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14 junio 2026

El río que no sabía detenerse


“Si lees esto, es que aún estás a tiempo”. 

Juan Puebla seguía sin entender por qué aquella frase lo perseguía tanto. 

Deambulaba por Alfonso X mientras los comercios empezaban a apagar escaparates y las terrazas se vaciaban despacio, con ese cansancio opaco de los camareros al final de la tarde, cuando ya no escuchan las conversaciones y solo recogen vasos. Murcia entraba poco a poco en la hora azul. No había silencio todavía, pero el ruido empezaba a alejarse. 

Caminaba ligero. Sin prisa. Sin destino. 

Las tres semanas transcurridas desde la carta habían dejado una huella rara en él. No exactamente esperanza. Tampoco tristeza. Algo más incómodo. Como si alguien hubiese abierto una ventana en una habitación que llevaba demasiados años cerrada. 

De Clara no tenía noticia. Ni una dirección. Ni una llamada. A veces pensaba en buscarla y otras veces le bastaba con imaginar que seguía viva en alguna ciudad donde todavía hubiese ropa tendida en los balcones y vecinos que se saludaban por el nombre. 

Al llegar al Jardín de Floridablanca se sentó en un banco que conservaba el calor del sol. Cerca de la fuente, un niño intentaba empujar un barco de papel con una rama. El barco giraba una y otra vez dentro del mismo remolino pequeño. 

Juan observó la escena. Después sonrió para sí. 

La vida también hacía eso de vez en cuando. Uno cree avanzar y solo está aprendiendo a dar vueltas.

Un anciano pasó delante de él con una chaqueta demasiado gruesa para junio. Caminaba despacio, aunque no parecía débil. Antes de perderse entre los árboles levantó la cabeza hacia las ramas blancas de azahar, como quien mira algo que lleva esperando mucho tiempo. 

Ese gesto le hizo daño a Juan. Un daño leve. Pero limpio. 

Porque comprendió, de golpe, que hay personas que envejecen mucho antes de hacerse viejas. Les ocurre el día que dejan de mirar hacia arriba. 

La noche terminaba de entrar en la ciudad. Algunas ventanas empezaban a encenderse y el aire traía el olor del azahar desde los jardines cercanos. Siempre duraba poco. Tal vez por eso resultaba imposible olvidarlo. 

Juan apoyó los brazos sobre las rodillas y permaneció allí, quieto, viendo pasar gente sin fijarse apenas en nadie. 

Había esperado media vida algo extraordinario, cuando casi todo lo importante había llegado siempre disfrazado de cosas pequeñas: una voz conocida al otro lado del teléfono, una taza todavía caliente, una calle vacía al anochecer, una carta doblada dentro de un bolsillo.

El niño se acercó entonces con el barco empapado entre las manos. 

—¿Usted sabe por qué no conseguía salir? 

 Juan miró hacia la fuente. El agua seguía girando despacio. 

—Porque creía que aquello era el río —respondió. 

El muchacho se quedó pensando unos segundos. Luego encogió los hombros, echó a correr hacia su madre y desapareció entre la gente. 

Juan lo siguió con la mirada. Después respiró hondo. 

Y, por primera vez en muchos años, tuvo la sensación de que todavía quedaba tiempo.

17 mayo 2026

La hora azul del azahar



La primera bocanada de azahar le llegó en la esquina de la calle Trapería, justo cuando el semáforo cambió a verde y un muchacho con auriculares cruzó delante de él sin mirar. El hombre se detuvo. No por el muchacho. Por el olor. Cerró los ojos apenas un instante, como quien escucha una voz que creyó perdida, y después siguió andando con las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta gris. La tarde caía despacio sobre Murcia. Los cristales de los balcones retenían los últimos arreboles y el cielo, entre azul y ceniza, parecía una sábana sacudida por manos invisibles.

Llevaba todo el día fuera de casa. No había ocurrido nada especial. Una reunión en una gestoría de la Gran Vía, un café tibio junto al Romea, dos llamadas que no esperaba y una frase pronunciada por un desconocido en la cola de una farmacia:

—Tenemos menos tiempo del que creemos.

Nada más.

Y, sin embargo, aquella frase caminaba con él desde hacía horas como un perro flaco.

