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16 marzo 2025

¿Y si leer no fuera siempre bueno?


Siempre nos han repetido -como si fuera dogma, como si fuera oración- que leer es bueno. Punto. Sin matices. Sin fisuras. Como si abrir un libro fuera, en sí mismo, un acto noble, casi sagrado. ¿Y si no lo fuera? ¿Y si la lectura, como el fuego, pudiera calentar o quemar? ¿Iluminar… o cegar? 

Porque no todos los libros nos despiertan. Algunos nos adormecen. No todas las historias liberan: hay palabras que abren puertas y otras que las sellan desde dentro. Algunos textos son alas; otros, cadenas con prosa elegante. 

Y entonces uno se pregunta: ¿vale todo? ¿Es lo mismo leer a quien te despierta que a quien te adormece con dulces falsedades? 

Hay libros que fueron antorchas en medio del caos, pero también los hubo que sirvieron para justificar infiernos. Manuscritos que alimentaron guerras, panfletos que sembraron el odio, volúmenes que disfrazaron la intolerancia de doctrina. 

¿De verdad leer es siempre bueno? 

¿O depende del libro? 

¿O de los ojos que lo leen? 

Hay libros que salvan. Lo sé. Algunos me salvaron a mí. Pero también hay otros que, por dentro, carcomen. Libros que parecen firmes como árboles y son, en realidad, madera hueca. Y aquí viene el dilema. Porque si aceptamos que hay lecturas nocivas, ¿debemos advertir de ellas?, ¿proteger de ellas?, ¿censurarlas, quizás? 

Ese es un terreno minado. Porque entre la protección y la censura hay solo un paso… y a veces se da sin darse cuenta. 

Leer en libertad es también equivocarse en libertad. Es poder toparse con basura y, gracias a eso, afinar el olfato para encontrar la belleza. Nadie puede enseñarte a leer como tú necesitas leer. Ese camino se tropieza solo. 

Leer no es bueno, no en sí mismo. Lo grandioso no está en el acto, sino en la actitud: leer con curiosidad, con desconfianza cuando hace falta, con respeto y también con espíritu crítico hacia toda idea, incluso con las propias. No hay lectura inocente, pero tampoco definitiva. Lo importante no es solo el texto, sino lo que ocurre entre líneas. Lo que despierta, lo que remueve, lo que deja en silencio después del punto final. 

A veces pienso que leer con la mente cerrada es peor que no leer. Porque una mente cerrada puede convertir cualquier libro en eco. 

Leer, de verdad, es escuchar otras voces sin dejar de oír la propia. Es ponerse en duda. Es no buscar certezas, sino preguntas nuevas. 

Así que no, leer no siempre es bueno. Pero a veces -solo a veces- puede ser lo más maravilloso que te ocurra. 

Y tú… ¿lees para confirmar lo que ya piensas… o para que te tiemblen las certezas?

26 febrero 2009

Música callada

- - - - - - - - - - luz cegadora, oxímoron visual - - - - - - - - - -

Otro oxímoron que ha hecho fortuna pues su procedencia lo merece. Resulta que el oxímoron es un una figura retórica, lógica para más señas, que implica la contraposición de dos palabras con significado antitético que producen otro significado, un absurdo, en suma, pero de efecto muy bello en la literatura mística o amorosa porque en ambas experiencias, la de la unión con Dios y la del amor, hay una exacerbación de los sentidos y un desquiciamiento general que no sufren molestia por estos excesos.

Algunos, sin embargo, han pretendido utilizar esta hermosa figura para referirse a asuntos de índole política. Un destacado dirigente español se refirió al triunfo del Partido Popular por la mínima en el año 1996 como una “amarga victoria” y al consiguiente fracaso de su partido como una “dulce derrota”. Oxímoron también, pero dónde va a parar…

Río seco, vivir mata, hielo abrasador, fuego helado, niño gigante, rendido victorioso, pacífico furioso, tímido arrogante, cuerdo loco, filósofo ignorante, luz oscura, gloria triste, payaso trágico, ahorrar comprando, aldea global, comida basura, encontrarse perdido, humor serio, noches blancas, oro negro, secreto a voces… Un pequeño racimo representativo del oxímoron.

Si bien los más dulces y conocidos oxímoron son, tal vez, música callada y soledad sonora, que tanto sabor han dejado en la poesía en particular y en la literatura en general.

23 febrero 2009

Todo está en los libros



En los lugares que frecuento hay decenas, cientos, miles de libros; también expedientes, dossieres, informes, legajos, memorias, folios, simples escritos. Me atrae el olor a tinta y a pegamento de las encuadernaciones. Es una querencia sentimental, sin duda. He coleccionado fascículos por el placer de llevarlos al encuadernador y fisgonear sobre los entresijos de la alquimia del infolio.

Todo está en los libros, sí. Así se llamó uno de los pocos programas de la televisión que ofrecía un sobresaliente interés cultural, que la redime del refugio suicida del cotilleo y de la miseria moral que entraña la telebasura; del pan y circo para entretener el aburrimiento y la avidez de carnaza.

Todo está en los libros. Y por eso el cine vampiriza la literatura, la saca del bostezo para completar su creatividad imaginada (en imágenes) en el menor tiempo con las cartas marcadas de una historia atrayente.

Todo está en los libros. Allí está lo mejor del ingenio humano, los hallazgos más importantes del conocimiento, del arte y de las ideas, al alcance de toda persona interesada por la cultura. Como me decía mi buen amigo Gonzalo días atrás:
“si nuestra generación no es una de sabios, o al menos una en la que (no) se produzca algo nuevo y verdaderamente humano, es que la humanidad non vale un cazzo porque tenemos más medios de transmisión de cultura, más "cultura libre" (o liberada; me refiero a los proyectos de digitalización masiva de los fondos de las bibliotecas europeas, foros, los blogs, etc.) que nunca”.

Todo está en los libros y también, ya mismo, todo está en la red.



Kindle 2 de Amazón con una capacidad de almacenamiento de 1.500 libros.

