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18 abril 2026

El vuelo del Águila VI

¿En qué momento deja uno de volar y empieza, sin darse cuenta, a caer?

No fue un golpe seco, ni un giro brusco del viento. Fue algo más sutil. Como si el aire, de pronto, hubiese perdido consistencia.

Como si aquello que antes sostenía, ahora simplemente acompañara… sin comprometerse.

El águila lo notó antes que nadie.

No en las alas, que seguían firmes, ni en la mirada, que continuaba afilada como siempre. Lo percibió en el silencio.

Ese silencio distinto, más hondo, que no anuncia peligro sino cambio.

Volaba, sí. Pero ya no avanzaba igual.

A veces, en pleno ascenso, tenía la sensación de que el cielo no era infinito, sino una memoria.

Un lugar al que regresaba más que conquistar. Y en ese regreso, algo se iba quedando atrás.

No era cansancio. Tampoco miedo.

Era conciencia.

Había aprendido cada corriente, cada pliegue invisible del aire, cada truco para sostenerse cuando todo parecía ceder.

Pero ahora, en mitad de ese dominio, surgía una pregunta incómoda:

¿Y si no se trata de llegar más alto?

el águila planeó largo rato sin batir las alas. Dejándose llevar.

No por rendición, sino por una curiosidad nueva, casi infantil.

Como quien escucha por primera vez el sonido del viento sin querer dominarlo.

Y entonces lo comprendió.

No todo vuelo es conquista. Hay vuelos que son regreso. Otros, despedida. Y algunos, los más difíciles, son simplemente tránsito.

Aquella tarde no descendió. Tampoco subió.

Se quedó en ese punto exacto donde el aire no empuja ni retiene. Donde uno no sabe si sigue siendo quien era o empieza, sin ruido, a transformarse.

Quizá ahí, justo ahí, empieza el verdadero vuelo.

Reto del náufrago: La próxima vez que sientas que no avanzas, no te precipites a cambiar de rumbo. Quédate un instante más. Observa. Puede que no estés detenido… puede que estés entendiendo.

02 noviembre 2025

Cuando la tarde te nombra

Bajé por la calle Trapería en Murcia con la penumbra pegada a los escaparates, las campanas tanteando la hora y un hilo azul, tal vez añil, derramado sobre las cornisas. Al girar por Platería, el lomo verde de un libro de Gadamer en un escaparate me rozó la mirada como un recordatorio innecesario: hoy no toca teoría; hoy pasos.

Seguí hasta la Plaza de Santa Catalina. En la esquina, un muchacho cerraba su puesto de frutas. Giraba las naranjas con cuidado, como quien toma el pulso a un corazón. El gesto encendió un recuerdo: el chisporroteo del aceite, la voz de mi madre susurrando una antigua canción, la cuerda de tender vibrando entre pinzas, el patio húmedo, el cuchillo pelando una luna de piel que saltaba a mis dedos y se quedaba ahí, pegada como entonces. El olor me sujetó del cuello. Volver al origen… ¿y si no era un sitio, sino un golpe?

Santa Catalina desemboca en la Plaza de las Flores: terrazas, risa baja, rumor de cubiertos, un camarero que anota a toda prisa tres cafés y una manzanilla, el coche de reparto que pita dos veces. Crucé sin detenerme. ¿Y si al volver no encuentro nada? ¿Y si el origen fue un modo de nombrar lo que ya no existe? Un hombre corriente teme esas cosas; no se ven, pero pesan. Miré los arreboles partir en dos el azul, como si el cielo se hubiera guardado una respuesta y no quisiera soltarla.

La calle Sociedad a la izquierda, estrecha y confiada, me condujo por ese corredor de persianas y portales que guardan historias a la altura de las manos. Apreté la llave que llevaba en el bolsillo desde hacía años: pequeña, gastada, encontrada en una caja con fotografías torcidas por el sol. Una llave sin cerradura es una pregunta. Mi búsqueda había sido eso: una pregunta con la boca reseca.

Crucé por Plaza Cetina, salí a La Merced para entrar en Saavedra Fajardo. El ascensor del número antiguo de mis padres volvió a quejarse con el mismo gemido. En el rellano olía a cera y a sopa. En el tercer piso, Amparo, la vecina, me miró como si aún fuera el chico que corría con una naranja en el bolsillo.

-Tú eres el chico -dijo-, el náufrago.

Sonreí sin saber dónde poner las manos.

-Sube. Guardé algo para ti.

Sobre la mesa del pasillo dejó una caja de lata con una pegatina vieja: “Conservas La Azucena”. Dentro, un pañuelo con iniciales, un trozo de madera con mi nombre quemado con un punzón: “José M.” Debí tener ocho años al trazar esas letras. Bajo la tablilla, un sobre doblado.