Pasó junto a la Catedral. Las campanas respiraron sobre la plaza. Había turistas hablando por teléfono, camareros recogiendo mesas, una niña empeñada en perseguir palomas que alzaban el vuelo en el último instante. El hombre observó la escena con una fatiga extraña. No tristeza. Tampoco nostalgia. Era otra cosa. La sensación de haber llegado tarde a su propia vida.

Pensó en ello mientras avanzaba hacia Santo Domingo. Había cumplido cincuenta y siete años dos semanas atrás y nadie diría que era infeliz. Trabajo estable, un piso pequeño pero luminoso, un hijo que llamaba de vez en cuando desde Valencia, algunas fotografías felices alineadas sobre un aparador. La vida correcta. Ordenada. Pulcra. Como una camisa recién planchada que nunca termina de pertenecer al cuerpo.

El olor a azahar regresó al doblar una esquina. Más intenso ahora. Más limpio.

Le sorprendió descubrir un naranjo escondido tras una verja antigua. Las flores temblaban bajo la penumbra como pequeñas lámparas encendidas. Se acercó despacio. Durante unos segundos permaneció quieto, respirando. Y entonces ocurrió algo mínimo. Una grieta. Un desajuste.

Recordó.

No un gran acontecimiento. No una tragedia. Recordó una tarde cualquiera de hacía treinta años. Él bajando de una motocicleta junto al río. Una muchacha de vestido azul riéndose mientras apartaba el pelo de la cara. El mismo olor. Exactamente el mismo. Y una pregunta que nunca llegó a responder.

— ¿Y si un día nos perdemos?

La memoria apareció con tal nitidez que tuvo que apoyar una mano en la verja. Sintió el hierro frío bajo los dedos. El ruido lejano de un autobús. El roce de su propia respiración. Todo seguía ahí. La ciudad. El río. Los árboles. Incluso el azahar. Lo único ausente era aquel hombre que había sido.

Continuó caminando.

Ahora había prisa en sus pasos.

Atravesó calles que conocía de memoria y que, de pronto, parecían nuevas. Las fachadas ganaban profundidad bajo la luz oblicua de la tarde. Una anciana sacudía un mantel desde un balcón. Un camarero silbaba mientras apilaba sillas. Desde una ventana abierta llegaba el rumor de una radio antigua. La vida entera parecía compuesta de pequeñas cosas a punto de desaparecer.

Y él lo entendió demasiado tarde.

O eso creyó.

Al llegar al puente viejo se detuvo. El Segura avanzaba abajo con esa calma de animal cansado que conoce todos los caminos. Apoyó los brazos en la barandilla y miró el agua oscurecida. Durante años había pensado que aún quedaba tiempo para todo: llamar, volver, empezar, pedir perdón, besar otra vez. Después llegan los días idénticos. El trabajo. Las facturas. El cansancio. Y una tarde descubres que la vida no se ha roto de golpe; se ha ido gastando igual que una piedra bajo el agua.

Sintió deseos de llorar.

Pero no lloró.

Un grupo de muchachos pasó corriendo detrás de él. Reían. Uno tropezó. Otro levantó el brazo señalando el cielo incendiado sobre la ciudad. El hombre sonrió sin darse cuenta. Apenas una inclinación leve de los labios. Después metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó un sobre amarillento.

Lo llevaba allí desde hacía más de veinte años.

Nunca se atrevió a abrirlo.

Observó la letra inclinada sobre el papel. Clara. Solo eso. Clara.

La muchacha del vestido azul. 

La mujer a la que dejó marchar una mañana absurda creyendo que siempre habría otra ocasión. 

El olor a azahar volvió entonces, arrastrado por el aire del río, y el hombre comprendió algo feroz y sencillo: no temía descubrir lo que decía aquella carta. Temía descubrir que ya no importaba.

Rompió el sobre con cuidado.

Dentro encontró una única hoja doblada en tres partes.

Y una línea escrita con tinta azul: 

"Si lees esto, es que aún estás a tiempo".

25 marzo 2026

PUIG CAMPANA V

No dijo nada al llegar. Nunca lo hacía. Se limitó a dejar la mochila en el suelo, apoyarse ligeramente sobre las rodillas y buscar el horizonte con la mirada, como si necesitara comprobar que todo seguía en su sitio, que la montaña no había cambiado en su ausencia, que él mismo seguía siendo capaz de reconocerse allí arriba después de tanto tiempo. 

Dieciocho años no son una pausa. Son otra vida. 

