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12 junio 2008

¿Qué es poesía?

Highgate



¿Qué es poesía?

Mil ángeles a lomos de mil corceles blancos ante un precipicio de estrellas.

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Volar es una rutina para el ave.

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Las cosas importantes de la vida nos son presentadas por el azar. ¿Será un disfraz?

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11 junio 2008

Miembros y miembras: Babel.


Reconozco que es de escaso mérito hacer referencia al asunto. El nivel es tan bajo que no merece la pena ni de rebajarse a criticar las ocurrencias de quienes se dedican a destrozar el idioma. Lo de miembros y miembras representa un peldaño más en la conjura de los despropósitos que no tiene perspectiva de ir a menos. ¿Quién dijo que lo del chiquilicuatre era un baile pasajero?

Por si alguien no se ha enterado glosamos aquí la ocurrencia de una ministra del gobierno de España que se ha referido de ese modo a los miembros y miembras pertenecientes a una Comisión del Congreso (y Congresa) de los Diputados (y Diputadas). Una vergüenza escuchar estas cosas. Parece ser que ante tanto desvarío los profesionales electricistas van a reivindicar la palabra electricisto. Puestos a hacer el ridículo…

Vascos y vascas, padres y madres, (a las APAS, o sea a las asociaciones de padres se les llama ahora AMPAS, es decir, asociaciones de madres y padres de alumnos). Algunos por querer ser más papitas que el papa en lo tocante a la igualdad perpetran estos excesos que rayan con la cursilería.

Lo cierto es que lo tienen harto difícil todos los que practican esta suerte de allanamiento de morada con el diccionario porque el uso del idioma ejemplifica bien la llamada ley del mínimo esfuerzo y eso de estar todo el día repitiendo padres y madres, niños y niñas, vascos y vascas produce agujetas en la lengua y al final, tras el sarampión verbicida (permítaseme el palabro) volverán las aguas a su cauce.

Unos por peloteo, otros por ignorancia y los terceros por prurito imitador de lo políticamente correcto el caso es que el idioma sangra por la herida y sufre estos atentados en silencio como la señora del anuncio televisivo…

¿Y no sería mejor que nombraran a gente ya formada para ocupar los ministerios y nos evitaran padecer esta vergüenza ajena?

08 junio 2008

Diario de un náufrago III

El viento amainó y una cinta de luz que desbarataba la penumbra irrumpió oblicua por una hendidura de la cueva. Y allí estaba asomado, a tan sólo unos cinco metros, un extraño y peludo ser que me observaba sin parpadear temeroso de mi reacción.

Tuve que enfocar varias veces para hacerme una idea de lo que tenía delante. Su estatura era como de un metro cincuenta aproximadamente y tenía una apariencia entre simiesca y humanoide, si bien distaba mucho de poder confundirse con cualquier animal o humano que hubiera visto antes, ya sea directamente o a través de los cuadernos de campo de los naturalistas a los que era aficionado.

Ante la duda de quién inspiraba más temor al otro retrocedió desde sus profundos ojos de un brillo azabache, que reflejaban como una punzada eléctrica de luminosidad. Nos mantuvimos inmóviles y al acecho por un breve lapso de tiempo mientras cada uno parecía evaluar a su modo la situación.

Noche, como así le bauticé luego, intentó retroceder bruscamente y dio un traspiés, emitió unos sonidos guturales y topó con sus huesos contra la roca. Me acerqué para observarle mejor; aquel extraño bicho irradiaba malas vibraciones. ¿Estaría condenado a malvivir con semejante compañía en una tierra extraña?

Las gotas caían ahora despaciosamente y orquestaban una percusión diáfana y relajante a intervalos regulares hasta que terminó por perderse furtivamente como el final de la tormenta di mare de Vivaldi.

Noche salió corriendo despavorido; parecía alertado por la presencia de algo que yo no alcanzaba a ver desde donde estaba. En unos segundos le perdí de vista y no le volví a ver más ni ese día ni en los siguientes. Quedé envuelto en un silencio sólo roto por un rumor lejano como de un gracioso cacareo que salía del bosque. Agucé el oído y pude escuchar una queja como un ladrido afónico. ¡Era ella! ¿Cómo pudo salvarse del desastre? Estaba allí, empapada como sopa, a escasos metros del acantilado con unas cuantas magulladuras y jugando con el rabo. Al igual que yo debió salir empujada por la violencia de las olas y aparecer como un ovillo junto a la playa.



