02 febrero 2009

Noche de ronda



La primera vez lo vi reflejado en un charco y parecía todo de cristal. Se llama Brujo, es un gato pequeño y digo se llama porque es el nombre que le puse nada más verlo.

Fue hace dos noches. El correteaba en el mismo hotel donde yo trabajo de segurata. Juega por entre los ladrillos; amontona y desbarata pilas de cajas. De pronto surge de debajo de unas maderas o se le ve salir, hasta las cejas de polvo, por entre los sacos de cemento. Y yo me gano la vida protegiendo esos mismos enseres de las miradas ajenas.

Noche y día me cruzaba con sus olivillas huidizas mientras una patulea de primos, hermanos y sobrinos se desparramaba entre los cubos de basura para buscarse el sustento. El segundo día de mi estancia allí dejé como al descuido algo de comida sobre unos cartones. Brujo acudió de pronto, ¿me estará espiando el muy jodío? Tampoco es complicado aprenderse mis rutinas, una ronda cada 15 minutos. Se lo ha comido todo y se queda agazapado observándome a unos cinco metros. ¡Vamos, ven aquí, estás tiritando! No se fía y hace bien. Poco a poco se acerca más. Fisgonea la manta que me cubre las piernas. Hace frío, estamos en pleno invierno. Ya lo veo tontear sobre la manta.

A eso de la medianoche, Brujo visita los contenedores de basura. Unas manos largas se deslizan por entre los restos buscando algo que comer. Cada día hay más competidores para hacerse con las sobras. Hoy se han dejado ver por aquí dos o tres vagabundos.

Pasa del reposo a la acción en un instante. Me vendría bien esa habilidad, Brujo, le digo por lo bajini. Un ruido cercano nos ha puesto en guardia a los dos. Por la noche, los sonidos se agigantan. La pequeña verja cede y produce un característico chasquido. Un uniforme emerge de la negrura.

- Te has dejado el coche abierto. Buen servicio. _ Es un policía amigo
- Gracias, Pedro. Iba a salir ahora mismo. Buenas noches.

Minutos después, Brujo juguetea completamente blando como si me conociera de toda la vida. Lo veo dar brincos estancia tras estancia; me sigue mientras hago las rondas, se agazapa en cada esquina, me reta, pretende sorprenderme.

Ese instinto gatuno, dicen los expertos en animales, procede de años y siglos de lenta evolución, pero él y yo lo vemos de una manera más cercana: es debido a días y noches de hambre y frío. También nosotros somos expertos, graduados en la escuela de la calle.

Son las 05:30 de un domingo; la hora peligrosa, Brujo. A estas horas descansan las doncellas, satisfechas de la noche anterior; los guaperas que se estrenaron por enésima vez; los solitarios irredentos a la caza de comida rápida, (fast food se llama a eso, Brujo, qué te van a contar a ti), y las casadas inquietas, parece-que-ya-no-me-quiere-como-antes… Madrugan la calle los amigos de lo ajeno, los raterillos que duermen de día para choricear de noche.

Gira il mondo gira, nello spazio senza fine, con gli amori appena nati, con
gli amori gia finiti, con la gioia e col dolore, della gente come me. Oh, mondo
soltanto adesso io ti guardo...
Se escucha en una radio pequeña que tengo sobre una ventana.

Gira el mundo mientras Brujo parpadea frenético, como si llevara puesta una camisa de fuerza. ¡Brujo que te vas, jodío! ¿Me dejarás solo? ¡Ven! aquí hay una manta.

En el transcurso de una ronda se me ha extraviado Brujo. Lo busco en cada planta, hasta la quinta y última. Naciste en un hotel, jodío. Eso es un lujazo. Para ti la vida es un hotel en construcción. Un lugar un poco frío pero es que toda gran obra se yergue sobre el frío, el hambre y el sudor.

Entre colgajos de andamios y una gran grúa que amenaza al cielo, babel de cables. Podrás contarle a tus nietos, Brujo: en este hotel nací yo, donde luego se alzaría la suite nupcial, y bla, bla, bla o miau, miau, miau, etc.

De igual manera que cada palabra nos ancla al momento en el que fue pronunciada; como el anzuelo agarra al pez, tú estás atado a este cuadrilátero de hormigón que te vio abrir los ojos por primera vez. Ya falta poco para que terminen las obras y entonces nos echarán de aquí a los dos. Mucho ojo dónde terminas.

Hoy he visto a unos perros feroces sortear la alambrada. Te huelen, Brujo y van por ti. Ojo con ellos. Vámonos, ya se acabó la jornada.

Escucha el bullicio de los cochecitos de feria... ¿No hueles a palomitas, Brujo? ¿No sientes el vértigo de las norias?



6 comentarios:

alba* dijo...

¡Qué buena compañia!
La de brujo, me refiero .-)

Pues aquí me tienes, oliendo a palomitas como una voz que me invita a "dejarme llevar".

Es bonito leerte y es agradable saber que sigues ahí... escribiendo para nosotros.

Me lo he pasado muy bien en tu noche de ronda. Gira il mondo gira...

¡Miau!

Marcela dijo...

Me gustó mucho el relato.
El reconocernos en "otro" aunque sea un gatito, como sentí que hacía el protagonista, es algo que me gusta.
Sentí empatía y eso es algo que me gusta.
Un beso.

azpeitia dijo...

los seres humanos, que hemos evolucionado por otra vía, pese a todo nos sentimos atávicamente unidos a determiandos animales...Dios creo al gato, para que el hombre sintiera el placer de acariciar un tigre...Me a parecido espléndido tu relato y tu manera de escribir arrastra a quien te lee...un abrazo muy fuerte de azpeitia

Prometeo dijo...

Hola alba*:

El vértigo de las norias y de los coches de choque. Anclados a este mundo extraño y maravilloso que nos vio nacer.

El gato en el antiguo Egipto estaba ligado a la diosa Isis.

Miau

Prometeo dijo...

Gracias, Marcela.

Aprendimos mucho de los antiguos sabios. tal vez un día aprendamos de los animales que también tienen cosas que enseñarnos.

Un beso

Prometeo dijo...

Gracias azpeitia.

Un abrazo