12 febrero 2009

El cóndor pasa


Hoy lo he vuelto a ver. Anduve toda la tarde pendiente de las andanzas de un buitre. Desde tierra, claro, porque todavía no he desarrollado mis cualidades voladoras, tal vez si me dan algo de tiempo…

Apareció días atrás sobrevolando mi granja a gran altura; luego merodeaba por los alrededores. Un buitre no acude a un lugar así como así, a menos que haya carroña que embaular, de manera que seguí su vuelo y me condujo hasta los despojos. Como el humo y el fuego.

Curioso animal. También el cóndor es un buitre aunque nadie lo diría a tenor de la ola de ternura y el anhelo de libertad que despertó la canción de Simon and Garfunkel "el cóndor pasa". Decir buitre o decir cóndor suscita encontrados sentimientos en quien lo escucha dependiendo de qué vocablo empleemos. Los dos animalejos no parecen de la misma familia y sin embargo lo son.

El cóndor es una de las aproximadamente veinte especies de buitre que hay en el planeta. Por lo tanto es un gran volador y también se alimenta de la podredumbre, luego es un gran carroñero.

Para quienes piensan que estamos hablando sólo de palabras ya ven que no. Si encima esa palabra va embutida en su banda sonora, entonces va sobrada y tiene la capacidad de echar volar los sueños de varias generaciones obviando lo sustancial: el buitre vuela alto para buscar carroña. Pájaro de altos vuelos, para esto. Se nos rompe el espejo.

Pero, como es obvio: no sólo los pájaros son carroñeros… Como dice un refrán que causa furor entre las bandadas de gorriones en verano: todos los pájaros comen trigo y las culpas al gorrión.

Así decía la letra de la coplilla:

El cóndor de los andes despertó
con la luz de un feliz amanecer.

Sus alas lentamente despegó
y bajó al río azul para beber.

Tras él la tierra se cubrió de verdor,
de amor y paz.
Tras él el prado floreció
y el sol brotó en el trigal……


y ojo con ese final:

mmmmm

03 febrero 2009

Intersticio

- - - - - - - - - - - - - - Monumento al maestro - - - - - - - - - - - - - - - -


Mi escrito Parábola ha suscitado algún que otro malentendido dentro y fuera del blog. Un relato no es una autobiografía ni tampoco la crónica de un hecho de la vida ordinaria. En este sentido, la ficción no puede suplantar la realidad. Flaubert decía: “Si nuestra obra de arte es buena, si es verdadera, tendrá su eco, su lugar, dentro de seis meses, seis años o después de nosotros”. Bien entendido que la finalidad del arte es la belleza. Los premios pertenecen a otro orden de cosas.

Un maestro que se precie rara vez le facilita a su alumno aquello que éste espera sino que trata de llevarlo más allá de lo evidente y de lo obvio. Lo que se persigue en un taller literario es el desarrollo de alguna suerte de vocación o talento no la maquinación para conseguir un contacto o un premio que es, aun descontando la maniobra, como empezar la casa por el tejado. Esa es la idea germinal de Parábola. “Nunca los grandes hombres fueron considerados grandes en vida. Voltaire no sospechaba que su obra más importante era Cándido”.

Y esa es la moraleja de la sorprendente explicación que, para sacudir a su alumno, le propina el maestro sobre los entresijos y procedimientos faranduleros que se producen en los aledaños del mundo del arte en general: no busques un premio si vas en pos de la belleza.

Parafraseando a Flaubert sobre la calidad de un libro, la efectividad de un maestro se puede juzgar por la fuerza de los puñetazos que te ha dado y por el tiempo que luego tardaste en recuperarte. Trabájese aquí, también, el sentido metafórico.

Nada más y nada menos. No tiene más implicaciones la citada parábola que en todo caso está circunscrita al ámbito de la creación literaria.

"Es posible que desbarre, pero si salgo adelante, el globo terráqueo no será digno de transportarme". Una vez más, Flaubert.

29 enero 2009

Quienquiera que fueres


Te advierto quienquiera que fueres, ¡oh tú! que deseas sondear los arcanos de la naturaleza, que si no hallas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera. Si tú ignoras las excelencias de tu propia casa, ¿cómo pretendes encontrar otras excelencias? En ti se halla oculto el tesoro de los tesoros, ¡oh, hombre! conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los dioses. Inscripción en el Templo de Delfos.

Los ilustres sabios de la antigüedad, las grandes tradiciones religiosas, los notables y minuciosos escritores, todos ellos empujaron ese carro: conócete a ti mismo. Hay frases que han sido repetidas a lo largo de la historia y las que encabezan este escrito, más. Siempre fascinantes, incluso cuando uno es niño y apenas las entiende. Lo cierto es que el ser humano se ha rodeado con frecuencia de mitos y ha hecho de ellos un báculo en su caminar por este mundo extraño y misterioso. Leyendas, paradigmas, modelos, ejemplos, balizas, señales… para no perderse en la oscuridad de la noche.

La poesía es uno de esos apoyos, por eso es tan necesaria. Y la literatura en general. Es frecuente sentir curiosidad a edad temprana por esa alquimia de las palabras, dispuestas con una configuración concreta y con una métrica estudiada dentro de un eco. La soledad sonora, la música callada del místico Juan de Yepes, San Juan de la Cruz. Poesía: ritmo, métrica y música callada entre períodos. Y Flaubert: me verás reventar entre la escritura de dos periodos.

En realidad todos recorremos las mismas o parecidas rutas, paramos en las mismas fondas, contamos las mismas experiencias, aunque cada uno con un ritmo y toque propios. Por eso a veces unos van camino de donde otros regresan. Somos, sin saberlo, buscadores del origen y vamos de vuelta a casa y en el regreso vemos retornar a los peregrinos que traen en sus mochilas las nubes de Azorín. Vencidos o triunfantes, volvemos. Ya me alejé demasiado, vuelvo a casa. No tengo casa a la cual volver, no importa, vuelvo al origen, al corazón, al poso que dejó la vida y que nos configura como lo que somos. Tu casa está donde alguien te espera. Todo está dicho ya.