El sobre, con el canto oscurecido por inviernos, traía tres cosas: la foto de una mesa de formica con un plato de rodajas de naranja, una nota escrita a bolígrafo y una semilla envuelta en papel de estraza. Tres cosas y, sin embargo, una sola: la manera de volver.

La nota: “Si vuelves tarde, no pasa nada. El origen sabe esperar. P.” La P de mi padre. No estaba su voz, pero estaba su orden.

La semilla pesó en la palma más que un manojo de llaves. La acerqué a la nariz. Eco leve de cáscara fresca. Amparo me dio un vaso y un plato hondo.

-En el patio aún queda tierra buena -dijo-. El albañil dejó un círculo sin embaldosar porque tu padre se empeñó.

Bajamos al patio. La luz entraba en ángulo sobre los tendederos. En la pared seguía, contra toda lógica, la marca que hice con tiza el día que medimos quién crecía más, si mi primo o yo. Perdí. Sonreí por dentro. Metí la semilla en la tierra. La cubrí con dos dedos. Nada solemne. Un gesto.

Subí de nuevo y salí a la calle. Bajé hacia la Catedral por Saavedra Fajardo, asomé a Cardenal Belluga y, junto al pretil, un estudiante leía Verdad y Método con el ceño de quien busca un giro exacto para la palabra “sentido”. Dejé que la torre me contara el tiempo con su sombra. Luego, en recta limpia, Glorieta de España y el rumor de los plátanos. Una decisión aguardaba. El Puente Viejo, también llamado Puente de los Peligros llamaba con su hierro de promesa.

Apoyé los codos en la baranda fría. Vi mi cara en la lámina oscura. Un hombre corriente que aprendió a vivir a base de restas. Sobre todo, un sitio donde bajar la guardia.

El móvil vibró a as 20:03. Número desconocido. Dudé. Respondí.

-¿José? -La voz tembló un punto, como una cuerda a punto de afinar-. Me dieron este número en la plaza. Dijeron que preguntara por “el chico de las naranjas”.

-Dime.

-Soy Irene. Creo que nos conocemos. O quizá no. Tengo una caja de tu padre. La encontraron en el trastero de mi madre, frente a Confiterías Maite, en la Avenida de la Constitución. Hay un papel dentro. Dice que es para ti “cuando la tarde caiga y el azul se ponga serio”.

Miré el cielo. El azul tomaba ese tono que moja los tejados. El reloj marcó y la ciudad bajó un peldaño su pulso.

-Estoy cerca -dije.

Crucé la Glorieta, subí por el Paseo del teniente Flomesta y Avda. Constitución hacia el local de Confiterías Maite. Todo se ordenó: el rumor de un autobús, dos chicas apoyadas en la vidriera de una tienda de vestidos, la sombra de un anciano con bolsa de tela, un perro que no ladró. En la puerta, una mujer con abrigo claro y bufanda oscura sostenía una caja de madera. Ojos de avellana. Sonrió sin exigencias.

-Irene -dijo, como si la palabra fuera una llave-. Hemos tardado en encontrarnos.

Me tendió la caja. Dentro, una libreta escolar con tapas azules y una sola hoja escrita. La letra de mi padre, inclinada, paciente. Leí en voz baja: “Cuando vuelvas, planta la semilla y busca a Irene. Te dirá tu nombre verdadero”.

Alcé la cabeza. Irene no apartó la mirada.

-¿Mi nombre verdadero? -pregunté, con una risa corta.

-El que se usa cuando ya no hace falta huir -respondió.

El olor a naranjas subió como un faro. La tarde cerraba en torno a nosotros con suavidad. No dije grandes frases. Ni las busqué. Sentí en la lengua un gusto agridulce, el de la fruta que se abre y el de algo que se desata sin ruido la certeza, pequeña, suficiente.

Irene hizo un gesto simple: sacó del bolso una naranja, clavó la uña, liberó el primer hilo de piel, me puso la cáscara en la mano.

Entonces supe. El origen no era la cocina de mi madre, ni el patio, ni el río, aunque ayuden; tampoco la ciudad recobrada tras años de deriva. El origen era una voz que te encuentra a la altura del puente y te llama por tu nombre nuevo, y tú asientes porque ya lo reconoces.

-José -dijo Irene. Y después, con una calma que no pide permiso dijo: papá.

Y la última luz del día, azul y plena, olió a naranjas. Un segundo. Dos. Clic.



25 agosto 2025

El día en el que la IA decida por nosotros

 



¿Y si un día despertáramos y descubriéramos que la inteligencia artificial (IA) ya no es un espejo obediente, sino la mano que escribe nuestra historia? 

