03 junio 2008

Aitana II

Playa de El Campello (Alicante)


Amanece y lo estoy mirando. Es uno de los puntos en el espacio donde confluyen todos los puntos.

A la izquierda, una valla metálica protege las ruinas de las maniobras distraídas de los visitantes, turistas de paso que vienen a dejar su dinero, su malhumor y su rutina.

Al frente, el agua se agita, parece que se balancea juguetona, naufraga en ella misma, se esponja, después estalla e inunda por arriba y por abajo los agujeros que el tiempo ha excavado en la roca; se derrama, lame los pliegues de la arena, se retira, emite un sonido como de piedrecitas al rozarse, y se disuelve en burbujas.

Y en medio él. Lo veo desde arriba, donde está el cuartel de la guardia civil, revolverse, preparar algo con esmero, marcar su territorio con precisión; en el centro tiene amontonados unos troncos de los que emerge un fuego matinal.

Lo observo con atención. Sus manos hacen coro al movimiento de la boca siguiendo un rápido compás. Va de aquí para allá como una peonza. Se calienta; prepara unas cuerdas; mira a los curiosos y habla con ellos. Ha creado una república; la llama la república de Algasia (por las algas). Me he constituido en república independiente; estoy en mi derecho, explica a unos curiosos.

¿Qué comerá? No es problema: por todas partes hay raíces y, además, tengo plantadas hortalizas in vitro. Compruebo que hay algo enterrado en unos recipientes de cristal. Es manchego, para más señas.

La república de Algasia tiene una frontera abierta, cualquiera puede cruzar su territorio (apenas 300 metros cuadrados); sólo pido respeto. No tengo trabajo, mi país no me ayuda. Conozco el derecho. Los alemanes, si yo quiero, me van a dar reconocimiento internacional. Ha estado aquí un concejal con dos guardias y les he dicho: mucho ojo con lo que hacéis; y no se han atrevido a tocar ni una piedra. Eso si, no utilizaré la violencia; he estudiado a fondo las grandes revoluciones y he llegado a la conclusión de que la violencia no produce nada bueno.

Me vuelvo a mirarlo una vez más. Ahí está: el pálpito de la vida y su locura, el visitante cuerdo y su sonrisa, el murmullo del agua contra la piedra, las ruinas del pasado y el presente, la frontera entre lo ordinario y lo insólito, el de la triste figura y todos nosotros, la búsqueda de un espacio no profanado, el equilibrio del mundo en su vaivén.

Mientras nos alejamos de allí resuena en mi mente: cada piedra tiene un sonido distinto. Vuelvo de mi letargo al oír una voz que grita a lo lejos algo que no acierto a entender.

Continuará

En una playa de El Campello (Alicante), rumbo a Aitana, enero de 199..

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Conocí una vez a un individuo peculiar que se parece mucho al que usted cuenta. Estuvo varios días en la playa, montó su parafernalia y fue visitado por alguna gente.

Besos

Amparo

mcarmen dijo...

Buenas tardes
Después de varios días de obligada desconexión por mi parte, vuelvo a leerte con el mismo placer de siempre y contenta de que hayas incorporado tantas entradas en tu blog.

Me quedo con la 'cuerda' reflexión de nuestro 'loco': "La violencia no produce nada bueno".

Besicos

Prometeo dijo...

Hola mcarmen:

Es siempre un honor tu visita.

Se trata de una historia real; el manchego existió y hacía todas esas cosas y, además, se las tomaba muy en serio. Anduvo varios días de esa guisa y luego ya no volví a saber de él.

Besicos.