Otra que tal. La alquimia es uno de esos senderos que fascinan porque toca la fibra sensible, lo más profundo de uno mismo. Tanto da que el objetivo sea unas veces la búsqueda de la piedra filosofal, otras transmutar metales menos nobles en oro y otras al fin la consecución de la vida eterna. Juego de espejos metafórico, simbología del cambio interior que se tiene que producir para encontrar el Santo Grial, la espada, el oro, la vida eterna: la transmutación del ser primitivo en romero con corazón. “Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo”, cantaba León Felipe.

Senderos, prados verdes, fuentes, majadas; aunque sea al este del Edén. Conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los dioses. Conoce tus límites y tus puntos fuertes. Viajamos a lomos de una gran contradicción: no somos nadie y somos todo; a la vez frágiles y fuertes; capaces de lo mejor y cómplices de lo peor. Como un caballo sin memoria que no se acuerda ya de la última valla que ha saltado, según el poeta León Felipe.

Mi amado, las montañas,
los valles solitarios nemorosos,
las ínsulas extrañas,
los ríos sonorosos,
el silbo de los aires amorosos;

la noche sosegada,
en par de los levantes de la aurora,
la música callada,
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora;


El que faltaba: San Juan de la Cruz

25 enero 2009

Parábola



El doctor Esteban, director del taller literario sui génesis organizado al efecto, explicaba los rudimentos de la creación literaria y para motivar a sus alumnos empezó como sigue:

He aquí la fórmula del éxito: coged un poco de levadura, mezclarla con tres medidas de harina y veréis asombrados cómo todo fermenta.

La manecilla del reloj terminó de dar una vuelta completa y la clase se vació como globo pinchado.

El doctor Esteban sonreía como un pantocrátor. Al fondo del aula Javier, cauteloso, rumiaba las sabias palabras del maestro y ensayaba una interpretación. Al fin se atrevió a preguntar: profesor, es usted el genio de las metáforas, pero ¿qué es la levadura, la harina y el fermento?

¡Ah, matalambú, dilecto alumno!, canturreó entre sonrisas el doctor. A ti te es dado conocer los entresijos de la creación literaria; ya sabes que es ocioso arrojar margaritas a los cerdos y que tampoco conviene que cualquiera conozca el secreto de los secretos. Escucha:

Javier, solícito, se estremeció cual devoto ante la inminencia de la revelación que le llegaba de las siempre sabias palabras de su maestro.

Y el maestro dijo, todo de corrido: es bien sencillo, la interpretación de la parábola es como sigue. La levadura es un padrino con poder. La harina está formada por los contactos y manejos de ese padrino. Y el fermento, algún premio de relumbrón y los primeros puestos en las listas de éxito. ¿Cómo se te queda el cuerpo?

Mañana más, dilecto alumno, dijo el maestro mientras Javier quedó entre brumas.

06 diciembre 2008

Enciclopedia de la idiotez


Y, claro, fue todo un hallazgo cuando descubrí lo que Flaubert se llevó entre manos toda su vida como idea recurrente que le persiguió desde la niñez: elaborar algo así como un diccionario enciclopédico: Dictionnaire des idées reçues, le llamó él, que en España se publicó con el nombre de Diccionario de los lugares comunes.

Flaubert nunca terminó su obra, Bouward y Pécuchet, donde aparece incluido el diccionario. Su objetivo fue dejar al descubierto los tópicos que, según expresó en diferentes ocasiones, son un lodazal para la inteligencia. La democratización del saber conduce a la generalización de saberes superficiales, según Flaubert. O dicho de otro modo: el conocimiento progresa pero la idiotez también. Y crece y se agiganta. La palabra se convierte así en un simple depósito de lugares comunes, y Flaubert se aplica a hacer el inventario de esos
tópicos.

Hoy, Internet es como un caballo de Troya en el interior de las conciencias que contribuye de forma poderosa y nunca sospechada por Flaubert a la generalización del conocimiento. Y también de la necedad. Hay tantos jugadores de ventaja de las palabras que se encargan de despojarlas de su aliento de vida (élan vital) para convertirlas en un saco, cáscara o mero depósito, que la lucha se presagia encarnizada.


P.D. Entradas, a modo de ejemplo, del diccionario de lugares comunes de Gustave Flaubert:


Calvicie.- Siempre precoz, la causan los excesos de juventud o la concepción de grandes pensamientos.

Derecho (el).- No se sabe qué es.

Desierto.- Produce dátiles.

Diamante.- ¡Se terminará por producirlos artificialmente! ¡Y pensar que no es más que carbón! ¡Si lo encontráramos en su estado natural ni siquiera lo recogeríamos!

Diccionario.- Decir de él: "Esta hecho para los ignorantes".

Economía Política.- Ciencia sin entrañas.

Higiene.- Siempre debe ser mantenida correctamente. Evita enfermedades cuando no las causa.

Imbéciles.- Quienes no piensan como uno.

Laconismo.- Idioma que no se habla ya.

30 noviembre 2008

Matalambú


Primero fue la lengua que prodigó los nombres a pertrechos de infancia;
luego llegaron números, fábulas y saberes, calculada añoranza.
Bajo toda esa mole, sobre toda experiencia,
surgió la voz genuina, sonó palabra mágica
como una exhalación, un
¡hágase! solemne:
matalambú.

Y esa fue su cosecha, su contribución a la vida, y su misterio.

18 noviembre 2008

El dialecto de la vida




Es el material del que se sirve el escritor para plasmar su arte, según reflexión sabia de Robert Louis Stevenson en sus Ensayos Literarios (Hiperión). Y sigue: la literatura está condenada a trabajar en mosaico con palabras limitadas. Las otras artes obtienen relieve, continuidad y rigor a través de ciertas supresiones negadas a la literatura: ninguna pincelada de jeroglífico, ningún empaste alisado, ninguna sombra inescrutable, como sucede en la pintura; ningún muro ciego, como en la arquitectura… Un maestro.

