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02 marzo 2025

El regreso del náufrago

Las mareas del tiempo me llevaron lejos de estas costas. Durante años, el náufrago dejó de escribir en la arena, atrapado en las exigencias de la vida. Pero el mar siempre devuelve lo que es suyo. Y aquí estoy de nuevo, con la tinta salada de los recuerdos y las ganas de contar nuevas historias. La última isla fue mi querida perrita Siri. Antes de que existiera la Siri de la manzana, ella ya era. 

Han pasado más de catorce años desde la última vez que escribí en este rincón, mi bitácora de reflexiones, mi isla de palabras. No fue una despedida planeada, sino un lento alejamiento, como quien se adentra en el oleaje sin darse cuenta de que la corriente lo arrastra mar adentro. La vida, con su inquietud incansable, me llevó a otros puertos: el trabajo, las responsabilidades, los proyectos que consumen el tiempo y las fuerzas. Sin embargo, en cada ocaso, el murmullo del blog me llamaba de nuevo, como el susurro de un viejo amigo que nunca se olvida.

Hoy regreso, no como quien retoma algo inacabado, sino como quien redescubre un tesoro enterrado en la arena. Este espacio sigue aquí, esperándome, con sus viejas entradas como conchas dispersas en la orilla, testigos de pensamientos que alguna vez fueron nuevos y ahora son ecos de otra versión de mí mismo. Burla, burlando, han pasado casi 15 años. ¿Qué fue de mis amigos a los que leía y me leían? Al leer ciertas entradas, sonrío. Algunas me sorprenden, otras me confrontan, pero todas me recuerdan que escribir era, y sigue siendo, una forma de existir.

Regresar no es solo volver a escribir, vivir no es sólo, como dijera el poeta (Azorín), ver volver; es también darle un nuevo rumbo a este viaje. Quizás ya no sea el mismo náufrago de antes; quizás las tempestades de la vida me han vuelto más sabio, o al menos, más consciente de la importancia de detenerse a observar el horizonte y compartir lo que se ve.

No sé quiénes seguirán por aquí donde encontré amigos entrañables, lectores y escritores de vocación quienes encontrarán estas palabras al abrir una vieja botella lanzada al mar del ciberespacio. Pero si has llegado hasta aquí, si sigues explorando estas costas, te doy la bienvenida.

A partir de hoy, Andanzas de un Náufrago vuelve a zarpar. Y esta vez, prometo no perderme del todo en la marea.

24 agosto 2011

Siri (se fue)

África a quien llamamos cariñosamente Siri

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros

cantando;

y se quedará mi huerto, con su verde árbol,

y con su pozo blanco.


Todas la tardes, el cielo será azul y plácido;

y tocarán, como esta tarde están tocando,

las campanas del campanario.


Se morirán aquellos que me amaron;

y el pueblo se hará nuevo cada año;

y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,

mi espíritu errará, nostálgico…

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol

verde, sin pozo blanco,

sin cielo azul y plácido…

Y se quedarán los pájaros cantando.


Juan Ramón Jiménez

Esta mañana se fue mi pequeña, mi compañera de aventuras en este blog tanto tiempo desarbolado por motivos de trabajo. Última foto de mi perrita, momentos antes de morir, dulce y fiel como siempre, aunque aquí está triste por la enfermedad que se la ha llevado.

Siempre estarás con nosotros. Siempre estaremos contigo, Siri, guapa. Gracias.


Dos

Tres




Otra de sus últimas fotos, con su lengua fuera.

30 septiembre 2010

El vuelo del águila III

Amanecí subido a la rama más alta de un árbol frondoso. Me sentía lúcido y ninguna molestia me recordaba que había permanecido cinco horas suspendido a gran altura de uno de los árboles más hospitalario que recuerdo. Por sorprendente que pudiera parecer, después de estar toda la noche expuesto a los embates de la ventisca me sentía viento en constante trasiego por el valle.

Lo que ocurrió la noche anterior es difícil de explicar. Recuerdo que al poco de quedar suspendido en lo alto entré en uno de esos bucles de ensueño al que me veía precipitado con frecuencia. Luego me sumergí en algo parecido a un sueño profundo donde advertí unas extrañas sensaciones rayanas con la pérdida de consciencia. A continuación experimenté una vívida sensación de sentirme árbol; sí, un árbol milenario que albergara una gran muchedumbre de pájaros con su algarabía estridente y monótona. Después surqué un río desde el centro de un gran banco de peces que arremolinaban a su paso las piedrecitas del cauce conforme fluían a velocidad de vértigo.