¡Siri! La llamé y reconoció mi voz. Hizo un quiebro de alegría y me encaró. Vino hacia mi presurosa como tantas veces había hecho en nuestra casa donde Siri era la pequeña de la familia, y tras los arrumacos de costumbre salimos ambos en persecución de Noche. Nos adentramos unos metros en el bosque. El cielo se iba enjuagando poco a poco cuando de pronto apareció un ave del tamaño y apariencia de una gallina, desmañada de movimientos e incapaz de volar como ella. Siri salió disparada pero el ave jugaba con ventaja y consiguió zafarse de los colmillos afilados y los zarpazos torpes de la inexperta Siri. Mi perra no había aprendido a convivir con otros animales ni con otras personas, pero se convirtió en la niña de mis ojos desde que llegara a casa un invierno con un par de días de vida y aterida de frío. Primero intenté que durmiera en la alfombra junto a la cama, pero como lloraba porque la habían dejado sin su madre tan temprano la tomé conmigo y ya nunca más quiso dormir si no era pegada a mi. Se dormía metida en el bolsillo de mi pijama, acurrucada al calor de mi nuca mientras yo estaba entretenido en la lectura, o arremetía a empellones con mi bíceps imaginando que su madre la amamantaba.

Perseguíamos, pues, a un ave que yo había visto decenas de veces en los dibujos de campo y que aparecía bajo el nombre de cagu, kagu o cagou, pero nunca había podido escuchar su curioso cacareo. También acerté a ver, durante los días posteriores, un zorro volador que recordaba en los cuadernos de campo con el nombre de roussette, una especie de murciélago enorme que se alimentaba de vegetales ¿Para qué le sirve un cagu o un zorro volador a un náufrago como yo que acabada de aterrizar en una isla solitaria, llena de sorpresas y donde todavía ignoraba si podría llegar a subsistir por algún tiempo o estaría condenado a perecer en condiciones lamentables?



Cuando el cagu se hartó de aguantar las embestidas de mi perrita ensayó un quiebro y se perdió entre la espesura. Siri le siguió por un momento y cuando conseguí alcanzarla bebía agua de una charca en forma de óvalo que luego comprobé que tendría como un metro de hondura y unos cinco metros de diámetro. Había agua de lluvia suficiente para sobrevivir sin necesidad de acometer ninguna obra de ingeniería. El hallazgo me dejó más tranquilo dentro de la sombra de tristeza que me embargaba por los sucesos acaecidos durante las últimas horas.

Mientras el amanecer me produce alegría, nunca me gustaron los atardeceres que siempre me envuelven en arreboles de nostalgia y aún melancolía como hoy por la zozobra y desdicha a las que me había expuesto mi mala cabeza.

El resto del día lo ocupé en comprobar si había algún otro animal en la isla o acaso algún otro náufrago aventurero como yo. También inspeccioné como pude los lugares más cercanos por si encontraba restos de algún miembro de la tripulación u objetos provenientes del naufragio que me sirvieran para el uso cotidiano hasta que un barco salvador acertara a pasar cerca de las costas y me rescatara. ¿Cómo iba a subsistir en aquel mundo inhóspito al que me había empujado el destino? Eso era lo que me preocupaba ahora.


07 junio 2008

El camino del corazón


Cuando tengas que elegir, elige un camino con corazón, porque quien elige un camino con corazón no se equivoca nunca. Popol Vuh.

También Carlos Castaneda tiene otra frase similar que aparece impresa en el frontispicio de su primer libro Las Enseñanzas de don Juan: Yo sólo quiero recorrer caminos que tengan corazón, cualquier camino que tenga corazón. Los recorro por entero y la única prueba que vale es atravesar todo su largo. Y así sigo mirando, mirando, sin aliento.

Hay relatos que dejan huella como me ocurrió en su día con la historia de dos gatos. Se trata de una conversación de Carlos Castaneda con su maestro, un chamán mejicano (don Juan Matus). Carlos le contó a don Juan la historia de una amiga que se encontró dos gatos y los cuidó durante dos años, al cabo de los cuales y por tener que vender la casa fue a dejarlos a una especia de hospedaje de animales. Mientras su amiga bajaba a uno de ellos del coche para introducirlo en el recinto, Carlos soltó al otro (Max era su nombre).
¿Qué pasa con la historia de los gatos?- preguntó
Carlos

- Me dijiste que crees estar corriendo el riesgo como Max,
dijo don Juan.

- Así lo creo.
- Un guerrero no cree sino que tiene que creer. Como guerrero no puedes nada más creer eso y dejar las cosas así. Con Max, tener que creer significa que aceptas el hecho de que su fuga pudo ser un arranque inútil. A lo mejor se metió por el desagüe y se murió en el acto. Un guerrero toma en consideración todas estas posibilidades y luego elige creer de acuerdo con su predilección íntima. Creer es lo de menos. Tener que creer es otra cosa.