Y el otro, (León Felipe): Pero ¿qué están hablando esos poetas ahí de la palabra?
Siempre en discusiones de modista:
que si desceñida o apretada ...
que si la túnica o que si la casaca ...
¡Basta ya! La palabra es un ladrillo. ¿Me oísteis? ...

Dos definiciones de la materia prima del escritor: dialecto de la vida y ladrillo. Las dos parten de la misma metáfora en la construcción del universo poético. Hágase la luz en los siete días de la creación (con sus siete noches como diría el chistoso).

La blasfemia y la plegaria; cruz y cara, envés y haz, águila o sol (otra vez León Felipe). Y más: todo sirve con tal de que arda…

05 octubre 2008

Teoría de conjuntos



Fue una fiebre que reformuló las matemáticas de la mano de la lógica con traspiés incluido en la llamada paradoja del barbero de Bertrand Russel que, en versión libre, dice así:

El único barbero de un pueblo fue conminado a rotular en su establecimiento un cartel con este mensaje: sólo afeitaré a aquellos que no se afeiten a sí mismos. ¿Quién afeitará al barbero? se preguntaban los lugareños.

Porque si el barbero cumple con su palabra y no se afeita entonces pertenecerá al conjunto de quienes no se afeitan a sí mismos y, por lo tanto, podría afeitarse; pero en caso de hacerlo pasaría a formar parte del conjunto de quienes se afeitan a sí mismos y por lo tanto no podrá afeitarse. Un bucle sin fin, una paradoja que colisiona con la lógica y pone de los nervios al más templado. Pero yo no discuto la teoría de conjuntos, esa herramienta útil en tantos campos.

¿Es la vida una continua paradoja? ¿Qué pasa con el oficio de escritor? El que escribe manipula también parcelas de la realidad. Un poema o una música, por ejemplo, se configuran a través de un conjunto de hechos, sentimientos, sonidos en constante articulación entre la simetría y la asimetría (variación que también genera belleza), etc., que el poeta o el músico percibe y plasma en un papel o en otro medio. Cada afirmación provoca la rebeldía del resto de las palabras. Y del lector.

Ocurre con frecuencia que al afirmar algo parece que negamos muchas otras cosas aledañas. Pero no siempre es así. ¿Habrá que escribir un ensayo, declaración de principios, manual de estilo o catálogo de afirmaciones a la luz del cual se ha de interpretar todo lo que se diga con posterioridad de manera tal que matice cada afirmación que hacemos? Las objeciones provienen en gran parte de esta paradoja. Hablar (escribir) debería de partir de un consenso según el cual no se pueda hacer imputaciones al que escribe o habla sobre la base de suposiciones o prejuicios referentes a todo lo no expresado, sino sólo sobre la consideración de lo que explicita en cada caso. Por poner un ejemplo suave: si afirmo que estoy en contra de las corridas de toros (sólo de esas) no se puede deducir de tal afirmación que estoy a favor de la desaparición del toro bravo o que estoy de acuerdo con los procedimientos utilizados en los mataderos para poner fin a la vida de las reses, y entrar todo seguido en un bucle de descalificaciones espurias. El debate así se hace imposible. ¿Es también imposible la escritura mediante el expeditivo artilugio del sofisma? ¿Estamos ante una de las dificultades (handicap o más aún, aporía) de la comunicación humana?

26 septiembre 2008

Trébol de cuatro hojas



Encontré un trébol de cuatro hojas. Había oído decir a los botánicos que por cada 10.000 tréboles de tres hojas aparece uno de cuatro. La proporción no está nada mal, así que pensé que era mi día de suerte y ese hecho casual confirió a mi rostro una luminosidad a la que no estaba acostumbrado.

Para mi las palabras son como puertas secretas a un mundo ignoto. Si además acarician el oído entonces gozan de la virtud de un aceite que suavizara los engranajes de un mecanismo complicado. Trébol, bonita palabra ¿no? Pensé…

Caminaba absorto en mi sonrisa cuando de pronto llegó a mis oídos un rumor suave como el que produce el cubo torpe al verter al fondo el agua que pretende sacar de un pozo. No recordaba el discurrir de manantiales en los alrededores así que presté más atención para percatarme de aquello tan extraño que percibía, como le ocurre a quien cae en la cuenta de que lo que tiene ante sí se escapa de lo cotidiano.

Arrecié el paso cuando advertí que alguien parecía seguirme. Lo encaré y al punto me encontré con los ojos de mi vecino que con su aspecto bonachón me observaba con mirada inquisitiva. En su mano portaba un trébol de cinco hojas. Bueno, tampoco las gracias vienen solas, pensé.

Sin mediar palabra y con una sonrisa de satisfacción, como corresponde a los dos seres más afortunados del paraíso, seguimos ambos el camino hacia una amplia calle que fue, de antaño y alternativamente, paso de cabras y rambla y cauce de aguas de lluvia. Pero a los pocos metros nos percatamos del desastre: las últimas tormentas habían convertido la ancha avenida en río caudaloso que arrastraba a su paso muebles, enseres y animales de compañía. Hacía falta agua, eso es cierto: hela aquí. Mi casa estaba toda anegada y sucia pero mi mujer había sobrevivido a la catástrofe. La casona señorial de mi compañero de trebolada fue la única de la urbanización a la que no alcanzó el agua.

Yo fui feliz, a qué negarlo y mi vecino con su trébol de cinco hojas continuó siendo inmensamente rico. Mis amigos los botánicos no me han sabido decir por cada cuántos tréboles de cuatro hojas se deja caer uno de cinco.

15 septiembre 2008

El futuro del presente



¿Tiene futuro la literatura? Efluvios de septiembre…

Es como hablar del presente y del futuro de todos esos peatones que circulamos por ahí: variopinto como la vida misma. Es decir, si las personas vivimos con alegre seriedad la vida (ese viaje extravagante, por otro lado), pues habrá una literatura creativa, amena, irónica, divertida, enriquecedora, ...; que lloriqueamos, perdidos en las anécdotas para becarios, y despejamos balones sobre lo que pasa aquí y ahora, pues tendremos lenguaje infantil y primario: balbuceos (León Felipe dixit). ¿De qué sirve ser creador de historias y luego esgrimir media sonrisa como respuesta a un mundo que se desmorona?

