30 septiembre 2010

El vuelo del águila III



Amanecí subido a la rama más alta de un árbol frondoso. Me sentía lúcido y ninguna molestia me recordaba que había permanecido cinco horas suspendido a gran altura de uno de los árboles más hospitalario que recuerdo. Por sorprendente que pudiera parecer, después de estar toda la noche expuesto a los embates de la ventisca me sentía viento en constante trasiego por el valle.


Lo que ocurrió la noche anterior es difícil de explicar. Recuerdo que al poco de quedar suspendido en lo alto entré en uno de esos bucles de ensueño al que me veía precipitado con frecuencia. Luego me sumergí en algo parecido a un sueño profundo donde advertí unas extrañas sensaciones rayanas con la pérdida de consciencia. A continuación experimenté una vívida sensación de sentirme árbol; sí, un árbol milenario que albergara una gran muchedumbre de pájaros con su algarabía estridente y monótona. Después surqué un río desde el centro de un gran banco de peces que arremolinaban a su paso las piedrecitas del cauce conforme fluían a velocidad de vértigo.


En un momento de mi viaje descubrí al individuo de la carta apostado detrás de una sonrisa calculadora que me miraba desde la puerta de acceso al valle. “En esta angostura están encerradas todas las explicaciones que precisas para recorrer el valle grande de la vida toda”, dijo mientras miraba al infinito. Y después: “El menor susurro encierra una enseñanza para un corazón vigilante. El roce del viento en una brizna de hierba es toda una tesis doctoral. Y ni el silencio está ocioso: no hay tregua para el aprendizaje. El tiempo no es una sucesión de atardeceres, sino una trilla, el atanor donde se cuece tu futuro oculto en el presente como el árbol en la semilla”. Y al ver ansiedad en mi rostro, añadió: “no te quejes; nadie sale vivo del inmenso valle de la muerte”. Y dio media vuelta y desapareció entre brumas.

27 agosto 2010

El vuelo del águila II



Para cuando me hube desembarazado del encuentro con el vigilante ya no quedaban en el cielo sino unos minúsculos resplandores, evanescencias de lo que apenas hacía unos minutos fue día esplendoroso y ahora, noche cerrada.

Avancé unos pasos por el sendero abierto entre unos árboles cuando hasta mi llegó un repetitivo ruido sordo que se agrandaba desde la lejanía. Era una especie de tam tam, como un mantra líquido que me mantuvo alerta. De pronto, un objeto, que podía ser un animal, cruzó frente a mi, de izquierda a derecha hasta fundirse con la negrura. Valle de la muerte, no sé; de los sustos, seguro.

Poco a poco mis palpitaciones se fueron normalizando y tras evaluar la situación pensé que no era conveniente volver sobre mis pasos, si bien debía estar alerta porque desconocía la clase de broma, juego o desafío con la que había de enfrentarme.

De pronto llegó hasta mi en oleadas sucesivas un viento apacible que me hizo aminorar el paso de forma instintiva hasta detenerme por completo. Ese leve susurro desató en mi cabeza una cadena de pensamientos y algún temor. Fue como una premonición porque inmediatamente escuché a mi izquierda como el fragor del combate de dos felinos. Me desplacé sigiloso buscando el origen de la refriega, como abducido por aquel ruido extraño. El clamor era cada vez más intenso pero no acertaba a ver nada. Al fin, dos resplandecientes pupilas azabache atraparon mis ojos. Un instante después, lo que supuse felino, emitió un extraño gruñido y saltó por sobre mi cabeza para desaparecer en la negrura. En su huída había arañado mi cara. Un hilo líquido resbaló de la frente abajo y aunque no podía verlo supuse bien que se trataba de sangre, como más tarde comprobé.

Lo cierto es que tuve que hacerme a la idea de que me hallaba solo en una tierra inhóspita, llena de peligros y en una oscuridad total. Hasta tanto no llegaran las primeras luces no podría tomar decisiones y explorar el terreno. De manera que me dediqué a buscar un árbol grande y frondoso donde pasar la noche al abrigo de sus ramas y fuera del alcance de fieras y otros posibles peligros que merodeaban la noche. En mis correrías siempre llevaba junto con mi mochila un arnés para colgarme de un árbol con la suficiente envergadura como para soportar mi peso. El arnés era tipo hamaca con sujeción de la cabeza y me permitía estirar y apoyar las piernas en una rama para evitar los problemas de bloqueos motivados por la falta de riego sanguíneo.

Después de caminar a tientas unos pocos metros, vi que frente a mi, se alzaba una negrura más consistente y espesa por lo que supuse que había encontrado lo que buscaba. El tronco principal del árbol medía más de un metro de diámetro. Había dos opciones: lanzar la cuerda hasta liarla a una rama o esperar que el tronco tuviera las suficientes rugosidades o ramas secas como para trepar por él. De acuerdo a las condiciones de visibilidad, la segunda opción era la más segura, de manera que intenté la escalada y me sorprendí de lo rápida y fácil que fue. Cuando estuve a unos veinte metros del suelo encontré varias ramas fuertes como para soportar mi peso. Anudé la cuerda en una de ellas, la más alta de manera que el arnés me permitiera apoyar las piernas en otra rama que quedara a la altura. No estaba mal. Los ruidos quedaban amortiguados mientras las estrellas titilaban allá en la lejanía.

Yo me duermo de pie; si estoy bien acomodado, para qué hablar. Recuerdo que en la mili estaba un día de guardia y hacía la ronda de una garita a la otra. Me quedé dormido y me desperté cuando tenía la cabeza a escasos centímetros del suelo. No es guasa. Pero en el Valle de la Muerte no me dormí. Apoyé la cabeza y estiré las piernas y todavía hoy le busco explicación a lo que allí ocurrió.


