y el aire muerde, lobo sin reposo;
pasa el silencio, pálido y hermoso,
por la ciudad de escarcha y de poniente.
La noche clava su cuchillo ardiente
en el hogar,
que alumbra temeroso;
y el árbol, despojado y riguroso,
reza con ramas al cielo ausente.
La nieve -sudario de la llanura-
borra los pasos,
presta olvido al suelo,
y el mundo queda en blanca penitencia.
Mas bajo tanta fría arquitectura,
late una brasa, humilde, en su desvelo:
vive la vida a fuerza de paciencia.

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