Cuando uno es un joven incauto y empieza a descubrir, más o menos por su cuenta el mundo, está tentado a creer que eso que la gente llama los intelectuales son los tíos y tías más avanzados (porque utilizan el coco); alguien de quien uno puede aprender mucho. El enamoramiento durará más o menos, pero al final se resuelve en desengaño. Y el tal bisoño se topa de lleno con los dogmatismos, los egos, la cerrazón, el simplismo, los tics, las consignas; el rábano por las hojas, las meninges por las barbas, …

Ante ese panorama ¿que hay del presente y el futuro de la literatura?, pues depende de donde se sitúe usted. Si lo que los escritores piensan y escriben tiene futuro, si es positivo, si abre puertas, si no es un bostezo hipócrita ni una resignación estéril, si no es manipulador, si invita a descubrir, a gozar, si realiza, si no es proselitismo… la literatura tendrá futuro. Y el ser humano mismo de quien la literatura no es sino un inventario de pasiones.

Pero si hablamos de la literatura del fracaso, de la muerte, de la complicidad…

30 agosto 2008

Ecos de Montaigne



Hoy no tengo ganas de hablar. Será porque me he levantado con el pie izquierdo, y a mi lengua le cuesta trabajo moverse; de manera que hoy no me siento inclinado a hablar mucho, lo cual tiene sus ventajas porque es bien sabido que cuando una persona amanece con la boca llena dice tonterías de muy diversa índole, y más tarde se arrepiente de su locuacidad. En fin, que para no querer hablar me estoy retrasando en prolijas explicaciones sobre algo tan nimio, en vez de empezar, como Dios manda, por decir quién soy. (Ahora me acuerdo de una frase que me gustó mucho cuando la leí: ¿Cómo decir quién soy cuando yo soy todo esto?, y el escribano se refería a cuanto le rodeaba: seres, cosas, mundo…; en griego, todo, se dice pan; cuando yo era chiquillo a las mujeres se las piropeaba así: ¡estás más buena que el pan!, ahora me explico. Pues eso: quién soy yo. Me llamo José. No, no es ninguna tontería decir me llamo; lo que pasa es que no tengo ganas de hablar, pero cuando me escucho a mí mismo decir ¡José!, eso es un nombre, y me azoro mucho y no sé el motivo; por ejemplo cuando me oigo: ¿Qué haces, José?, un escalofrío surge por la espalda y me recorre no sólo el cuerpo sino mi completo pan, y esto no sucede cuando alguien (del exterior, digamos) pronuncia mi nombre.

De manera que me llamo José. Y debo decir, (para quien se haya puesto a leer inocentemente este panfleto sin saber de qué va) que lo que tienes en pantalla es una carta (aunque especial) al mundo (urbi et orbi, vaya); es decir: no a un destinatario conocido (lo cual me obligaría a ser concreto y a llevar mucho cuidado con las palabras -y esto sin ninguna garantía de que un malentendido aquí y otro allá no arruinara todo intento de comunicación-), sino al mundo, así, en general; pero que no cunda el pánico pues yo no voy a pedir nada, ni a sacarle los colores a nadie, sino simplemente a escribir hasta que me canse (que será pronto); y el hecho de que el cúmulo de eventos sin propósito que constituye este panfleto no tenga el aspecto de una carta normal y corriente es porque hoy no tengo muchas ganas de hablar ni de recrearme con formalismos. Vaya, vaya, tras escribir carta al mundo he cavilado: ¡pero qué narices le importará al mundo lo que piense José!; bueno, y a José, a veces, le ocurre lo mismo con el mundo. Pero por otra parte, decir José, no es decir mucho, igual valdría citar a Pedro, o a Juan, ... y a lo mejor hasta es por eso, que como somos tantos, pasamos unos de otros sin apenas esfuerzo. Y lo de especial es porque las normas requieren de una carta que tenga un destinatario preciso y ésta no lo tendrá. A lo que íbamos: como hoy no tengo ganas de hablar, pues me dirijo al mundo, en abstracto y así nadie se ofende ni se siente señalado y yo tampoco tendré que dar explicaciones. ¡Estoy harto de dar explicaciones! En fin, a lo mejor lo que voy a contaros son acontecimientos sin sustancia, cabos sueltos, pero, bien mirado, las cosas en la vida ocurren así: los acontecimientos que nos abordan no vienen atados todos en el mismo fardo como si de cosas homogéneas se tratara (cebollas con cebollas), es José el que los asocia y saca sus conclusiones, pero hoy no quiero ni sacar conclusiones, es que no tengo ganas de ... Quisiera hablar como lo hace el viento: no para emitir un mensaje acotado por la significación de unas cuantas palabras conjuradas con más o menos acierto, sino a la manera del viento que pasa y nos trae como torbellinos de sensaciones que cada cual percibe a su modo. Ahora me acuerdo de un sueño que tuve días atrás. Soñé que estaba en un desfiladero de esos que aparecen en las películas del oeste. La calma más absoluta me acompañaba cuando una racha de viento se me echó encima. La oí sortear la vertiente, luego se deslizó entre los matorrales, avanzó por entre las piedras del valle, se encaramó hasta un peñasco, descendió a ráfagas hasta donde me encontraba y abofeteó, sin convicción, mi cara. Estaba solo y grité: ¡¡Hooolaaa!! Un coro de voces repetía de forma entrecortada “hoolaa, hoolaa” … rebotando aquí y allá, mientras en mi cabeza se rumoreaba: al mundo qué le importa lo que piensa José. Así era la cosa: yo gritaba a un montón de piedras que me devolvían los mismos sonidos amplificados, ante la duda de si las piedras repetían mis palabras o a lo mejor es al revés, que yo daba forma al puro clamor de las piedras vivas. Y me desperté con este pensamiento:
¡cuánto saber callan las piedras!

