En oro el campo troca su mudanza,
y el sol, cansado rey, baja la frente;
la vid sangra su júbilo en la gente,
y el aire bebe adiós con esperanza.
Cruje la hoja: en su caída alcanza
ser epitafio breve y transparente;
el río -plata fiel- porfía ardiente
porque no muera el canto en lontananza.
La tarde, en brasa, dora la ribera;
el viento, galán ciego de la sombra,
desnuda el mundo a fuerza de ternura.
Y entiende el corazón, cuando lo vera,
que cuanto más se pierde, más se nombra:
no es muerte el irse; es ley de la hermosura.

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