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03 agosto 2010

El vuelo del águila I



Empujé el viejo portalón de madera y un chasquido trastornó por un instante la placidez del valle. Una lechuza que dormitaba en la penumbra alzó, torpe, el vuelo hacia otros escondrijos más apacibles. Anochecía y los sonidos se dejaban caer lejanos, cansinos, sin fuerza.

Tras recibir una enigmática misiva encaminé mis pasos hacia aquel extraño lugar que unos conocían por el pomposo nombre de el valle de la muerte y los más divertidos y graciosillos, por el valle de los locos de atar. Desde siempre el ser humano ha tenido la tentación de poner nombres sonoros a las cosas; a ese afán achaqué lo del valle de la muerte y no le di más importancia. Mal hecho porque de haber reflexionado un poco me habría ahorrado muchos sustos y algún que otro corte de digestión, amén de una pierna rota. Pero también todo haz tiene su envés, por lo que luego se verá.

No es que yo sea una persona miedosa pero el ambiente se iba cargando por momentos y cada nuevo sonido venía a unirse al coro de sensaciones que hacían que me empezara a poner nervioso a pesar de repetirme aquellas palabras sedosas que según los entendidos disipan la ansiedad. Para poca salud, ninguna, así que de pronto caí en la cuenta de que también las ya menguadas luces de la amplia vega huían como llevadas por los pelos y terminaban de anegar el valle y convertirlo en un lago de tinieblas.

La misiva decía: si quieres comprender el sentido de la vida, ven esta noche al valle de la muerte. Pero debes acudir solo y harás el trayecto a pie desde el pueblo. Reconozco que no soy bueno para las adivinanzas pero como es sabido que la curiosidad mata al hombre, me dejé llevar con la mínima resistencia por mi parte.

Anduve como unos cincuenta metros al interior del valle aunque mi inclinación natural o alguna antena desconocida para mi me urgía a hacerlo en sentido contrario. Y entonces le vi. Era un ser de apariencia humana que debía medir cerca de un metro noventa. Me sobrecogió, para qué negarlo. Dicho en versión trapisonda: me acojoné. Busqué mi pulso que en segundos pareció regresar a la normalidad. Aquello, lo que quiera que fuera, impresionaba más en la penumbra y parecía enorme y de perfiles amenazantes. Al poco me di cuenta de que se trataba de una vieja estatua surgida de la misma roca y que vigilaba el valle desde la posición dominante que ocupaba, pero el susto ya nadie me lo iba a quitar, qué quieres que te diga. Mis células tendrían trabajo extra esa noche. Un día es un día.

Debe ser una primera impresión para habituarme, pensé intentando sujetar el galope en el pecho. La alternativa era salir corriendo y no parar jamás. Si quieres comprender el sentido de la vida… recordaba del papel de los co__. Estuve a un tris de soltar un palabro de esos de garrafón, pero me contuve. Cuando saltan las alarmas, todo se altera y cada vez eres menos dueño de tus movimientos. Perdí los controles, es la verdad.


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02 agosto 2010

Mecano



Las cosas vienen así, pensó. Y luego se dio al juego de fantasear con la idea de un potente programa de ordenador que controlara cada mínimo proceso. De pronto, una ráfaga de pesimismo oscureció su mente: por muy potente que sea una máquina no está exenta de cometer fallos, reflexionó todavía.

A estas alturas ya se había dejado arrebatar enteramente por la ficción. Pongamos por caso, pensó, que todo el sistema de entrada y salida, el input y output, o conjunto de, llamémosles nutrientes y residuos los dejáramos en manos de un robusto ordenador central con capacidad de decidir, seleccionar y racionalizar. ¿Podría darse el caso de que la máquina tuviera un desvanecimiento o un bloqueo? ¿Y si en ese momento el computador realiza un flashback, un corta y pega, una inmersión del pasado en el presente? Las preguntas bullían a borbotones de alguna parte.

Las cosas vienen así, se oyó que repetía. ¿Una simple variación en la corriente que circula por las arterias de la maquinaria podría ser letal? ¿Y si se obstruyera una vía de comunicación entre ubicaciones relativamente distantes? ¿Se cansará y sucumbirá al tedio de navegar días y meses a través de los mismos reiterados senderos, condenado a no poder detenerse jamás a contemplar el paisaje que vigila su ruta?

¡Qué complicada es esta máquina llamada ser humano!


31 julio 2010

Tras el solsticio de verano



Una tarde cualquiera de verano, una vez concluido el trasiego de fin de curso, Elisa empezó a empaquetar sus libros en cajas de cartón.

A pesar de tratarse de un acontecimiento previsible dejó en mi ánimo un sedimento de zozobra: el riesgo de que extraviara en el traslado alguno de mis más apreciados libros y desarbolara así mi propia memoria, perdidos sus anclajes, amén de malograr mi carrera como escritor maduro que ya se demoraba más de lo razonable. Cuando uno es joven necesita ver los anaqueles de su incipiente biblioteca ocupados por cientos, miles de libros, la mayoría de los cuales no hojeará nunca, pero vivirá bajo el evocador efluvio de olores y colores. Llegado a una cierta edad sólo será necesario releer cada día unas cuantas páginas de apenas unas docenas de títulos en las cuales, el lector impenitente, irá a ungirse cada tarde el bálsamo de fierabrás para restañar las heridas de la nostalgia; o a beber el hidromiel que embelesa el espíritu; o insuflará las ascuas para atizar los rescoldos de la memoria.


Contrariamente a lo previsto Elisa empezó a apilar, no los libros que yo le había ido comprando con la intención de poner los cimientos de su futura biblioteca, sino mis propios raídos y subrayados ejemplares que versaban la mayoría de ellos sobre el arte de escribir, ya fuera a través de la sabia orientación de los lingüistas o mediante las cartas escritas por los maestros del estilo que tanto me habían auxiliado en mi grato peregrinaje por los senderos del laberinto de las letras, siempre al acecho del desasosegante dragón de la página en blanco o, lo que es peor, de la mente en negro.