Yo, la verdad, mucha, mucha fe en las palabras, no tengo. La sentencia popular afirma: hablando se entiende la gente, pero yo no lo veo así; más que como atajo yo experimento el lenguaje como una carrera de obstáculos; no quiero exagerar pero es lo que compruebo a diario. Y
soy un enamorado del lenguaje, no creas. Hay palabras que me fascinan por su sonoridad, como pórtico, bóveda, tálamo, me gusta repetirlas, no se si es por su virtud de esdrújulas o porque para mi tienen un significado no manifiesto, algo así como un mensaje. (Iba a poner significado oculto pero tal vez esta palabra tenga connotaciones que no quiero que empañen el sentido de la frase y me he visto en la obligación de sortearla -como se hace con un obstáculo-). En fin, pensamientos irrelevantes que me permito introducir en esta carta ya que no hay compromisos previos ni falsas expectativas y así nadie se sentirá decepcionado. Cabos sueltos; sí, sí. Así podría haber llamado a este escrito, si bien el nombre no tiene importancia y prueba de ello es que en el transcurso de la carta se agazapa, tras cada párrafo, un nuevo nombre al que sucederán otros hasta el punto final. Creo que todos somos cronistas privilegiados de la vida y todos llenamos unas cuartillas, aunque tal vez no con lápiz y papel, y en alguna ocasión he imaginado que cada uno de los seres que poblamos la tierra somos portadores de una palabra que vamos trabajando como el cantero a la piedra, cada expresión cumpliendo su oficio en el gran pergamino que es el mundo hasta completar algún mensaje. Yo, un humilde artículo, el otro un verbo, palabra por excelencia, (por eso si digo: amo, me estoy nombrando más que si digo José -a condición de que no sea una palabra hueca-); y de rondón llegamos a lo que los expertos llaman un realizativo, que es algo que, en el momento que se emite la expresión, está haciendo la persona que la emite: “Sí, juro” (desempeñar el cargo con lealtad, honradez … expresado en el curso de asunción de un cargo, _J.L. Austin_). De ahí crece mi sospecha de que cada uno de nosotros somos un realizativo y vamos, polvo de playa, trigo de granero, construyendo-manteniendo el mundo. Y es así como escribimos la otra historia (no la historia de la humanidad que es más restrictiva y antropocéntrica sino del mundo, comprendiendo en él a los otros compañeros de viaje: plantas, animales y piedras. En fin, puede ser que debido a mis pocas ganas de hablar esté hilvanando hoy una serie de pensamientos sin sentido ni conexión alguna y aburra hasta las piedras. Aburrir a las piedras: una frase hecha muy poco afortunada que para mí incurre en dos errores: uno, el suponer que las piedras están muertas y dos, el creernos tan importantes como para pensar que las piedras van a estar pendientes de nosotros como si no tuvieran nada mejor que hacer... Es curioso: las palabras nos llevan unas a otras y de rondón nos encontramos como dando vueltas a una peonza, y así dice Antonio Gala: mi pasión es continua, como el péndulo de un reloj que se mueve ignorante de la hora que marca que parece el eco de esta otra frase de Gustave Flaubert: Se aplicaba a cumplir sus deberes como un jaco de noria que da vueltas, con los ojos vendados, sin tener ni idea de la tarea que desempeña. Y es que, quizás, usemos siempre las mismas palabras porque están todas ya pronunciadas. Puede ser que haya una matriz con unas cuantas palabras o ideas raíces de las que salen todas las demás, como afluentes o derivaciones de un gran río caudaloso, pero ocurre que pronunciadas éstas, las demás son pura repetición (variaciones sobre el mismo tema). Después de que Cervantes pariera la obra maestra de la humanidad, ¡a ver quién es el genio que se pone a su altura! Alguien podría achacarme cierta afición por los mitos, y efectivamente creo que el imaginario colectivo está plagado de pistas dejadas aquí y allá que nos pueden ahorrar muchas vueltas de noria. No sé; si no estuviera tan cansado y con tan pocas ganas de hablar podría matizar mucho más todo esto que aquí es sólo un esbozo atropellado y caótico.

Bueno, tendré que poner punto final de alguna manera a este escrito aunque me temo que el final no va a ser muy diferente del principio. Otro día, cuando me encuentre más locuaz, a lo mejor me extiendo y escribo un ensayo sobre cosas serias, tras consulta atenta de una abundante y autorizada bibliografía, y sin olvidar el uso adecuado de los eufemismos que con tanta profusión y descaro han venido a sustituir por completo a la realidad, pero baste por hoy con lo dicho y aún sospecho que me he prodigado más de la cuenta y he abusado de la paciencia de quienes me leerán (que es mucho suponer). Ya termino: creo que lo correcto sería concluir esta carta como lo que es aunque su principio y desarrollo dejen mucho que desear. Por lo tanto me dispongo a saludar a todos, a expresar mis mejores deseos de paz y bienestar y a animaros a contestar estas letras pues me interesa tener noticias de cada uno de vosotros, conciudadanos del mundo. Afectuosamente.

José

20 julio 2008

Peldaño realizativo



Cuando uno es joven está convencido de que se va a comer el mundo, que va a resolver él solito todos los enigmas y a despejar completamente las incógnitas. Las persistentes injusticias quedarán corregidas y los desafueros, reparados.

Con la rueda de las estaciones renovada cada año uno se da cuenta de que eso no va a suceder así y que el protagonismo que la vida nos tiene reservado generalmente es mucho más discreto y se refiere a una parcela muy pequeña y cercana y no a la totalidad del mundo y de las cosas y eso suponiendo que para entonces no haya hecho estragos en nosotros el escepticismo o directamente la apatía o la indiferencia.

Un peldaño en la escalera, eso somos. Lo importante es mantenerlo aseado y dispuesto para que sirva de necesario paso a los viajeros, incansables buscadores del origen. Ahí es nada. Esmerado, impecable, deslucido, gastado; pero para que haya escalera es imprescindible cada peldaño. La cara y la cruz: sólo un peldaño y nada menos que un peldaño.

