06 abril 2025

El escondrijo de las preguntas olvidadas

 

Hay un rincón, un repliegue secreto del alma, donde guardamos las preguntas que no sabemos responder. Las dejamos allí, como quien esconde una carta sin abrir, temiendo que las palabras que contenga puedan cambiarnos irremediablemente. 

A veces lo sospechamos: es una esquina polvorienta de nuestras esperanzas, una grieta en la costumbre. Pero evitamos mirarla de frente, como si contemplar esa pequeña fractura fuese a desatar un alud de certezas incómodas. 

La vida, mientras tanto, sigue su curso como un río que parece apacible en la superficie, pero que arrastra remolinos invisibles en el fondo. Y nosotros nos dejamos llevar, tal vez por miedo a zambullirnos en esas aguas inciertas donde flotan los sueños ahogados de otros tiempos. 

Hoy he querido detenerme, y te invito a hacerlo también. A preguntarnos qué escondemos allí, en ese escondrijo al que casi nunca nos asomamos. 

Quizá es un viejo proyecto, un deseo postergado, una llamada interior que silenciamos cada día con el ruido de las urgencias cotidianas. 

Lo curioso es que, cuanto más ignoramos esas llamadas, más fuerza parecen cobrar en la penumbra. Hasta que una mañana cualquiera —como podría ser esta— nos despiertan con un susurro imperceptible pero tozudo: ¿Y si lo intentaras al menos una vez más? 

No te propongo una revolución ni un salto al vacío, no. Te propongo un gesto sencillo pero poderoso: rescata una de esas preguntas olvidadas. Solo una. Sácala al sol. Dale una oportunidad de respirar aire limpio. Escríbela, dibújala, murmúrasela al viento.  Hazla visible. 

Y, si te atreves, cuéntamela. Porque tal vez, solo tal vez, descubras que en compañía es más fácil descifrar los enigmas que nos mantenían cautivos. 

  #AndanzasDeUnNáufrago #Reflexiones #PreguntasOlvidadas #ViajeInterior #RetoPersonal #Náufrago


03 abril 2025

Puebla Marina: el enigma de la brújula dorada




La encontré donde nadie deja nada. En esa curva de la playa que el viento barre con desgana, como si quisiera ocultar más que mostrar. Una brújula oxidada, pero todavía hermosa, como si alguien la hubiese olvidado a propósito bajo las piedras húmedas.

No apuntaba al norte. O sí. Pero a un norte que ya no está. A un lugar que, por algún motivo, dejó de existir o cambió de sitio sin avisar. La aguja giraba lenta, temblando apenas, como si dudara de sí misma.

Me la llevé en silencio, como quien recoge un secreto ajeno sin saber si va a doler. Esa noche llovió despacio. En la calle, el hombre de la bicicleta cruzó la plaza por tercera vez, sin prisa. La farola que parpadea junto al café encendió su luz roja —la que sólo aparece cuando algo va a cambiar.

No fui al puerto. No subí al mirador. Solo caminé hasta el banco azul, el de la esquina donde se sientan los que ya no esperan. Allí, mientras la niebla empezaba a subir desde el suelo, abrí la brújula y vi que por fin se había detenido.

Apuntaba hacia el oeste. Hacia el faro que ya no gira. Hacia el espigón donde desapareció la mujer del sombrero blanco.

Puebla Marina siempre encuentra la forma de recordarte que no has terminado con ella.

El viento trajo olor a sal y a algo más antiguo. A madera húmeda. A tinta en papel mojado. A cartas que nunca llegaron.

Y la aguja, quieta. Esperando. Como si supiera que esta vez no iba a ir solo.

El escondrijo de las preguntas olvidadas

  Hay un rincón, un repliegue secreto del alma, don de guardamos las preguntas que no sabemos responder. Las dejamos allí, como quien escond...