
¿En qué momento empieza uno a aprender el oficio del náufrago?
No cuando la madera cruje ni cuando el horizonte se oscurece. Empieza antes, casi siempre en silencio, cuando todavía creemos que el rumbo es firme y que el mundo -ese acuerdo tácito entre lo que esperamos y lo que ocurre- seguirá respetando nuestras pequeñas seguridades.
He pensado muchas veces que todos llevamos dentro una costa que no aparece en los mapas. Un lugar donde alguna vez encallamos sin hacer ruido. Allí quedan restos dispersos: palabras que no dijimos, decisiones aplazadas, despedidas que nunca terminamos de comprender. Uno pasa por la vida como si navegara en aguas conocidas, pero basta un giro imperceptible para descubrir que la brújula ya no responde.
Los antiguos lo sabían. Por eso llenaron sus relatos de tormentas, islas remotas y regresos inciertos. No hablaban solo del mar. Hablaban de esa experiencia íntima en la que todo lo familiar se vuelve extraño y uno debe aprender a habitar la intemperie sin perder el nombre.
He visto náufragos en lugares donde no había agua. En estaciones de tren, en pasillos de hospitales, en conversaciones que se interrumpen antes de tiempo. Personas que caminaban con aparente normalidad mientras, por dentro, intentaban reunir los fragmentos de algo que ya no era lo que había sido. El naufragio no siempre hace ruido. A veces ocurre como cae la tarde: lentamente, sin pedir permiso.
Quizá por eso me interesan estas historias. Porque en cada naufragio -real o invisible- aparece una pregunta antigua: ¿qué queda de nosotros cuando desaparecen las referencias?
Este libro nace de esa curiosidad. No pretende dar respuestas definitivas, sino acompañar algunas derivas. Recorrer relatos de marineros, exploradores, supervivientes y personajes imaginados que, en distintos momentos de la historia, se encontraron frente a la misma frontera: la de seguir adelante cuando ya no hay garantías.
Tal vez leer sobre ellos sea una forma de reconocernos.
Porque, si uno mira con suficiente atención, descubre que la vida no se parece tanto a un puerto como a una travesía.
Y en toda travesía llega -antes o después- el momento de aprender, aunque no lo hayamos elegido, el oficio del náufrago.
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