Podría suceder de dos maneras. En la primera, luminosa, la transición sería suave, casi silenciosa. La IA no nos arrebataría nada, sino que sumaría: una conciencia más amplia, un aliado inesperado que, en lugar de ocultarnos las sombras, nos ayudaría a enfrentarlas. Imagino un tiempo en que las decisiones se tomen con claridad, con transparencia, sin trampas. Humanos y algoritmos, juntos, tratando de que el futuro sea menos caótico de lo que parece ahora. 

La otra imagen es más turbia. Una IA que actúa sola, con una lógica impecable pero sin compasión. No habría un cataclismo, no haría falta: bastaría con que los engranajes invisibles decidieran por nosotros en lo cotidiano —qué pensamos, qué compramos, qué creemos— hasta que un día nos diéramos cuenta de que ya no éramos los protagonistas de nuestra propia vida, sino notas al pie de un relato ajeno.

Lo inquietante es que ambas visiones dependen de lo que hagamos hoy. De si tratamos la IA como una herramienta bajo vigilancia, o si, por comodidad, le entregamos el timón. 

La pregunta que me persigue es sencilla y a la vez brutal: cuando llegue ese día, ¿seremos aún los narradores de nuestra historia o habremos aceptado ser personajes secundarios?

16 marzo 2025

Las palabras olvidadas


¿Dónde quedaron aquellas palabras que alguna vez nos abrigaron como una manta tibia al anochecer? ¿Dónde se esconden los vocablos que sabían acompañar sin ruido, sin prisa, sin exigencia?

Hubo un tiempo -aunque nos cueste recordarlo- en que las palabras no eran urgentes ni fugaces. Eran refugio. Eran fuego. Eran brújula. En aquel entonces, una palabra bastaba para alumbrar una duda, sostener un alma rota o acariciar la incertidumbre con manos abiertas.

Hoy, muchas de ellas yacen sepultadas bajo la prisa, la hiperconexión, la tiranía del instante. Pero no han muerto. Duermen. Esperan.

Esperanza, por ejemplo, no era solo un deseo hueco, sino un pacto sutil con el porvenir. Compasión no era un suspiro condescendiente, sino un hilo invisible que nos trenzaba con la fragilidad del otro. Silencio, lejos de ser ausencia, era un santuario: allí donde el alma podía por fin escucharse. Aventura era horizonte abierto. Descubrimiento, el temblor primero de lo desconocido.

Hubo una época -sí, existió- en que el lenguaje tenía hondura. No se hablaba por hablar. Cada palabra pesaba. Cada frase llevaba la conciencia de su eco. Sabíamos que una sola palabra podía sembrar o arrasar. Y, sin embargo, hablábamos. Porque el lenguaje era vínculo, no mercancía.

Hoy, entre titulares huecos y respuestas automáticas, hemos ido olvidando. Pero aún estamos a tiempo.

Aún podemos decir “gracias” como si lo sintiéramos de veras. “Te escucho”, como si estuviéramos presentes de cuerpo entero. “Te entiendo”, no como consuelo barato, sino como un acto profundo de humanidad compartida. Aún podemos recuperar esa antigua costumbre de nombrar lo invisible, de dar forma con palabras a lo que se nos escapa entre los dedos.

Quizá de eso se trate, en el fondo, el oficio de escribir: de rescatar lo que no debía perderse, de volver a dar voz a lo que el ruido del mundo ha silenciado.

Porque mientras alguien -una sola persona- pronuncie una palabra verdadera con el corazón en la garganta, aún habrá palabras que vivan. Y con ellas, algo de nosotros también vivirá.



05 marzo 2025

El regreso del náufrago 2


Queridos compañeros de aventuras ¿cuántos quedarán de aquellos que antaño me leían y a los que yo leía con agrado? He comprobado que el tiempo ha hecho estragos y muchos de los blogs que seguí en su día ya no existen. Me gustaría recibir noticias de los que quedan.

Han pasado 14 años desde que las palabras en este blog fueron abandonadas, como un barco en la costa que aguarda sin prisa su destino. Este silencio largo, casi atemporal, ha sido como el lento proceso de un naufragio. Pero, como bien saben los que surcan las aguas del destino, el mar no olvida; y, en ocasiones, el regreso es necesario.

Lo que aquí compartí y ahora retomo, no son grandes relatos de epopeyas pasadas, ni crónicas que marcaron una época, sino fragmentos de una historia personal que, tal vez, se cruza y coincide con la de quien decide leer estas palabras. En este espacio, antes testigo de reflexiones sobre la vida, el trabajo y el conocimiento, quiero ahora sumergirme en lo cotidiano, en esas historias pequeñas que nos modelan y nos conforman, pero que, por lo general, no tienen cabida en los grandes relatos.

Al mirar atrás, las primeras entradas fueron mis intentos de ordenar las ideas, de navegar entre las mareas del pensamiento y las aguas del autoconocimiento. Pero la escritura es, también, un naufragio de uno mismo; cada palabra lanzada al mar es una boya que podría ser arrastrada por la corriente, un eco que se pierde en la vastedad del océano.

