No dijo nada al llegar. Nunca lo hacía. Se limitó a dejar la mochila en el suelo, apoyarse ligeramente sobre las rodillas y buscar el horizonte con la mirada, como si necesitara comprobar que todo seguía en su sitio, que la montaña no había cambiado en su ausencia, que él mismo seguía siendo capaz de reconocerse allí arriba después de tanto tiempo.
Dieciocho años no son una pausa. Son otra vida.
El viento le recibió como siempre, con la sobriedad de quien no necesita anunciarse, y durante unos segundos permaneció quieto, dejándose atravesar por ese aire que no había envejecido, como si en aquel gesto se resolviera algo que había quedado pendiente mucho antes de que la rodilla, el tiempo o las circunstancias dijeran basta.
No había prisa. Nunca la hubo.
Se sentó sobre una roca plana que conocía bien o que creyó reconocer, porque la memoria, con los años, no conserva los lugares tal como fueron, sino tal como uno necesita recordarlos, y desde allí dejó caer la vista hacia el valle, hacia esa línea en la que la ciudad había crecido sin pedir permiso, ocupando un espacio que antes parecía más lejano, más ajeno, más silencioso.
Pensó entonces en todo lo que había ocurrido fuera de la montaña, en los años en los que no había subido y, sin embargo, había seguido estando allí de alguna manera difícil de explicar, como si el Puig Campana hubiera quedado fijado en algún lugar interno que no dependía del cuerpo ni de las circunstancias.
Había dejado de subir, pero no había dejado de estar.
Se incorporó despacio. La rodilla respondió, no como antes, pero sí lo suficiente. Y entendió que no había venido a comprobar si era el mismo, sino a aceptar que no lo era.
Quedaba aún el tramo final hasta la cumbre, ese último esfuerzo que nunca es igual porque ya no se trata solo de alcanzar un punto, sino de asumir lo que uno encuentra al llegar.
Cuando alcanzó la cima, no buscó la muesca. Sabía que estaba allí, como siempre, recordándole que incluso las montañas tienen su herida, su límite, su historia.
Se acercó lo justo.
Ni un paso más.
Miró alrededor sin apropiarse del lugar, sin necesidad de demostrar nada, y fue entonces cuando comprendió con una claridad que no había tenido antes que no había regresado para conquistar la montaña, ni siquiera para repetir una experiencia pasada.
Había regresado para cerrar algo.
Para comprobar que, a pesar de todo, aquel lugar seguía siendo reconocible, y que él, aunque distinto, aún podía habitarlo sin traicionarlo.
No hubo emoción desbordada. No era ese tipo de momento.
Fue más bien una calma extraña, serena, casi definitiva.
Recogió la mochila con un gesto lento, consciente, y emprendió el descenso por la pedrera, dejando que las piedras rodaran bajo sus pies con ese sonido seco que tantas veces había escuchado, y que ahora le pareció distinto, como si también el ruido hubiera cambiado con los años.
No miró atrás.
No hacía falta.
La montaña no se había ido en esos dieciocho años.
Y él, en el fondo, tampoco.

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