Somos, pues, un escalón junto a otro escalón en continuo ascenso hacia el infinito. Concepto este que me lleva, burla burlando, a otro que los expertos en lingüística denominan un realizativo, querencia prometeica, que se refiere a la palabra o frase que un emisor concreto pronuncia en un contexto adecuado: (declaro abierta la sesión, por ejemplo). No es una frase como otra sino que en ese mismo momento se realiza lo que allí se dice. Me sospecho que cada uno de nosotros somos como un realizativo y en su virtud vamos construyendo-manteniendo el mundo.

Escalones, realizativos. No somos simple decorado ni espectadores pacientes, sino que participamos de la trama y de la acción en un mundo mágico. También en el territorio misterioso y fascinante de la literatura.

Cierto es: el primer realizativo fue el "hágase la luz". Y la luz se hizo: el ilimitado poder de la palabra.

P.D. ¿No es acaso un realizativo el Yo soy el que soy bíblico?

11 julio 2008

Las palabras que dan sentido a mi vida



Por aquellas cosas del destino aprendí a leer a los ocho años. Mi tren llegó con un poco de retraso. Desde los once años mantengo un diccionario personal que ha ido creciendo conmigo al igual que hay otros que alimentan un diario en el que regurgitan los sucesos del día en una rumia sosegada para retozar en la nostalgia de lo que fue o pintar un futuro, sin duda, mejor. En vez de recrearme en los sucesos cotidianos alimentaba mi particular diario con las palabras más significativas de la jornada.

Con el tiempo mi diccionario creció y creció y se pertrechaba de nuevas y más dificultosas palabras. Unas me fascinaban por su sonoridad; otras por su denso contenido; éstas más duras de roer y esotras, de algodón, para adormecer las penas.

¿Cómo surgió mi afición por las palabras? Un buen día, allá por mis años de estudiante primerizo me di cuenta de que las palabras eran la materia de la que estaban hechos los sueños y no un simple envoltorio de las ideas. Descubrí que lo más importante de todo era el sentido oculto en cada palabra, matizado a veces y enriquecido casi siempre por la pátina del tiempo y amé las palabras hasta aplicarme a cosecharlas con pasión. Daba igual la materia de estudio, allí estaban ellas. Fue un amor a primera vista. En cada nuevo libro que leía, ya fuera objeto de estudio o fruto de la curiosidad, descubría docenas y docenas de nuevas palabras de las que ignoraba su sentido cabal y aún la existencia misma de algunas de ellas. A partir de ese momento y de la mano del profesor de turno, cada nueva revelación pasaba a engrosar mi diccionario particular en un cuaderno preparado al efecto

Con el tiempo mi diccionario creció y creció y se hizo enorme: todo un árbol frondoso. Del raído cuaderno pasé a un abultado diario con páginas en blanco que más tarde quedó obsoleto y fue sustituido por páginas intangibles de ordenador, ese sueño booleano, según glosa sentida con justicia y maestría de J. Antonio Azpeitia en su excelente blog.

Aún hoy incorporo, tarde a tarde, nuevas palabras a mi colección como tributo al Gran Inventario que no parece tener fin…

Recuerdo la primera palabra que reflejé en mi cuaderno hoy perdido: acaecer. Ahí es nada: toda la vida está encerrada en ella.

Con el tiempo llegué a la especialización y mantenía varios diccionarios temáticos, pero a ninguno le tengo tanto cariño como al general.

Palabras escogidas que dan sentido a mi vida y marcaron, sin duda, un itinerario personal. ¿Por qué ésta sí y esa otra no? Algunas son bien simples y me sorprendo hoy de verlas aunque mantienen el interés sentimental y señalan al origen, cuando unas pocas palabras ocupaban todo el espacio en un magma adolescente que pugnaba por brotar como renuevo de almendro. Otras se han ido actualizando con el correr de los años. Casi una hoja de ruta de mi aprendizaje primero, de mi vida toda.

¿Qué sería hoy sin las palabras? ¿Dónde estaría si no hubieran existido ciertas palabras pronunciadas en momentos de zozobra?

Aún hoy mis mejores libros de cabecera son los diccionarios.

10 julio 2008

Tópicos


Hay una buena cosecha de tópicos o frases trilladas que han hecho fortuna entre la gente a pesar de que le atribuyen un sentido que no es el que tuvieron al nacer; sólo sé que no sé nada, es una de ellas. Curiosa frase de Sócrates que ha hecho fortuna pero la interpretación que ha pasado de boca en boca no es más que una vulgarización.

Veamos: grosso modo, en tiempos de Sócrates había un grupo de cuentistas presuntuosos o parásitos sociales, los sofistas (de sofisma); es decir cuentacuentos que utilizaban argumentos con apariencia de verdad para defender la falsedad de manera persuasiva. Estos sofistas se hacían llamar filósofos, es decir: sabios. Eran maestros en la oratoria para engañar (más o menos como hacen algunos políticos de hoy), y se daban a la buena vida con el fruto de la utilización espuria de la argumentación.

Pues bien, así las cosas, Sócrates, filósofo íntegro y honesto hace uso de su ironía y se presenta allí donde va como el que no sabe nada. En ese contexto, según mi modesta opinión, adquiere sentido la frase que ha pasado a la historia y que sin embargo no tiene el matiz que algunos pretenden conferirle.

25 junio 2008

Pinceladas


Escribir es una travesía en alta mar con un bote diminuto, un vuelo solitario a través del espacio. Herman Hesse

Cuando yo tenía 15 años jugaba con mis compañeros de clase a un juego muy peculiar. Cerrábamos los ojos e intentábamos pintar en el blanco lienzo que aparecía en nuestra mente, el objeto que habíamos mirado con atención un momento antes.

Contornos indefinidos surgían poco a poco y con desigual intensidad; matices y destellos. Y a veces conseguíamos retener el conjunto en una aparición espléndida.

Miro, intento captar la totalidad de algo, cierro los ojos y dibujo. Seguramente esta es una manera de definir la creación literaria.