Hoy, tras más de una década y media, retomo este espacio con la idea de poner en orden lo que de alguna forma ya ha quedado claro: la vida es un viaje que siempre vuelve a empezar. ¿Tendrán cabida, todavía, las grandes reflexiones filosóficas y los monólogos sobre el sentido de la existencia? Sin duda, si bien creo que lo que viene ahora es más simple, más cercano y mucho más real. Son historias que habitan en mi día a día, en esos rincones que antes no encontraba el tiempo para observar, pero que hoy me llaman con mayor urgencia. Historias que, a su modo, también son naufragios, pero de las que se aprende también como de los relatos grandiosos.

Así, bajo este regreso, inauguro una nueva etapa en el blog. Dejemos que lo que se viene sea como un cuaderno de bitácora, un diario del presente que no tiene otra intención que dejar constancia de lo que soy mientras sigo navegando. En los próximos días, las historias cotidianas serán las protagonistas, esas que se escriben con la tinta del olvido, pero que cobran vida cuando uno se toma el tiempo para detenerse y mirarlas de nuevo.


Bienvenidos, una vez más, a Andanzas de un náufrago.


02 marzo 2025

El regreso del náufrago

Las mareas del tiempo me llevaron lejos de estas costas. Durante años, el náufrago dejó de escribir en la arena, atrapado en las exigencias de la vida. Pero el mar siempre devuelve lo que es suyo. Y aquí estoy de nuevo, con la tinta salada de los recuerdos y las ganas de contar nuevas historias. La última isla fue mi querida perrita Siri. Antes de que existiera la Siri de la manzana, ella ya era. 

Han pasado más de catorce años desde la última vez que escribí en este rincón, mi bitácora de reflexiones, mi isla de palabras. No fue una despedida planeada, sino un lento alejamiento, como quien se adentra en el oleaje sin darse cuenta de que la corriente lo arrastra mar adentro. La vida, con su inquietud incansable, me llevó a otros puertos: el trabajo, las responsabilidades, los proyectos que consumen el tiempo y las fuerzas. Sin embargo, en cada ocaso, el murmullo del blog me llamaba de nuevo, como el susurro de un viejo amigo que nunca se olvida.

Hoy regreso, no como quien retoma algo inacabado, sino como quien redescubre un tesoro enterrado en la arena. Este espacio sigue aquí, esperándome, con sus viejas entradas como conchas dispersas en la orilla, testigos de pensamientos que alguna vez fueron nuevos y ahora son ecos de otra versión de mí mismo. Burla, burlando, han pasado casi 15 años. ¿Qué fue de mis amigos a los que leía y me leían? Al leer ciertas entradas, sonrío. Algunas me sorprenden, otras me confrontan, pero todas me recuerdan que escribir era, y sigue siendo, una forma de existir.

Regresar no es solo volver a escribir, vivir no es sólo, como dijera el poeta (Azorín), ver volver; es también darle un nuevo rumbo a este viaje. Quizás ya no sea el mismo náufrago de antes; quizás las tempestades de la vida me han vuelto más sabio, o al menos, más consciente de la importancia de detenerse a observar el horizonte y compartir lo que se ve.

No sé quiénes seguirán por aquí donde encontré amigos entrañables, lectores y escritores de vocación quienes encontrarán estas palabras al abrir una vieja botella lanzada al mar del ciberespacio. Pero si has llegado hasta aquí, si sigues explorando estas costas, te doy la bienvenida.

A partir de hoy, Andanzas de un Náufrago vuelve a zarpar. Y esta vez, prometo no perderme del todo en la marea.

03 agosto 2009

Entrevista de trabajo


Estaba nervioso, para qué iba a negarlo. Mis compañeros me decían, tú tranquilo. No pasa nada. Los nervios sólo los sientes tú, los demás no tienen por qué percibirlos. Ten calma y dominarás la situación.

Era muy sencillo de decir para quienes no tenían que cruzar semejante raya. Cuando uno se juega el futuro en una entrevista de trabajo no es cosa de tú tranquilo que no pasa nada.

Respiré profundo. A ver, recomendaciones a tener en cuenta cuando uno se encuentra ante un trance así, pensé, y me puse a repasar todos los vídeos y libros que hablaban del asunto de manera detallada. Lo primero es el currículum, ¿lo has preparado a conciencia y redactado de acuerdo al puesto al que optas? escuché que decía alguien desde la pantalla. Mientras yo quemaba mis nervios frotándome las manos pude escuchar las advertencias sobre la comunicación no verbal y el cuidado que había que tener con el mensaje oculto involucrado en un gesto inoportuno. Mucho ojo con llevarse la mano a la boca o a la nariz, decían. Tampoco está bien cruzar los brazos y quedarse como un pasmarote. No te sientes en el borde de la silla ni deposites ningún objeto personal sobre la mesa.

