/* }

30 junio 2008

Lenguas de fuego


Si amanece lluviosa la mañana
y el sol se esconde tras de aquella nube,
el poeta dirá que es un día triste,
el sabio añadirá: como la vida misma,
el científico: he aquí una variable inesperada.

Si llueve más y la tierra se abre
y Prometeo emerge de la roca
el poeta dirá: fuego apocalíptico,
el filósofo, no es la primera vez,
y el científico, era algo previsible.

Lo cierto es que
el tiempo es una caña rota,
la vida un corto paseo,
y estar contigo, un suspiro.

Y lo cierto es que
mientras llueve o no llueve
yo amanezco cual venus cada día
y florezco esplendente en cada flor.

No queda tiempo. No.

29 junio 2008

Amanecer


Cuando era niño me gustaban los amaneceres. Pensaba entonces que siempre serían felices, pero el despuntar del día segundo de noviembre se presentó aciago y me dejó la marca imborrable que produce el sabor amargo de la decepción, como el poso que el vino deposita en el fondo de la botella.

El viejo tren serpenteaba a lo lejos y yo lo veía acercarse plomizo desde la estación donde esperaba a Rocío. En unos minutos estaríamos frente a frente, escudriñándonos con fruición las mejillas y evaluando con indisimulado pesar los estragos que ocasiona el tiempo, ese actor principal que se contonea entre surcos y se recrea en los ojos marcados a fuego con un mueca de congoja. ¿Cuándo fue la última vez que nos miramos?

Mientras Rocío llegaba recordé otra mañana de otoño. Ella lucía un rostro insolentemente juvenil y escarchado y la sonrisa afloraba fácil en cada gesto como la uva pisada que regala con fruición su néctar. Llegó hasta mí y la tomé de la mano, cálido roce en un mar de frialdades, conspiraciones y amenazas. Aquel día nos prometimos amor eterno. Eran otros tiempos.

Ya está aquí. Mientras desciende del tren busca mis ojos. Hoy su andar es más lento y su rostro no rezuma sonrisas. Sin embargo su fuerte personalidad se refleja en cada gesto incluso los más simples e involuntarios. Cansada; está cansada. Me besa y sonríe como quien entrega un regalo: "hola Juan. ¡Cómo pasa el tiempo! Tú estás igual pero yo… El tiempo es un verdugo impasible", comenta por lo bajo mientras nos dirigimos a la cafetería.

"Me gustaría vivir otra vez contigo", me confiesa al primer sorbo de café, ese sabor que odio… Guardo silencio. El bullicio de la estación y los ecos traviesos del corretear de unos niños por las escalinatas, rebotan en las paredes del andén. Me gustaría vivir otra vez contigo, Juan, escuché dentro de mi cabeza, con una resonancia sorda.

"A mi también me gustaría", me oí decir sin convicción mientras caminábamos hacia el convento cómplice de nuestros primeros encuentros de juventud.

Rocío quedó extasiada de admirar el claustro del monasterio cuando lo visitamos por primera vez. Mirada plácida, andar resuelto. El mundo entero estaba comprimido en ese espacio y todo le sonreía. En el aire el eco monótono y relajante de unos monjes que entonaban sus gregorianos rezos como incienso reparador. Efluvios de un ayer que golpean la cara de Rocío abrumada hoy por los estragos del devenir del tiempo.

Poco a poco la estación quedó atrás como migran las golondrinas en otoño. Rocío volvió a sonreír y yo recuperé el entusiasmo de otros tiempos. Me reconcilié con algunas ilusiones perdidas y descubrí que estaba cómodo en mi pueblo que era ahora mi hogar. Anduvimos a través de sus laberínticas callejas hasta caer rendidos.

"Juan", musitó Rocío al desvanecerse la tarde, "me gustaría vivir contigo". Tragó saliva y prosiguió, "pero me consume la nostalgia. Ya no somos los mismos de ayer".

Así era, ya no teníamos nada en común, salvo un ramillete de recuerdos. El cañamazo de pequeños detalles con el que tejimos nuestro amor yacía inservible en algún rincón.

"Me vuelvo a Madrid. Te escribiré. Cuídate, Juan".