Elisa continuó con su ejercicio de escarda, poda y desbroce y en un pispás había colmado en una primera criba unas seis cajas de los volúmenes que encontraba mientras yo fingía hacerme el despistado. La verdad es que me descuidé porque un par de semanas atrás había recibido de su parte una reprimenda furibunda tras encontrar sobre mi mesilla de noche uno de los ejemplares de su colección. Lo cierto es que los primeros libros que desaparecieron de mi estantería fueron las obras completas de dos maestros insustituibles: Shakespeare y Borges. Así también me traslado yo. ¿Qué haría a partir de ahora sin la posibilidad de sumergirme en esos dos océanos de sabiduría y belleza?


No dije nada porque todas las actas de la historia de la belleza fueron concebidas precisamente para tal fin, pero a veces la jubilación antes de hora suele ser un reto para determinadas personas…


Y dicho y hecho el cambio precipitó el desenlace tanto tiempo aplazado y decidí en ese mismo momento iniciar la escritura de una novela corta que a falta de un título definitivo designaría con el nombre de ella unido a la estación del año. Toda aquella sucesión de anécdotas y sucesos rituales catapultaron mi memoria a tiempos atrás cuando Elisa y yo formulamos un pacto para cuando uno de los dos cruzara al otro lado. Y entonces caí en la cuenta de que era más interesante que Chakespeare y Borges quedaran en su poder.


Era obvio que ya estábamos en distinto lado.

20 junio 2010

Speculum




Desconozco la experiencia de otras personas pero en lo tocante a la mía propia, siempre que creí ver algo entre las sombras de la noche, aunque fuera de manera confusa, ese algo estaba allí. Me sorprendía una y otra vez entre pesquisas pero unos instantes más tarde se mostraba ante mis ojos sin sombra de duda lo que antes creí sólo entrever. Sucedía sobre todo en espacios abiertos donde objetos y personas coincidían y se entremezclaban en la penumbra.

Me despertó el resbalar tibio de unas gotas por mi frente. No había duda, era sangre. Mi pulso inició en segundos un galope que se moderó justo al sobrepasar el límite de la normalidad mientras mi vista, conmocionada por el impacto, se desvanecía en algún lugar impreciso del techo. Me sentí imposibilitado de incorporarme, más por culpa del miedo sobrevenido que por el incidente concreto del que desconocía su causa. Eran cerca de las diez de la mañana del domingo y la noche anterior había cenado con el mayor de mis hermanos y la menor de mis hermanas y bajo los efluvios del vino habíamos reído, como acostumbrábamos, al calor de los recuerdos edulcorados de la niñez e instigados por algunos chistes a los que profesábamos decidida afición.

- “La risa puede obrar el milagro de hacer la vida llevadera”, recordaba haber escrito en mi cuaderno de frases.

¿De dónde fluía la sangre? Escuché en cierta ocasión que del mismo manantial de la vida brota la muerte como una exhalación y que la muerte se metamorfosea con la vida para asestarnos el golpe de gracia. De maldita la gracia, claro. De la risa a la muerte transcurre un muy corto espacio de tiempo.

Seguía inmóvil como peonza que girara grácil desde su punto de equilibrio hasta desplomarse al perder su centro de gravedad. Un escalofrío recorrió mi cuerpo en oleadas sucesivas que lo iban enfriando. Imaginaba mi rostro del color de la ceniza y seguía sin poder tomar el control de la situación. Mi cerebro sobreactuaba y se sucedían en mi cabeza un cúmulo de pensamientos, a cual más veloz. No había duda, me estaba muriendo. A todos nos sorprenderá la muerte legos en la materia, admití resignado, a fin de cuentas, nacer y morir sólo ocurre una vez en la vida. Somos simples aficionados constreñidos por razones obvias a improvisar para no perdernos en un dédalo de sensaciones ignotas.

Me estaba muriendo y sin embargo podía escuchar los ruidos cotidianos de la casa y hasta mi llegaban los sonidos monótonos de la calle con su trasiego habitual. Intenté gritar pero la voz no llegaba a mi garganta ¿Cuánto tiempo me quedaría de vida?

La caricia de la tibia lengua de mi perrita reclamando su paseo me despertó.

07 junio 2010

Pájaros de fuego



Concibo un estilo hermoso, rítmico como el verso, preciso como el lenguaje de las ciencias, y con ondulaciones, zumbidos de violonchelo, pájaros de fuego, un estilo que penetraría en la idea como un estilete, y donde el pensamiento navegaría sobre superficies lisas, como barca que surca el mar con el viento a favor. Gustave Flaubert, correspondencia.


Me desperté de un sueño en otro sueño. No había duda: soñaba que soñaba y desperté, pero sólo del primer sueño como quien se lanza a un río y entre sus frías aguas aún escucha el murmullo de una cascada a lo lejos. En el proceso de despertar merced a las primeras gotas de sol que se precipitaban por la rendija de una ventana entreabierta, vi por sobre la fina película de mis párpados resbalar cientos de fotogramas que avanzaban uno tras otro en carrera frenética para enlentecer después su trote hasta detenerse tan pronto fui consciente de que veía. Ya estaba despierto aunque seguía dormido. ¿Pensaba que soñaba o soñaba que pensaba?


La luz puso las cosas en su sitio, terminó de dibujar los contornos antes brumosos y desató los picos de los pájaros. Pero, ¿dónde estaba? ¿Había un segundo velo sobre mis ojos que tendría que romper como avecilla el cascarón para encontrarme de verdad vivo?