El viento le recibió como siempre, con la sobriedad de quien no necesita anunciarse, y durante unos segundos permaneció quieto, dejándose atravesar por ese aire que no había envejecido, como si en aquel gesto se resolviera algo que había quedado pendiente mucho antes de que la rodilla, el tiempo o las circunstancias dijeran basta. 

No había prisa. Nunca la hubo. 

Se sentó sobre una roca plana que conocía bien o que creyó reconocer, porque la memoria, con los años, no conserva los lugares tal como fueron, sino tal como uno necesita recordarlos, y desde allí dejó caer la vista hacia el valle, hacia esa línea en la que la ciudad había crecido sin pedir permiso, ocupando un espacio que antes parecía más lejano, más ajeno, más silencioso. 

Pensó entonces en todo lo que había ocurrido fuera de la montaña, en los años en los que no había subido y, sin embargo, había seguido estando allí de alguna manera difícil de explicar, como si el Puig Campana hubiera quedado fijado en algún lugar interno que no dependía del cuerpo ni de las circunstancias. 

Había dejado de subir, pero no había dejado de estar. 

Se incorporó despacio. La rodilla respondió, no como antes, pero sí lo suficiente. Y entendió que no había venido a comprobar si era el mismo, sino a aceptar que no lo era. 

Quedaba aún el tramo final hasta la cumbre, ese último esfuerzo que nunca es igual porque ya no se trata solo de alcanzar un punto, sino de asumir lo que uno encuentra al llegar. 

Cuando alcanzó la cima, no buscó la muesca. Sabía que estaba allí, como siempre, recordándole que incluso las montañas tienen su herida, su límite, su historia. 

Se acercó lo justo. Ni un paso más. 

Miró alrededor sin apropiarse del lugar, sin necesidad de demostrar nada, y fue entonces cuando comprendió con una claridad que no había tenido antes que no había regresado para conquistar la montaña, ni siquiera para repetir una experiencia pasada. 

Había regresado para cerrar algo. 

Para comprobar que, a pesar de todo, aquel lugar seguía siendo reconocible, y que él, aunque distinto, aún podía habitarlo sin traicionarlo. 

No hubo emoción desbordada. No era ese tipo de momento. 

Fue más bien una calma extraña, serena, casi definitiva. 

Recogió la mochila con un gesto lento, consciente, y emprendió el descenso por la pedrera, dejando que las piedras rodaran bajo sus pies con ese sonido seco que tantas veces había escuchado, y que ahora le pareció distinto, como si también el ruido hubiera cambiado con los años. 

No miró atrás. 

No hacía falta. 

La montaña no se había ido en esos dieciocho años. 

Y él, en el fondo, tampoco.

06 agosto 2025

Un náufrago en las playas de Mazarrón

 

¿Y si el mar no devolviera sólo cuerpos, sino también memorias? 
¿Y si bajo las aguas de Mazarrón flotaran aún las palabras no dichas de antiguos navegantes? 
¿Y si cada ola fuera un susurro de algo que una vez fue verdad? 

El cuerpo apareció en la playa del Rincón. No como los cuerpos de las películas, no envuelto en redes ni con un tatuaje que contara su historia. No. Este cuerpo era limpio, apenas cubierto por una camisa desgarrada y el salitre. Tenía los ojos cerrados, pero no parecía inconsciente. Más bien, parecía esperar.

Un niño lo encontró. Se llamaba Elías y tenía once años. Llevaba una caña de pescar rota y una gorra con la visera despellejada. Se acercó con la serenidad de quien ya ha visto otras cosas, y le tocó el hombro con un palo. 

-¿Está muerto? -preguntó en voz alta, como si alguien fuera a responderle. 

El hombre abrió los ojos y se incorporó. Tenía la barba como de semanas, pero no parecía perdido. Miró alrededor, como si recordara el nombre del lugar a partir del sabor del viento. Y cuando habló, no fue para preguntar qué había pasado, sino para decir: 

-Estoy en casa. 

Se hacía llamar Salomón. Nada más. Ni apellido, ni lugar de procedencia. Hablaba un castellano extraño, con acentos que no eran de ninguna parte. Decía que había naufragado, que había visto una tormenta del tamaño de un continente, y que un delfín lo había empujado hasta la costa. Nadie le creyó, claro. Pero en Mazarrón hay cosas que se creen sin necesidad de pruebas. 