El tren desapareció entre arreboles y con él se fue mi dicha que me dejó un sedimento de melancolía.

Desperté y eché de menos a Rocío. La felicidad dura lo que un vaso de vino que se bebe en compañía, sorbo a sorbo hasta el fin, pensé mientras me dirigía al cementerio.

27 junio 2008

Redundancias

Gentileza web de Sebúlcor

Siempre había soñado con grandes mansiones. Casas inmensas, abandonadas a las afueras de algún pueblo olvidado, perdido y solitario. Casas medio derruidas, tristes y entristecedoras.

Eran siempre las mismas imágenes, el mismo deambular de una habitación a otra, de un piso a otro sin encontrar jamás su centro o la salida, para despertarme después con una sensación amarga y misteriosa.

Y ahora me encontraba allí, frente a una vieja casona que parecía surgida de la peor de mis pesadillas. El silencio reinante era roto por la percusión monótona de unos golpes lejanos producidos por algún campesino en su labor cotidiana allá abajo. Desde la colina que servía de asiento a la casa, se divisaba una llanura que moría en su abrazo con el cielo.

Franqueé el umbral de la puerta principal de doble hoja y una vez hube atravesado un ancho pasillo, accedí al patio interior. Troncos de palmeras abiertos por la mitad eran utilizados como bancos para sentarse, bajo unos árboles de hojas muy anchas que lo circundaban. En el centro, una gran mesa ovalada.

Desde el patio pude ver grandes ventanales en la fachada interior que semejaban ojos curiosos, abiertos unos y movidos por el viento; cerrados otros, embotados por la herrumbre del tiempo.

A través del orificio producido por un impacto en el cristal de una de las ventanas acerté a ver cruzar una fugaz sombra como el contorno de una silueta humana. Con paso decidido e inquietud creciente me encaminé hacia la escalera interior que me condujo a la primera planta.

Recorrí una a una las estancias y encontré todo desordenado, sucio y en completo abandono; no hallé ningún indicio de vida en aquél lugar. El crujir de la madera en el piso de arriba hizo que volviera sobre mis pasos para dirigirme raudo a la planta segunda de la casa.

Sigiloso me deslicé de una habitación a otra, atento al menor ruido. De pronto me sobresalté al oír a mi espalda un fuerte golpe como el de un cuerpo al caer. Volví la cabeza bruscamente y lo que allí me encontré me llenó de asombro. Al fondo, junto a la escalera y en su intento alocado por alcanzarla, yacía un hombre tendido boca arriba. Me acerqué a él justo en el momento en que pugnaba por incorporarse.

Tenía frente a mi a un hombre desaliñado de aspecto sombrío. Sus ojos, pequeños y apagados, conferían a su rostro un hálito de tristeza que me recordó a un pobre vagabundo que conocí años atrás.

Quedamos ambos perplejos y confusos. El pordiosero extrajo algo de un bolsillo y me lo acercó. Era un medallón que tenía dibujada en su centro una figura angélica alrededor de la cual aparecían grabadas las siguientes palabras: Omne ignotum pro magnífico est*. Sin mediar palabra y mostrando una destreza inusitada se incorporó y desapareció escaleras abajo. ¿Estaría encerrada en esa frase de Tácito la solución al enigma de mis sueños?

* Toda cosa desconocida se ve espléndida.


26 junio 2008

Adhesión al Manifiesto por la lengua común


Desde hace algunos años hay crecientes razones para preocuparse en nuestro país por la situación institucional de la lengua castellana, la única lengua oficial y común de todos los ciudadanos españoles. Desde luego, no se trata de una desazón meramente cultural –nuestro idioma goza de una pujanza envidiable y creciente en el mundo entero, sólo superada por el chino y el inglés- sino de una inquietud estrictamente política: se refiere a su papel como lengua principal de comunicación democrática en España, así como de los derechos educativos y cívicos de quienes la tienen como lengua materna o la eligen con todo derecho como vehículo preferente de expresión, comprensión y comunicación.

