sino la muerte?) de la rutina diaria. Desde hace meses nos hemos marcado un plan y el viernes es el día elegido en el que lo dejamos todo para aprender de la montaña.

De un picacho quebradizo se despega una piedra que oímos rebotar en otras rocas, se detiene unos momentos y cae a mis pies. ¡Por poco!

Oye -anuncia Pepe mientras lo veo dirigirse trabajosamente hacia una oquedad estrecha entre dos rocas por donde accederemos a la cima-, esta vez va a ocurrir algo grandioso. Y desaparece como tragado por la montaña.

La pasajera soledad me retrotrae a aquél día en que nos encontramos con un ser pintoresco en el pueblo de El Campello camino, no sé si de Aitana o del Puig Campana, pues lo recuerdo como una bruma. Se trata de las las peripecias de un manchego junto a la playa.

Continuará…

A la hora más cruel

  Sandra, aunque el dolor cierre la puerta y extienda por tu casa su espesura, no alcanza a oscurecer la luz más pura que en tantos corazone...