La gente del puerto empezó a acostumbrarse a él. Ayudaba a reparar redes, recogía latas de la playa sin que nadie se lo pidiera y cada noche, antes de dormirse bajo una barca vieja en El Alamillo, recitaba palabras que parecían oraciones, aunque nadie supiera a qué dios se dirigían. 

Un día, Elías -el niño de la caña rota- le llevó un cuaderno y un bolígrafo. Y Salomón comenzó a escribir. 

Escribía en un idioma que nadie conocía. Las letras parecían olas. A veces rectas, a veces curvadas como espinas de pez. Escribía sin parar, como si la historia ya estuviera escrita dentro de él y solo necesitara una mano que la transcribiera. 

Se decía que hablaba con el viento. Que las gaviotas se posaban cerca de él en silencio, como si le escucharan. Que, cuando la bruma subía desde el mar, sus ojos se volvían de un color violeta, y murmuraba nombres de mujeres que no habían nacido todavía. 

Un anciano que había sido pescador y lector de Homero -un tal Julián, de Bolnuevo- afirmó una vez en la taberna que ese hombre no era un náufrago cualquiera, sino un heraldo. “Ha venido de otro tiempo”, dijo. “Ha cruzado no sólo el mar, sino los siglos”. 

Se rieron de él. Pero después de esa noche, nadie volvió a ver al viejo Julián. Ni su bastón. Ni su radio.

Una mañana, Mazarrón amaneció sin mar. 

Donde antes las olas besaban las piedras, solo quedaba una llanura de arena mojada y caracolas abiertas como bocas sorprendidas. El mar había retrocedido, como si respirara hacia dentro. Y allá, en el horizonte, donde deberían comenzar las aguas profundas, había algo. Una sombra. Una estructura. Una ciudad.

Salomón caminó hacia ella. Nadie se atrevió a seguirlo. 

Caminó hasta que sus pies dejaron de tocar tierra. Pero no se hundió. Caminó sobre el agua, o el agua decidió sostenerlo, quién sabe. En la línea exacta en la que cielo y mar se funden, se volvió. Sonrió. Y alzó el cuaderno. 

Las páginas volaron, dispersándose como aves asustadas. Algunas llegaron hasta la Plaza del Ayuntamiento. Otras fueron encontradas en las calas de Percheles. Una cayó, dicen, sobre la mano abierta de una estatua de la Virgen del Milagro, en la ermita de la Purísima. 

Desde entonces, hay quien sueña en un idioma que no conoce. Hay quien escucha, al romper las olas, un nombre: Salomón. 

Y hay quien cree -quién puede culparles- que en algún lugar, bajo las aguas quietas de Mazarrón, una ciudad dormida se ha despertado al fin. 

¿Y si cada playa fuera el borde de un mundo que aún no sabemos leer? 
¿Y si el verdadero mapa no estuviera en la superficie, sino en la memoria del agua? 

Te propongo algo: la próxima vez que camines por la orilla, pon el oído al suelo. Quizá oigas pasos.

Quizá no estés tan solo.

12 julio 2025

El vuelo del águila V


¿Puede un árbol contarte un secreto? ¿Y si fuera el tuyo? ¿Y si sus ramas, de tanto haberte sostenido, hubieran aprendido tu idioma y supieran más de ti que tú mismo? 

Amanecía lentamente, como si al sol le costara abrir los párpados. El valle seguía allí, pero había algo distinto en el aire. No sabría decir qué. Una levedad, tal vez. O un rumor que no venía de ninguna parte pero que me llenaba los oídos como si alguien hablara muy despacio detrás del tiempo. 

Descolgué el arnés con cuidado, como quien interrumpe un gesto sagrado. Y al tocar tierra, el suelo me pareció otro: menos sólido, menos literal. Caminé un rato sin rumbo preciso. No lo necesitaba. Uno aprende que hay trayectos que no requieren mapas, solo disposición. Y aunque el cuerpo aún arrastraba el cansancio de la noche, la mente iba despejándose como el cielo cuando el viento barre los jirones de niebla. 

Pensé en la frase de aquel hombre de la sonrisa calculada: “El menor susurro encierra una enseñanza para un corazón vigilante”. No la había entendido del todo entonces. Tampoco ahora, si soy honesto. Pero en el andar, en el roce del musgo con mis dedos, en la torpeza dulce de un escarabajo tratando de salvar una piedra… había algo. Algo muy pequeño, sí. Pero presente. Como un mensaje en voz baja que no quiere imponerse, solo espera ser escuchado. 