Como punto de partida, establezcamos una serie de premisas:

1) Todas las lenguas oficiales en el Estado son igualmente españolas y merecedoras de protección institucional como patrimonio compartido, pero sólo una de ellas es común a todos, oficial en todo el territorio nacional y por tanto sólo una de ellas –el castellano- goza del deber constitucional de ser conocida y de la presunción consecuente de que todos la conocen. Es decir, hay una asimetría entre las lenguas españolas oficiales, lo cual no implica injusticia de ningún tipo porque en España hay diversas realidades culturales pero sólo una de ellas es universalmente oficial en nuestro Estado democrático. Y contar con una lengua política común es una enorme riqueza para la democracia, aún más si se trata de una lengua de tanto arraigo histórico en todo el país y de tanta vigencia en el mundo entero como el castellano.

2) Son los ciudadanos quienes tienen derechos lingüísticos, no los territorios ni mucho menos las lenguas mismas. O sea: los ciudadanos que hablan cualquiera de las lenguas co-oficiales tienen derecho a recibir educación y ser atendidos por la administración en ella, pero las lenguas no tienen el derecho de conseguir coactivamente hablantes ni a imponerse como prioritarias en educación, información, rotulación, instituciones, etc… en detrimento del castellano (y mucho menos se puede llamar a semejante atropello “normalización lingüística”).

3) En las comunidades bilingües es un deseo encomiable aspirar a que todos los ciudadanos lleguen a conocer bien la lengua co-oficial, junto a la obligación de conocer la común del país (que también es la común dentro de esa comunidad, no lo olvidemos). Pero tal aspiración puede ser solamente estimulada, no impuesta. Es lógico suponer que siempre habrá muchos ciudadanos que prefieran desarrollar su vida cotidiana y profesional en castellano, conociendo sólo de la lengua autonómica lo suficiente para convivir cortésmente con los demás y disfrutar en lo posible de las manifestaciones culturales en ella. Que ciertas autoridades autonómicas anhelen como ideal lograr un máximo techo competencial bilingüe no justifica decretar la lengua autonómica como vehículo exclusivo ni primordial de educación o de relaciones con la administración pública. Conviene recordar que este tipo de imposiciones abusivas daña especialmente las posibilidades laborales o sociales de los más desfavorecidos, recortando sus alternativas y su movilidad.

4) Ciertamente, el artículo tercero, apartado 3, de la Constitución establece que “las distintas modalidades lingüísticas de España son un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección”. Nada cabe objetar a esta disposición tan generosa como justa, proclamada para acabar con las prohibiciones y restricciones que padecían esas lenguas. Cumplido sobradamente hoy tal objetivo, sería un fraude constitucional y una auténtica felonía utilizar tal artículo para justificar la discriminación, marginación o minusvaloración de los ciudadanos monolingües en castellano en alguna de las formas antes indicadas.

Por consiguiente los abajo firmantes solicitamos del Parlamento español una normativa legal del rango adecuado (que en su caso puede exigir una modificación constitucional y de algunos estatutos autonómicos) para fijar inequívocamente los siguientes puntos:

1) La lengua castellana es común y oficial a todo el territorio nacional, siendo la única cuya comprensión puede serle supuesta a cualquier efecto a todos los ciudadanos españoles.

2) Todos los ciudadanos que lo deseen tienen derecho a ser educados en lengua castellana, sea cual fuere su lengua materna. Las lenguas cooficiales autonómicas deben figurar en los planes de estudio de sus respectivas comunidades en diversos grados de oferta, pero nunca como lengua vehicular exclusiva. En cualquier caso, siempre debe quedar garantizado a todos los alumnos el conocimiento final de la lengua común.

3) En las autonomías bilingües, cualquier ciudadano español tiene derecho a ser atendido institucionalmente en las dos lenguas oficiales. Lo cual implica que en los centros oficiales habrá siempre personal capacitado para ello, no que todo funcionario deba tener tal capacitación. En locales y negocios públicos no oficiales, la relación con la clientela en una o ambas lenguas será discrecional.

4) La rotulación de los edificios oficiales y de las vías públicas, las comunicaciones administrativas, la información a la ciudadanía, etc…en dichas comunidades (o en sus zonas calificadas de bilingües) es recomendable que sean bilingües pero en todo caso nunca podrán expresarse únicamente en la lengua autonómica.

