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09 mayo 2009

Diario de un náufrago VII

Cueva en la isla

El mar inmenso, una isla remota, o unas ruinas melancólicas habían sido siempre para mi como la magdalena de Proust, el cedazo con el que filtrar la realidad para acomodarla a mi predilección más íntima.

Viví junto al mar infinito desde la edad de cuatro años cuando tenía miedo de resbalarme en la arena y la leve inclinación de la playa provocada por el batir constante de las olas, me producía cierta zozobra.

La isla ignota fue un presagio que me persiguió toda la vida mientras espantaba los fantasmas de espejismos y ensoñaciones originados por las aletargadas siestas de la adolescencia.

Una casa en ruinas con muchas estancias destartaladas fue el sueño recurrente que tuve que sobrellevar durante toda mi juventud.

Y allí estaba ahora, perdido y solo en aquella isla, mancha en el océano, donde el cielo era la cúpula chispeante de la casa en ruinas que era mi vida. Sólo mi perrita con su algarabía habitual desbarataba la secuencia rutinaria de cada jornada.

Busca la entrada secreta”, percutía tercamente en mi cerebro mientras Siri se acercaba a mi con la excitación de algún encuentro inesperado que eran todos, pues en la isla no esperábamos visita. Cuando Siri quería llamar mi atención ladraba sólo una vez y se sentaba a esperar. Si no le hacía caso, al rato, volvía a ladrar una sola vez y esperaba. En esta ocasión parecía nerviosa más de lo habitual. Se detuvo ante mi y ladró una sola vez. Luego echó a correr en dirección a la parte de atrás de la cueva que acabábamos de abandonar. Como no tenía nada que hacer y además deseaba encontrar esa puerta secreta no perdía nada con seguirla y así lo hice. Al dar la vuelta a la roca dimos con un hoyo no muy profundo de unos diez metros de diámetro camuflado entre los arbustos. Nos acercamos a la parte más próxima a la roca y sin pensarlo dos veces salté. Pero el suelo se abrió ante el contacto de mis pies y caí por un agujero. Grité durante mi caída y Siri al oír mi grito también saltó a escasos centímetros, pero el suelo aguantó bien sus diez kilos y se mantuvo erguida sobre el suelo mientras observaba inquieta mis dificultades para ponerme de pie a unos dos metros y medio o tres metros de profundidad.

La luz producida por la abertura que provocó mi cuerpo al caer empezó poco a poco a desbaratar la penumbra que lo envolvía todo. De pronto tuve la sospecha de que no estaba solo. A mi derecha observé un bulto y al fondo una mancha todavía más negra. Extendí instintivamente la mano para tocarlo. Su tacto era frío y como de piedra pero el relieve me sobresaltó. Parecía un cráneo humano y eso era. Me desplacé en dirección a la mancha más oscura que había detrás y me encontré con algo parecido a una entrada cubierta de una especie de musgo y ramas secas. Era una puerta y lo que había amontonado delante de ella eran los restos antiguos de un aventurero que tuvo la mala fortuna de dar con sus huesos en aquella isla.

Mi perrita ladraba ahora sin tregua. Me buscaba. La llamé y me acerqué a la hendidura. Al verme saltó por el hueco. La cogí por unos centímetros, pero ella estaba acostumbrada porque con apenas unas semanas de vida se tiró desde la mesa de planchar al suelo y salió ilesa.

Ya estábamos todos. Un silencio pesado sustituyó al nerviosismo de hacía unos minutos. Siri se entretuvo olisqueando cada rincón de la gruta y yo discurría la manera de franquear aquella puerta.

Continuará

04 abril 2009

Diario de un náufrago VI


Se extendió la costumbre entre la piratería del siglo XVIII del ojo por ojo: quien abandonaba su puesto en un navío era abandonado a su suerte en una isla desierta. Por eso no me extrañó encontrar nuevos restos humanos que Siri desenterraba de vez en cuando en sus juegos con la arena. Mi perrita Siri se había adaptado a nuestro retiro y estaba especialmente activa y divertida. Iba de aquí para allá con su ladrido afónico a tiempo y a destiempo, con motivo y sin él, a la vez que ensayaba saltos y piruetas ante todo bicho por pequeño que fuera que se le ponía bajo la trayectoria del radar de su hocico.

