09 noviembre 2005

El hombre y el perro


Amanece. El hombre de la camiseta amarilla deambula sin prisas por las calles de una ciudad cualquiera. Paso a paso, con la cabeza inclinada y las manos en los bolsillos (tan vacíos que pueden albergar holgadamente sus manos); el hombre de la cabeza inclinada está cansado, pero con un cansancio llevadero que le permite saludar con un ligero movimiento de cabeza y un amago de sonrisa a todo el que le sale al paso. El hombre de las manos en los bolsillos camina sin rumbo fijo y a paso lento. De vez en vez los golpes de una brisa fuerte echan al viento sus cabellos desgreñados, trenzando canas, moteadas por algunos pelos negros.


El perrillo flaco, comido de pulgas le sonríe con el rabo, da unas vueltas a su alrededor y al "pss, pss" del hombre responde con un ladrido afónico. El perrillo pulgoso sigue al hombre desgreñado y ambos deambulan por recovecos, empinadas cuestas, aceras, alcantarillas; frecuentan el bullicio de un mercado, la jácara de unos chavales que juegan; y luego inician la subida de una pendiente que los alejará del pueblo.

Se ve poco transitada esta carretera. Ahora se adivina a lo lejos el ruido de un motor que se hace evidente al poco y se agiganta; luego desaparece tal cual llegó y el perrillo juguetón inicia unos ladridos mitad queja mitad alborozo. Ya están a campo abierto y el viento esparce sus voces a distancia sin freno.

El hombre sin sombra no tiene nombre. Algunos pájaros cantan su monótona melodía contra un fondo de silencio que le es tan familiar al campo al despuntar el día. Los pasos del hombre marcan un ritmo sobre el asfalto humeante. No tiene sombra, no recuerda su nombre. A veces oye "Juan" y se vuelve; otras escucha "Miguel" y gira la cabeza y luego continúa. No tiene un pasado que le moleste. ¿Dónde nació? Ni idea.

El hombre sin recuerdos. El perro sin amo. A campo abierto, sólo el camino sin la zozobra de llegar a ninguna parte. Al frente meandros, puentes, cañadas, pedregales, ...

El hombre al que acompaña un perro vislumbra a lo lejos una montaña. Sólo hay que doblar el camino y dejarse llevar por la subida, amablemente al principio, más dificultosamente luego, sudorosa un poco más tarde. El perro jadea, perdido ya el hábito de marcar su territorio. Las águilas están ahí moviéndose en círculo invitando al ascenso. ¿Llegarán arriba?

Un hombre sin recuerdos que alimentar y un perrillo sin amo. La noche los cubre con su negra capa mientras duermen un sueño sin sueños. El hombre feliz no tenía camisa; éste no tiene ni nombre. El perro feliz no tiene amo. ¿Quién marcará el ritmo de la manada?

Encuentran un tesoro escondido en el campo donde juegan los escarabajos, vestigios del pasado que puede alegrar mucho el presente, pero ellos ya tienen su tesoro.

Y siguen tras meandros, volcanes, torrenteras, …; el hombre, el perro...




5 comentarios:

Gelesvva dijo...

Un hombre, un perro y la soledad, curiosa compañera de trayecto, a veces anhelada y otras odiada y sin embargo necesaria para sobrevivir en este caótico y deshumanizado mundo en el que nos ha tocado vivir.

Te felicito Juan

Juan Martinez dijo...

Muchas gracias galesvva. Un saludo.

Gelesvva dijo...

No me conoció?

Me gusta leerte, gracias por haber creado este espacio.

Geles

Juan Martinez dijo...

Hola geles: no la conocí. Muchas gracias por su visita. El caso es que la buscaba por otros ámbitos y vino usted por aquí.

Un saludo.

Adah dijo...

Siempre fue y siempre será la Libertad uno de los bienes más preciados... de hombres y perros. Saludos J.M. Muy hermoso su texto. Bello. Adah*