
Amaneció un día lluvioso, melancólico, gris.
El agua juguetea en los tejados y rebota en pequeños charcos por la calle. Las avecillas no se atreven a gorjear y reprimen el juego de escaramuzas y exhibiciones hasta que no claree. Los perros falderos dormitan resignados mientras ansían una oportunidad de salir a campo abierto a pelear pequeñas ramas de los árboles.
Es sábado y la semana pierde fuelle por momentos y acabará de consumirse el domingo para iniciar un nuevo ciclo que sucederá a otro espacio que renovará un pequeño lapso; tempus fugit, también los años nos dejan.
Se acerca el fin de un mes de febrero que ha sido desde el principio del Inventario de purificación y fuegos ceremoniales; de teas y antorchas; de expiación y sacrificio.
Y asomará Primavera su rostro de soslayo hasta que la calandria que faz grand melodia, en cantiga primeriza de Gonzalo de Berceo, inunde los valles de trinos y requiebros.
Febrero de brasas y rescoldos; de vientos y sonatas; de lágrimas de fuego.
El agua juguetea en los tejados y rebota en pequeños charcos por la calle. Las avecillas no se atreven a gorjear y reprimen el juego de escaramuzas y exhibiciones hasta que no claree. Los perros falderos dormitan resignados mientras ansían una oportunidad de salir a campo abierto a pelear pequeñas ramas de los árboles.
Es sábado y la semana pierde fuelle por momentos y acabará de consumirse el domingo para iniciar un nuevo ciclo que sucederá a otro espacio que renovará un pequeño lapso; tempus fugit, también los años nos dejan.
Se acerca el fin de un mes de febrero que ha sido desde el principio del Inventario de purificación y fuegos ceremoniales; de teas y antorchas; de expiación y sacrificio.
Y asomará Primavera su rostro de soslayo hasta que la calandria que faz grand melodia, en cantiga primeriza de Gonzalo de Berceo, inunde los valles de trinos y requiebros.
Febrero de brasas y rescoldos; de vientos y sonatas; de lágrimas de fuego.