Como me tenía acostumbrado a su continuo guau guau, no reparé en que esta vez iba en serio y había dado con algo que podría cambiar el rumbo de nuestro alojamiento en la isla. Llamaba con insistencia mi atención desde detrás de una roca que permanecía camuflada entre árboles bajos. De manera que allí me dirigí para calmar su inquietud que ahora se había convertido en curiosidad propia.

Custodiada por unos árboles; detrás de unos tupidos matojos; por el través de un sendero angosto, mi perrita había dado con una hendidura que no habría llamado mi atención a no ser porque de ella fluía una apenas perceptible corriente de aire además de exudar de sus entrañas un leve destello de luz. Tenía todo el aspecto de ser una entrada a un mundo que pretendía estar vedado a ojos indiscretos. No había muchas cosas que hacer en la isla desierta, de manera que cualquier acontecimiento o brisa marina podía representar una novedad digna de ser tenida en cuenta.

Me costó trabajo seguir a Siri porque la hendidura sólo dejaba paso a bultos no demasiado voluminosos, pero tras varias maniobras y un poco de paciencia conseguí entrar en una estancia amplia y de techo alto. Tenía visos de haber servido de escondrijo a algunos antiguos moradores. Mi curiosidad iba en aumento cuando descubrí en la penumbra de la estancia algo así como una superficie que bien pudo servir de mesa y que ahora presentaba dos dedos del polvo debido a los años de no haber sido usada. Detrás de la mesa y escondido en una hendidura de la cueva advertí un cuaderno desgastado con algunas hojas rotas. Me acerqué a la entrada de la cueva y abrí por la última página. Pude leer lo que en letra atropellada había escrito en ella: busca la entrada secreta.

Tras varios días perdido en aquella isla no estaba para adivinanzas pero el mensaje, escueto parecía urgir en esa búsqueda. Salí afuera y comprobé que se trataba de un escondite muy bien disimulado en el entorno. Llamé varias veces a Siri pero no obtuve ninguna respuesta.

Aunque parece que vivimos muchas experiencias a lo largo de una existencia, lo cierto es que siempre se trata del mismo reiterado brete en el que nos pone la vida para que salgamos una y otra vez indemnes. Un nudo entrelazó mi pecho al recordar que siempre me había visto así desde que tengo memoria: a lomos de una aventura sin fin, en el vórtice de una zozobra infinita y completamente solo como lo estaba ahora en la isla a la que mi desventura me había conducido de manera inexorable. El sol se mecía, oblicuo sobre la tibia arena mientras a lo lejos escuché el rezongar de Siri que me buscaba.

06 septiembre 2008

Diario de un náufrago V



¿Cuánto tiempo había sobrevivido en aquella isla a la que me empujó mi mala cabeza? Apenas un par de días, pero a mi ya me parecía que habían transcurrido semanas o tal vez meses. Las sensaciones eran tan extrañas que por una parte percibía una soledad antigua y por otra, a poco que escarbara en la arena encontraría restos esparcidos del naufragio.

La curiosidad mata al hombre y tampoco hace excepción a otros animales. Y eso fue lo que le sucedió a mi perrita Siri que forcejeaba con un extraño bicho que la tenía sujeta por el hocico. Acudí raudo en su ayuda mientras ella me miraba con el susto en el cuerpo y como solicitando auxilio. El bicho era de poca importancia y la liberó tan pronto me vio acercarme. Se trataba de una especie de rata apestosa que se dejó tragar por una hendidura del acantilado y desapareció sin dejar rastro.

Pasado el susto, nos dirigimos a la cueva que nos servía de cobijo. No era mal sitio pero yo albergaba la ilusión de poder fabricar con mis propias manos un refugio a la medida, que estuviera un poco más a la intemperie para poder escuchar los sonidos de la selva, sobre todo los nocturnos, y prevenirme contra cualquier amenaza de la que ahora mismo no tenía noticia.

