Hay un rincón, un repliegue secreto del alma, donde guardamos las preguntas que no sabemos responder. Las dejamos allí, como quien esconde una carta sin abrir, temiendo que las palabras que contenga puedan cambiarnos irremediablemente.
A veces lo sospechamos: es una esquina polvorienta de nuestras esperanzas, una grieta en la costumbre. Pero evitamos mirarla de frente, como si contemplar esa pequeña fractura fuese a desatar un alud de certezas incómodas.
La vida, mientras tanto, sigue su curso como un río que parece apacible en la superficie, pero que arrastra remolinos invisibles en el fondo. Y nosotros nos dejamos llevar, tal vez por miedo a zambullirnos en esas aguas inciertas donde flotan los sueños ahogados de otros tiempos.
Hoy he querido detenerme, y te invito a hacerlo también. A preguntarnos qué escondemos allí, en ese escondrijo al que casi nunca nos asomamos.
Quizá es un viejo proyecto, un deseo postergado, una llamada interior que silenciamos cada día con el ruido de las urgencias cotidianas.
Lo curioso es que, cuanto más ignoramos esas llamadas, más fuerza parecen cobrar en la penumbra. Hasta que una mañana cualquiera —como podría ser esta— nos despiertan con un susurro imperceptible pero tozudo: ¿Y si lo intentaras al menos una vez más?
No te propongo una revolución ni un salto al vacío, no. Te propongo un gesto sencillo pero poderoso: rescata una de esas preguntas olvidadas. Solo una. Sácala al sol. Dale una oportunidad de respirar aire limpio. Escríbela, dibújala, murmúrasela al viento. Hazla visible.
Y, si te atreves, cuéntamela. Porque tal vez, solo tal vez, descubras que en compañía es más fácil descifrar los enigmas que nos mantenían cautivos.
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