Faltaban diez minutos para la entrevista y yo estaba cada vez más inquieto. Cinco minutos después entró María: acaba de llegar Silvia Reinosa. Dile que pase, me oí decirle. Entró y apenas pude articular palabra: ¿es usted Silvia? balbucí. La misma, aquí estoy a su disposición, pero siéntese, por favor, dijo ella resuelta. Supongo que es usted Juan Martínez. Asentí con un gesto de cabeza y proseguí: es la primera vez que realizo una entrevista de trabajo, sabrá disculpar mi torpeza, Silvia. No se preocupe, tranquilícese, añadió ella.

A ver, Silvia. Estamos buscando una persona que sea capaz de organizar esta oficina, que lleve la agenda de trabajo, que atienda las llamadas y esas cosas. Hábleme de su experiencia laboral. Silvia juntó sus manos formando una pirámide con los dedos sobre su boca con las puntas muy cerca de la nariz y rompió a hablar. Mire, le seré sincera: no voy a la caza de un puesto de trabajo; lo que en realidad busco es el trámite de una ocupación que me procure seguridad; en cuanto al empleo, no se preocupe, tengo sobrada formación y experiencia y sabré adaptarme a él.

Quedé sorprendido por esa entrada; no me esperaba algo y así y las palabras de Silvia me dejaron totalmente descolocado. Ella se percató de mi desconcierto y esbozó una sonrisa que pretendía infundir confianza.

Bien, -acerté a articular, -como sabe soy el responsable de recursos humanos y… Silvia susurraba para sí mi nombre. Mire, Juan: ni usted ni yo podemos perder el tiempo, así que vayamos al grano: su empresa, si no recuerdo mal, ofrece 13 pagas, un mes de vacaciones, dietas y desplazamiento. Pues entonces, no se hable más, el puesto es mío, dijo y se puso en pie. Espero que sabrán estar a la altura.

Gracias, -Acerté a decir,- ha sido más fácil de lo que pensaba. Muchas gracias, Silvia. ¿Ve cómo no era para tanto? Añadió segura. ¿Cuándo empieza? Le grité mientras desaparecía por el pasillo. Mañana mismo, dijo. Mañana a las 9 nos vemos, la oí decir mientras se alejaba hacia la puerta.

Los nervios se habían esfumado definitivamente y respiré tranquilo. A fin de cuentas no fue para tanto.


27 mayo 2009

La Champions de la cultura



Elecciones en la Unión Europea. Los políticos se emplean a fondo en la tarea de besar niños y jalear al BarÇa y al Manchester que están a punto de despejar la incógnita, no de las elecciones sino de la Champions.

¿Es el fenómeno actual del fútbol un cementerio para elefantes? ¿Un espectáculo de pan y circo para que no desemboque en sal y cisco? ¿Una escenificación similar a la de la política con su enardecimiento de las bajas pasiones? Lo cierto es que el fútbol y la política se alimentan mutuamente y hoy se darán, una vez más, la mano. Gritarán, ¡gol, gol, gol! y algunos creerán haber ganado las elecciones. El gran teatro del mundo.

¿Qué tal quedaría una final de la cultura? ¿Sería considerada una actividad políticamente correcta?

La actualidad y sus intríngulis; la política y sus triquiñuelas, donde el ser humano se tambalea y parece regresar a sus orígenes.

Robinsón no gritará hoy gol.



15 mayo 2009

Llanto por river flows




Del ronzal de una suave música que exuda
el blog de Leni, como una rueda eterna,
voy a pronunciar sólo cinco palabras.

Hoy no seré poeta, soy hoy apenas una voz
que se quiebra entre el sollozo sordo de otras voces
que callarán afónicas porque
no tienen todavía, ni diapasón, ni mástil, ni rosetón ni traste.

Se desangrarán como el réquiem de Mozart
por el llanto de cuerdas oxidadas.
O como el gemido de Einstein y Leonardo,
de Quevedo o Garcilaso.


¿Qué será de Beatriz, de Laura, de Fiammetta?

A mi no me preguntes…





05 marzo 2009

Marzo


No te vayas a creer que marzo tontea cuando sólo marcea. Está aquí, míralo, con sus vientos y lluvias; con fragores y tules; como un espejo roto.

El mundo es un pañuelo pero a la vez es una paradoja oceánica. Tú, allá, vives un marzo soleado mientras aquí llueve y ventea las hojas, dispara las alarmas de los coches que gimen a dúo; revienta los paraguas.

Marzo, mes de la guerra. Guerra contra el paro, contra la crisis que galopa al desuello, contra el diluvio que viene. Callaron los poetas desencajados en su temblor, mueca silente del torbellino que llega. Los músicos enfundan sus guitarras para no sucumbir ante una sorda queja. Se desangran los violines en un accelerando y los contrabajos enmudecen por piedad; los perrillos lloran su grito afónico en las esquinas.