Preparé un aposento adecuado para los dos y nos dispusimos a dormir. Decenas de ideas acudieron a mi mente como tormenta a pararrayos y, al igual que las noches precedentes, la nostalgia anegó mis ojos. ¿Qué era lo que más echaba de menos en aquella isla perdida de Maré? Sin duda el eco de la voz humana. Las palabras siempre habían sido para mi como puertas secretas a un mundo desconocido. No era por menospreciar a mi pequeña Siri, pero no tener compañía humana me desasosegaba. En estas cosas entretenía mi tiempo cuando el cielo se cerró, mis ojos se nublaron y desperté en un sueño.

Al amanecer del día tercero me espabiló el ladrido nervioso de Siri. Correteaba por la playa y se cebó con un objeto que yo no alcanzaba a identificar en la distancia. Cuando llegué pude comprobar boquiabierto que jugaba con una calavera. Los vientos de la noche habían removido la arena de tal modo que aparecieron esparcidos unos cuantos restos humanos de algún otro naufragio anterior. Sucumbí a la sintonía de la nostalgia y la desesperación ante la vista de aquellos huesos y cual Hamlet exclamé: nada tengo, nada valgo, nada sé, nada soy

Los primeros rayos del sol caían oblicuos en la arena y conferían a nuestras sombras aspectos fantasmales…

Continuará.

22 junio 2008

Diario de un náufrago IV



Cuando llegué a la isla determiné que cada mañana nada más despegarse el sol del horizonte, exploraría con atención la costa por si encontraba los restos de otros naufragios o por si veía aparecer el cadáver de algún aventurero derrotado. A menudo tenía la vista pendiente del mar por si emergía de las aguas algún navío aunque esto no me preocupaba tanto pues de momento no entraba en mis planes regresar al mundo que dejé antes de naufragar.

En esas cuitas entretenía mis pensamientos tras la amanecida de mi segunda mañana en la isla. La perrita Siri ensayaba quiebros con las olas y husmeaba aquí y allá, siempre del ronzal de su curiosidad sin freno. Durante la primera noche apenas pude conciliar el sueño vigilante como estaba para poder diferenciar cada ruido, pero entre sobresalto y cabezada encontré algunos instantes para reflexionar sobre el sistema de vida que habría de sobrellevar en aquella isla que iba a ser mi hogar durante no sabía cuánto tiempo. Mi intuición me señalaba que la prioridad era atender a mi sustento y al de mi compañera Siri si pretendía permanecer vivo por una larga temporada.

Tras mi paseo por la playa me adentré en la espesura de la isla y anduve sin descanso cada palmo mientras intentaba evaluar los medios de que dispondría para sobrevivir. Hurgando aquí y allá acerté a encontrar algunas raíces que según mis limitados conocimientos sobre árboles y plantas podrían procurarnos los nutrientes necesarios para sobrevivir en caso de apuro. Tras un minucioso estudio de las posibilidades de subsistencia de la isla llegué a la conclusión de que en esencia tendríamos que alimentarnos de raíces y peces. Nada nuevo bajo el sol. Días después descubriría otros medios que ahora no alcanzaba a columbrar en mi entorno.

Mi imaginación me volvía a jugar malas pasadas porque siempre había albergado la esperanza de encontrar algún manantial o al menos un hilo de agua de riachuelo que halagara a su paso los oídos cansados de los náufragos. Ni venero, ni río caudaloso ni mediano ni chico pude hallar en la isla a la que el infortunio confabulado con mi mala cabeza resolvió desterrarme.

Pero he aquí que en el cuidadoso recorrido por la isla llegué a alegrarme de las largas caminatas que recordaba haber pasado con mi grupo de senderistas durante las cuales también ejecutábamos algunos ejercicios rudimentarios de supervivencia. La ciencia del fuego por, ejemplo, no se me resistía y pude disfrutar desde el primer día de su acción y efecto beneficioso sobre los peces que me sirvieron de alimento y que pude pescar junto a la orilla con la sola ayuda de mis manos desnudas.

