01 junio 2008

Aitana I


¿Por qué se ha extinguido la lámpara? La he cubierto con mi manto para que estuviera al abrigo del viento." R. Tagore

Estoy aquí, una vez más, en la sierra de Aitana, a 1558 metros de altitud sobre Benidorm, un 16 de febrero del año tal y contemplo las postreras nieves del invierno más lluvioso de los últimos años.

Aitana, pocas pisadas recientes; huellas antiguas perforando la nieve. Aquí y allá, placas de hielo; allá y aquí, el viento ululando a sus anchas.

La sierra de Aitana aparece hoy espléndida de verdor, pero cuando a ella le interesa se solapa entre nubes o se cubre de niebla baja por entero en su cima, para esconder quién sabe qué. Siempre que esto ocurre, mi amigo Pepe, compañero de aventuras que ahora se apresta a ponerse los guantes para zafarse del frío, mira para otro lado por mejor huir del canto de sirenas que la niebla interpreta para él.

Hoy nuestra intención es subir hasta la cima desde la pequeña explanada en la que ahora estamos, lugar más alto al que se puede acceder con coche, y girar él hacia la derecha y yo hacia la izquierda desde donde puedo ver el mar, dejando la base militar a nuestra espalda, no sin antes detenernos brevemente en una estrecha pero alargada cueva antigua y erosionada, en la que siempre solemos entrar.

Cuando estamos preparados para la marcha, Pepe, con un leve gesto, llama mi atención. Me acerco despacio. Observa, sorprendido, un bulto inmóvil; el bulto aparece sobre el agua que emerge de una pequeña fuente y baja cantarina hasta un abrevadero cercano.

Durante un largo rato observamos en silencio. Es un pájaro, -dice Pepe-. Eso me parece a mi. Está allí quieto, con las alas al viento. Es muy grande y de pico largo. ¿Qué pájaro será? -pregunto-. Ni idea, oigo que responde.

Lo miramos durante unos cinco minutos, absortos en la duda que se disipa por momentos; asombrados ante su generoso plumaje, observando sus formas espléndidas, desconcertados ante lo insólito del hallazgo.

Desde donde estamos situados no podemos acercarnos al animal sino dando un rodeo. Es lo que ahora hace Pepe. Se acerca sigiloso e introduce su mano en el agua helada. Veo su cara de asombro al alzar el pájaro en el aire. ¡Es una bolsa de plástico!, -exclamó, chasqueado. Anda que como no estemos más listos, hoy va a ser un día memorable, le oí quejarse mientras me seguía en dirección a la cima.

Así es mi amigo Pepe: agudo, pragmático, amigo de meriendas campestres al abrigo del sol, hasta que coincidimos en estas montañas y a partir de ese día las salidas tienen otros objetivos ... Pero mejor será no adelantar acontecimientos.

Por aquí hay unas huellas profundas, -le indico a voces-. Vamos a seguirlas y así, pisada contra pisada, el camino será más fácil.

Mientras subimos despacio la ladera de la montaña, acompañados por el silencio contra el sonido breve de nuestros pasos y algún que otro graznar de ave, surge en mi mente como nube el recuerdo fugaz de la ciudad: el ajetreo, el trabajo diario en la ciudad y sus prisas, el cansancio y la rutina: los problemas nos acosan, parecen insolubles allá abajo, metidos como estamos en la burbuja cotidiana donde reina el agobio. Pero aquí arriba todo es sosiego.

El eco de un graznido potente rebotando aquí y allá hasta perderse valle abajo me devuelve a la nieve y al espacio abierto y no deja ni rastro de mis pensamientos. Hoy la montaña vocea recuerdos de otras épocas e incluso de otros mundos. Sí, hoy es un día de descanso, de parada, de olvidarnos por unas horas (o tal vez para siempre, ¿quién puede garantizar nada, sino la muerte?) de la rutina diaria. Desde hace meses nos hemos marcado un plan y el viernes es el día elegido en el que lo dejamos todo para aprender de la montaña.

De un picacho quebradizo se despega una piedra que oímos rebotar en otras rocas, se detiene unos momentos y cae a mis pies. ¡Por poco!

Oye -anuncia Pepe mientras lo veo dirigirse trabajosamente hacia una oquedad estrecha entre dos rocas por donde accederemos a la cima-, esta vez va a ocurrir algo grandioso. Y desaparece como tragado por la montaña.

La pasajera soledad me retrotrae a aquél día en que nos encontramos con un ser pintoresco en el pueblo de El Campello camino, no sé si de Aitana o del Puig Campana, pues lo recuerdo como una bruma. Se trata de las las peripecias de un manchego junto a la playa.

Continuará

6 comentarios:

Gonzalo dijo...

... Y usted sigue caminando, naufragando aun contra bravatas que intimidan, un Prometeo sin fin a su roca encadenado.

Un abrazo,
Gonzalo

Prometeo dijo...

Hola Gonzalo, qué alegría saber de usted. Espero que prosiga felizmente su camino de descubrimiento de la vida, de la belleza y de la verdad.

Un abrazo.

Gonzalo dijo...

Carísimo Prometeo -a quo hominibus lux dabatur ne in umbra perirent:

Ahora estoy con "Selektibidad" (la tengo en una semana) que tampoco es para tanto y al acabar tendré un largo verano de tres meses para dedicarlos a lo que más desee. Por lo demás, me apoyo en el padre Arintero (citado por Maeztu en "Los caballeros de la Hispanidad" -Defensa de la Hispanidad): «A todos, sin excepción, se les da –proxime o remote– una gracia suficiente para la salud...»

Un abrazo,
Gonzalo

mcarmen dijo...

"Aprender de la montaña", me ha encantado.
Un abrazo

Prometeo dijo...

Suerte con la selectividad, Gonzalo. Y muchas gracias.

Un abrazo

Prometeo

Prometeo dijo...

Aprender de la montaña. ¿Qué de cosas no habrá visto una montaña? Y ella está allí mientras ve pasar veloz el viento de la historia.

Un abrazo, mcarmen