5) Los representantes políticos, tanto de la administración central como de las autonómicas, utilizarán habitualmente en sus funciones Institucionales de alcance estatal la lengua castellana lo mismo dentro de España que en el extranjero, salvo en determinadas ocasiones características. En los parlamentos autonómicos bilingües podrán emplear indistintamente, como es natural, cualquiera de las dos lenguas oficiales.

Firmado por Mario Vargas Llosa, José Antonio Marina, Aurelio Arteta, Félix de Azúa, Albert Boadella, Carlos Castilla del Pino, Luis Alberto de Cuenca, Arcadi Espada, Alberto González Troyano, Antonio Lastra, Carmen Iglesias, Carlos Martínez Gorriarán, José Luis Pardo, Alvaro Pombo, Ramón Rodríguez, José Mª Ruiz Soroa, Fernando Savater y Francisco Sosa Wagner.

A este manifiesto se han adheridos muchas otras personalidades y organizaciones. También se adhiere el blog Andanzas de un Náufrago.

25 junio 2008

Pinceladas


Escribir es una travesía en alta mar con un bote diminuto, un vuelo solitario a través del espacio. Herman Hesse

Cuando yo tenía 15 años jugaba con mis compañeros de clase a un juego muy peculiar. Cerrábamos los ojos e intentábamos pintar en el blanco lienzo que aparecía en nuestra mente, el objeto que habíamos mirado con atención un momento antes.

Contornos indefinidos surgían poco a poco y con desigual intensidad; matices y destellos. Y a veces conseguíamos retener el conjunto en una aparición espléndida.

Miro, intento captar la totalidad de algo, cierro los ojos y dibujo. Seguramente esta es una manera de definir la creación literaria.

Con el tiempo y la práctica asidua los objetos que imaginábamos se fueron haciendo más nítidos y la comparación con el original reflejaba cada vez más aciertos. Pero también, junto con las figuras simples como la del lápiz, el árbol y la montaña, otras imágenes brotaban de nuestra cabeza y se interponían entre la joven pizarra de nuestra mente.

Una mañana de abril alguien propuso introducir una variante en el juego: cerraríamos los ojos sin antes habernos fijado en ningún objeto. Los pensamientos se movieron a su antojo y nos presentaban, en breves trazos, figuras coloreadas con el impetuoso tinte de la adolescencia. Por aquél entonces estudiábamos a Aristóteles (entre otras cosas) que decía aquello de que nada hay en la mente que no haya pasado antes por los sentidos; de manera que en esta nueva modalidad de juego lo que hacíamos era imaginar objetos almacenados en nuestra memoria más o menos lejana. Cerca de donde escribo se halla la cuna de Azorín quien escribió: vivir es ver pasar. Vivir es ver volver (las nubes). Es posible también que esta sea otra forma de entender el arte de escribir.

¿Por qué escribo hoy yo que no soy un escritor reputado ni tengo visos de serlo y que además camino tras la libertad ilimitada de ser un desconocido?

Sólo sé que me ubico preferentemente en el camino con corazón y desde ahí intento articular palabras que desde el momento en que las utilizo son mías y forman parte de mi universo vital. El corazón es la paloma que aletea sobre las aguas; el viento que esparce la semilla; el espíritu de la simbología cristiana; el aire puro sin el cual moriremos; Orión espléndida en las noches invierno; la polar, vigía del cielo.

No escribo para ser alguien ni para conseguir que algún día, martillo y cincel, un personaje me salga redondo (lo único redondo es la muerte); ni para enseñar ninguna verdad porque la verdad es escurridiza. Y si quisiera estudiar cuerpos, hechos y costumbres me haría científico para disecar órganos, estudiar muecas, hábitos y acciones.

Cuando escribo doy vida a algo que agoniza y palpita a la vez. Lloro, río, descubro, amaso mi mundo con una pasta que no está hecha sólo de la rumia sobre lo que pasó sino que viene sazonada con los fastos del presente y los efluvios del futuro.

