¿Quién no ha sido náufrago alguna vez, aunque solo sea en el mar pequeño de un día torcido? Pero hubo náufragos de carne y sal que llevaron esa palabra al extremo, y sus andanzas quedaron grabadas en la historia como una muesca precisa en la madera.
Ahí está Odiseo, el náufrago por excelencia: no se hunde una sola vez, se hunde en mil desvíos, y aun así vuelve -tarde, astuto, lleno de cicatrices- como quien regresa de haber sido otro.
Cerca de él navega Robinson Crusoe, náufrago de manual y de comercio, que convierte la soledad en fábrica: inventa un mundo para no desaparecer. Y, en la isla del mito, Viernes es la prueba de que incluso el aislamiento acaba pidiendo conversación.
Más real y más feroz fue el caso de Alexander Selkirk, el hombre que inspiró a Defoe: años de isla áspera, animales, fuego y una paciencia que aprende a respirar sin testigos.
Y en el mapa de la ciencia aparece Charles Darwin, que no naufragó en el sentido literal, pero sí se expuso a mares y fiebres: su travesía fue un naufragio lento de certezas, hasta ver que la naturaleza no firma pactos con nadie.
En el océano sin metáforas, pocos episodios impresionan tanto como el del ballenero Essex: barcos hechos astillas, hombres a la deriva, la moral como último tablón, y un relato que acabaría alimentando a Moby-Dick.
Y si hablamos de supervivencia con nombre propio, Ernest Shackleton y la tripulación del Endurance merecen el título de egregios: hielo que cruje como un destino, meses de blanco absoluto, y una obstinación humana que se niega a morir.
También fueron náufragos -de guerra y horizonte cerrado- los del Bounty, arrojados a una épica de motín, disciplina y islas que prometían libertad a cambio de incertidumbre.
Y en tiempos más cercanos, los que quedaron a la deriva en balsas anónimas nos recuerdan lo esencial: el mar no necesita villanos para ser terrible, le basta su propia indiferencia.
La historia, si la escuchas bien, no está llena de héroes invencibles, sino de náufragos que aprendieron a negociar con el miedo: los que hicieron del hambre un método, del silencio un idioma, y de cada amanecer una decisión.
Porque quizá la gran andanza del náufrago no es caminar una isla: es sostenerse por dentro cuando todo alrededor se ha hundido.

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