Aprendí tarde que “luego” es un lugar cómodo y peligroso.
Hoy me encontré un semáforo nuevo. No tenía rojo, ámbar y verde. Tenía tres palabras: "Ahora", "Luego", "Nunca".
La gente cruzaba como siempre, con esa fe automática del peatón, y sin embargo todos miraban el cartel como quien mira un espejo.
Un niño tiró de la manga a su padre y preguntó:
"Papá, ¿qué color es luego?"
El padre no supo qué contestar y fingió que le sonaba el móvil.
Me quedé allí, quieto, observando el mecanismo.
"Ahora" duraba poco, casi nada: un parpadeo educado. “Luego” era un océano: cuanto más lo mirabas, más lejos quedaba la otra orilla.
Y "Nunca" solo aparecía cuando uno ya estaba en mitad del paso de cebra, como si el semáforo tuviera sentido del humor o mala leche.
Entonces ocurrió lo extraño: el semáforo empezó a ajustar su luz a cada persona.
A un hombre con prisa le ponía "Luego" aunque fuera "Ahora".
A una mujer que caminaba despacio le regalaba "Ahora" más tiempo.
A un chaval con auriculares le dejó "Nunca" fijo, y él ni se enteró: cruzó igual, blindado por su música.
Me di cuenta de que el semáforo no regulaba el tráfico.
Regulaba excusas.
Y cuanto más miraba, más entendía la trampa: la mayoría no esperaba para cruzar la calle.
Esperaba para cruzar su propia vida.
Cuando por fin se encendió "Ahora" para mí, di un paso.
Y oí detrás una voz, muy tranquila, como de funcionario del destino:
"Disculpe, caballero. Su Ahora está caducado".
Me giré y vi a un anciano con un talonario en la mano.
Arrancó un papel y me lo dio:
"Justificante de aplazamiento. Válido para un día que no existe".
Miré el justificante. No había fecha. Solo una frase: "El tiempo no te empuja. Te acostumbra".
Crucé igualmente. No pasó nada.
Eso fue lo peor: que no pasara nada. Porque entonces entendí el mensaje, simple y feroz:
no necesitamos un semáforo que nos detenga, sino uno que nos recuerde que, a fuerza de decir "luego", acabamos viviendo en "nunca" sin haberlo decidido.

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