“Si lees esto, es que aún estás a tiempo”.
Juan Puebla seguía sin entender por qué aquella frase lo perseguía tanto.
Deambulaba por Alfonso X mientras los comercios empezaban a apagar escaparates y las terrazas se vaciaban despacio, con ese cansancio opaco de los camareros al final de la tarde, cuando ya no escuchan las conversaciones y solo recogen vasos. Murcia entraba poco a poco en la hora azul. No había silencio todavía, pero el ruido empezaba a alejarse.
Caminaba ligero. Sin prisa. Sin destino.
Las tres semanas transcurridas desde la carta habían dejado una huella rara en él. No exactamente esperanza. Tampoco tristeza. Algo más incómodo. Como si alguien hubiese abierto una ventana en una habitación que llevaba demasiados años cerrada.
De Clara no tenía noticia. Ni una dirección. Ni una llamada. A veces pensaba en buscarla y otras veces le bastaba con imaginar que seguía viva en alguna ciudad donde todavía hubiese ropa tendida en los balcones y vecinos que se saludaban por el nombre.
Al llegar al Jardín de Floridablanca se sentó en un banco que conservaba el calor del sol. Cerca de la fuente, un niño intentaba empujar un barco de papel con una rama. El barco giraba una y otra vez dentro del mismo remolino pequeño.
Juan observó la escena. Después sonrió para sí.
La vida también hacía eso de vez en cuando.
Uno cree avanzar y solo está aprendiendo a dar vueltas.
Un anciano pasó delante de él con una chaqueta demasiado gruesa para junio. Caminaba despacio, aunque no parecía débil. Antes de perderse entre los árboles levantó la cabeza hacia las ramas blancas de azahar, como quien mira algo que lleva esperando mucho tiempo.
Ese gesto le hizo daño a Juan.
Un daño leve. Pero limpio.
Porque comprendió, de golpe, que hay personas que envejecen mucho antes de hacerse viejas. Les ocurre el día que dejan de mirar hacia arriba.
La noche terminaba de entrar en la ciudad. Algunas ventanas empezaban a encenderse y el aire traía el olor del azahar desde los jardines cercanos. Siempre duraba poco. Tal vez por eso resultaba imposible olvidarlo.
Juan apoyó los brazos sobre las rodillas y permaneció allí, quieto, viendo pasar gente sin fijarse apenas en nadie.
Había esperado media vida algo extraordinario, cuando casi todo lo importante había llegado siempre disfrazado de cosas pequeñas: una voz conocida al otro lado del teléfono, una taza todavía caliente, una calle vacía al anochecer, una carta doblada dentro de un bolsillo.
El niño se acercó entonces con el barco empapado entre las manos.
—¿Usted sabe por qué no conseguía salir?
Juan miró hacia la fuente.
El agua seguía girando despacio.
—Porque creía que aquello era el río —respondió.
El muchacho se quedó pensando unos segundos. Luego encogió los hombros, echó a correr hacia su madre y desapareció entre la gente.
Juan lo siguió con la mirada.
Después respiró hondo.
Y, por primera vez en muchos años, tuvo la sensación de que todavía quedaba tiempo.
