24 abril 2025
Sandra
22 abril 2025
El camino de la vida
¿Quién decide la forma que toma un camino? ¿Somos nosotros quienes lo delineamos… o es él quien, silenciosamente, nos conduce por entre las encrucijadas?
Hay sendas que se bifurcan sin previo aviso. Algunas lo hacen con suavidad, como una rama que se inclina por el peso del viento. Otras, en cambio, estallan en inesperadas rupturas, como si el propio tiempo se cansara de repetir trayectos conocidos. No hay mapa posible, solo una invitación a caminar atentos, con el alma despierta y el asombro aún sin domesticar.
Desde que recordamos, nos empujan hacia rutas bien señaladas: estudiar, trabajar, tener pareja, formar una familia. Pero hay quienes, en un gesto casi secreto, desandan lo aprendido y comienzan a trazar un sendero que no figura en los manuales. Descubren que el verdadero viaje no va de velocidad ni de metas, sino de pausas. De mirar el paisaje. De sentarse. De llorar y reír, a veces al mismo tiempo. De volver atrás para retomar algo que se quedó pendiente.
A lo largo de esta travesía, aparecen rostros. Algunos fugaces, otros que se instalan en el equipaje sin pedir permiso. Nos cambian la mirada, nos sacuden certezas, y muchas veces nos sostienen cuando el suelo tiembla. Nadie camina solo, aunque a veces lo parezca.
También están las piedras. Tropiezos que hieren, que nos desconciertan. Que nos hacen dudar del camino e incluso de nosotros mismos. Pero si uno se detiene -si realmente se detiene- a mirar esas heridas con ternura, descubre que allí también hay lecciones, señales, pistas para seguir.
Y entonces uno entiende que este trayecto no se mide por el calendario ni se planifica con brújulas ajenas. Es un camino que exige escucharse. Parar. Celebrar. Desandar. Reinventar. No hay meta que lo resuma. Cada paso consciente ya es un destino.
Así que camina. Sin prisa. Sin certezas. Con gratitud. Porque cuando mires atrás, lo que realmente importará no será el lugar al que llegaste… sino las huellas que fuiste dejando en el barro del tiempo.
“Todos nacemos en la orilla del misterio…”
“El sendero solo se revela cuando te atreves.”
“Cada huella que dejas… inventa el camino.”
“Camina… y el universo caminará contigo.”
“El camino de la vida no se ve. Se construye.”
06 abril 2025
El escondrijo de las preguntas olvidadas
03 abril 2025
Puebla Marina XII: el enigma de la brújula dorada
30 marzo 2025
El vuelo del águila (IV)
El cielo no siempre está despejado. A veces se torna de un gris pesado, como si llevara siglos suspendido sobre las alas del tiempo. El águila, en lo alto de una cornisa que desafía al abismo, entrecierra los ojos y deja que el viento le hable en su lengua de corrientes y presentimientos.
No tiene prisa. Nunca la tuvo. Sabe que en la espera también se aprende a volar.
Bajo ella, el mundo gira con su ruido de relojes y hombres, de metas sin alma y palabras huecas. Ella observa. Escucha. Percibe. No es su momento aún, pero lo será. Porque siempre llega.
El águila no huye de las tormentas. No baja al valle para buscar abrigo entre ramas ajenas. Ella se queda. Quietud poderosa, firmeza que no necesita gritar. Espera a que el viento cambie, a que la nube se deshaga, a que el trueno se canse de asustar.
Entonces, sin anunciarse, se lanza.
El aire, al encontrarla, se estremece. La corriente la reconoce como su igual y la alza sin esfuerzo. Y ella, con las alas abiertas como puertas al infinito, atraviesa la espesura de las alturas. No vuela para huir. Vuela porque ha nacido para hacerlo.
Y en ese vuelo -que no es huida ni destino, sino puro presente- se revela la verdad de su esencia: no hay cima ni fondo cuando se ha conquistado el cielo interior.
A lo lejos, los que no comprenden la miran con admiración callada. No saben que ella también dudó, también tembló. No vieron las noches de vigilia, los silencios como nidos vacíos, los días sin vuelo. Solo ven ahora la figura majestuosa que surca el azul como si no conociera otra forma de vivir.
Pero el águila sí lo sabe. Y por eso su vuelo es tan alto. Porque ha caído, ha esperado… y ha vuelto a elegir el cielo.
17 marzo 2025
¿Qué ha pasado?
¿Dónde están todos?
Regresé, después de quince años, a mi vieja bitácora... y la encontré en silencio. Un silencio denso, de esos que no se rompen ni con un grito.