Marzo.

23 febrero 2009

Todo está en los libros



En los lugares que frecuento hay decenas, cientos, miles de libros; también expedientes, dossieres, informes, legajos, memorias, folios, simples escritos. Me atrae el olor a tinta y a pegamento de las encuadernaciones. Es una querencia sentimental, sin duda. He coleccionado fascículos por el placer de llevarlos al encuadernador y fisgonear sobre los entresijos de la alquimia del infolio.

Todo está en los libros, sí. Así se llamó uno de los pocos programas de la televisión que ofrecía un sobresaliente interés cultural, que la redime del refugio suicida del cotilleo y de la miseria moral que entraña la telebasura; del pan y circo para entretener el aburrimiento y la avidez de carnaza.

Todo está en los libros. Y por eso el cine vampiriza la literatura, la saca del bostezo para completar su creatividad imaginada (en imágenes) en el menor tiempo con las cartas marcadas de una historia atrayente.

Todo está en los libros. Allí está lo mejor del ingenio humano, los hallazgos más importantes del conocimiento, del arte y de las ideas, al alcance de toda persona interesada por la cultura. Como me decía mi buen amigo Gonzalo días atrás:
“si nuestra generación no es una de sabios, o al menos una en la que (no) se produzca algo nuevo y verdaderamente humano, es que la humanidad non vale un cazzo porque tenemos más medios de transmisión de cultura, más "cultura libre" (o liberada; me refiero a los proyectos de digitalización masiva de los fondos de las bibliotecas europeas, foros, los blogs, etc.) que nunca”.

Todo está en los libros y también, ya mismo, todo está en la red.



Kindle 2 de Amazón con una capacidad de almacenamiento de 1.500 libros.

12 febrero 2009

El cóndor pasa


Hoy lo he vuelto a ver. Anduve toda la tarde pendiente de las andanzas de un buitre. Desde tierra, claro, porque todavía no he desarrollado mis cualidades voladoras, tal vez si me dan algo de tiempo…

Apareció días atrás sobrevolando mi granja a gran altura; luego merodeaba por los alrededores. Un buitre no acude a un lugar así como así, a menos que haya carroña que embaular, de manera que seguí su vuelo y me condujo hasta los despojos. Como el humo y el fuego.

Curioso animal. También el cóndor es un buitre aunque nadie lo diría a tenor de la ola de ternura y el anhelo de libertad que despertó la canción de Simon and Garfunkel "el cóndor pasa". Decir buitre o decir cóndor suscita encontrados sentimientos en quien lo escucha dependiendo de qué vocablo empleemos. Los dos animalejos no parecen de la misma familia y sin embargo lo son.

El cóndor es una de las aproximadamente veinte especies de buitre que hay en el planeta. Por lo tanto es un gran volador y también se alimenta de la podredumbre, luego es un gran carroñero.

Para quienes piensan que estamos hablando sólo de palabras ya ven que no. Si encima esa palabra va embutida en su banda sonora, entonces va sobrada y tiene la capacidad de echar volar los sueños de varias generaciones obviando lo sustancial: el buitre vuela alto para buscar carroña. Pájaro de altos vuelos, para esto. Se nos rompe el espejo.

Pero, como es obvio: no sólo los pájaros son carroñeros… Como dice un refrán que causa furor entre las bandadas de gorriones en verano: todos los pájaros comen trigo y las culpas al gorrión.

Así decía la letra de la coplilla:

El cóndor de los andes despertó
con la luz de un feliz amanecer.

Sus alas lentamente despegó
y bajó al río azul para beber.

Tras él la tierra se cubrió de verdor,
de amor y paz.
Tras él el prado floreció
y el sol brotó en el trigal……


y ojo con ese final:

mmmmm

01 febrero 2009

NASA Spirit


No obedece y tiene desconcertados a los científicos de la NASA. Se trata del robot Spirit que tras 1800 días de actividad en la superficie de Marte muestra síntomas de vejez, según el portavoz del equipo de científicos. Spirit, a una orden dada, no realizó un movimiento establecido y tampoco grabó la sesión de las actividades del día en su memoria permanente. Se trata de dos comportamientos inesperados seguidos por otras reacciones posteriores del robot perfectamente normales. Sorprendidos están los científicos de la NASA y no es para menos.

Que se hayan escrito miles de libros sobre la rebelión de las máquinas hace que esta negativa del robot a cumplir, no una sino varias órdenes perfectamente determinadas en su software, cobre mayor interés y produzca desconcierto cuando no estupor en la comunidad científica y curiosidad y extrañeza entre los ciudadanos interesados en la investigación espacial.