También recordaba con nostalgia mis prolongadas lecturas de libros sobre naufragios a los que era muy aficionado en los que se relataban por menudo las andanzas de náufragos y cómo los desesperados amontonaban ramas secas cerca de la costa y las dejaban preparadas para arder en fogata estrepitosa por si aparecía en lontananza algún velero al que llamar la atención de sus tripulantes con el humo de la hoguera.

Después de recorrer toda la isla pude comprobar que no era muy extensa. También me cercioré de la ausencia de vida así como tampoco encontré reliquia alguna siquiera fuese de la visita fugaz de algún grupo extraviado. Estábamos solos en un mundo inhóspito y poco amable.

Tras recorrer palmo a palmo la selva llegamos a la costa a un lugar magnífico al que bauticé andando el tiempo y debido a la espectacularidad de sus vistas como el salto del guerrero. El batir del agua contra el acantilado emitía un ruido tenebroso y lúgubre que llenaba de zozobra mi alma a la par que sobrecogía a Siri que a la sazón reculaba por miedo a despeñarse en el abismo.

Absorto en el paisaje me dejé llenar por la nostalgia de donde me sacó el ladrido afónico de Siri que a escasos metros entre la maleza parecía debatirse en lucha desigual y apurada con algo que la tenía sujeta por el hocico...

Continuará

08 junio 2008

Diario de un náufrago III

El viento amainó y una cinta de luz que desbarataba la penumbra irrumpió oblicua por una hendidura de la cueva. Y allí estaba asomado, a tan sólo unos cinco metros, un extraño y peludo ser que me observaba sin parpadear temeroso de mi reacción.

Tuve que enfocar varias veces para hacerme una idea de lo que tenía delante. Su estatura era como de un metro cincuenta aproximadamente y tenía una apariencia entre simiesca y humanoide, si bien distaba mucho de poder confundirse con cualquier animal o humano que hubiera visto antes, ya sea directamente o a través de los cuadernos de campo de los naturalistas a los que era aficionado.

Ante la duda de quién inspiraba más temor al otro retrocedió desde sus profundos ojos de un brillo azabache, que reflejaban como una punzada eléctrica de luminosidad. Nos mantuvimos inmóviles y al acecho por un breve lapso de tiempo mientras cada uno parecía evaluar a su modo la situación.

Noche, como así le bauticé luego, intentó retroceder bruscamente y dio un traspiés, emitió unos sonidos guturales y topó con sus huesos contra la roca. Me acerqué para observarle mejor; aquel extraño bicho irradiaba malas vibraciones. ¿Estaría condenado a malvivir con semejante compañía en una tierra extraña?

Las gotas caían ahora despaciosamente y orquestaban una percusión diáfana y relajante a intervalos regulares hasta que terminó por perderse furtivamente como el final de la tormenta di mare de Vivaldi.

Noche salió corriendo despavorido; parecía alertado por la presencia de algo que yo no alcanzaba a ver desde donde estaba. En unos segundos le perdí de vista y no le volví a ver más ni ese día ni en los siguientes. Quedé envuelto en un silencio sólo roto por un rumor lejano como de un gracioso cacareo que salía del bosque. Agucé el oído y pude escuchar una queja como un ladrido afónico. ¡Era ella! ¿Cómo pudo salvarse del desastre? Estaba allí, empapada como sopa, a escasos metros del acantilado con unas cuantas magulladuras y jugando con el rabo. Al igual que yo debió salir empujada por la violencia de las olas y aparecer como un ovillo junto a la playa.



