¿Y si el tiempo, para un náufrago, no fuera una línea… sino la forma exacta que tiene el mar de pronunciar tu nombre?
Filosóficamente, el náufrago no mide el tiempo en calendarios, sino en resistencias. El tiempo es lo que tarda en llegar una idea que te salva, una renuncia que te aligera, una verdad que por fin no discutes. Para quien flota entre islas -entre lo que fue y lo que aún no sabe ser-, el tiempo no “pasa”: decide. Decide qué se hunde y qué queda. Y lo más duro no es la rapidez; es la selección. El tiempo se vuelve un filtro implacable: te quita lo accesorio para dejarte frente a lo esencial, desnudo de excusas. Así, cada cumpleaños no es una vela: es una pregunta. "¿Qué parte de mí sigue viva de verdad?"
Poéticamente, el náufrago aprende que el tiempo no es enemigo, sino oleaje. Un día te empuja a la orilla con un recuerdo intacto; al siguiente te arrastra mar adentro con un miedo antiguo. El tiempo trae y se lleva, pero nunca se va de vacío: siempre deja algo adherido a la piel. Sal en los labios. Arena en los bolsillos. Un nombre que vuelve como gaviota. Y entre mareas, el náufrago descubre una ciencia secreta: esperar sin pudrirse por dentro. Hacer del instante un refugio, no una cárcel.
Tal vez todos seamos náufragos, sí: navegantes sin mapa, supervivientes de lo que no salió como soñábamos. Y entonces el tiempo cobra otro sentido: no es la edad, es la brújula. No es “cuánto queda”, sino “qué dirección”. Porque vivir -en esta isla móvil que llamamos mundo- consiste en esto: aprender a convertir cada minuto en una tabla firme, cada pérdida en una estrella, cada año cumplido en una forma más lúcida de decir: sigo aquí. Y mientras haya escritura, habrá señales. Mientras haya señales, habrá esperanza.


3 comentarios:
Me super encanta que bonito
😊😘
Muchas gracias, anónimo. Me alegro.
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