16 marzo 2009

La serpiente entre las flores III


¿Estaba en el vórtice de un espejismo o aquello era un vislumbre del pasado? Lo cierto es que escuché a lo lejos ¡salud! y me adentré en la gruta sin demora. El enigmático caballero avanzaba por delante de mi con paso presto y apenas si me daba tiempo a seguir sus huellas. Lo cierto es que en mi cabeza daba vueltas un grabado que vi nada más entrar en la gruta: una serpiente que se mordía la cola, con esta inscripción debajo: “luego que lo viste le obedeciste”. B.C.


Si estaba en lo cierto la frase era del mismísimo Bernardo de Claraval en el estrambote del artículo XXXIII de la Regla que dictara para la Orden del Temple, como su organizador que fue, allá por el año de 1128. El fin de los Caballeros de Cristo era defender a los peregrinos de Tierra Santa y combatir el Islam. ¿Qué significado encerraba aquella serpiente que se muerde la cola? ¿Me encontraría ante la puerta de acceso al infinito? Lo cierto es que seguí la sombra por entre las oquedades y envuelto en el rumor de gotas de agua que resbalaban por la rugosa superficie de la roca.

Poco a poco y según íbamos entrando en la oquedad, lo que en principio fue un eco lejano de voces que cantaban como una letanía se hizo cada vez más audible. De entre las grietas de la cueva que otrora sirviera de refugio y retiro, llegaban reflejos de luces. Allí también se oficiaban los ritos iniciáticos practicados sobre el nuevo guerrero, paso previo a la revelación de los secretos de la orden.

De pronto interrumpí mi marcha porque llegó a mis oídos la primera estrofa del “magnifecetur fortitudo domine”. Trastabillé al tropezar con un saliente de roca y en seguida pude escuchar más claro el canto que empieza: “dixit que Dominus vivo ego et implevitur gloria Domini universa terra”. A estas alturas ya no sentía extrañeza por lo extemporáneo de estos sucesos. Tuve la brumosa sensación de estar en medio de un sueño.

El monje guerrero se detuvo. Acercó el dedo índice a los labios para que guardara silencio y continuó en dirección hacia donde emergían las envolventes voces que por segundos ganaban en claridad y fuerza. Habíamos avanzado como unos cien metros en el interior de la Cueva Grande y la oscuridad era cada vez más espesa, apenas desbaratada por grandes candelabros situados cada cierta distancia.

En un recodo me encontré con un trébol pintado en el techo. La trinidad, las tres virtudes teologales, pensé. De pronto caí en la cuenta de que tal vez la gruta contenía la réplica de los símbolos que había visto en los canecillos de la ermita. ¿No sería la ermita la antecámara de la Cueva Grande? Pareciera que los verdaderos ritos de los caballeros de Cristo se realizaran en la gruta. Los adeptos se introducían en las entrañas de la madre tierra para volver a nacer a una nueva vida. Seguí unos metros más adelante y di con un nuevo dibujo; esta vez se trataba de una figura geométrica en forma de rombo. Hombres y dioses; cielos y tierra. El cuatro, la lenguaje simbólico de los números. Un poco más allá pasé de largo por donde había pintada una estrella de cinco puntas para escapar al influjo de la magia negra y tuve la convicción de estar en el buen camino al encontrarme con la estrella de David.

A estas alturas sabía que el sendero a seguir estaba custodiado por los números mágicos. De pronto reparé que estaba solo en el corazón de la gruta pues el majestuoso caballero había desaparecido como tragado por la tierra. Se había hecho el silencio y no me había percato del momento exacto en que esto ocurrió. Y en esas estaba cuando en otro recodo di a parar con la cruz de las ocho beatitudes similar a la que está en el interior de la ermita, verdadera hoja de ruta del caballero templario que debe observar: el contento espiritual, vivir sin malicia, llorar los pecados, humillarse al ser ultrajado, amar la justicia, ser misericordioso, ser sincero y limpio de corazón y sufrir con paciencia las persecuciones. De pronto me alarmó el sonido sordo que produjo el golpe de una espada contra la roca.


video

Continúa y termina en IV

7 comentarios:

alba* dijo...

Hola, buenos días.
Señor náufrago, he de decirle que me ha sabido a poco y que espero como agua de Mayo el final del relato para hacerle unas preguntas y contarle un secreto.
Del video y la música en su conjunto solo comentar que me parece de lo más estimunlante.

Hasta entonces besos desde la otra orilla.
¡Miau!

Annabel M. Z. dijo...

Bueno, a ver cómo terminas esto, jeje.
Muy elaborado, me haces pensar demasiado. ;)

Raul dijo...

Soy Raul-Kefren II, gracias por tu amable visita, paso a ver con atención tu página, que inicialmente me gusta su formato y contenido...un abrazo de Raúl

Prometeo dijo...

Buenos días, alba*, cada día con menos tiempo libre para agradecer las visitas a mi blog.

Un abrazo

Prometeo dijo...

Hola Annabel; sí, estoy metido en un buen lío del que no sé bien cómo saldré.

Besos

Prometeo dijo...

Hola Raúl, muchas gracias por su visita. Es un honor.

Saludos.

Marcela dijo...

Me encanta el tema y como está desarrollado. Además el simbolismo da el toque justo de misterio.
Beso.