Me detuve junto a una roca cubierta de líquenes y me senté sin pensar. La piedra estaba tibia. El valle había guardado el calor de algún ayer. Cerré los ojos y por primera vez no quise entender nada. Solo estar. Respirar. Nada más. 

Fue entonces cuando lo sentí. No sabría explicarlo. No fue visión ni alucinación. Fue presencia. Como si el valle -todo él- respirara conmigo. Como si una conciencia antigua y sin nombre me atravesara desde las raíces hasta la nuca. Como si algo me reconociera. Como si yo, por fin, perteneciera a algo más grande. 

Y entonces, en lo alto, la vi. 

El águila. Sola. Majestuosa. Girando en espiral sobre mi cabeza. No emitía sonido alguno. No buscaba nada. No huía. No cazaba. Solo giraba. Como un vigía. Como si esperara. Como si supiera. 

Sentí una punzada en el pecho. No de dolor, sino de certeza. Era eso. Todo eso. La quietud, la vigilancia, la espera, el vuelo. El no-apresurarse. El saber estar. 

Pensé que el vuelo del águila no era huida ni conquista. Era otra cosa. Un modo de habitar el cielo sin perder de vista la tierra. Un modo de ser sin explicarse. 

No sé cuánto tiempo permanecí así. En el silencio. Bajo su sombra. En paz. 

Luego el águila se alejó. No bruscamente. Se fue. Simplemente. 

Yo me puse en pie y me sacudí el polvo. No había respuestas. Solo ecos. Pero eran suficientes. 

Tal vez -pensé mientras emprendía el regreso- no hay que comprender el sentido de la vida como quien resuelve un enigma. Quizá baste con aprender a escucharla, a dejarse tocar por ella sin tantas armaduras. A reconocer sus mensajes en el susurro del viento o en la lentitud de una piedra calentada por el sol. 

Y tú, lector de andanzas ajenas: ¿cuándo fue la última vez que miraste al cielo sin buscar respuestas, solo buscando el vuelo? 

Te invito a detenerte hoy un instante. Y a esperar. Como el águila. Como la piedra. Como el árbol. Sin prisa. Sin miedo. 

Solo estar.

30 marzo 2025

El vuelo del águila (IV)


El cielo no siempre está despejado. A veces se torna de un gris pesado, como si llevara siglos suspendido sobre las alas del tiempo. El águila, en lo alto de una cornisa que desafía al abismo, entrecierra los ojos y deja que el viento le hable en su lengua de corrientes y presentimientos.

No tiene prisa. Nunca la tuvo. Sabe que en la espera también se aprende a volar.

Bajo ella, el mundo gira con su ruido de relojes y hombres, de metas sin alma y palabras huecas. Ella observa. Escucha. Percibe. No es su momento aún, pero lo será. Porque siempre llega.

El águila no huye de las tormentas. No baja al valle para buscar abrigo entre ramas ajenas. Ella se queda. Quietud poderosa, firmeza que no necesita gritar. Espera a que el viento cambie, a que la nube se deshaga, a que el trueno se canse de asustar.

Entonces, sin anunciarse, se lanza.

El aire, al encontrarla, se estremece. La corriente la reconoce como su igual y la alza sin esfuerzo. Y ella, con las alas abiertas como puertas al infinito, atraviesa la espesura de las alturas. No vuela para huir. Vuela porque ha nacido para hacerlo.

Y en ese vuelo -que no es huida ni destino, sino puro presente- se revela la verdad de su esencia: no hay cima ni fondo cuando se ha conquistado el cielo interior.

A lo lejos, los que no comprenden la miran con admiración callada. No saben que ella también dudó, también tembló. No vieron las noches de vigilia, los silencios como nidos vacíos, los días sin vuelo. Solo ven ahora la figura majestuosa que surca el azul como si no conociera otra forma de vivir.

Pero el águila sí lo sabe. Y por eso su vuelo es tan alto. Porque ha caído, ha esperado… y ha vuelto a elegir el cielo.

30 septiembre 2010

El vuelo del águila III

Amanecí subido a la rama más alta de un árbol frondoso. Me sentía lúcido y ninguna molestia me recordaba que había permanecido cinco horas suspendido a gran altura de uno de los árboles más hospitalario que recuerdo. Por sorprendente que pudiera parecer, después de estar toda la noche expuesto a los embates de la ventisca me sentía viento en constante trasiego por el valle.

