08 junio 2008

Diario de un náufrago III

El viento amainó y una cinta de luz que desbarataba la penumbra irrumpió oblicua por una hendidura de la cueva. Y allí estaba asomado, a tan sólo unos cinco metros, un extraño y peludo ser que me observaba sin parpadear temeroso de mi reacción.

Tuve que enfocar varias veces para hacerme una idea de lo que tenía delante. Su estatura era como de un metro cincuenta aproximadamente y tenía una apariencia entre simiesca y humanoide, si bien distaba mucho de poder confundirse con cualquier animal o humano que hubiera visto antes, ya sea directamente o a través de los cuadernos de campo de los naturalistas a los que era aficionado.

Ante la duda de quién inspiraba más temor al otro retrocedió desde sus profundos ojos de un brillo azabache, que reflejaban como una punzada eléctrica de luminosidad. Nos mantuvimos inmóviles y al acecho por un breve lapso de tiempo mientras cada uno parecía evaluar a su modo la situación.

Noche, como así le bauticé luego, intentó retroceder bruscamente y dio un traspiés, emitió unos sonidos guturales y topó con sus huesos contra la roca. Me acerqué para observarle mejor; aquel extraño bicho irradiaba malas vibraciones. ¿Estaría condenado a malvivir con semejante compañía en una tierra extraña?

Las gotas caían ahora despaciosamente y orquestaban una percusión diáfana y relajante a intervalos regulares hasta que terminó por perderse furtivamente como el final de la tormenta di mare de Vivaldi.

Noche salió corriendo despavorido; parecía alertado por la presencia de algo que yo no alcanzaba a ver desde donde estaba. En unos segundos le perdí de vista y no le volví a ver más ni ese día ni en los siguientes. Quedé envuelto en un silencio sólo roto por un rumor lejano como de un gracioso cacareo que salía del bosque. Agucé el oído y pude escuchar una queja como un ladrido afónico. ¡Era ella! ¿Cómo pudo salvarse del desastre? Estaba allí, empapada como sopa, a escasos metros del acantilado con unas cuantas magulladuras y jugando con el rabo. Al igual que yo debió salir empujada por la violencia de las olas y aparecer como un ovillo junto a la playa.



¡Siri! La llamé y reconoció mi voz. Hizo un quiebro de alegría y me encaró. Vino hacia mi presurosa como tantas veces había hecho en nuestra casa donde Siri era la pequeña de la familia, y tras los arrumacos de costumbre salimos ambos en persecución de noche. Nos adentramos unos metros en el bosque. El cielo se iba enjuagando poco a poco cuando de pronto apareció un ave del tamaño y apariencia de una gallina, desmañada de movimientos e incapaz de volar como ella. Siri salió disparada pero el ave jugaba con ventaja y consiguió zafarse de los colmillos afilados y los zarpazos torpes de la inexperta Siri. Mi perra no había aprendido a convivir con otros animales ni con otras personas, pero se convirtió en la niña de mis ojos desde que llegara a casa un invierno con un par de días de vida y aterida de frío. Primero intenté que durmiera en la alfombra junto a la cama, pero como lloraba porque la habían dejado sin su madre tan temprano la tomé conmigo y ya nunca más quiso dormir si no era pegada a mi. Se dormía metida en el bolsillo de mi pijama, acurrucada al calor de mi nuca mientras yo estaba entretenido en la lectura, o arremetía a empellones con mi bíceps imaginando que su madre la amamantaba.

Perseguíamos, pues, a un ave que yo había visto decenas de veces en los dibujos de campo y que aparecía bajo el nombre de cagu, kagu o cagou, pero nunca había podido escuchar su curioso cacareo. También acerté a ver, durante los días posteriores, un zorro volador que recordaba en los cuadernos de campo con el nombre de roussette, una especie de murciélago enorme que se alimentaba de vegetales ¿Para qué le sirve un cagu o un zorro volador a un náufrago como yo que acabada de aterrizar en una isla solitaria, llena de sorpresas y donde todavía ignoraba si podría llegar a subsistir por algún tiempo o estaría condenado a perecer en condiciones lamentables?



