¿Dónde se guardan las casas que dejamos a medias dentro de nosotros?
¿En qué rincón de la memoria se quedan las puertas que no nos atrevimos a abrir del todo, las ventanas que cerramos “solo por un tiempo” y nunca volvimos a tocar?
¿Puede un pueblo recordar por nosotros aquello que ya no sabemos nombrar? Esta mañana he vuelto a la casa de la higuera.
No iba a hacerlo. O eso me repetía, como quien intenta convencerse de que ya ha pasado página. Uno aprende pronto a decir “ya no importa”, aunque por dentro algo siga haciendo ruido, como una cucharilla golpeando el borde de una taza en una cocina vacía. El camino hacia los acantilados estaba casi igual. Casi.
Los mismos charcos viejos que nunca terminan de secarse, el mismo perro que ladra sin demasiadas ganas a los desconocidos -siempre he pensado que en el fondo lo hace por educación-, el mismo viento marino mezclado con olor a pan de la panadería de la esquina. Y, sin embargo, era otro día. En Puebla Marina los días se parecen, pero no se repiten.
O tal vez soy yo el que ya no es el mismo, y por eso todo parece ligeramente desplazado, como esas fotos donde alguien ha movido la cámara un segundo antes de disparar.
La casa seguía en pie, encajada bajo la higuera como si los años se hubieran apoyado en sus ramas para descansar un rato. La madera estaba más cansada, la cal más desconchada, pero el rumor de las hojas era el mismo de entonces, aquel murmullo que de niños confundíamos con voces de otros mundos.
Me detuve un momento antes de entrar. Pensé en la brújula dorada que un día encontré en la playa, obstinada en señalar un oeste lleno de faros apagados y espigones que guardan desapariciones. Pensé en la carta que Sofía dejó escondida para un futuro que no supo si llegaría. Pensé en la niña de las campanas lentas y en la piedra blanca que dejó sobre la fuente, como si marcara un antes y un después que nadie termina de comprender del todo.
Al final empujé la puerta. El chirrido sonó igual que entonces, pero más profundo, como si hubiera envejecido la madera y también la queja. Dentro, el polvo flotaba en haces de luz oblicua que entraban por el techo roto. Había una silla coja, una botella vacía, restos de periódicos que hablaban de un mundo que ya no existe.
Y, en medio de todo, el aire. No un aire cualquiera, sino ese aire denso de los lugares donde se ha esperado demasiado tiempo. Un aire que parece respirar tarde, llegar con retraso a cada esquina, como si todavía estuviera poniéndose al día con las historias que aquí ocurrieron.
Me acerqué al rincón donde, de niños, escondíamos nuestros tesoros. Aún quedaban marcas en la pared, pequeños surcos torpes. Pisé con cuidado, aunque ya no hubiera nada por romper.
Me sorprendió descubrir una huella reciente en el suelo, casi borrada, como la pisada de alguien que dudó antes de entrar o decidió marcharse a última hora.
No sé si fue el viento o un pájaro asustado, pero algo golpeó en el techo y varios trozos de yeso cayeron a mi lado. Me reí solo, sin demasiada gracia.
Es curioso: uno viene buscando respuestas y lo único que encuentra son más señales.
En un recoveco del muro, detrás de una tabla medio desprendida, vi algo doblado. Por un segundo pensé en otra carta, en alguna nota olvidada de Sofía, en un mensaje que hubiera viajado escondido todos estos años para llegar justo a mi mano. Supongo que la mente hace esas trampas para darle sentido a lo que no lo tiene.
No era una carta. Era un pequeño mapa trazado a lápiz, casi desvaído. Un dibujo hecho con prisa, pero con cuidado. Se veía la plaza, la fuente, el banco azul donde se sientan los que ya no esperan, la ermita con su campanario y, al fondo, una flecha que señalaba el acantilado de Marta. En una esquina, casi ilegible, alguien había escrito: “Por si alguna vez te pierdes”.
Lo miré largo rato. No supe si era un mapa para mí o para el niño que fui. O quizá para alguien que no llegó a tiempo.
Por un instante me enfadé conmigo mismo: ¿por qué ahora?, ¿por qué no antes?, ¿por qué todo tiene la manía de aparecer cuando ya hemos aprendido a vivir sin ello? Después se me pasó. En Puebla Marina los enfados duran lo que tarda el mar en borrar una huella en la arena.
Doblé el papel con cuidado y lo guardé en el bolsillo. No sé si seguiré sus instrucciones. Tal vez sí. Tal vez no.
He aprendido que hay caminos que es mejor imaginar que transitar, y otros que solo se comprenden cuando por fin los recorrres con los pies cansados y el corazón un poco menos orgulloso.
Al salir, la higuera dejó caer una hoja sobre mi hombro. No era una señal, probablemente, pero me gustó pensar que sí. Caminé de vuelta hacia el pueblo con la sensación de que algo, muy pequeño, se había recolocado dentro. Nada espectacular. Un leve ajuste, como cuando giras apenas la foto torcida de un marco y de pronto toda la pared descansa.
Puebla Marina tiene esa costumbre: no te da grandes respuestas, pero recoloca silenciosamente los muebles de tu alma. A veces en contra de tu voluntad. A veces a favor.
Y tú, que también guardas alguna casa a medio cerrar en tu memoria, alguna puerta que dejaste entornada “para otro momento”, algún lugar que evitaste visitar por miedo a lo que pudiera remover, ¿te atreverías a volver?
No hace falta que viajes lejos. Basta con que te sientes un rato -hoy, no mañana- y dibujes, aunque sea mentalmente, el mapa hacia esa casa que aún respira tarde dentro de ti.
Luego decide si llamas o no a la puerta. Pero, al menos, reconoce que sigue ahí. Quién sabe: quizá también sea, en secreto, una calle más de Puebla Marina.

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