Tenía miedo: seguía despertando siempre en un nuevo sueño como arroyo que afluyera a interminables ríos camino del mar profundo que terminara por envolverme en sus negras aguas. Temía extraviarme en una encrucijada de sueños; perder el rumbo en los recovecos del tiempo atravesando espacios infinitos sin averiguar jamás si vivía o simplemente soñaba.


Pero fue al oír tu voz como la risa nerviosa de un chiquillo y sentir la calidez de tu mano, cuando el velo se terminó de rasgar de parte a parte. La luz hirió mi retina y me tiró de la cama. Ya se desperezaba mi sonrisa mientras te buscaba cuando, de pronto, me encontré solo en una habitación de hotel.

30 mayo 2010

Abraxas

Quiero decir quién soy para que tú me respondas quién eres. Hay alguien en el universo que espera que yo diga este nombre como una consigna para abrirme la puerta. Estoy formado de un barro antiguo, de un pulso urgente y de un resplandor lejano. León Felipe

Y cerró el libro. Había dado con la contraseña perfecta y quiso ponerla a prueba. Vocalizó por segunda vez su palabra mágica no sin antes tomar precauciones de relojero. El sonido secreto quedó suspendido en el aire como un objeto sólido. Su eco abrió la roca y de ella manó un agua extrañamente límpida que corría manantial abajo dejando un sedimento de hilo de oro. Le seguía sorprendiendo esa capacidad oculta que había salido a la luz de manera fortuita. Y los árboles reían por el roce mágico de sus ramas y los pájaros mecían a la aurora con gorjeos de ensueño. Podía convertir cada cosa en otro objeto a voluntad. O al menos eso creía él…

Contuvo la respiración. Giró la vista de izquierda a derecha y una ráfaga de arco iris pasó veloz por sobre la trayectoria de sus ojos. Frente a sí se desplegaban destellos de mundos ignotos o ya olvidados apenas trascendía los sentidos. Pero ya no supo si el milagro ocurría cada vez que acertaba a pronunciar la palabra secreta o era ésta quien movía sus labios hasta hacerlos articular su nombre auténtico.





23 mayo 2010

Birlibirloque



Abrió el libro. Buscó una palabra como quien busca una llave. Frente al estrado, los amigos mantenían una postura reverencial. Sus ojos brincaron de palabra en palabra como cabritillos entre riscos. Detuvo su lectura ante la presencia de un vocablo muy corto que llamó su atención: mar.

Pensó, ¿y si el destino de cada ser durmiera oculto en el regazo de una palabra? Derramó despacio su mirada por sobre las cabezas silenciosas. ¿Y si al pronunciar esa palabra, supuesto que acertáramos a reconocerla en el curso de la vida, se produjera el milagro y ella sola orientara nuestro destino de la misma manera que el gran astro atrae hacia sí la flor del girasol?

Y la encontró. Lo supo porque sus ojos quedaron paralizados ante su presencia y por la saliva que segregaban sus glándulas. Pronunció su palabra mágica, frotando cada sílaba como si le fuera en ello la vida y, entonces, un relámpago atravesó la sala y rasgó la penumbra.






02 mayo 2010

Su auténtico nombre



Se aficionó a los microrrelatos. Fue a raíz de darse cuenta de que los lectores de blog digieren mejor la poesía que la prosa por la brevedad del poema en detrimento del relato al tratarse de un medio fugaz. El tiempo es de goma pero se estira hasta cierto límite. Sin ir más lejos, había desatendido su blog desde principio de año por falta de tiempo. Apenas visitaba ya otros blogs a pesar de que sus jornadas delante del ordenador se prolongaban más de diez horas navegando por las etéreas y resbaladizas aguas del ciberespacio.

Un día ensayó el microrrelato más corto que imaginarse pudiera. Y al parecer alcanzó su objetivo: el relato empezaba y terminada así: érase. Se empeñó en la idea de que esa sola palabra abarcaba la presentación, el nudo y el desenlace de la historia y que por lo tanto era un relato hecho y derecho que no desmerecía de ningún otro escrito de fuste. Intentó convencer durante horas de acalorado debate a amigos y curiosos. A partir de esa minúscula palabra elaboró todo un ensayo trufado de conceptos extraídos de la filosofía, la historia de las religiones, la sociología y la psicología. Tal era su certidumbre que se atrevió hasta con la genética porque decía que el ser se esconde en la doble hélice en espiral como pálpito primigenio de la vida. ¿Para qué hacía falta más si en ese vocablo estaba comprendido el mundo todo? Érase: era. Y al calor de esa diminuta palabra esencial fue anudando un discurso también mínimo: en el principio era. La palabra era. Y del ser germinó el pensar y floreció el sentir.

Después tecleó: amo y pensó que esa sola palabra era su nombre auténtico.


18 abril 2010

Ad líbitum





Érase un hombre que repetía sin cesar una frase. Algunos labios temblaron cuando la pronunció, si bien otros rieron con ella. A veces ocurre que una frase conmueve el espíritu, remueve sentimientos que estremecen, provoca la sonrisa. Alguna vez basta con una sola palabra, incluso apenas un gesto puede hacer que el alma rompa a llorar o simplemente rompa. Hacen falta cuatro ojos para unir dos miradas y un rayo rasga el cielo en una fracción de segundo. También una voz es capaz de dilacerar las entretelas del espíritu.


Érase una frase que brotó de unos labios y se quedó suspendida en el aire merced a una sonrisa. Miradas esquivas, risas nerviosas. Todo un mundo emerge de una sola frase.


Decía así: ¿quién sabe si en las fauces del volcán no se encuentra una de las trompetas del Apocalipsis?