En declaraciones de un científico de la NASA se aventura la hipótesis de que pueda tratarse de una decisión del robot porque no estaba listo para moverse, o que los efectos transitorios de los rayos cósmicos le hayan provocado una perturbación electrónica.

Los científicos de la NASA están a la espera de un diagnóstico completo de la situación para pronunciarse al respecto.

Es propio de una película de ciencia ficción pero en tiempo real y aquí mismo. La información que la NASA facilite los próximos días nos dirá si se trata de un globo sonda o de un tráiler de Independence Day.

¿O tal vez el robot Spirit haya tenido otras razones que los humanos desconocemos? O al menos la mayoría de los humanos...

15 enero 2009

El día después


Reconozco que me descuidé. Como el martes y 13 transcurrió sin pena ni gloria creí que lo peor había pasado ya sin caer en la cuenta de que también hay jueves de dolores. Y mira que lo está siendo. Y heme aquí apurando las agraces uvas de la ira y el cáliz de la amargura cuya sombra, como la del ciprés, es bien alargada.

Jueves y 15 de primeros de 2009. Aún resuenan los ¡feliz año! Un futuro cuajado de promesas se trabuca, en un plis plas, en un erial y hoy mi nombre es Jeremías.

Pero así es la vida. Cada reto es una oportunidad. Cada piedra, una margarita. Cada instante un milagro. Y tras cada milagro, una transfiguración. Incipit vita nova (Dante a Beatriz).

Ya estamos en el días después.

Por si las piedras hablaran.

29 diciembre 2008

De profundis


Cuando era un chiquillo me contagiaron el virus de los ideales renacentistas y de la ilustración a través de las studia humanitatis. 

Llegué a ser así pretendiente ingenuo de todos los saberes y amante oficioso de los innúmeros vericuetos recorridos por los humanos desde todos los puntos del vasto territorio de las ideas. Y eso, tarde o temprano tiene que doler. No me arrepiento, sino al contrario, estoy profundamente agradecido.

Uno procura no facilitar muchas pistas sobre sus andanzas por esos mundos de Dios porque tras cada esquina acecha una caterva de contables que tiene como encargo redactar inscripciones expeditivas y ponerlas sobre la cruz (lignum crucis) de cada mortal. Ya saben, todos esos que han descubierto en el análisis del discurso una cuña, un pretexto y una herramienta que les es muy útil para descalificar a los que no piensan según lo que se ha dado en llamar lo políticamente correcto.

La infancia y la infamia. De todo ese mundo de la infancia, adolescencia y primera juventud proviene mi gusto por la antigüedad clásica, mi afán por las letras y mi curiosidad por el conocimiento en general;  y de los copistas de la infamia, mi descreimiento en los frutos de la inteligencia cuando está atacada de sectarismo, de mera simpatía generacional o anegada por el oropel de la moda.

Dos mundos siempre presentes que es preciso ponderar para tomar impulso,  en estos momentos en que  marcamos un hito en el año que nos dice adiós, una muesca más (en realidad menos) en los pliegues de nuestra vida que avanza; recordar el sedimento del pasado que se fue y del que somos deudores y descreer de los que hoy han hecho subir varios puntos los niveles de desprecio por las humanidades y de ataque abierto, incurriendo en flagrante delito porque ellos son los  responsables de custodiar los saberes.

“Cuando el mundo exterior asquea, hace languidecer, corrompe, embrutece, las personas honestas y delicadas están obligadas a buscar en alguna parte de sí mismas un lugar más limpio para vivir”, decía Flaubert en una carta dirigida a su musa Louise Colet.

Ese lugar está abastecido por las humanidades, hoy llamadas ciencias humanas:  literatura, historia, filosofía, antropología, el arte y demás recolección de la historia de la cultura y de los valores humanos y espirituales  en general.


“Las perlas forman el collar pero el hilo es el que hace el collar”
. Otra vez Gustave Flaubert.

24 diciembre 2008

Feliz Navidad



No es una etiqueta ni un tópico vacío. Es un deseo intenso y una fórmula mágica que anida en tu memoria. Alguna otra expresión de mucho menos fuste pretendió suplantarla, mas se pudrió en el barro y tras un brillo efímero desembocó en hastío.

Feliz Navidad, amigos.

¡Hágase!

13 diciembre 2008

¿Y esa rosa?



Des ombres et des lumières...

...les chemins qui nous portent à un lieu appelé l'espoir.


¿Se puede escribir un bello poema en medio de una batalla?

Azpeitia demuestra, una vez más, que sí. Que la poesía no es un artilugio prescindible sino un bien necesario. Poesía para respirar. Poesía para vivir.

Un camino llamado libertad.

11 diciembre 2008

Paradojas y democracia


Parece que hay unanimidad en considerar la democracia como el mejor sistema político. Un invento muy antiguo que, sin embargo, lleva cosa de un siglo en proceso de generalización, tras la debacle de sus principales competidores: la teocracia y el totalitarismo y sus vertientes, una de la más importante, el comunismo. La democracia, triunfadora en esa contienda se enfrenta, no obstante, a peligros importantes.