En un momento de mi viaje descubrí al individuo de la carta apostado detrás de una sonrisa calculadora que me miraba desde la puerta de acceso al valle. “En esta angostura están encerradas todas las explicaciones que precisas para recorrer el valle grande de la vida toda”, dijo mientras miraba al infinito. Y después: El menor susurro encierra una enseñanza para un corazón vigilante. El roce del viento en una brizna de hierba es toda una tesis doctoral. Y ni el silencio está ocioso: no hay tregua para el aprendizaje. El tiempo no es una sucesión de atardeceres, sino una trilla, el atanor donde se cuece tu futuro oculto en el presente como el árbol en la semilla”. Y al ver ansiedad en mi rostro, añadió: “no te quejes; nadie sale vivo del inmenso valle de la muerte”. Y dio media vuelta y desapareció entre brumas.

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27 agosto 2010

El vuelo del águila II


Para cuando me hube desembarazado del encuentro con el vigilante ya no quedaban en el cielo sino unos minúsculos resplandores, evanescencias de lo que apenas hacía unos minutos fue día esplendoroso y ahora, noche cerrada.

Avancé unos pasos por el sendero abierto entre unos árboles cuando hasta mi llegó un repetitivo ruido sordo que se agrandaba desde la lejanía. Era una especie de tam tam, como un mantra líquido que me mantuvo alerta. De pronto, un objeto, que podía ser un animal, cruzó frente a mi, de izquierda a derecha hasta fundirse con la negrura. Valle de la muerte, no sé; de los sustos, seguro.

Poco a poco mis palpitaciones se fueron normalizando y tras evaluar la situación pensé que no era conveniente volver sobre mis pasos, si bien debía estar alerta porque desconocía la clase de broma, juego o desafío con la que había de enfrentarme.

De pronto llegó hasta mi en oleadas sucesivas un viento apacible que me hizo aminorar el paso de forma instintiva hasta detenerme por completo. Ese leve susurro desató en mi cabeza una cadena de pensamientos y algún temor. Fue como una premonición porque inmediatamente escuché a mi izquierda como el fragor del combate de dos felinos. Me desplacé sigiloso buscando el origen de la refriega, como abducido por aquel ruido extraño. El clamor era cada vez más intenso pero no acertaba a ver nada. Al fin, dos resplandecientes pupilas azabache atraparon mis ojos. Un instante después, lo que supuse felino, emitió un extraño gruñido y saltó por sobre mi cabeza para desaparecer en la negrura. En su huída había arañado mi cara. Un hilo líquido resbaló de la frente abajo y aunque no podía verlo supuse bien que se trataba de sangre, como más tarde comprobé.

Lo cierto es que tuve que hacerme a la idea de que me hallaba solo en una tierra inhóspita, llena de peligros y en una oscuridad total. Hasta tanto no llegaran las primeras luces no podría tomar decisiones y explorar el terreno. De manera que me dediqué a buscar un árbol grande y frondoso donde pasar la noche al abrigo de sus ramas y fuera del alcance de fieras y otros posibles peligros que merodeaban la noche. En mis correrías siempre llevaba junto con mi mochila un arnés para colgarme de un árbol con la suficiente envergadura como para soportar mi peso. El arnés era tipo hamaca con sujeción de la cabeza y me permitía estirar y apoyar las piernas en una rama para evitar los problemas de bloqueos motivados por la falta de riego sanguíneo.

Después de caminar a tientas unos pocos metros, vi que frente a mi, se alzaba una negrura más consistente y espesa por lo que supuse que había encontrado lo que buscaba. El tronco principal del árbol medía más de un metro de diámetro. Había dos opciones: lanzar la cuerda hasta liarla a una rama o esperar que el tronco tuviera las suficientes rugosidades o ramas secas como para trepar por él. De acuerdo a las condiciones de visibilidad, la segunda opción era la más segura, de manera que intenté la escalada y me sorprendí de lo rápida y fácil que fue. Cuando estuve a unos veinte metros del suelo encontré varias ramas fuertes como para soportar mi peso. Anudé la cuerda en una de ellas, la más alta de manera que el arnés me permitiera apoyar las piernas en otra rama que quedara a la altura. No estaba mal. Los ruidos quedaban amortiguados mientras las estrellas titilaban allá en la lejanía.