Estaba allí, quieta, con las palabras de entonces aún encendidas, pero sin nadie que las mire. Sin nadie que escuche.
¿Qué ocurrió? ¿Qué viento ha barrido las costas donde antes recalaban lectores como náufragos curiosos?
Quizás fue la invasión sigilosa de las redes sociales, tan veloces, tan inmediatas. Facebook, Instagram, Twitter (X)… lugares donde todo cabe en un suspiro. Donde se grita más que se conversa. Donde un pensamiento apenas sobrevive al siguiente.
O tal vez sea que cada vez se lee menos. Que el ojo busca ahora luz y movimiento, y ha cambiado la hondura de la palabra por el vértigo de una imagen. YouTube, TikTok, los podcasts... han tejido un nuevo idioma, más sonoro, más fugaz.
Google, por su parte, decidió mirar hacia otro lado. Ya no posa sus ojos en estos rincones personales, prefiere los escaparates luminosos de los grandes portales, bien peinados por el SEO, bien vestidos de monetización.
Y Google, sí… dejó a Blogger varado, como un barco sin capitán. Sin mejoras, sin mapas nuevos. Mientras tanto, WordPress y otros puertos comenzaron a ofrecer cobijo moderno, velas nuevas, aparejos brillantes.
Muchos zarparon hacia allí.
Otros, simplemente, dejaron de escribir.
Y con ellos se fue la comunidad, esa vieja tribu que comentaba, que enlazaba, que respondía con otra entrada al otro lado del mar digital.
Hoy, Blogspot parece una isla abandonada en medio del océano. Pero -y aquí dejo una duda flotando en el aire- ¿y si todavía quedara algo de magia en sus arenas? ¿Y si, en vez de buscar otro puerto, intentáramos reconstruir este?
Quizá no todo esté perdido.
Quizá lo que necesita este viejo blog no es otra plataforma… sino otra forma de ser habitado.
¿Tú qué harías: emigrar o resistir?
16 marzo 2025
Las palabras olvidadas
¿Dónde quedaron aquellas palabras que alguna vez nos abrigaron como una manta tibia al anochecer? ¿Dónde se esconden los vocablos que sabían acompañar sin ruido, sin prisa, sin exigencia?
Hubo un tiempo -aunque nos cueste recordarlo- en que las palabras no eran urgentes ni fugaces. Eran refugio. Eran fuego. Eran brújula. En aquel entonces, una palabra bastaba para alumbrar una duda, sostener un alma rota o acariciar la incertidumbre con manos abiertas.
Hoy, muchas de ellas yacen sepultadas bajo la prisa, la hiperconexión, la tiranía del instante. Pero no han muerto. Duermen. Esperan.
Esperanza, por ejemplo, no era solo un deseo hueco, sino un pacto sutil con el porvenir. Compasión no era un suspiro condescendiente, sino un hilo invisible que nos trenzaba con la fragilidad del otro. Silencio, lejos de ser ausencia, era un santuario: allí donde el alma podía por fin escucharse. Aventura era horizonte abierto. Descubrimiento, el temblor primero de lo desconocido.
Hubo una época -sí, existió- en que el lenguaje tenía hondura. No se hablaba por hablar. Cada palabra pesaba. Cada frase llevaba la conciencia de su eco. Sabíamos que una sola palabra podía sembrar o arrasar. Y, sin embargo, hablábamos. Porque el lenguaje era vínculo, no mercancía.
Hoy, entre titulares huecos y respuestas automáticas, hemos ido olvidando. Pero aún estamos a tiempo.
Aún podemos decir “gracias” como si lo sintiéramos de veras. “Te escucho”, como si estuviéramos presentes de cuerpo entero. “Te entiendo”, no como consuelo barato, sino como un acto profundo de humanidad compartida. Aún podemos recuperar esa antigua costumbre de nombrar lo invisible, de dar forma con palabras a lo que se nos escapa entre los dedos.
Quizá de eso se trate, en el fondo, el oficio de escribir: de rescatar lo que no debía perderse, de volver a dar voz a lo que el ruido del mundo ha silenciado.
Porque mientras alguien -una sola persona- pronuncie una palabra verdadera con el corazón en la garganta, aún habrá palabras que vivan. Y con ellas, algo de nosotros también vivirá.
El río que no sabía detenerse
“Si lees esto, es que aún estás a tiempo”. Juan Puebla seguía sin entender por qué aquella frase lo perseguía tanto. Deambulaba por Alfons...
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