11 octubre 2008

Para Elisa II



Avancé así durante varias jornadas. El agua del mar me fue bien para la pierna de la que saqué once plomos; primero me escoció, pero luego me sanaba. Por el día deambulaba entre pinos, al acecho de la huerta, comiendo lo que allí había; por la noche debajo de un árbol arropado por unos plásticos fríos. Una mañana varios cazadores descubrieron mi escondite y desbarataron lo poco que tenía. Me marché a otro lugar más inhóspito aún y subsistí siguiendo la rueda de los días como una hoja a merced del viento. Empecé por no poder dormir bien. Tenía pesadillas como cuando soñé que perdía la llave de la casa y Elisa se reía de mí mientras yo las buscaba por todas partes; o como aquella vez en que cantábamos nuestra canción favorita y ella olvidó la letra. Y una noche, harto ya de verme desolado como una noria sin chiquillos, pensé poner término a mi vida.

Fui a una tienda y compré el veneno más potente que tenían. Con él en el bolsillo estaba más tranquilo. No fallaré, pensaba. Tardé tres días en elegir el lugar adecuado para realizar mi plan. Y, tras muchas vacilaciones, decidí escapar a mi pueblo, pues ¿qué sitio mejor para morir sino cerca de mi madre a la que tanto quiero?

Con paso sereno me encaminé al cementerio y, una vez allí, salté la tapia. Eran las diez de la noche del viernes. Los últimos destellos de los arreboles conferían al camposanto unos perfiles tenebrosos pero no sentía ningún miedo porque, después de lo pasado, comprendí que hay cosas ante las cuales la muerte no es sino un mal pequeño y es peor esa otra muerte de todos los días, la pérdida de la esperanza, el robo de lo que nos pertenece.

Tras un momento de vacilación, ayudado por una escalera, subí hasta el nicho vacío que hay junto al de mi madre. Saqué la botella del veneno. Aún siento el galope del corazón en mi pecho. Coloqué dos almanaques con las imágenes de la virgen a un lado, y el Señor, al otro.

Me duele el titilar de las estrellas en el cielo. ¿Qué sentiré ahora? Recuerdo aquella mañana en que, dormido todavía, me picó en el tobillo un escorpión y me dio fiebre, y ahora ¿cómo será? Entonces cogí una cuchilla de afeitar para sacarme el veneno. ¿Quién me sacará este veneno? Acudí a la fuente del pueblo pero no tenía agua. O aquél otro día en que al levantar una madera carcomida me encontré con una culebra como mi muñeca y lo dejé todo y me fui de allí.

Señor, ¿qué voy a hacer? Mis manos tiemblan, el tapón cede; sin pensarlo bebo casi medio litro. Después el vértigo: la botella salta por los aires, los dientes tabletean sin control y empieza a salir espuma por la boca; después un violento vómito y luego me sobrevino una diarrea.

Me pregunto cuándo voy a perder el conocimiento. Sudo, toso, tirito, me retuerzo. - Adiós, Concha; adiós Andrés, -me oigo decir. Madre, pronto estaré contigo, ya no me hará falta el papel que llevo en el bolsillo con una nota escrita de mi puño, que yo quiero que me entierren con mi madre. Todo va a ser muy rápido, me han asegurado que no falla. La lengua se me traba, babeo, se sale de la boca; no puedo soportar más ese sabor y las arcadas, mientras mis pensamientos se precipitan como las secuencias de una película en cámara rápida. El corazón me da unos latigazos muy fuertes. Quiero poner la mano sobre él pero es inútil intentar llegar, inútil moverla tan siquiera unos centímetros. Ahora muero; esto va a estallar. Madre, pronto estaré contigo. Me ahogo. El torbellino de sentir que esto se acaba ... me veo en el otro lado... todo se disuelve ya...


Continúa hacia III (fin)