¡Siri! La llamé y reconoció mi voz. Hizo un quiebro de alegría y me encaró. Vino hacia mi presurosa como tantas veces había hecho en nuestra casa donde Siri era la pequeña de la familia, y tras los arrumacos de costumbre salimos ambos en persecución de Noche. Nos adentramos unos metros en el bosque. El cielo se iba enjuagando poco a poco cuando de pronto apareció un ave del tamaño y apariencia de una gallina, desmañada de movimientos e incapaz de volar como ella. Siri salió disparada pero el ave jugaba con ventaja y consiguió zafarse de los colmillos afilados y los zarpazos torpes de la inexperta Siri. Mi perra no había aprendido a convivir con otros animales ni con otras personas, pero se convirtió en la niña de mis ojos desde que llegara a casa un invierno con un par de días de vida y aterida de frío. Primero intenté que durmiera en la alfombra junto a la cama, pero como lloraba porque la habían dejado sin su madre tan temprano la tomé conmigo y ya nunca más quiso dormir si no era pegada a mi. Se dormía metida en el bolsillo de mi pijama, acurrucada al calor de mi nuca mientras yo estaba entretenido en la lectura, o arremetía a empellones con mi bíceps imaginando que su madre la amamantaba.

Perseguíamos, pues, a un ave que yo había visto decenas de veces en los dibujos de campo y que aparecía bajo el nombre de cagu, kagu o cagou, pero nunca había podido escuchar su curioso cacareo. También acerté a ver, durante los días posteriores, un zorro volador que recordaba en los cuadernos de campo con el nombre de roussette, una especie de murciélago enorme que se alimentaba de vegetales ¿Para qué le sirve un cagu o un zorro volador a un náufrago como yo que acabada de aterrizar en una isla solitaria, llena de sorpresas y donde todavía ignoraba si podría llegar a subsistir por algún tiempo o estaría condenado a perecer en condiciones lamentables?



Cuando el cagu se hartó de aguantar las embestidas de mi perrita ensayó un quiebro y se perdió entre la espesura. Siri le siguió por un momento y cuando conseguí alcanzarla bebía agua de una charca en forma de óvalo que luego comprobé que tendría como un metro de hondura y unos cinco metros de diámetro. Había agua de lluvia suficiente para sobrevivir sin necesidad de acometer ninguna obra de ingeniería. El hallazgo me dejó más tranquilo dentro de la sombra de tristeza que me embargaba por los sucesos acaecidos durante las últimas horas.

Mientras el amanecer me produce alegría, nunca me gustaron los atardeceres que siempre me envuelven en arreboles de nostalgia y aún melancolía como hoy por la zozobra y desdicha a las que me había expuesto mi mala cabeza.

El resto del día lo ocupé en comprobar si había algún otro animal en la isla o acaso algún otro náufrago aventurero como yo. También inspeccioné como pude los lugares más cercanos por si encontraba restos de algún miembro de la tripulación u objetos provenientes del naufragio que me sirvieran para el uso cotidiano hasta que un barco salvador acertara a pasar cerca de las costas y me rescatara. ¿Cómo iba a subsistir en aquel mundo inhóspito al que me había empujado el destino? Eso era lo que me preocupaba ahora.


25 mayo 2008

Diario de un náufrago II



Primer día tras el naufragio

Amaneció mi primer día en la isla envuelto en una fenomenal tormenta. Vientos impetuosos movían de un lado a otro de la arena los restos del naufragio que rodaban esparcidos por la playa entre el eco sordo de unas turbulencias que amenazaban con destrozarlo todo. Instintivamente fui a guarecerme a una cueva que el tiempo había excavado en una roca cercana lo que resultó una bendición a tenor de lo devastador del fenómeno que se sucedió después.


Las paredes húmedas de la oquedad amortiguaban el ulular del viento y conferían a aquel espacio en penumbra la categoría de un hogar en medio del inhóspito océano. La pulsación de unas gotas que caían a intervalos más o menos fijos en algún punto todavía indeterminado de la cueva era como el reflejo agónico de mi desventura.

Un grito desgarrador, como el que produce una voz que pide ayuda en medio de una tormenta, se escuchó de pronto y rebotó por toda la isla. Entre las ráfagas de lluvia y viento alcancé a ver en la lejanía un bulto que se movía de aquí para allá, brazos en alto con gran profusión de voces. El hecho de no estar solo en una isla que presumía solitaria y dejada de la mano de Dios me produjo un extraño regusto de frustración. ¿Estaría sufriendo los efectos de un espejismo?