Escribo para pagar la factura del pasado y poder vivir. Escribo para inventar otro mundo cuajado de esperanza (uno de los mejores frutos del corazón), para salir de una realidad que a veces nos atenaza, en un viaje "fuera del cuerpo" hacia la libertad posible. Escribo porque las etiquetas me dan asco (dreno, por mi parte, la herida en el costado del mundo). Escribo para vomitar las toxinas que se nos meten por la piel y por la carne y por la sangre hasta consubstanciarnos en una vida mediocre e indigna. Escribo para rociar mi espacio vital con el agua bendita del desahogo, en un mundo en el que somos cómplices de la basura que entre todos generamos.

Y escribo bajo la sombra ¡ay! que embargaba a León Felipe al final de sus días: mis versos… balbuceos… lenguaje infantil y primario…

¿Quien soy yo? ¿Águila o sol?; ¿cara o cruz?

23 junio 2008

Sueño de una noche de San Juan


Una mañana de junio voces alegres irrumpen por el lateral derecho de la iglesia de Puebla Marina camino de ocupar sus puestos en los primeros bancos frente al altar mientras yo, desde el coro, observo al gentío como un espectador privilegiado.

Primero aparece el otrora Embajador ante el Vaticano que, con porte serio y mirada circunspecta, pasa junto al altar no sin antes hojear un libro con grandes muestras de interés, tal vez una Biblia o misal. Con paso decidido se sitúa en lugar preferente. Su apariencia es lo más contraria a la de un monje medieval. Lo que me viene a la cabeza al verlo es: a ver qué hace este hombre. Bien es verdad que su aspecto dista mucho de aquel otro al que nos tenía acostumbrados y que, tal vez el hecho de no ser muy alto, usar gafas, mirada escéptica e irónica, confieren a su porte un toque agrio, casi de inquisidor.

Acompañan al ex Embajador amigos y familiares que, entre chanzas y cuchicheos, dibujan sonrisas en su endomingado aspecto y nos acompañan en la fiesta de primera comunión de mi hijo pequeño. Rayos del sol amplificados por el rosetón de la portada caen, oblicuos, sobre el altar.

De pronto aparece el vicario, con sotana pero sin las vestiduras sagradas para la ocasión y, tras la reverencia de rigor frente al monumento, sin mediar plegaria ni cántico algunos, pronuncia mi nombre en voz alta para que haga la primera lectura, y se va.

Sorprendido de tanta prisa me dirijo al altar. Los concurrentes guardan silencio ante la inminencia de la palabra sagrada. No veo Libro alguno sobre el tabernáculo. Busco con ansiedad por entre el cáliz, las vinajeras y la patena. Pregunto en voz alta pero el vicario no está. Mis ojos tropiezan con decenas de ojos que me apuntan.

Observo más detenidamente y veo que el altar, por detrás, está lleno de polvo, destartalado, con objetos viejos, como salidos de un mal sueño. Y por primera vez pienso que el libro lo ha robado el ex Embajador que ahora disfrutará, imagino, doblado por la risa.

Por fin se acerca el cura con ceño enfadado y portando un misal con dos borlas como señales para las lecturas. Abro y leo: Esteban... y el libro se cierra bruscamente. Intento abrirlo otra vez pero no puedo; parece que sus hojas están pegadas. Sudo. Pienso: ¿Decía Esteban o estaban? ¡Qué torpeza para una persona acostumbrada a leer!

El libro desaparece de mis manos e inicio otra vez una persecución frenética tras él. Remuevo todo. Miro debajo del altar. Hay sacos y trastos viejos; miro y remiro. Ya no hay nadie más que me pueda ayudar. El ambiente sagrado se disipa.

Los invitados se remueven nerviosos en sus asientos. Algunos acercan sillas al altar y empiezan a hablar sobre cosas triviales mientras estoy a punto de estallar.

El ex Embajador se dirige a mí con una sonrisa guasona pintada en la cara y con el misal abierto por la famosa lectura de San Pablo a los Corintios capítulo 13, donde dice:

Ya puedo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles, que si no tengo
amor, no paso de ser una campana ruidosa o unos platillos
estridentes.

Ya puedo hablar inspirado, penetrar todo secreto y
todo el saber; ya puedo tener toda la fe hasta mover montañas que si no tengo
amor, no soy nada.
Definitivamente la fiesta ha sido mágica, aunque asfixiante, por causa del ex Embajador.

