14 febrero 2026

¿Y si Dios fuera el fondo que no se hunde?




Anoche, mientras todo permanecía en silencio, me sentí como un náufrago en tierra firme. 

No llevaba sal en la ropa, pero sí esa humedad secreta que dejan los pensamientos. 

Miré mis manos: siguen aquí. Miré el mundo: también. Y algo dentro de mí preguntó, ¿por qué? 

Todo lo que toco podría no estar. Podría no existir, incluso yo. La taza en la mesa, la luz en la cocina, mi nombre dicho en voz baja. Podría faltar la calle, podría faltar el aire, podría faltar hasta yo. Y, sin embargo, cada mañana el día insiste. Como una lámpara que se enciende a oscuras, sin mano visible.

Hay quien lo llama azar. Hay quien lo llama costumbre. Yo lo miro y pienso en una cuerda que sostiene un barco a oscuras. Puedes seguir el cabo, nudo a nudo, y siempre te quedará la misma pregunta: ¿A dónde está amarrado? 

No sé describir a Dios con precisión de diccionario. No me sale. Me sale más bien como un rumor de puerto, como un olor a pan cuando aún es de noche. Me sale como una certeza suave: no estoy colgado del vacío. 

Que la realidad no pende de la nada como un abrigo en el aire. 

Que hay un fondo -un fondo limpio- que no se rompe cuando todo se agita. 

Esto no viene para convencer a nadie. Lo digo para no perderme. Para recordar que, incluso cuando el miedo hace su teatro, hay un suelo que no participa en la función. Un suelo que sostiene, sin aplausos. 

Y cuando lo siento así, la vida se vuelve más digna. Más responsable. Más agradecida.

Como si cada gesto tuviera peso verdadero. 

Como si amar fuera también una forma de tocar ese fondo. 

Reto de náufrago: hoy, en el primer momento en que notes que te hundes por dentro, detente diez segundos. Respira. Y repite en silencio, despacio: "No estoy colgado del azar". 

Después haz un gesto pequeño y real -una llamada, una disculpa, una ayuda- como si fuera verdad. 

“Un guerrero no cree, un guerrero tiene que creer”. Carlos Castaneda

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