Es verdad que en Puebla Marina, la tierra que me viera nacer hacía ya tanto tiempo, se hablaba a menudo de los espejismos que les sobrevienen a los sedientos en los desiertos así como a los marineros en sus navegaciones por junto a ignotas islas. Unos y otros creen ver agua o preciosas mujeres que llaman la atención de los sedientos o de marineros extraviado por la humedad los unos y por los gritos seductores desde la costa, los otros. Yo mismo había sufrido en propia carne cuando era niño las miserias de la imaginación. Por lo menos durante una docena de veces sucumbí al embeleso del espejismo que me hacía ver en la lejanía, a mi padre que venía a asistirme con agua y comida cuando ya no podía aguantar más, sobre todo a causa de la tremenda intensidad de la sed.

Sucedía siempre del mismo modo: primero aparecía mi padre a una distancia como de un kilómetro, entre el tintineo que producían los cencerros de las mulas que tiraban del carro. Después se acercaban entre brumas, y cuando estaban a una distancia como de unos veinte metros yo corría veloz a esconderme. Y también el mismo desenlace se repetía cada vez: tras unos minutos de espera, suficientes como para que mi padre llegara hasta mi, volvía sobre mis pasos y en ese preciso momento se esfumaba la magia y me sentía burlado: allí no había nadie. Todo aquel proceso no era más que un espejismo varias veces repetido, que terminaba por revelarme la frustrante realidad.

Hasta un día en que actué de forma diferente y me quedé embobado sin parpadear mientras se acercaba mi padre, porque según mi experiencia, tan pronto dejara de tenerlo a la vista desaparecería como jalado por una exhalación. Cuando los tuve a unos diez metros, me retiré con disimulo de su vista convencido como estaba de que esa vez no podía ser espejismo sino realidad de verdadera sin sombra de encantamiento. ¿Hasta cuántos metros habría aguantado el espejismo sin desbaratarse ante mis ojos? Esa duda todavía hoy me corroe.

En estos pensamientos entretenía mi zozobra mientras observaba el devenir de la tormenta, los estragos causados por el viento y lo que me pareció como unas voces que pedían auxilio desde algún remoto lugar de la playa. Como la tormenta no amainara, asomé mi cuerpo y lo expuse a la inclemencia del viento y la lluvia con el objeto de comprobar si mis primeras percepciones sobre posibles habitantes de la isla eran o no fundadas. Y lo que vi me llenó de asombro.

13 abril 2008

Diario de un náufrago I


Les contaré cómo me volví náufrago. Sí, de la misma manera que otros se vuelven locos a fuerza de dar vueltas sobre acontecimientos desgraciados yo me volví náufrago después de navegar días y días por el pacífico sur sin rumbo cierto debido a unas cartas de navegación de trazo no muy preciso y a la espesa bruma que nos salió al paso. Fui cegado por la estela del barco y anduve, insensato de mi, con la mirada puesta en regresar al punto de partida a la manera de los perrillos que giran sobre sí mismos para morderse el rabo que les huye. Los marineros llaman a eso virar en redondo. De manera que me embarqué junto a una partida de aventureros, piratas de aguas frías en un barco que zarpó con el único objetivo de naufragar.


Pues bien, el barco para naufragar medía alrededor de 25 metros de eslora y en sus amplias bodegas guardábamos provisiones para muchas jornadas por si las lluvias y los vientos demoraban nuestro propósito más allá de lo esperado. El objetivo era llegar a las islas Chesterfield donde yo me perdería en un naufragio calculadamente provocado, mientras el resto de la tripulación atravesaría el Mar del Coral y recalaría en las costas de Nueva Caledonia. Ese fue el primer propósito, pero nos extraviamos y tampoco sospechábamos qué aventuras nos tenía reservado el destino.