Lo que ocurrió la noche anterior es difícil de explicar. Recuerdo que al poco de quedar suspendido en lo alto entré en uno de esos bucles de ensueño al que me veía precipitado con frecuencia. Luego me sumergí en algo parecido a un sueño profundo donde advertí unas extrañas sensaciones rayanas con la pérdida de consciencia. A continuación experimenté una vívida sensación de sentirme árbol; sí, un árbol milenario que albergara una gran muchedumbre de pájaros con su algarabía estridente y monótona. Después surqué un río desde el centro de un gran banco de peces que arremolinaban a su paso las piedrecitas del cauce conforme fluían a velocidad de vértigo.

En un momento de mi viaje descubrí al individuo de la carta apostado detrás de una sonrisa calculadora que me miraba desde la puerta de acceso al valle. “En esta angostura están encerradas todas las explicaciones que precisas para recorrer el valle grande de la vida toda”, dijo mientras miraba al infinito. Y después: El menor susurro encierra una enseñanza para un corazón vigilante. El roce del viento en una brizna de hierba es toda una tesis doctoral. Y ni el silencio está ocioso: no hay tregua para el aprendizaje. El tiempo no es una sucesión de atardeceres, sino una trilla, el atanor donde se cuece tu futuro oculto en el presente como el árbol en la semilla”. Y al ver ansiedad en mi rostro, añadió: “no te quejes; nadie sale vivo del inmenso valle de la muerte”. Y dio media vuelta y desapareció entre brumas.

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27 agosto 2010

El vuelo del águila II


Para cuando me hube desembarazado del encuentro con el vigilante ya no quedaban en el cielo sino unos minúsculos resplandores, evanescencias de lo que apenas hacía unos minutos fue día esplendoroso y ahora, noche cerrada.

Avancé unos pasos por el sendero abierto entre unos árboles cuando hasta mi llegó un repetitivo ruido sordo que se agrandaba desde la lejanía. Era una especie de tam tam, como un mantra líquido que me mantuvo alerta. De pronto, un objeto, que podía ser un animal, cruzó frente a mi, de izquierda a derecha hasta fundirse con la negrura. Valle de la muerte, no sé; de los sustos, seguro.

Poco a poco mis palpitaciones se fueron normalizando y tras evaluar la situación pensé que no era conveniente volver sobre mis pasos, si bien debía estar alerta porque desconocía la clase de broma, juego o desafío con la que había de enfrentarme.

De pronto llegó hasta mi en oleadas sucesivas un viento apacible que me hizo aminorar el paso de forma instintiva hasta detenerme por completo. Ese leve susurro desató en mi cabeza una cadena de pensamientos y algún temor. Fue como una premonición porque inmediatamente escuché a mi izquierda como el fragor del combate de dos felinos. Me desplacé sigiloso buscando el origen de la refriega, como abducido por aquel ruido extraño. El clamor era cada vez más intenso pero no acertaba a ver nada. Al fin, dos resplandecientes pupilas azabache atraparon mis ojos. Un instante después, lo que supuse felino, emitió un extraño gruñido y saltó por sobre mi cabeza para desaparecer en la negrura. En su huída había arañado mi cara. Un hilo líquido resbaló de la frente abajo y aunque no podía verlo supuse bien que se trataba de sangre, como más tarde comprobé.

Lo cierto es que tuve que hacerme a la idea de que me hallaba solo en una tierra inhóspita, llena de peligros y en una oscuridad total. Hasta tanto no llegaran las primeras luces no podría tomar decisiones y explorar el terreno. De manera que me dediqué a buscar un árbol grande y frondoso donde pasar la noche al abrigo de sus ramas y fuera del alcance de fieras y otros posibles peligros que merodeaban la noche. En mis correrías siempre llevaba junto con mi mochila un arnés para colgarme de un árbol con la suficiente envergadura como para soportar mi peso. El arnés era tipo hamaca con sujeción de la cabeza y me permitía estirar y apoyar las piernas en una rama para evitar los problemas de bloqueos motivados por la falta de riego sanguíneo.