Tener que creer significa que también tienes que tomar en cuenta al otro gato, al que jugaba y lamía las manos que lo llevaban a su fin. Ese fue el gato que marchó confiado hacia su muerte, repleto de sus juicios de gato. Tú piensas que eres como Max, por eso te olvidas del otro gato. Ni siquiera sabes su nombre. Tener que creer significa que debes tomar todo en consideración, y antes de decidir que eres como Max, debes considerar que a lo mejor eres como el otro gato; en vez de luchar por tu vida y correr el riesgo, a lo mejor te vas feliz a tu muerte, repleto de tus juicios. La muerte es el ingrediente esencial del tener que creer.

Tenemos que creer que Max se dio cuenta de lo que le andaba al acecho y tuvo al menos poder suficiente para escoger el sitio de su fin. Pero hubo el otro gato, como hay otros hombres cuya muerte los envolverá mientras están solos, desprevenidos, mirando las paredes y el techo de un cuarto desolado y feo…

Así que si no fuera porque nos damos cuenta de la presencia de nuestra muerte, no habría poder ni misterio…
(Relatos de Poder, C. Castaneda)

Esa historia me impactó hace años. A otros les impactó el proceloso mundo de las drogas hacia el cual nunca me sentí atraído. Algunos, de manera inconsciente, hasta hacen apología de las drogas; yo hago apología del camino del corazón.

Cuando tengas que elegir…
Todos los caminos son lo mismo: no conducen a ninguna parte. Hazte la pregunta: ¿tiene corazón este camino? (Carlos Castaneda)

03 junio 2008

Aitana II

Playa de El Campello (Alicante)


Amanece y lo estoy mirando. Es uno de los puntos en el espacio donde confluyen todos los puntos.

A la izquierda, una valla metálica protege las ruinas de las maniobras distraídas de los visitantes, turistas de paso que vienen a dejar su dinero, su malhumor y su rutina.

Al frente, el agua se agita, parece que se balancea juguetona, naufraga en ella misma, se esponja, después estalla e inunda por arriba y por abajo los agujeros que el tiempo ha excavado en la roca; se derrama, lame los pliegues de la arena, se retira, emite un sonido como de piedrecitas al rozarse, y se disuelve en burbujas.

Y en medio él. Lo veo desde arriba, donde está el cuartel de la guardia civil, revolverse, preparar algo con esmero, marcar su territorio con precisión; en el centro tiene amontonados unos troncos de los que emerge un fuego matinal.

Lo observo con atención. Sus manos hacen coro al movimiento de la boca siguiendo un rápido compás. Va de aquí para allá como una peonza. Se calienta; prepara unas cuerdas; mira a los curiosos y habla con ellos. Ha creado una república; la llama la república de Algasia (por las algas). Me he constituido en república independiente; estoy en mi derecho, explica a unos curiosos.

¿Qué comerá? No es problema: por todas partes hay raíces y, además, tengo plantadas hortalizas in vitro. Compruebo que hay algo enterrado en unos recipientes de cristal. Es manchego, para más señas.

La república de Algasia tiene una frontera abierta, cualquiera puede cruzar su territorio (apenas 300 metros cuadrados); sólo pido respeto. No tengo trabajo, mi país no me ayuda. Conozco el derecho. Los alemanes, si yo quiero, me van a dar reconocimiento internacional. Ha estado aquí un concejal con dos guardias y les he dicho: mucho ojo con lo que hacéis; y no se han atrevido a tocar ni una piedra. Eso si, no utilizaré la violencia; he estudiado a fondo las grandes revoluciones y he llegado a la conclusión de que la violencia no produce nada bueno.

Me vuelvo a mirarlo una vez más. Ahí está: el pálpito de la vida y su locura, el visitante cuerdo y su sonrisa, el murmullo del agua contra la piedra, las ruinas del pasado y el presente, la frontera entre lo ordinario y lo insólito, el de la triste figura y todos nosotros, la búsqueda de un espacio no profanado, el equilibrio del mundo en su vaivén.

Mientras nos alejamos de allí resuena en mi mente: cada piedra tiene un sonido distinto. Vuelvo de mi letargo al oír una voz que grita a lo lejos algo que no acierto a entender.

Continuará…

En una playa de El Campello (Alicante), rumbo a Aitana, enero de 199..

01 junio 2008

Aitana I


¿Por qué se ha extinguido la lámpara? La he cubierto con mi manto para que estuviera al abrigo del viento." R. Tagore

Estoy aquí, una vez más, en la sierra de Aitana, a 1558 metros de altitud sobre Benidorm, un 16 de febrero del año tal y contemplo las postreras nieves del invierno más lluvioso de los últimos años.

