“Si lees esto, es que aún estás a tiempo”.
14 junio 2026
El río que no sabía detenerse
17 mayo 2026
La hora azul del azahar
La primera bocanada de azahar le llegó en la esquina de la calle Trapería, justo cuando el semáforo cambió a verde y un muchacho con auriculares cruzó delante de él sin mirar. El hombre se detuvo. No por el muchacho. Por el olor. Cerró los ojos apenas un instante, como quien escucha una voz que creyó perdida, y después siguió andando con las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta gris. La tarde caía despacio sobre Murcia. Los cristales de los balcones retenían los últimos arreboles y el cielo, entre azul y ceniza, parecía una sábana sacudida por manos invisibles.
Llevaba todo el día fuera de casa. No había ocurrido nada especial. Una reunión en una gestoría de la Gran Vía, un café tibio junto al Romea, dos llamadas que no esperaba y una frase pronunciada por un desconocido en la cola de una farmacia:
—Tenemos menos tiempo del que creemos.
Nada más.
Y, sin embargo, aquella frase caminaba con él desde hacía horas como un perro flaco.
Pasó junto a la Catedral. Las campanas respiraron sobre la plaza. Había turistas hablando por teléfono, camareros recogiendo mesas, una niña empeñada en perseguir palomas que alzaban el vuelo en el último instante. El hombre observó la escena con una fatiga extraña. No tristeza. Tampoco nostalgia. Era otra cosa. La sensación de haber llegado tarde a su propia vida.
Pensó en ello mientras avanzaba hacia Santo Domingo. Había cumplido cincuenta y siete años dos semanas atrás y nadie diría que era infeliz. Trabajo estable, un piso pequeño pero luminoso, un hijo que llamaba de vez en cuando desde Valencia, algunas fotografías felices alineadas sobre un aparador. La vida correcta. Ordenada. Pulcra. Como una camisa recién planchada que nunca termina de pertenecer al cuerpo.
El olor a azahar regresó al doblar una esquina. Más intenso ahora. Más limpio.
Le sorprendió descubrir un naranjo escondido tras una verja antigua. Las flores temblaban bajo la penumbra como pequeñas lámparas encendidas. Se acercó despacio. Durante unos segundos permaneció quieto, respirando. Y entonces ocurrió algo mínimo. Una grieta. Un desajuste.
Recordó.
No un gran acontecimiento. No una tragedia. Recordó una tarde cualquiera de hacía treinta años. Él bajando de una motocicleta junto al río. Una muchacha de vestido azul riéndose mientras apartaba el pelo de la cara. El mismo olor. Exactamente el mismo. Y una pregunta que nunca llegó a responder.
— ¿Y si un día nos perdemos?
La memoria apareció con tal nitidez que tuvo que apoyar una mano en la verja. Sintió el hierro frío bajo los dedos. El ruido lejano de un autobús. El roce de su propia respiración. Todo seguía ahí. La ciudad. El río. Los árboles. Incluso el azahar. Lo único ausente era aquel hombre que había sido.
Continuó caminando.
Ahora había prisa en sus pasos.
Atravesó calles que conocía de memoria y que, de pronto, parecían nuevas. Las fachadas ganaban profundidad bajo la luz oblicua de la tarde. Una anciana sacudía un mantel desde un balcón. Un camarero silbaba mientras apilaba sillas. Desde una ventana abierta llegaba el rumor de una radio antigua. La vida entera parecía compuesta de pequeñas cosas a punto de desaparecer.
Y él lo entendió demasiado tarde.
O eso creyó.
Al llegar al puente viejo se detuvo. El Segura avanzaba abajo con esa calma de animal cansado que conoce todos los caminos. Apoyó los brazos en la barandilla y miró el agua oscurecida. Durante años había pensado que aún quedaba tiempo para todo: llamar, volver, empezar, pedir perdón, besar otra vez. Después llegan los días idénticos. El trabajo. Las facturas. El cansancio. Y una tarde descubres que la vida no se ha roto de golpe; se ha ido gastando igual que una piedra bajo el agua.
Sintió deseos de llorar.
Pero no lloró.
Un grupo de muchachos pasó corriendo detrás de él. Reían. Uno tropezó. Otro levantó el brazo señalando el cielo incendiado sobre la ciudad. El hombre sonrió sin darse cuenta. Apenas una inclinación leve de los labios. Después metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó un sobre amarillento.
Lo llevaba allí desde hacía más de veinte años.