Yo me duermo de pie; si estoy bien acomodado, para qué hablar. Recuerdo que en la mili estaba un día de guardia y hacía la ronda de una garita a la otra. Me quedé dormido y me desperté cuando tenía la cabeza a escasos centímetros del suelo. No es guasa. Pero en el Valle de la Muerte no me dormí. Apoyé la cabeza y estiré las piernas y todavía hoy le busco explicación a lo que allí ocurrió.


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03 agosto 2010

El vuelo del águila I

Empujé el viejo portalón de madera y un chasquido trastornó por un instante la placidez del valle. Una lechuza que dormitaba en la penumbra alzó, torpe, el vuelo hacia otros escondrijos más apacibles. Anochecía y los sonidos se dejaban caer lejanos, cansinos, sin fuerza.

Tras recibir una enigmática misiva encaminé mis pasos hacia aquel extraño lugar que unos conocían por el pomposo nombre de el valle de la muerte y los más divertidos y graciosillos, por el valle de los locos de atar. Desde siempre el ser humano ha tenido la tentación de poner nombres sonoros a las cosas; a ese afán achaqué lo del valle de la muerte y no le di más importancia. Mal hecho porque de haber reflexionado un poco me habría ahorrado muchos sustos y algún que otro corte de digestión, amén de una pierna rota. Pero también todo haz tiene su envés, por lo que luego se verá.

No es que yo sea una persona miedosa pero el ambiente se iba cargando por momentos y cada nuevo sonido venía a unirse al coro de sensaciones que hacían que me empezara a poner nervioso a pesar de repetirme aquellas palabras sedosas que según los entendidos disipan la ansiedad. Para poca salud, ninguna, así que de pronto caí en la cuenta de que también las ya menguadas luces de la amplia vega huían como llevadas por los pelos y terminaban de anegar el valle y convertirlo en un lago de tinieblas.

La misiva decía: si quieres comprender el sentido de la vida, ven esta noche al valle de la muerte. Pero debes acudir solo y harás el trayecto a pie desde el pueblo. Reconozco que no soy bueno para las adivinanzas pero como es sabido que la curiosidad mata al hombre, me dejé llevar con la mínima resistencia por mi parte.

Anduve como unos cincuenta metros al interior del valle aunque mi inclinación natural o alguna antena desconocida para mi me urgía a hacerlo en sentido contrario. Y entonces le vi. Era un ser de apariencia humana que debía medir cerca de un metro noventa. Me sobrecogió, para qué negarlo. Dicho en versión trapisonda: me acojoné. Busqué mi pulso que en segundos pareció regresar a la normalidad. Aquello, lo que quiera que fuera, impresionaba más en la penumbra y parecía enorme y de perfiles amenazantes. Al poco rato me di cuenta de que se trataba de una vieja estatua surgida de la misma roca y que vigilaba el valle desde la posición dominante que ocupaba, pero el susto ya nadie me lo iba a quitar, qué quieres que te diga. Mis células tendrían trabajo extra esa noche. Un día es un día.

Debe ser una primera impresión para habituarme, pensé intentando sujetar el galope en el pecho. La alternativa era salir corriendo y no parar jamás. Si quieres comprender el sentido de la vida… recordaba del papel de los co__. Estuve a un tris de soltar un palabro de esos de garrafón, pero me contuve. Cuando saltan las alarmas, todo se altera y cada vez eres menos dueño de tus movimientos. Perdí los controles, es la verdad.


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02 agosto 2010

Mecano


Las cosas vienen así, pensó. Y luego se dio al juego de fantasear con la idea de un potente programa de ordenador que controlara cada mínimo proceso. De pronto, una ráfaga de pesimismo oscureció su mente: por muy potente que sea una máquina no está exenta de cometer fallos, reflexionó todavía.

