¿Y si el nombre verdadero no fuera un sustantivo, sino una forma de volver?
Esa noche, después de Confiterías Maite, caminé sin prisa -como si la ciudad, por una vez, no quisiera cobrarme peaje por recordar-. Llevaba en el bolsillo la cáscara de naranja que Irene me había dejado en la mano, doblada como un papelito de esos que uno guarda sin saber por qué. El río estaba cerca. Siempre lo está, aunque Murcia se empeñe en disimularlo con rotondas, semáforos y un exceso de gente con prisa.
En la baranda del Puente Viejo volví a mirar mi cara en la lámina oscura. Me dio risa -una risa torpe, sin público- pensar que uno puede cruzar medio mundo, o medio desierto interior, para terminar aquí: frente a un agua que no responde, esperando que una palabra te cambie el pulso. “Papá”. La dijo Irene con una calma que me desarmó. No como quien lanza una piedra, sino como quien deja una llave sobre la mesa para que la encuentres al volver.
“Papá” no era un título, me dije. O sí. Pero no de esos que se imprimen en tarjetas. Era otra cosa: una forma de quedarte. De no huir hacia adelante, como tantas veces. De no hacer de la distancia un oficio. Y, sin embargo, me resistía. Porque las palabras importantes suelen traer consigo un equipaje antiguo: mi padre en el rellano, la sopa, la cera, el ascensor quejándose, la caja de lata con mi nombre quemado, la semilla enterrada sin solemnidad.
Dormí poco. Soñé con naranjos plantados en pasillos. Con puertas que se abrían a patios que ya no existían. Soñé que alguien -yo mismo, quizá- me llamaba desde una escalera y, en lugar de subir, yo bajaba como si bajara por dentro de mí.
A la mañana siguiente volví al edificio. No por nostalgia, me prometí. Por comprobar. Como si el corazón fuera un mecanismo y bastara con revisar un tornillo.
Amparo estaba barriendo el rellano con esa dignidad de quien barre más cosas que polvo.
-¿Ya has vuelto otra vez, náufrago? -dijo, sin levantar del todo la mirada.
-Parece que sí.
-
Cuando uno planta algo, vuelve. Aunque diga que no.
Bajé al patio. El círculo sin embaldosar seguía allí, humilde, obstinado, como un pequeño error voluntario en medio de tanta perfección de azulejo. Me arrodillé y removí la tierra con la yema de los dedos. No vi nada, claro. Ningún milagro. Ningún brote heroico asomando para tranquilizarme. Y aun así, juraría que la tierra estaba distinta: más suelta, más viva, como si ya supiera el secreto antes que yo.
Subí con las manos manchadas y una sensación rara: no era tristeza, tampoco alegría. Era… responsabilidad. Esa palabra que pesa como una fruta madura.
En la puerta me esperaba Irene.
No sé de dónde salió. Tal vez llevaba un rato allí y yo, concentrado en la tierra, no la oí. Vestía un abrigo claro -de esos que no se explican en Murcia si no es por principios- y traía un bolso pequeño. Me miró las manos.
-Has ido al patio.
-He ido a comprobar que no me lo inventé.
-Igual lo importante no es si brota. Igual lo importante es que tú vuelves a bajar al patio.
Caminamos juntos. No hacia el centro. Al contrario: hacia calles menos vistosas, donde la ciudad parece hablar en voz baja. En la Avenida de la Constitución el ruido era el de siempre, pero hoy yo lo notaba menos. O quizá era yo el que hacía menos ruido por dentro.
-¿Por qué tú? -pregunté al fin-. ¿Por qué tu nombre estaba en la nota?
Irene respiró hondo, como si eligiera una frase entre muchas.
-Mi madre conoció a tu padre. No fue una historia de novela. Fue… una de esas historias que la gente guarda en una caja para que no le estalle en la cara. Cuando mi madre murió, vaciamos el trastero. Encontré la caja. La dejé ahí meses. Hasta que un día leí el papel. Y entendí que era un encargo. No para mí. Para ti.
-¿Y el “papá”?
Irene se detuvo. Me sostuvo la mirada con una firmeza sin teatro.
-Eso no lo escribió él. Eso lo digo yo.
Me quedé quieto. Noté cómo el cuerpo se me hacía pequeño, como cuando era niño y escuchaba desde el pasillo conversaciones de adultos que decidían cosas grandes. Sentí el impulso de reír, otra vez, para quitarle importancia. No me salió.
-Pero yo no soy…
-No lo eres de nadie -me cortó, sin crueldad-. Y por eso te lo dije. Porque hay palabras que te empujan a ocupar un sitio. Y tú llevas años sin ocupar ninguno, José. Llevas años viviendo como si estuvieras de paso.
Me dolió, lo admito. Me dolió porque era verdad y porque la verdad, cuando llega bien dicha, no necesita levantar la voz.
Seguimos andando. Pasamos por un kiosco. Por una panadería que olía a infancia aunque no sea la panadería de nadie. Por un portal donde un gato se estiraba al sol con la impunidad de quien no duda.
-Irene -dije por fin-, ¿qué quieres de mí?
Ella sonrió apenas.
-Nada. Por primera vez en mi vida, no quiero nada de nadie. Solo… vengo a devolverte algo. Y a devolverme yo también. Porque ese “papá” no es para que me adoptes. Es para que te adoptes.
Nos sentamos en una cafetería pequeña. De esas que tienen la barra gastada y el camarero que te llama “jefe” sin conocerte de nada. Irene sacó del bolso una libreta escolar, otra distinta. Tapas rojas. La dejó delante de mí como si dejara un animal dormido.
-Esto estaba dentro de la caja. Debajo de todo. Yo no la había visto.
Abrí la libreta. No era una carta larga. Mi padre nunca fue de grandes discursos. Había una sola frase, escrita con su letra inclinada, paciente:
“Cuida del niño que fuiste. Si lo cuidas, ya eres padre.”
La leí dos veces. Tres. Noté una vergüenza caliente en la garganta. No por la frase, sino por el tiempo perdido evitándola. Porque hay cosas que uno sabe desde siempre y se pasa media vida fingiendo que no.
Entonces pasó algo mínimo: Irene sacó una naranja, como la otra vez, y empezó a pelarla. El hilo de piel se desprendía con una precisión lenta. El olor subió y me golpeó donde duele y donde cura.
-No hace falta que digas nada -murmuró.
Y yo, que siempre he tenido una frase a mano para no quedarme desnudo, me quedé callado. El silencio no fue incómodo. Fue, por un instante, casa.
Al salir, la tarde empezaba a ponerse seria otra vez. Ese azul que no es azul del todo, sino una decisión del cielo. Caminamos sin plan, hasta que nos despedimos en una esquina cualquiera.
-¿Volverás? -pregunté.
-Si tú vuelves, sí.
Me fui solo. Pero no era la misma soledad. Era una soledad con tarea.
Al llegar al puente, me apoyé en la baranda. Miré el agua. Pensé en el niño que fui: el de la naranja en el bolsillo, el del patio, el que escribía “José M.” en una tablilla como quien deja constancia de existir. Y lo llamé. No en voz alta. No todavía. Pero lo llamé.
Y en ese gesto -tan pequeño, tan ridículo quizá- entendí lo que la tarde me estaba nombrando desde el principio: no un pasado, sino una obligación íntima de cuidado.
Ahora te toca a ti.
Dime: si tuvieras que adoptar hoy al niño que fuiste, ¿qué gesto mínimo harías -esta misma tarde- para que sepa que, por fin, has vuelto a por él?

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