¿Por qué cuando eres pequeño todo te parece grande? Al menos a mi me ocurrió. Grande o alto, y el paraíso quedaba muy lejos. Cuando uno crece se acortan las distancias pero ese lugar mítico llamado paraíso sigue estando lejano.
Aún no había cumplido los ocho años cuando me escapé de casa por primera vez. Todavía oigo a mi madre gritar desde el balcón: ¡Pipo, vuelve!, ¿Adónde vas? ¿Acaso lo sabía yo? Por aquel entonces yo estaba como una puñetera cabra, atento nada más que a mi propia colección de fantasías que me auguraban las mil y una aventuras en algún recóndito lugar.
Recuerdo que era martes y que me desperté muy temprano tras una noche de pesadillas en la que no dormí casi nada. Cogí mi libro favorito, “el héroe”, que así se llamaba, y eché a andar por la senda que comunica nuestra casa con la de mi amigo Pablo con la intención de dirigirme desde allí rumbo a alguna parte. “El héroe”, ¡qué recuerdos! Era un librito minúsculo de no más de un par de docenas de páginas con muchos dibujos y muy pocas letras. Es el único libro que he leído entero, eso sí, unas cientos de veces a lo largo de mi vida. Nunca me gustaron los libros voluminosos. Si volvía triste del colegio, allí estaba mi libro que se dejaba leer en dos o tres minutos, ni uno más. De cabo a rabo. Algunas veces me demoraba mirando la tapa, con la emoción en el rostro, y volvía a leerlo.
El héroe contaba las aventuras acaecidas a un niño al que su padre le pide que le traiga sus zapatillas del dormitorio. Para llegar a él debe atravesar todo el largo del pasillo. Transcurría la acción, pues, en el tramo que va desde el salón, junto a la puerta de entrada, al dormitorio, a través de un recodo en penumbra donde acechaban los peligros más inauditos para el padre de Andrés, que así se llamaba nuestro héroe, que ignoraba de todas, todas que ese corto espacio de la casa, esquivo y huidizo, pudiera albergar dos amenazantes espías con gabardina y gafas de espejo; un león enorme y fiero, amén de una trampa debajo de la alfombra que había delante de la habitación de sus padres por la que se precipitaría en un pozo oscuro y profundo si no andaba con cuidado. El valiente niño sorteaba todos los peligros con éxito y al final se felicitaba de sus progresos hasta convertirse en un héroe.
Ya estaba en la calle ¿y ahora qué? Mi resolución menguaba por momentos y cuando había andado unos cuarenta pasos o así en dirección a la casa de mi amigo Pablo me detuve en seco y di media vuelta. Como a eso de unos cien metros dos ojillos curiosos me observaban sin parpadear. Era mi hermana pequeña que miraba con asombro sin saber ni qué decir ni qué hacer. Otra valiente. Siempre repetía una frase que a mi me hacía mucha gracia; decía, me duele el cuerpo humano. Ya sea que le doliera la cabeza o el estómago o se arañara una pierna, le dolía el cuerpo humano. Recuerdo un día en que no teníamos ganar de ir al colegio y a mitad del camino nos quitamos, no sin dificultad, un diente cada uno para tener una buena coartada para volvernos a casa. Al final no se tragaron la excusa y nos quedó un sedimento de tristeza por el tanto daño sufrido para tan poco provecho. Mi hermana se quedó todo el día repitiendo su queja por los rincones: me duele el cuerpo humano. En fin, travesuras. ¿Qué niño, pudiendo jugar, querría ir al cole? En la puerta de casa me esperaba mi madre con los brazos cruzados y una media sonrisa entre socarrona y condescendiente. Me dio un abrazo y me preguntó si quería un zumo de naranja. Hacía esfuerzos por disimular la risa. Así no hay manera de que lo tomen a uno en serio.
En resumen que ese fue todo mi vuelo la primera vez que me escapé de verdad de casa. Digo de verdad porque pensarlo lo había pensado muchas otras veces pero nunca había tenido el valor, el arranque y el arrojo suficientes para echar a andar siguiera unos pasos. Para terminar de arreglarlo cuando volvió mi padre nadie reparó en chivarle que me había ido de casa y por lo tanto mi padre no me llamó aparte para reñirme o contarme cómo él cuando era pequeño también, una mala tarde, se marchó de casa y bla, bla, bla. De tal modo que mi primera experiencia fue un completo fracaso del que quedé dolido por unos meses.
Pero llegó el día, ahora sí, en que decidí poner en práctica mi plan largo tiempo urdido. Esta vez no fallaría; no podía vivir ni un minuto más con esa sensación de nenaza, para lo cual me organicé todo muy bien sin dejar ningún cabo suelto. De manera que madrugué más de lo que el frío invierno aconseja y antes de despuntar las primeras luces ya estaba yo en la senda adecuada pertrechado con una mochila en la que había ido acomodando algunas cosas que creía me harían falta, al menos para los primeros días de mi marcha: una linterna, unas latas de conserva, unos botes de coca cola, ropa de abrigo y un cuaderno y un bolígrafo para anotar todo lo que me ocurriera en mi caminar por esos mundos de Dios. Todos dormían en casa y algunos hasta roncaban así que cuando fueran a echarme en falta estaría ya a muchas leguas de allí. Lo de leguas lo había escuchado en los cuentos que mi madre me leía de pequeño y me gustaba mucho y me parecía de más fuste que kilómetros.