A estas alturas ya se había dejado arrebatar enteramente por la ficción. Pongamos por caso, pensó, que todo el sistema de entrada y salida, el input y output, o conjunto de, llamémosles nutrientes y residuos los dejáramos en manos de un robusto ordenador central con capacidad de decidir, seleccionar y racionalizar. ¿Podría darse el caso de que la máquina tuviera un desvanecimiento o un bloqueo? ¿Y si en ese momento el computador realiza un flashback, un corta y pega, una inmersión del pasado en el presente? Las preguntas bullían a borbotones de alguna parte.

Las cosas vienen así, se oyó que repetía. ¿Una simple variación en la corriente que circula por las arterias de la maquinaria podría ser letal? ¿Y si se obstruyera una vía de comunicación entre ubicaciones relativamente distantes? ¿Se cansará y sucumbirá al tedio de navegar días y meses a través de los mismos reiterados senderos, condenado a no poder detenerse jamás a contemplar el paisaje que vigila su ruta?

¡Qué complicada es esta máquina llamada ser humano!


31 julio 2010

Tras el solsticio de verano

Una tarde cualquiera de verano, una vez concluido el trasiego de fin de curso, Elisa empezó a empaquetar sus libros en cajas de cartón.

A pesar de tratarse de un acontecimiento previsible dejó en mi ánimo un sedimento de zozobra: el riesgo de que extraviara en el traslado alguno de mis más apreciados libros y desarbolara así mi propia memoria, perdidos sus anclajes, amén de malograr mi carrera como escritor maduro que ya se demoraba más de lo razonable. Cuando uno es joven necesita ver los anaqueles de su incipiente biblioteca ocupados por cientos, miles de libros, la mayoría de los cuales no hojeará nunca, pero vivirá bajo el evocador efluvio de olores y colores. Llegado a una cierta edad sólo será necesario releer cada día unas cuantas páginas de apenas unas docenas de títulos en las cuales, el lector impenitente, irá a ungirse cada tarde el bálsamo de fierabrás para restañar las heridas de la nostalgia; o a beber el hidromiel que embelesa el espíritu; o insuflará las ascuas para atizar los rescoldos de la memoria.

Contrariamente a lo previsto Elisa empezó a apilar, no los libros que yo le había ido comprando con la intención de poner los cimientos de su futura biblioteca, sino mis propios raídos y subrayados ejemplares que versaban la mayoría de ellos sobre el arte de escribir, ya fuera a través de la sabia orientación de los lingüistas o mediante las cartas escritas por los maestros del estilo que tanto me habían auxiliado en mi grato peregrinaje por los senderos del laberinto de las letras, siempre al acecho del desasosegante dragón de la página en blanco o, lo que es peor, de la mente en negro.

Elisa continuó con su ejercicio de escarda, poda y desbroce y en un pispás había colmado en una primera criba unas seis cajas de los volúmenes que encontraba mientras yo fingía hacerme el despistado. La verdad es que me descuidé porque un par de semanas atrás había recibido de su parte una reprimenda furibunda tras encontrar sobre mi mesilla de noche uno de los ejemplares de su colección. Lo cierto es que los primeros libros que desaparecieron de mi estantería fueron las obras completas de dos maestros insustituibles: Shakespeare y Borges. Así también me traslado yo. ¿Qué haría a partir de ahora sin la posibilidad de sumergirme en esos dos océanos de sabiduría y belleza?

No dije nada porque todas las actas de la historia de la belleza fueron concebidas precisamente para tal fin, pero a veces la jubilación antes de hora suele ser un reto para determinadas personas…

Y dicho y hecho el cambio precipitó el desenlace tanto tiempo aplazado y decidí en ese mismo momento iniciar la escritura de una novela corta que a falta de un título definitivo designaría con el nombre de ella unido a la estación del año. Toda aquella sucesión de anécdotas y sucesos rituales catapultaron mi memoria a tiempos atrás cuando Elisa y yo formulamos un pacto para cuando uno de los dos cruzara al otro lado. Y entonces caí en la cuenta de que era más interesante que Chakespeare y Borges quedaran en su poder.

Era obvio que ya estábamos en distinto lado.

PUIG CAMPANA VI: La montaña que no perdona

Dicen que hay montañas que se suben y otras que, en realidad, son ellas las que deciden si te dejan entrar. Durante mucho tiempo pensé que n...