Aitana, pocas pisadas recientes; huellas antiguas perforando la nieve. Aquí y allá, placas de hielo; allá y aquí, el viento ululando a sus anchas.

La sierra de Aitana aparece hoy espléndida de verdor, pero cuando a ella le interesa se solapa entre nubes o se cubre de niebla baja por entero en su cima, para esconder quién sabe qué. Siempre que esto ocurre, mi amigo Pepe, compañero de aventuras que ahora se apresta a ponerse los guantes para zafarse del frío, mira para otro lado por mejor huir del canto de sirenas que la niebla interpreta para él.

Hoy nuestra intención es subir hasta la cima desde la pequeña explanada en la que ahora estamos, lugar más alto al que se puede acceder con coche, y girar él hacia la derecha y yo hacia la izquierda desde donde puedo ver el mar, dejando la base militar a nuestra espalda, no sin antes detenernos, brevemente,  en una estrecha pero alargada cueva antigua y erosionada, en la que siempre solemos entrar.

Cuando estamos preparados para la marcha, Pepe, con un leve gesto, llama mi atención. Me acerco despacio. Observa, sorprendido, un bulto inmóvil; el bulto aparece sobre el agua que emerge de una pequeña fuente y baja cantarina hasta un abrevadero cercano.

Durante un largo rato observamos en silencio. Es un pájaro, -dice Pepe-. Eso me parece a mi. Está allí quieto, con las alas al viento. Es muy grande y de pico largo. ¿Qué pájaro será? -pregunto-. Ni idea, oigo que responde.

Lo miramos durante unos cinco minutos, absortos en la duda que se disipa por momentos; asombrados ante su generoso plumaje, observando sus formas espléndidas, desconcertados ante lo insólito del hallazgo.

Desde donde estamos situados no podemos acercarnos al animal sino dando un rodeo. Es lo que ahora hace Pepe. Se acerca sigiloso e introduce su mano en el agua helada. Veo su cara de asombro al alzar el pájaro en el aire. ¡Es una bolsa de plástico!, -exclamó, chasqueado. Anda que como no estemos más listos, hoy va a ser un día memorable, le oí quejarse mientras me seguía en dirección a la cima.

Así es mi amigo Pepe: agudo, pragmático, amigo de meriendas campestres al abrigo del sol, hasta que coincidimos en estas montañas y a partir de ese día las salidas tienen otros objetivos ... Pero mejor será no adelantar acontecimientos.

Por aquí hay unas huellas profundas, -le indico a voces-. Vamos a seguirlas y así, pisada contra pisada, el camino será más fácil.

Mientras subimos despacio la ladera de la montaña, acompañados por el silencio contra el sonido breve de nuestros pasos y algún que otro graznar de ave, surge en mi mente como nube el recuerdo fugaz de la ciudad: el ajetreo, el trabajo diario en la ciudad y sus prisas, el cansancio y la rutina: los problemas nos acosan, parecen insolubles allá abajo, metidos como estamos en la burbuja cotidiana donde reina el agobio. Pero aquí arriba todo es sosiego.

El eco de un graznido potente rebotando aquí y allá hasta perderse valle abajo me devuelve a la nieve y al espacio abierto y no deja ni rastro de mis pensamientos. Hoy la montaña vocea recuerdos de otras épocas e incluso de otros mundos. Sí, hoy es un día de descanso, de parada, de olvidarnos por unas horas (o tal vez para siempre, ¿quién puede garantizar nada, sino la muerte?) de la rutina diaria. Desde hace meses nos hemos marcado un plan y el viernes es el día elegido en el que lo dejamos todo para aprender de la montaña.

De un picacho quebradizo se despega una piedra que oímos rebotar en otras rocas, se detiene unos momentos y cae a mis pies. ¡Por poco!

Oye -anuncia Pepe mientras lo veo dirigirse trabajosamente hacia una oquedad estrecha entre dos rocas por donde accederemos a la cima-, esta vez va a ocurrir algo grandioso. Y desaparece como tragado por la montaña.

La pasajera soledad me retrotrae a aquél día en que nos encontramos con un ser pintoresco en el pueblo de El Campello camino, no sé si de Aitana o del Puig Campana, pues lo recuerdo como una bruma. Se trata de las las peripecias de un manchego junto a la playa.

Continuará…

A la hora más cruel

  Sandra, aunque el dolor cierre la puerta y extienda por tu casa su espesura, no alcanza a oscurecer la luz más pura que en tantos corazone...