22 junio 2008

Diario de un náufrago IV



Cuando llegué a la isla determiné que cada mañana nada más despegarse el sol del horizonte, exploraría con atención la costa por si encontraba los restos de otros naufragios o por si veía aparecer el cadáver de algún aventurero derrotado. A menudo tenía la vista pendiente del mar por si emergía de las aguas algún navío aunque esto no me preocupaba tanto pues de momento no entraba en mis planes regresar al mundo que dejé antes de naufragar.

En esas cuitas entretenía mis pensamientos tras la amanecida de mi segunda mañana en la isla. La perrita Siri ensayaba quiebros con las olas y husmeaba aquí y allá, siempre del ronzal de su curiosidad sin freno. Durante la primera noche apenas pude conciliar el sueño vigilante como estaba para poder diferenciar cada ruido, pero entre sobresalto y cabezada encontré algunos instantes para reflexionar sobre el sistema de vida que habría de sobrellevar en aquella isla que iba a ser mi hogar durante no sabía cuánto tiempo. Mi intuición me señalaba que la prioridad era atender a mi sustento y al de mi compañera Siri si pretendía permanecer vivo por una larga temporada.

Tras mi paseo por la playa me adentré en la espesura de la isla y anduve sin descanso cada palmo mientras intentaba evaluar los medios de que dispondría para sobrevivir. Hurgando aquí y allá acerté a encontrar algunas raíces que según mis limitados conocimientos sobre árboles y plantas podrían procurarnos los nutrientes necesarios para sobrevivir en caso de apuro. Tras un minucioso estudio de las posibilidades de subsistencia de la isla llegué a la conclusión de que en esencia tendríamos que alimentarnos de raíces y peces. Nada nuevo bajo el sol. Días después descubriría otros medios que ahora no alcanzaba a columbrar en mi entorno.

Mi imaginación me volvía a jugar malas pasadas porque siempre había albergado la esperanza de encontrar algún manantial o al menos un hilo de agua de riachuelo que halagara a su paso los oídos cansados de los náufragos. Ni venero, ni río caudaloso ni mediano ni chico pude hallar en la isla a la que el infortunio confabulado con mi mala cabeza resolvió desterrarme.

Pero he aquí que en el cuidadoso recorrido por la isla llegué a alegrarme de las largas caminatas que recordaba haber pasado con mi grupo de senderistas durante las cuales también ejecutábamos algunos ejercicios rudimentarios de supervivencia. La ciencia del fuego por, ejemplo, no se me resistía y pude disfrutar desde el primer día de su acción y efecto beneficioso sobre los peces que me sirvieron de alimento y que pude pescar junto a la orilla con la sola ayuda de mis manos desnudas.

También recordaba con nostalgia mis prolongadas lecturas de libros sobre naufragios a los que era muy aficionado en los que se relataban por menudo las andanzas de náufragos y cómo los desesperados amontonaban ramas secas cerca de la costa y las dejaban preparadas para arder en fogata estrepitosa por si aparecía en lontananza algún velero al que llamar la atención de sus tripulantes con el humo de la hoguera.

Después de recorrer toda la isla pude comprobar que no era muy extensa. También me cercioré de la ausencia de vida así como tampoco encontré reliquia alguna siquiera fuese de la visita fugaz de algún grupo extraviado. Estábamos solos en un mundo inhóspito y poco amable.

Tras recorrer palmo a palmo la selva llegamos a la costa a un lugar magnífico al que bauticé andando el tiempo y debido a la espectacularidad de sus vistas como el salto del guerrero. El batir del agua contra el acantilado emitía un ruido tenebroso y lúgubre que llenaba de zozobra mi alma a la par que sobrecogía a Siri que a la sazón reculaba por miedo a despeñarse en el abismo.

Absorto en el paisaje me dejé llenar por la nostalgia de donde me sacó el ladrido afónico de Siri que a escasos metros entre la maleza parecía debatirse en lucha desigual y apurada con algo que la tenía sujeta por el hocico...

Continuará

PUIG CAMPANA VI: La montaña que no perdona

Dicen que hay montañas que se suben y otras que, en realidad, son ellas las que deciden si te dejan entrar. Durante mucho tiempo pensé que n...