Después de caminar a tientas unos pocos metros, vi que frente a mi, se alzaba una negrura más consistente y espesa por lo que supuse que había encontrado lo que buscaba. El tronco principal del árbol medía más de un metro de diámetro. Había dos opciones: lanzar la cuerda hasta liarla a una rama o esperar que el tronco tuviera las suficientes rugosidades o ramas secas como para trepar por él. De acuerdo a las condiciones de visibilidad, la segunda opción era la más segura, de manera que intenté la escalada y me sorprendí de lo rápida y fácil que fue. Cuando estuve a unos veinte metros del suelo encontré varias ramas fuertes como para soportar mi peso. Anudé la cuerda en una de ellas, la más alta de manera que el arnés me permitiera apoyar las piernas en otra rama que quedara a la altura. No estaba mal. Los ruidos quedaban amortiguados mientras las estrellas titilaban allá en la lejanía.

Yo me duermo de pie; si estoy bien acomodado, para qué hablar. Recuerdo que en la mili estaba un día de guardia y hacía la ronda de una garita a la otra. Me quedé dormido y me desperté cuando tenía la cabeza a escasos centímetros del suelo. No es guasa. Pero en el Valle de la Muerte no me dormí. Apoyé la cabeza y estiré las piernas y todavía hoy le busco explicación a lo que allí ocurrió.


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03 agosto 2010

El vuelo del águila I

Empujé el viejo portalón de madera y un chasquido trastornó por un instante la placidez del valle. Una lechuza que dormitaba en la penumbra alzó, torpe, el vuelo hacia otros escondrijos más apacibles. Anochecía y los sonidos se dejaban caer lejanos, cansinos, sin fuerza.

Tras recibir una enigmática misiva encaminé mis pasos hacia aquel extraño lugar que unos conocían por el pomposo nombre de el valle de la muerte y los más divertidos y graciosillos, por el valle de los locos de atar. Desde siempre el ser humano ha tenido la tentación de poner nombres sonoros a las cosas; a ese afán achaqué lo del valle de la muerte y no le di más importancia. Mal hecho porque de haber reflexionado un poco me habría ahorrado muchos sustos y algún que otro corte de digestión, amén de una pierna rota. Pero también todo haz tiene su envés, por lo que luego se verá.

No es que yo sea una persona miedosa pero el ambiente se iba cargando por momentos y cada nuevo sonido venía a unirse al coro de sensaciones que hacían que me empezara a poner nervioso a pesar de repetirme aquellas palabras sedosas que según los entendidos disipan la ansiedad. Para poca salud, ninguna, así que de pronto caí en la cuenta de que también las ya menguadas luces de la amplia vega huían como llevadas por los pelos y terminaban de anegar el valle y convertirlo en un lago de tinieblas.

La misiva decía: si quieres comprender el sentido de la vida, ven esta noche al valle de la muerte. Pero debes acudir solo y harás el trayecto a pie desde el pueblo. Reconozco que no soy bueno para las adivinanzas pero como es sabido que la curiosidad mata al hombre, me dejé llevar con la mínima resistencia por mi parte.

Anduve como unos cincuenta metros al interior del valle aunque mi inclinación natural o alguna antena desconocida para mi me urgía a hacerlo en sentido contrario. Y entonces le vi. Era un ser de apariencia humana que debía medir cerca de un metro noventa. Me sobrecogió, para qué negarlo. Dicho en versión trapisonda: me acojoné. Busqué mi pulso que en segundos pareció regresar a la normalidad. Aquello, lo que quiera que fuera, impresionaba más en la penumbra y parecía enorme y de perfiles amenazantes. Al poco rato me di cuenta de que se trataba de una vieja estatua surgida de la misma roca y que vigilaba el valle desde la posición dominante que ocupaba, pero el susto ya nadie me lo iba a quitar, qué quieres que te diga. Mis células tendrían trabajo extra esa noche. Un día es un día.

Debe ser una primera impresión para habituarme, pensé intentando sujetar el galope en el pecho. La alternativa era salir corriendo y no parar jamás. Si quieres comprender el sentido de la vida… recordaba del papel de los co__. Estuve a un tris de soltar un palabro de esos de garrafón, pero me contuve. Cuando saltan las alarmas, todo se altera y cada vez eres menos dueño de tus movimientos. Perdí los controles, es la verdad.


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02 agosto 2010

Mecano


Las cosas vienen así, pensó. Y luego se dio al juego de fantasear con la idea de un potente programa de ordenador que controlara cada mínimo proceso. De pronto, una ráfaga de pesimismo oscureció su mente: por muy potente que sea una máquina no está exenta de cometer fallos, reflexionó todavía.