03 abril 2010

El ángel blanco y II



Tras un grato recorrido por los territorios de la niñez, Horacio desplazó la línea del tiempo hacia delante para encontrar sonrisas en los rostros de sus seres queridos tras el impacto causado en ellos por su muerte, con la intención de verlos desembarazarse del látigo del sufrimiento. Y sonrió con los labios, los pliegues del rostro y la mirada de ellos. Descubrió que contrariamente a lo que había creído durante toda su vida, lo importante no era leer el pensamiento de la gente sino beber del agua límpida de los sentimientos, espejo que refleja la realidad de manera nítida.

Horacio se sentía liviano, no le costaba ningún esfuerzo desplazarse a largas distancias y una catarata de estímulos pugnaban por ocupar todo su espacio. El ángel blanco se había ido y él estaba solo, pero no envuelto en ninguna soledad amarga y malsana sino como las alegres florecillas de brotar señero en la cima de una montaña. Era otra forma de vida más natural e interesante. No tenía que dedicar largas horas a desentrañar el sentido de una frase o de una palabra porque estaba aprendiendo a transitar por el camino real de los sentimientos, donde las palabras no contradicen al gesto ni éste desmiente, hosco, a las palabras.

En sus correrías después del desenlace, observó Horacio que el sentimiento estaba más desarrollado en las mujeres y que ellas le llaman intuición; que se trata de un vínculo, una especie de anclaje que depositan a la altura de los ojos en el hombre y en el resto de seres porque no es una cualidad exclusiva sino una facultad que también les da resultado con el resto de seres vivos. Si una mujer te mira con intención de instalar el vínculo en ti, pensó, date por muerto. Metafóricamente hablando, porque Horacio ya lo estaba para este mundo. Si bien le pareció que nunca había estado más vivo.

Le gustó jugar con el tiempo y no salía de su asombro ante cada nuevo hallazgo: por fin era lo que había querido ser, un perceptor directo que se empapa de todo el jugo de la vida, sin intermediarios, sin prejuicios ni confusiones. Y comprobó también que el vínculo que el hombre practica con la mujer, adopta como vehículo la palabra, más sujeta a equívocos y malentendidos. Por eso la voz de un hombre corta la respiración de una mujer y le suspende el juicio ya que la mujer está atrapada en el sentir.

Pensó en el ángel blanco y al instante estaba allí, envuelto en su misteriosa sonrisa.

Ya sé por qué los ángeles no tienen sexo, bromeó Horacio, para no dar pistas sobre el modo de atraparte. El ángel sonrió, como quien está informado de todas sus disquisiciones. Y a propósito ¿dónde has estado tú todo este tiempo?

Querrás decir todo este destiempo. Fue la primera vez que le vio apretar el rostro. Puede que no lo creas pero vengo de un ajusticiamiento y de una cena. Horacio se quedó sin voz por unos instantes. El ángel cambió el gesto y le observó divertido mientras calculaba su reacción. Por fin, Horario acertó a bromear: ¿la cena no fue antes? Pensó que el ángel intentaba quedarse con él.

Veo que todavía no te manejas con el tiempo, afirmó el ángel que se reía de la torpeza de Horacio. Mira, dijo como en un susurro: el tiempo es como un instrumento musical que guarda entre sus cuerdas, maderas o metales, todas las melodías. Depende de las manos del intérprete. Ahora tienes todo un universo frente a ti y no existe el antes y el después. A ver cómo tocas esa pieza. Luego cruzó los brazos y añadió: bueno, tú dirás, ¿qué has decidido? Le urgía como quien está impaciente. Me esperan y aunque yo puedo estar en varios sitios a la vez me gustaría que tú también vinieras al lugar adonde yo voy.

Le inquietó el hablar enigmático del ángel. Intentó mirarlo sin la perspectiva del tiempo y reconoció en él el semblante de muchas personas con las que se había encontrado a lo largo de la vida.

El ángel comenzó a pronunciar con una solemnidad fingida y sin perder de vista el impacto que originaba en Horacio: “Yo soy el Alfa y el Omega”… se interrumpió y sonrió mientras buscaba su mirada.

Pero ¿qué dices? No me asustes con esas cosas, exclamó Horacio. El ángel blanco parecía cada vez más divertido; retomó sus palabras y prosiguió: …”Yo soy el Alfa y el Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin”.

Horacio siguió al ángel. El valle devolvía el eco de sus risas mientras entraban en él y un manto de rocío tapizó la hierba con reflejos plateados.


28 marzo 2010

El ángel blanco



Sintió que una ola de angustia atenazaba su garganta y que la luz no llegaba a sus ojos. Horacio se desplomó con estrépito sobre la banqueta del piano que cedió al peso de su cuerpo y reventó en astillas. En el último instante sintió una mano que lo asía. Era un ángel de túnica blanca y sonrisa amable.

Contempló su cuerpo desde la distancia, tirado boca arriba a todo lo largo y con los ojos perdidos. De la cabeza emergía un hilo de sangre que se desparramaba en un charco. Ahora Horacio miraba a Horacio como en una película que vio de chiquillo. Todo era muy confuso como voces en la montaña.

¿Qué ha pasado?, se atrevió a preguntar al ángel de la túnica blanca que respondió solícito:

Tranquilo, amigo. Simplemente llegó tu hora. La hora final de cada uno es un zarpazo inesperado, como sajadura de cirujano diestro. Ahora no mires, añadió el ángel que estaba pendiente de todo, te estás desangrando. La vida se extingue como el hilo de un manantial que se agota. No me pierdas de vista.

Pero no siento ningún dolor y estoy lúcido, acertó a decir Horacio en un suspiro. ¿Cómo es posible que esto esté sucediendo?, remató.

- No duele la muerte; lo que duele es la vida. Y el ángel intentó tranquilizar el ánimo de Horacio con una sonrisa y sedarlo con su voz. Todo esto que ves forma parte del ritual. ¡De alguna manera tendrías que marcharte!