Aunque la imaginación de la gente de tierra adentro supone que un barco en alta mar es algo simple, en realidad es un microcosmos y cada objeto o artilugio tiene un nombre inventado por los marineros, cuyo sentido cabal no coincide con los nombres de tierra firme. Ese particular vocabulario hace de un navío, una ciudad flotante. ¿Qué cosa hubiera pensado antes llevar a una isla desierta? En primer lugar un buen diccionario porque para llegar a una isla primero hay que naufragar. Por ejemplo, en un barco, repicar no es lo mismo que en tierra. Repicar es poner tirante un cabo. Y resaca se refiere al movimiento del mar al retirarse… Todo allí es un trastoque de sentidos, un juego de espejos metafóricos que hay que saber reconocer por lo que pueda pasar…



Navegábamos plácidamente, pues, por las frías aguas del pacífico en el trayecto que va del archipiélago de las islas Salomón, Mar del Coral mediante, con destino a Nueva Caledonia, en la zona denominada Anillo de fuego. Tras enfilar hacia un lugar impreciso cercano a las costas de una pequeña isla, en lo que creíamos era el archipiélago de las Chesterfield nos dedicamos, todos a una, a la tarea de llevar el navío a encallar entre dos pequeños escollos o islotes que encontramos frente a nosotros. El barco embistió e impactó entrambas rocas y soportó bien un golpe seco mientras los objetos más voluminosos del barco se desplazaban violentamente por la borda de proa a popa; el barco dio un bandazo, cabeceó varias veces, giró sobre sí mismo, se escoró a estribor y empezó a doblegarse a popa quedando primero al garete para terminar finalmente varado en el reino del silencio.


Según nuestros cálculos no disponíamos de mucho tiempo, así que no teniendo otra fortuna que acometer me dispuse a saltar raudo por la proa del barco. Y en esos manejos estaba cuando ocurrió lo más impensable. El mar desapareció frente a mi como impelido por una fuerza invisible para regresar después en unos segundos que se me antojaron infinitos, con furia inusitada en forma de ola gigantesca que alzó al navío por el aire, lo desarboló y lo rompió en mil pedazos mientras yo salí despedido por una fuerza descomunal hacia lo que sospechaba era mi último viaje. Sólo recuerdo que fui empujado por un interminable trecho y que cuando pude ordenar mis pensamientos bregaba agotado pero sin descanso para sortear a nado la distancia hasta la playa más cercana. Del resto de la tripulación nunca más supe, pero según todos los indicios el mar, en pago de nuestra osadía, sepultó sus vidas para siempre en sus arrecifes inmaculados de aguas turquesa.

Con un esfuerzo agónico llegué a nado a la playa de lo que después supe que se llamaba la isla de Maré, perteneciente al archipiélago de la Lealtad, muy cerca del acantilado llamado El Salto del Guerrero. Las aguas frías y cristalinas golpeadas por los fríos vientos alisios mostraban un océano verde esmeralda que sobrecogía.



Y así llegué a mi refugio donde quedé solo, los pies desnudos sobre la arena de la isla que sería mi hogar, Dios sabe por cuánto tiempo, mientras esparcidos por todas partes se veían los restos del navío que me catapultó a semejante aventura…





































Resumen de noticias de agencias de los días 2 de abril de 2007 y siguientes…

Un tsunami arrasa varias islas del archipiélago de Salomón.

Varias islas fueron arrasadas por la ola gigante que formó el maremoto ocurrido a las 6.40 hora local (20.40 GMT) del domingo, día 01 de abril de 2007.

Al menos 20 personas murieron y cientos han desaparecido como consecuencia de un fuerte terremoto de 8,1 grados en la escala de Richter y una posterior ola gigante, que arrasó varias islas y provocó un alerta de tsunami en todo el Pacífico Sur.

Las autoridades de Nueva Caledonia decidieron evacuar las poblaciones expuestas de las islas de la Lealtad.

El río que no sabía detenerse

“Si lees esto, es que aún estás a tiempo”.  Juan Puebla seguía sin entender por qué aquella frase lo perseguía tanto.  Deambulaba por Alfons...