A estas alturas ya se había dejado arrebatar enteramente por la ficción. Pongamos por caso, pensó, que todo el sistema de entrada y salida, el input y output, o conjunto de, llamémosles nutrientes y residuos los dejáramos en manos de un robusto ordenador central con capacidad de decidir, seleccionar y racionalizar. ¿Podría darse el caso de que la máquina tuviera un desvanecimiento o un bloqueo? ¿Y si en ese momento el computador realiza un flashback, un corta y pega, una inmersión del pasado en el presente? Las preguntas bullían a borbotones de alguna parte.

Las cosas vienen así, se oyó que repetía. ¿Una simple variación en la corriente que circula por las arterias de la maquinaria podría ser letal? ¿Y si se obstruyera una vía de comunicación entre ubicaciones relativamente distantes? ¿Se cansará y sucumbirá al tedio de navegar días y meses a través de los mismos reiterados senderos, condenado a no poder detenerse jamás a contemplar el paisaje que vigila su ruta?

¡Qué complicada es esta máquina llamada ser humano!


31 julio 2010

Tras el solsticio de verano

Una tarde cualquiera de verano, una vez concluido el trasiego de fin de curso, Elisa empezó a empaquetar sus libros en cajas de cartón.

A pesar de tratarse de un acontecimiento previsible dejó en mi ánimo un sedimento de zozobra: el riesgo de que extraviara en el traslado alguno de mis más apreciados libros y desarbolara así mi propia memoria, perdidos sus anclajes, amén de malograr mi carrera como escritor maduro que ya se demoraba más de lo razonable. Cuando uno es joven necesita ver los anaqueles de su incipiente biblioteca ocupados por cientos, miles de libros, la mayoría de los cuales no hojeará nunca, pero vivirá bajo el evocador efluvio de olores y colores. Llegado a una cierta edad sólo será necesario releer cada día unas cuantas páginas de apenas unas docenas de títulos en las cuales, el lector impenitente, irá a ungirse cada tarde el bálsamo de fierabrás para restañar las heridas de la nostalgia; o a beber el hidromiel que embelesa el espíritu; o insuflará las ascuas para atizar los rescoldos de la memoria.

Contrariamente a lo previsto Elisa empezó a apilar, no los libros que yo le había ido comprando con la intención de poner los cimientos de su futura biblioteca, sino mis propios raídos y subrayados ejemplares que versaban la mayoría de ellos sobre el arte de escribir, ya fuera a través de la sabia orientación de los lingüistas o mediante las cartas escritas por los maestros del estilo que tanto me habían auxiliado en mi grato peregrinaje por los senderos del laberinto de las letras, siempre al acecho del desasosegante dragón de la página en blanco o, lo que es peor, de la mente en negro.

Elisa continuó con su ejercicio de escarda, poda y desbroce y en un pispás había colmado en una primera criba unas seis cajas de los volúmenes que encontraba mientras yo fingía hacerme el despistado. La verdad es que me descuidé porque un par de semanas atrás había recibido de su parte una reprimenda furibunda tras encontrar sobre mi mesilla de noche uno de los ejemplares de su colección. Lo cierto es que los primeros libros que desaparecieron de mi estantería fueron las obras completas de dos maestros insustituibles: Shakespeare y Borges. Así también me traslado yo. ¿Qué haría a partir de ahora sin la posibilidad de sumergirme en esos dos océanos de sabiduría y belleza?

No dije nada porque todas las actas de la historia de la belleza fueron concebidas precisamente para tal fin, pero a veces la jubilación antes de hora suele ser un reto para determinadas personas…

Y dicho y hecho el cambio precipitó el desenlace tanto tiempo aplazado y decidí en ese mismo momento iniciar la escritura de una novela corta que a falta de un título definitivo designaría con el nombre de ella unido a la estación del año. Toda aquella sucesión de anécdotas y sucesos rituales catapultaron mi memoria a tiempos atrás cuando Elisa y yo formulamos un pacto para cuando uno de los dos cruzara al otro lado. Y entonces caí en la cuenta de que era más interesante que Chakespeare y Borges quedaran en su poder.

Era obvio que ya estábamos en distinto lado.

PUIG CAMPANA VI: La montaña que no perdona

Dicen que hay montañas que se suben y otras que, en realidad, son ellas las que deciden si te dejan entrar. Durante mucho tiempo pensé que n...