Aunque el ángel utilizó un eufemismo, la pregunta de Horacio fue directa: ¿Es la muerte esto que veo? ¿Dónde estamos en este momento? ¿Y quién eres tú?

- Así es, dijo el ángel; la muerte siempre viene acompañada de un sinnúmero de preguntas. Tú ya has formulado una buena porción de ellas. Yo soy tu ángel blanco, te acompañaré por los pasadizos secretos que conducen, a través de una encrucijada de galerías, avenidas y senderos hacia otros mundos desconocidos para ti. No sólo existe tu mundo: hay mundos sobre mundos a la manera de las muñecas ensambladas unas dentro de otras. Ahora estás en un espacio personal e inviolable, provisional y secreto. Sólo tú puedes entrar en él y sólo tú puedes abandonarlo cuando lo decidas; y también tengo cabida yo que he acudido a tu llamada, para amortiguar en lo posible el frío impacto de esta tesitura.

¿Y qué hacemos aquí? Preguntó inquieto Horacio.

Ahora estas en una tierra de nadie, especial y única, donde no alcanza la dictadura del tiempo, si bien eso no te exime de tomar tus propias decisiones. Puedes permanecer aquí cuanto desees o puedes emprender un tránsito hacia otros universos; en el segundo caso te serviré de guía. El ángel blanco cruzó los brazos y exhibió su tranquilizadora sonrisa.

Veo desplazarse por sobre el devenir del viento, trastabilló Horacio, un punto que se mueve sin parar ¿qué es? Y el ángel le respondió:

Se trata de la línea del tiempo o el punto del devenir. En tu mundo manejas palabras como perchas para dejar los conceptos como se cuelga una camisa. Ya te he dicho que en ti ya no rige el tiempo ni tú te avienes a él; ahora son otras leyes las que ocupan su lugar. El tiempo es la barca en la que los habitantes del mundo navegan por el río de la vida. Puedes deslizarte a través del punto del devenir en ambas direcciones, hacia delante y hacia atrás y ver lo que ocurre en un abrir y cerrar de ojos con sólo fijar tu atención en ese trazo mágico. Es preciso morir para nacer vivo otra vez.

Me quedaré aquí un poco más, recitó para sí Horacio y ensayó un mohín que su ausencia de cuerpo se encargó de desbaratar.

Eres libre pero debes apresurarte porque en este instante entra por la puerta tu mujer que se va a llevar una sorpresa trágica, advirtió el ángel.

La vio caer de bruces sobre su cuerpo sin vida. La oyó gritar su nombre mientras las lágrimas asfixiaban su garganta. Lloraba el llanto desgarrador del desconsuelo y cuando escuchó los pasos de los hijos de ambos que acudían al griterío quiso impedirlo para evitarles el sufrimiento pero era tarde y ya contemplaban horrorizados el triste cuadro.

-Estaré aquí cuando me necesites, susurró al oído el ángel blanco, antes de desvanecerse como humo.

Horacio miraba como quien contempla una película que se atasca en un fotograma. De pronto fijó su atención en el punto central de la línea del tiempo y lo desplazó primero suavemente hacia atrás. Detuvo su curso en los instantes previos a su muerte, mientras cantaba una canción y hacía planes para el futuro, inconsciente de su destino. Luego, espoleado por la nostalgia, retrocedió a los lejanos años de su niñez, cuando correteaba ajeno a todos los azares y los peligros que tiene la vida, y a cuanto de dramático, acechante y misterioso nos depara la muerte.

Continúa y finaliza en II




24 marzo 2010

Siempre vuelve primavera



Mientras el monótono repiquetear de la lluvia

horada los recovecos silentes de mi corazón cansado,

escucho otras sinfonías, ecos de sones misteriosos,

como temblor de huracanes en la noche.


Revientan los botones de la primavera que llega

y suplanta al invierno que traslada sus cuarteles

a otros mares para remover aguas oceánicas.


Entre llover y brotar, se evaporan los días

como granos de arena entre los pies del peregrino.


21 marzo 2010

Del cero al infinito




El cero es la mayor metáfora. El infinito la mayor analogía. La existencia el mayor símbolo. Fernando Pessoa


Por la mañana ocurrió algo extraño, un acontecimiento que me dejó como si volviera a nacer. Cuando encendí, ausente, la luz de la mesilla de noche encontré junto al libro “Hojas de otoño” una nota que decía: “todo lo que te ha pasado desde el día en que naciste es mentira”. Fue un despertar muy vivo, una sacudida excepcional. Y para que no quedara ninguna duda sobre el sentido de la frase venía a continuación una relación de los principales hitos de mi vida empezando por los hechos negativos, puntos oscuros y angustias varias que había arrastrado desde antiguo seguido por otros más placenteros: los senderos que anduve, los amigos encontrados; las mujeres que me amaron y las que amé, las montañas que ascendiera… Seguía una retahíla de sucesos, algunos enterrados en el cementerio de la memoria. Todos los hechos que oscurecen tus recuerdos como cristal opaco, no han existido jamás, sentenciaba la nota. Y concluía con esta última frase enigmática: hoy será el primer día de tu vida.

Suspiré aliviado. Junto a la puerta, mi perrita que ayer agonizaba, hoy daba saltos desde sus brillantes ojos de cachorrilla alegre.


20 marzo 2010

Arrojar la escalera


“Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Rayuela, Julio Cortázar

Tras varias semanas de silencio por motivos de trabajo, intentaba ayer escribir unas líneas sobre la escritura misma, (escribir sobre el escribir) pues la tregua del puente de san José me lo permitía. La semana pasada me vi envuelto en una neblina formada por los estragos de la ruptura generacional, esa fosa abierta en la comunicación entre personas de edades dispares, muy a pesar de ellas mismas, porque en pocos metros cuadrados se yerguen varios mundos que pugnan por buscar su espacio en un dédalo de inseguridades, prejuicios y malentendidos. En esos remolinos del pensamiento o agujeros negros de la mente me entretenía cuando apareció la Dama del Trapecio con el borrador de un texto.