Nunca se atrevió a abrirlo.
Observó la letra inclinada sobre el papel. Clara. Solo eso. Clara.
La muchacha del vestido azul.
La mujer a la que dejó marchar una mañana absurda creyendo que siempre habría otra ocasión.
El olor a azahar volvió entonces, arrastrado por el aire del río, y el hombre comprendió algo feroz y sencillo: no temía descubrir lo que decía aquella carta. Temía descubrir que ya no importaba.
Rompió el sobre con cuidado.
Dentro encontró una única hoja doblada en tres partes.
Y una línea escrita con tinta azul:
"Si lees esto, es que aún estás a tiempo".
18 abril 2026
El vuelo del Águila VI
25 marzo 2026
PUIG CAMPANA V
No dijo nada al llegar. Nunca lo hacía. Se limitó a dejar la mochila en el suelo, apoyarse ligeramente sobre las rodillas y buscar el horizonte con la mirada, como si necesitara comprobar que todo seguía en su sitio, que la montaña no había cambiado en su ausencia, que él mismo seguía siendo capaz de reconocerse allí arriba después de tanto tiempo.
08 marzo 2026
Cartografía de una corriente invisible
01 marzo 2026
Tres palabras
Aprendí tarde que “luego” es un lugar cómodo y peligroso.
El reloj del náufrago: tres maneras de medir una vida
21 febrero 2026
Aprender el oficio del náufrago

¿En qué momento empieza uno a aprender el oficio del náufrago?
No cuando la madera cruje ni cuando el horizonte se oscurece. Empieza antes, casi siempre en silencio, cuando todavía creemos que el rumbo es firme y que el mundo -ese acuerdo tácito entre lo que esperamos y lo que ocurre- seguirá respetando nuestras pequeñas seguridades.
He pensado muchas veces que todos llevamos dentro una costa que no aparece en los mapas. Un lugar donde alguna vez encallamos sin hacer ruido. Allí quedan restos dispersos: palabras que no dijimos, decisiones aplazadas, despedidas que nunca terminamos de comprender. Uno pasa por la vida como si navegara en aguas conocidas, pero basta un giro imperceptible para descubrir que la brújula ya no responde.
Los antiguos lo sabían. Por eso llenaron sus relatos de tormentas, islas remotas y regresos inciertos. No hablaban solo del mar. Hablaban de esa experiencia íntima en la que todo lo familiar se vuelve extraño y uno debe aprender a habitar la intemperie sin perder el nombre.
He visto náufragos en lugares donde no había agua. En estaciones de tren, en pasillos de hospitales, en conversaciones que se interrumpen antes de tiempo. Personas que caminaban con aparente normalidad mientras, por dentro, intentaban reunir los fragmentos de algo que ya no era lo que había sido. El naufragio no siempre hace ruido. A veces ocurre como cae la tarde: lentamente, sin pedir permiso.
Quizá por eso me interesan estas historias. Porque en cada naufragio -real o invisible- aparece una pregunta antigua: ¿qué queda de nosotros cuando desaparecen las referencias?
Este libro nace de esa curiosidad. No pretende dar respuestas definitivas, sino acompañar algunas derivas. Recorrer relatos de marineros, exploradores, supervivientes y personajes imaginados que, en distintos momentos de la historia, se encontraron frente a la misma frontera: la de seguir adelante cuando ya no hay garantías.
Tal vez leer sobre ellos sea una forma de reconocernos.
Porque, si uno mira con suficiente atención, descubre que la vida no se parece tanto a un puerto como a una travesía.
Y en toda travesía llega -antes o después- el momento de aprender, aunque no lo hayamos elegido, el oficio del náufrago.
Náufragos ilustres
19 febrero 2026
El náufrago y el tiempo
14 febrero 2026
¿Y si Dios fuera el fondo que no se hunde?
El río que no sabía detenerse
“Si lees esto, es que aún estás a tiempo”. Juan Puebla seguía sin entender por qué aquella frase lo perseguía tanto. Deambulaba por Alfons...
-
El amor es como un anillo que acaricia con su abrazo todo lo que toca; para conocer el amor debes amarlo todo : el camino que te eleva hast...
-
Amanecí subido a la rama más alta de un árbol frondoso. Me sentía lúcido y ninguna molestia me recordaba que había permanecido cinco horas s...
-
"De tan suave y aérea, la hora era un ara donde orar". Fernando Pessoa, libro del desasosiego. Si quieres podemos subir...