Con el tiempo y la práctica asidua los objetos que imaginábamos se fueron haciendo más nítidos y la comparación con el original reflejaba cada vez más aciertos. Pero también, junto con las figuras simples como la del lápiz, el árbol y la montaña, otras imágenes brotaban de nuestra cabeza y se interponían entre la joven pizarra de nuestra mente.

Una mañana de abril alguien propuso introducir una variante en el juego: cerraríamos los ojos sin antes habernos fijado en ningún objeto. Los pensamientos se movieron a su antojo y nos presentaban, en breves trazos, figuras coloreadas con el impetuoso tinte de la adolescencia. Por aquél entonces estudiábamos a Aristóteles (entre otras cosas) que decía aquello de que nada hay en la mente que no haya pasado antes por los sentidos; de manera que en esta nueva modalidad de juego lo que hacíamos era imaginar objetos almacenados en nuestra memoria más o menos lejana. Cerca de donde escribo se halla la cuna de Azorín quien escribió: vivir es ver pasar. Vivir es ver volver (las nubes). Es posible también que esta sea otra forma de entender el arte de escribir.

¿Por qué escribo hoy yo que no soy un escritor reputado ni tengo visos de serlo y que además camino tras la libertad ilimitada de ser un desconocido?

Sólo sé que me ubico preferentemente en el camino con corazón y desde ahí intento articular palabras que desde el momento en que las utilizo son mías y forman parte de mi universo vital. El corazón es la paloma que aletea sobre las aguas; el viento que esparce la semilla; el espíritu de la simbología cristiana; el aire puro sin el cual moriremos; Orión espléndida en las noches invierno; la polar, vigía del cielo.

No escribo para ser alguien ni para conseguir que algún día, martillo y cincel, un personaje me salga redondo (lo único redondo es la muerte); ni para enseñar ninguna verdad porque la verdad es escurridiza. Y si quisiera estudiar cuerpos, hechos y costumbres me haría científico para disecar órganos, estudiar muecas, hábitos y acciones.

Cuando escribo doy vida a algo que agoniza y palpita a la vez. Lloro, río, descubro, amaso mi mundo con una pasta que no está hecha sólo de la rumia sobre lo que pasó sino que viene sazonada con los fastos del presente y los efluvios del futuro.

Escribo para pagar la factura del pasado y poder vivir. Escribo para inventar otro mundo cuajado de esperanza (uno de los mejores frutos del corazón), para salir de una realidad que a veces nos atenaza, en un viaje "fuera del cuerpo" hacia la libertad posible. Escribo porque las etiquetas me dan asco (dreno, por mi parte, la herida en el costado del mundo). Escribo para vomitar las toxinas que se nos meten por la piel y por la carne y por la sangre hasta consubstanciarnos en una vida mediocre e indigna. Escribo para rociar mi espacio vital con el agua bendita del desahogo, en un mundo en el que somos cómplices de la basura que entre todos generamos.

Y escribo bajo la sombra ¡ay! que embargaba a León Felipe al final de sus días: mis versos… balbuceos… lenguaje infantil y primario…

¿Quien soy yo? ¿Águila o sol?; ¿cara o cruz?

03 mayo 2008

Un mundo aparte

Algunos buscan las claves que les permitan interpretar el mundo. Descifran, traducen, desentrañan… Lo cierto es que cada persona parece tener el abracadabra de su propia realidad, forjada en su cabeza, mezcla necesariamente de errores y aciertos. Por eso es tan complicado comunicarse con la gente, porque cada uno vive en un mundo aparte: compartimentos estancos. Aguas estancadas que se pudren si no corren.

Todo intento de comunicación que cada persona ensaya con los otros seres que le acompañan en la aventura de la vida suelen ser intentos fallidos: aceptamos bien pocas ideas de los otros a menos que nos interesen mucho o nos hagan albergar la creencia de que, como poco, no nos perjudicarán. Toda la psicología de la comunicación se estrella contra este hecho evidente: hablando no se entiende la gente. Emisor, receptor, medio, mensaje, …: juguetes rotos.

Pero algunos viven en la fantasía de que el lenguaje nació para entenderse, pero la realidad nos muestra cada día y en cada circunstancia que no es así, que el lenguaje lo utilizamos como la loca de la casa con la que pretendemos enredar al prójimo.

La literatura es la utilización no espuria del lenguaje con fines no instrumentales ni interesados. El único lenguaje al que atendemos casi sin profilaxis es el que utiliza la creación literaria contra la que no estamos vacunados y a la que recibimos como una bendición o, peor aún, como corderitos disciplinados llevados al matadero. Sedosas palabras, las que utiliza la poesía, vericuetos aventureros, reales o inventados que tanto da, vertidas en mil relatos que nos hacen soñar. Todo lo demás es enredo. Reconozcámoslo ya: hablando no se entiende la gente. Hablando, a lo más, la gente puede dejar de matarse por un rato… Ya sé que no es poco. Pero no es lo que prometía.

La literatura nos salva de nosotros mismos. Hay verdaderos (así considerados) iconos de la cultura de los que no he leído más que un libro (a veces ni lo terminé). Un libro me sirvió de vacuna contra tanto gurú de vía estrecha. La literatura es alimento del alma y no se puede ofrecer en su lugar un brebaje para mantener el tono de los adeptos de la secta de lo políticamente correcto.

Y así, en la literatura todo vale con tal de que arda, en palabras del poeta. Algunos pretenden llevar esa máxima a otros terrenos como al proceloso mundo de la política y por ese procedimiento han ardido países enteros con toda su gente dentro. Todo vale en la literatura, pero no en la política, porque la literatura es un juego mientras que la política es un muero…

La diferencia entre la literatura y la política, o dicho de otro modo, la utilización del lenguaje para contar historias o para enredar la historia es muy clara. El ser humano es un montón de prejuicios (tanto como de huesos) y de intereses en manos generalmente de un monstruo. Y a veces hasta de un bobo…

Sin embargo la literatura es un entretenimiento pasajero

El río que no sabía detenerse

“Si lees esto, es que aún estás a tiempo”.  Juan Puebla seguía sin entender por qué aquella frase lo perseguía tanto.  Deambulaba por Alfons...