El texto me atrapó desde el mismo título. No lo voy a destripar aquí en un ejercicio estéril de vivisección porque la enjundia está en el texto mismo que se alza por sobre ramaje frondoso en busca de la luz. La Dama toma de la mano a dos maestros intratables y une las obras de ambos en la tarea de desbrozar un objetivo común: ¿no ha de terminar la escalera imprescindible para la subida, arrojada al vacío? El texto, además de lo dicho, forma una urdimbre con personajes mitológicos como la serpiente Ouroboros; Tántalo, paredro de Prometeo en el juego de arrebatar a los dioses néctar, ambrosía y demás secretos el uno y fuego el otro, a beneficio de los humanos, para la consecución de tales objetivos utilizan ambos unas habilidades harto peligrosas. Y tantos otros personajes que enriquecen el entramado tejido por la Dama del Trapecio.

Y concluye la Dama (y yo con ella):

“Las palabras, las lentes con las que miramos, los dados, fichas y tableros… la vida. Misterio. Paradoja. Hermosura. Porque “el amor, esa palabra” que es hermosa porque no es mía, ni tuya. Porque nombrando no nombra aunque es la llave, como hemos visto para llegar…al alfa y omega que nos susurra que buscamos lo que ya encontramos. Chssss…”

07 marzo 2010

Hierro en la mirada



Cuando no leemos el mensaje escondido en los pliegues de nuestros sueños el resultado es una catarata de malos augurios en cada nueva cabezada.

Me dormí con la petición expresa a mis sueños de un poco de luz sobre el futuro de un proyecto. En el sueño había colgado dos ofertas de trabajo en un portal de Internet. Llegaron dos currículos a mi buzón de correo: el primero firmado por “santa fe” y el segundo por “hierro fundido”.

Comprenderán mi excitación de la mañana siguiente. Había solicitado colaboradores fieles y recibí la visita de la santa fe y del hierro fundido. No podía obtener nada mejor para los fines que perseguía. Sin fe es preferible no dar un paso y sin una voluntad de hierro pasado por el fuego, es tontería emprender nada.

A la mañana siguiente encontré una carta en el buzón con el siguiente mensaje: querido amigo; siento comunicarle que su proyecto ha sido desestimado por nuestro cliente. Contamos con usted para una próxima ocasión.

Ese día decidí romper con todo y marcharme lejos. Ni que decir tiene que me hice acompañar por la santa fe y el hierro fundido.





28 febrero 2010

Ciclogénesis explosiva (y 2)



Si puedes conservar tu cabeza, cuando a tu alrededor

todos la pierden y te cubren de reproches;

Si puedes tener fe en ti mismo, cuando duden de ti…

Rudyard Kipling


Me despertó el eco de unas voces no muy lejanas. Al parecer había dormido varias horas y el mundo seguía en pie. La borrasca perfecta no había golpeado sobre las costas de Galicia según indicaban todas las previsiones y el fin del mundo podía esperar un poco. Luego me enteré de que fue en otro punto del planeta, en Chile, donde un temblor infernal hizo sentir la presencia implacable de la naturaleza en desafuero arrancando de cuajo la vida de más de 800 personas y dejando más de dos millones de damnificados. En el norte de España la tormenta no fue tan dramática, aunque había causado la muerte de una persona y estragos de consideración en las infraestructuras.

Ya no rugía el viento y las voces llegaban hasta mis oídos sin interferencias. Abandoné mi escondite y vi aparecer a varios miembros de protección civil que buscaban a algunas personas extraviadas. Detrás de ellos venían tres policías uniformados, el primero de los cuales llevaba en las manos mi cámara fotográfica.

-¿Es suya esta cámara? dijo.

-Así es, respondí; la extravié en el embarcadero de las Sisargas. Los otros dos policías se situaron a mis costados

-¿No extravió nada más?, añadió el de la cámara con una mirada inquisitiva.

-Sólo eché de menos mi cámara, respondí.

-Bien; tendrá que acompañarnos. Junto a la cámara encontraron un maletín, aclaró.

-No sé nada de ningún maletín, acerté a decir.

-El problema, continuó el agente, es que en el maletín encontraron un arma corta y munición y unas notas manuscritas en las que venía reflejado el día, lugar y hora de una acción que coincide punto por punto con los planos y demás pormenores que había en el ordenador de un terrorista etarra sobre la detonación de una bomba en un acto importante del Año Santo Jacobeo 2010 compostelano. Ayer hizo usted caso omiso a las indicaciones de alto de varias patrullas y pasó como un rayo por un puesto de observación policial. Tendrá que dar las explicaciones pertinentes en comisaría. No lo tendrá fácil, esa es la verdad.

-No tengo nada que ver con ese maletín, exclamé nervioso. Todo aquello me pilló desprevenido y no supe qué más cosas decir.

A estas alturas ya tenía puestos los grilletes y era conducido en un vehículo policial rumbo a comisaría. Sólo perdí la cámara; el maletín no es mío, balbuceé. Pero tal vez puedas dar una explicación convincente sobre el motivo de tu viaje a tan solitario lugar en día y circunstancias tan singulares. Me miró con una media sonrisa. También sobre la huída desesperada justo cuando una patrulla policial llegaba al embarcadero. Llegamos a comisaría y me introdujeron en una sala que estaba perfectamente en silencio.