Cuando el cagu se hartó de aguantar las embestidas de mi perrita ensayó un quiebro y se perdió entre la espesura. Siri le siguió por un momento y cuando conseguí alcanzarla bebía agua de una charca en forma de óvalo que luego comprobé que tendría como un metro de hondura y unos cinco metros de diámetro. Había agua de lluvia suficiente para sobrevivir sin necesidad de acometer ninguna obra de ingeniería. El hallazgo me dejó más tranquilo dentro de la sombra de tristeza que me embargaba por los sucesos acaecidos durante las últimas horas.

Mientras el amanecer me produce alegría, nunca me gustaron los atardeceres que siempre me envuelven en arreboles de nostalgia y aún melancolía como hoy por la zozobra y desdicha a las que me había expuesto mi mala cabeza.

El resto del día lo ocupé en comprobar si había algún otro animal en la isla o acaso algún otro náufrago aventurero como yo. También inspeccioné como pude los lugares más cercanos por si encontraba restos de algún miembro de la tripulación u objetos provenientes del naufragio que me sirvieran para el uso cotidiano hasta que un barco salvador acertara a pasar cerca de las costas y me rescatara. ¿Cómo iba a subsistir en aquel mundo inhóspito al que me había empujado el destino? Eso era lo que me preocupaba ahora.


9 comentarios:

Anónimo dijo...

La historia avanca y la isla se puebla de pesonajes. Le sigo a usted con interés. Ha tocado usted un tema lleno de claves y que remite a lo mítico. Enhorabuena

Besos

Luz

Anónimo dijo...

Prometeo, qué bonica la pequeñica Siri!
Y no se preocupe, se sobrevive o se vive, que viene a ser casi lo mismo. C'est la vie, c'est tout. La cosa es si el destino le empuja a uno o es uno el que empuja al destino. Eso después de haber fijado los límites del destino mismo y del libre albitrio de los hombres... que como todo límite, no está claro. Pero a fin de cuentas, creo que todos somos un poco náufragos en esta gran isla que habitamos. Ulises o Robinson Crusoe, Alicias en paises maravillosos o Matildas o Pippi Calzaslargas... un poco náufragos al fin. Y vivieron ellos en los libros, y viviremos en la vida.
Continúe su narración, es interesante, clara, de lenguaje agradable a la lectura y sugestivo en imágenes. Además, me ancantan las islas. Un fuerte abrazo, Prometeo. Y al resto de la panda!
Sol!
Dama del trapecio*

Prometeo dijo...

La pequeñica siri es un personaje que está entre los más importantes del microcosmos del ante y pos naufragio. Se hará famosa y comeremos perdices... o mejor dicho, frutos del árbol de la ciencia.

Así lo parece: todos somos náufragos en este mundo extraño y maravilloso. ¿Y si este mundo fuera como las capas de una cebolla o las muñecas rusas?

Muchas gracias por sus halagos.

Un abrazo.

mcarmen dijo...

Un placer esta lectura.
Besicos desde mi isla.

Prometeo dijo...

Qué callado te lo tenías mcarmen: resulta que tú también tienes una isla...

Besicos.

mcarmen dijo...

Ya ves... :-)
El que más y el que menos la tiene ¿verdad?
Besicos

Prometeo dijo...

jajaja La isla da para mucho.

Besicos.

Anónimo dijo...

//...//Se dormía metida en el bolsillo mi pijama//...//

Yo es que creo que no vengo más por aquí porque ahora me quedaré toda la tarde como embrujada bajo la magia de semejante lectura, eres un encanto Prometeo no sé si lo sabes.

Besicos

Prometeo dijo...

Muchas gracias, anónima, puede usted quedarse todo el tiempo que desee.

Besicos