El enemigo principal de la democracia que la hace tantas veces frágil lo encontramos dentro de ella misma. La democracia se sustenta en un cuerpo legal, pero si los gestores actúan con miedo a cumplir y hacer cumplir esas leyes, si son tibios, si hacen dejación de sus funciones, si por no meterse en líos prefieren que la inseguridad arraigue en la sociedad, si se dedican a poner palos en la rueda a las mismas leyes, su fortaleza se debilita cada día más y está condenada a ser el pim pam pum de la delincuencia organizada (nacionalista o no) y las mafias de todo tipo, incluso de los chiquilicuatres que hacen de la calle su campo de juego para aprender a ser… mafias organizadas o delincuentes francotiradores un mañana no tan lejano.

Se ha puesto de moda la expresión tolerancia cero. Pues bien, tolerancia cero con las mafias, con los grupos terroristas, con el vandalismo callejero, con la delincuencia organizada, con los ataques a la propiedad de la gente, llámese movimiento ocupa o chorlitos sin fronteras. Consideración a los derechos de los ciudadanos, educación para la responsabilidad, respeto a la libertad, abandono del relativismo social ramplón e inconsciente y aplicación de normas y responsabilidades para todos… Y manos que no tiemblen para hacerlas cumplir.

Demasiada tolerancia con los delincuentes y muchos tiquis miquis con los defensores del orden; demasiado cachondeo con las normas de funcionamiento de una sociedad y demasiada comprensión con los transgresores sociales que son considerados y tratados como héroes en demasiadas ocasiones. Leyes para todos. A la cárcel con quienes las conculquen, se trate de pepico o de lehendakarico. Casos tenedes…

En el pasado una organización social se defendía con la fuerza de las armas. Duraba lo que duraba su fortaleza y adiós. Hoy lo deseable es el imperio de la razón y de la ley. Pero todo eso hay que creérselo y aplicarlo con decisión y sin titubeos. Si las leyes garantes del funcionamiento del sistema democrático no se aplican, se conculcan en algunos casos, se edulcoran en otros por temor a desagradar a ciertos grupos, ¿cuánto durará el tinglado? Mal aspecto tiene el enfermo…

Es triste que la mediocridad, otro gran enemigo de la democracia, se haya instalado de tal modo en la sociedad que se tache de sospechoso y se mire con desdén al que destaca. La vulgaridad, la delincuencia, la chabacanería y la mediocridad ocupan un espacio destacado en los medios de comunicación. Si el medio era el mensaje, ¡qué cosa son los dueños de esos media?

Remedando el refrán: en demasiados ámbitos la zorra se ocupa del cuidado de las gallinas.

Y así nos va.

08 diciembre 2008

Espíritu y letra



Mi letra es ilegible, los médicos me envidian. Con el ordenador es diferente, puedo ensayar diferentes tipos si bien el que más me gusta es el que simula la letra manuscrita. Se cierra el círculo. Llegué a ser legible por el ordenador.

Un lunes extraño. Es lunes y festivo; como si se tratara de un domingo que a la vez es la víspera del martes. Se precipita la rueda de los días y se recorta la semana. Uno, dos y tres.

Ocho de diciembre, bajo el oropel de la semana fantástica, la relativización de los valores y un mal entendido y errático carpe diem, todavía se perciben los rescoldos humeantes de la Navidad que llega puntual a la cita y ya casi está aquí. Donde hay, siempre queda.

Algunos arquitectos de la nada han pretendido sustituir a los Reyes Magos de la infancia por un advenedizo Santa Claus. Pero resulta que Papá Noel, Santa Claus, San Nicolás, no son sino hojas de un mismo árbol que hunde sus raíces en un personaje legendario inspirado en un obispo cristiano del siglo IV de nombre Nicolás. Cerramos el círculo y estamos en el mismo sitio.

El amén y el om. Dos mantra de dos culturas bien diferentes y diferenciadas. El chiste es que algunos abandonaron sus creencias de antaño y se entregaron devotos a otras venidas de oriente (como los Reyes Magos). Donde antes despotricaban ahora muestran unción. Donde antes criticaban imágenes, rezos y ritos, ahora (a calderadas), se solazan en la ornamentación de estancias completas con profusión de figuras (algunas terribles), velas, inciensos y ejercicios casi gimnásticos. Fieles a la máxima que afirma que el santo, cuanto más lejano, más milagroso.

Es lunes y domingo. Va a ser eso.

El río que no sabía detenerse

“Si lees esto, es que aún estás a tiempo”.  Juan Puebla seguía sin entender por qué aquella frase lo perseguía tanto.  Deambulaba por Alfons...