Maldije mi mala fortuna por mi idea de acudir a tan inhóspito lugar para visitar un faro centenario y restos de una fortificación que vaya usted a saber. Si al menos hubiera estado atento me habría dado cuenta de que el hasta hace bien poco hombre del tiempo de la televisión, el tal Maldonado, en su blog dejó una pista que daba que pensar, tal vez para curarse en salud, al declarar que no le gustaba demasiado la denominación de ciclogénesis explosiva. En estas estaba cuando apareció ante mi con una sonrisa amable el Jefe de policía, que resultó ser Juan Martínez al que conocí años atrás en Alicante y con el que trabé una gran amistad. Nunca me alegraré tanto de encontrarte, le dije. Me tomó del hombro y me condujo a su despacho.

La verdad es que ciclogénesis explosiva podría ser un título de película futurista o incluso una buena frase para desviar la atención de otros asuntos… Como así había ocurrido. Todo obedeció a una estrategia de las autoridades españolas con la complicidad de la Agencia Estatal de Meteorología y las autoridades francesas que aprovecharon la circunstancias meteorológicas y exageraron sus efectos para poder tener el control sobre los movimientos de dos comandos de ETA que planificaban varios atentados de impacto. Al tener controlados los comandos podrían detener a sus dirigentes máximos en Francia como así había ocurrido. Bomba meteorológica, repetí por lo bajo.

No te gusta la caza y eres incapaz de matar un gorrión y estos querían implicarte en un atentado terrorista. Juan se levantó de un salto. ¿Sigues odiando el café o prefieres quedarte por aquí?, me espetó entre risas. Tomemos ese café a ver si ya somos amigos, contesté aliviado.


P.D. Solidaridad con las millones de personas damnificadas por los numerosos desastres que asolan el planeta.


27 febrero 2010

Ciclogénesis explosiva

Islas Sisargas. Fotografía Juhanal


Acodado al balcón miro insaciable el oleaje,

oigo sus oscuras imprecaciones,

contemplo sus blancas caricias;

y erguido desde cuna vigilante

soy en la noche un diamante que gira advirtiendo a los hombres…

Luis Cernuda, soliloquio del farero.


Como las líneas isobáricas de los meteorólogos marcan con trazo hábil la fuerza y la dirección del vendaval, así también el rugir de las entrañas de la tierra y las olas embravecidas en los cuatro rincones del orbe nos avisan de que la delgada línea del tiempo puede romperse en un abrir y cerrar de ojos.

Esos pensamientos me sorprendieron a las trece treinta horas del sábado, 27 de febrero, día en el que estaba previsto que arribara a las costas gallegas la llamada borrasca perfecta golpeando inmisericorde todo lo que le saliera al paso. Abandoné de manera expeditiva el embarcadero de la playa sur de uno de los pequeños islotes que conforman el archipiélago de las islas Sisargas, acantilados y aguas mediante, para escabullirme a través de Malpica de Bergantiños, pequeño pueblo de pescadores en la Costa de la Muerte en La Coruña, en dirección a la autopista que me alejara del desastre, rumbo al este.

Había recalado en tan inhóspito lugar con el deseo de visitar su faro, antaño escuela de fareros y que hoy cumplía sus funciones solitario con exactitud de relojero; y también con la esperanza de encontrar restos de una antigua fortificación de incierto interés que, según algunos escritos, hubo antaño en ese lugar.

Volví la vista a tiempo para ver zambullirse los pequeños islotes del archipiélago de Sisargas, uno tras otro, en un mar impetuoso al punto en que movido por un resorte pisé el acelerador. Estaba en el núcleo de un torbellino y no quería ser engullido por él.

Ningún ser vivo se atrevía a circular por Malpica cuando crucé sus calles como una ráfaga más. Puertas y ventanas habían sido tapiadas en previsión de lo que parecía iba a ser como el fin del mundo a tenor de los ecos del Apocalipsis que ya sonaban. A la salida del pueblo entreví por el rabillo del ojo un coche patrulla del que surgió un policía que manoteaba exigiéndome el alto. Hice como que no lo había visto y continué a galope tendido y entonces recordé que había olvidado mi cámara de fotos en el embarcadero.

Tras diecisiete kilómetros de deambular frenético por un piélago de carreteras comarcales accedí a la autopista y respiré más tranquilo. Poco duró la tregua porque las vías estaban cortadas en el mismo peaje. Escuché unos gritos que me urgían a abandonar el vehículo y correr a guarecerme en unas instalaciones cercanas. Un golpe de viento derribó con gran estruendo parte de la estructura de casetas, semáforos y barreras. Tras el susto y viendo que había quedado una vía libre, como movido por el irracional instinto de superviencia, lancé el vehículo a toda velocidad por la autopista entre los gritos y aspavientos de los servicios de protección civil. Escapar de allí a toda prisa era mi único objetivo para ganarle ínfulas al viento.

El gorjeo anómalo del motor me recordó que me había quedado sin combustible. Estaba como hoja a merced de un viento que rugía cada vez de forma más aterradora. Como la conducción no era segura y tampoco podría recorrer muchos metros más sin gasolina, abandoné el vehículo y busqué con la vista un lugar seguro. Pero no hay sitio seguro cuando estás en el infierno. Me convencí de que no podría escapar de la muerte. Una fuerza gigante me levantó en vilo y me lanzó a gran velocidad por entre los matojos que escoltaban la vía y fui a parar, tras unos metros interminables, junto a una roca prominente. No sentía dolor alguno. Por encima de mi pasó, como un rayo, lo que supuse sería parte de mi coche. Mi inestabilidad era máxima y al impulso de una nueva ráfaga podría ser despedido sabe Dios hacia qué lugar. Me desplacé instintivamente hacia la parte posterior de la roca y descubrí una hendidura en ella. De un salto entré por donde apenas cabía y me hallé en un espacio no muy grande pero suficiente para albergar a un par de personas. Quedé como un caracol en su concha.

El ulular del viento confería un aspecto fantasmal a mi refugio pero al menos en ese lugar estaría a salvo.


Continúa y finaliza en II...